24 de julio de 2026

Prefacio II (Lisa y la pasión)

Segundo prefacio, unos días después. Cada día es distinto. El día de ayer hicimos un picnic, en el gran parque de Lyon. Bajo unos árboles, mantas y alimentos compartidos. Sentí una felicidad radiante, no participaba de una iniciativa así hace tiempo. Era un picnic con personas originarias de América latina, y también de Francia. Una comunidad pequeña y enorme. Una comunidad improvisada, fugaz e implacable. Ni dormido me olvido de mi identidad, canta Rubén Blades con Calle 13. Llevamos también ropa e intercambiamos, un gesto que me pareció ecológico y solidario, pero sobre todo cargado de un simbolismo que no le había visto antes, después de todo son las prendas que una ha llevado encima, que se entregan para que alguien más lo haga desde ese momento en adelante. Compartimos este planeta y sus paraísos y objetos y todo nos trasciende. Somos unos inmigrantes del mundo, nos prestan el lugar por un tiempo acotado. Nos pertenece, y por otro lado es una entrega provisoria. Tal vez si lo viéramos como algo ajeno lo cuidaríamos de otra manera. Algo que tenemos que devolver luego de un cierto plazo. Nada nos pertenece, en definitiva, está tan claro. Por qué no entonces compartir más. Entregar nuestra vestimenta, y recibir otra. Volver a entregarla, y recibir otra. Todo lo que circula recibe aire para impulsarse. Se genera una suerte de viento que da movimiento. Cuando vivía en Chile mi ropero casi completo, con excepción de los regalos de mi padre y mis abuelas, que me fascinaban, eran prendas de vestir intercambiadas con amigas. Nos reuníamos dos veces al año y llevábamos adelante este ritual generoso, además de compartir un aperitivo y unas conversaciones, que siempre me alegraban y me daban claves de reflexión y cercanía. No había participado aquí de estas iniciativas. Recordé entonces que era algo que siempre había llevado a cabo. Eran amigas con las que compartíamos en el mismo grupo scout, donde estuve 16 años. En ese grupo, con quienes acampábamos en lugares prestados y salvajes, teníamos el concepto de dejar los lugares, luego de nuestra partida, mejor de lo que los habíamos encontrado al llegar. Es un principio importante, que no olvido. Intento llevarlo a cabo en todo tipo de situaciones, amistades, relaciones, viajes, residencias, lecturas, trabajos, existencias. Nacimos de muchas madres, pero aquí sólo hay hermanos, canta Rubén Blades con Calle 13. Creo que tener consciencia de la muerte y la finitud de las cosas es saber que todo es tiempo y espacio prestado. No en vano entramos y salimos de las cosas con una incertidumbre que no podemos sacarnos de encima. En tanto inmigrantes permanentes de la sociedad y el planeta, mejor es observar lo que se llevó a cabo antes de una y conservar lo que tuvo sentido, mientras modificamos lo que ha aplastado a otrxs antes que nosotrxs. Me gusta respetar el lugar al que llegué, y traer lo mío para compartirlo. Una nación es más grande cuando comprende que nada le pertenece. Somos inmigrantes hasta en nuestras lenguas. Las tomamos como vienen, y las vamos modificando. Salimos de ellas dejándolas distintas de cuando nos acogieron. Tengo un acercamiento sagrado a las palabras, las observo con curiosidad y con distancia para ver todos sus ángulos. Las uso con cuidado, para que se me entienda y para que no carguen una violencia que no me representa. No inventé las palabras y me las dieron para trabajarlas. Para entendernos mejor y crear la belleza que ellas permiten. Sin la belleza no nos entendemos para nada. Creemos que todo es destrucción y ahí nos quedamos. Yo tengo una devoción absoluta a las palabras, y una veneración por lo que pueden crear, cuando es inmenso, y temor cuando es abyecto. A veces nuestra identidad nos determina mucho más allá de nuestras acciones concretas, y podemos recibir proyectiles en pleno concierto donde estamos poniendo música, por nuestro peso, orientación sexual u origen. Nos llegan proyectiles entonces de todos lados. Ocurre a veces. Las definiciones que damos a las palabras terminan en proyectiles reales. Las palabras son delicadas igual que el paisaje. Las sometemos a unos ejercicios intensos, como si las pusiéramos a marchar en un entrenamiento militar en la madrugada con un fusil apuntándonos. Las pobres palabras, desesperadas, bajo presión, terminan haciendo cualquier cosa, plegándose a significados absurdos, como confesiones bajo tormento. Por dios, parece como “El señor de las moscas” de William Golding, manadas irreflexivas aceptando consignas aprendidas y repitiéndolas como papagayo. Al final las manadas irreflexivas terminan siempre atacando a las minorías y a quienes menos pueden defenderse. Cómo dejar el planeta mejor si lo mezclamos todo. Para eso nos sirven las palabras, para que signifiquen cosas y desarrollar nuestra posibilidad de pensar. Para que no nos impongan significados. Para que un partido extremo no intente confundirlo todo y vestirse con un disfraz que oculte su sustancia racista, por ejemplo. Cansa un poco, pero una sabe que las contiendas con las palabras son duras y sin cuartel. Concentrémonos en lo que nos convoca. Somos inmigrantes de este planeta y nuestras lenguas, más vale que intentemos dejar todo mejor de lo que estaba. 

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