28 de febrero de 2017

Reacción y aprobación, igual irrelevante

Opinar en facebook es tan irrelevante. En las redes sociales, en general. Mejor acabar con este asunto, y mirar por la ventana, leyendo un buen libro. Y dejar pasar la rabia, que acabe, y arrase con la gloria vacía, y se convierta en una lengua propia. Que no tenga que ver con los otros. Esos que acechan para juzgar, y matarla. En vez de estar haciéndonos los tristes, haciéndonos los lobos, como bien dijo Silvio Rodríguez. Porque, en definitiva, a nadie le importa. A nadie le importa lo que hacemos, pero tenemos que hacerlo igual. Mejor hacerlo, así, sin más. Sin tanto alarde. Si hay feedback el asunto anda mal. Mejor no tener feedback. No tener reacciones que distorsionan la experiencia. Buena retroalimentación es igual a, vas por mal camino. Ninguna retroalimentación es igual a, vas por buen camino, o al menos caminas, o intentas caminar, aunque no sea fácil. Significa poner atención, mirar con mayor profundidad. Las reacciones son pasajeras, y lamentablemente irrelevantes. Cuánto tiempo puede perderse buscando aprobación. Una complacencia inexistente, hecha de nada. O que la retroalimentación sea lapidaria. Mejor. Al menos devuelve al punto cero. Desde donde se puede siempre seguir, o volver a comenzar, sin contratiempos.


El rebaño de ovejas

“El señor es mi pastor, nada me habrá de faltar.” Podrían al menos disimular, ¿quién quiere ser oveja? O al menos, ¿quién que haya entendido lo que esto significa quiere ser oveja voluntariamente? O de otra manera, ¿quién en su sano juicio quiere pertenecer a un rebaño guiado por alguien más? Ni señor, ni pastor, ni oveja, que nos falte todo lo que nos tenga que faltar, o que nos cuelguen en la plaza pública. Mejor tener miedo y afrontarlo con valentía. Al final, el reposo está tan lleno de artificiosas praderas verdes. Un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire, como diría Cortázar. La pradera reposada es como un reloj que no deja de pasar y nos cae encima con forma de tiempo perdido que ya no volverá. ¿Y cuántas oportunidades tenemos? No veo más que una. Claro, se puede elegir, quien ame los prados y los pastores puede reposar tranquilo. Y ser colgado en la plaza pública sin siquiera darse cuenta de tan vil destino. Al final, todos vamos a morir en la plaza pública, la diferencia, supongo, estriba en hacerlo con los ojos abiertos en medio de la tormenta, o de la pesadilla, como diría Bolaño. Ahora bien, ¿para qué hacer tal cosa? Para no repetir, para no plagiar, para comprender algún pequeño intersticio, aunque sea un ínfimo surco con el que ni siquiera tropezamos, pero que nos ayude a darnos cuenta que el sendero está desvaneciéndose, todo el tiempo. Una amenaza latente donde los prados reposados no tienen cabida. Donde el sueño americano sólo acontece en las películas, en la ficción, en la ciencia ficción más bien, porque la ficción a secas es donde realmente suceden las cosas tal y como se muestran. La ficción es como las cosas son. En cambio, la ciencia ficción es la cáscara, y dentro hay un huevo descomponiéndose, ya un poco podrido, sin posibilidad de recuperación. Lo podrido apesta, aunque la máscara sea estéticamente adecuada. Si trasquilamos a la oveja queda desnuda, y dentro de sus tripas hay mierda, sólo que da la impresión de que huele bien, pero es sólo una impresión. Los sagaces pastores bien lo saben y adoran la mierda, porque les permite seguir guiando al rebaño que tanto idolatra a los líderes de opinión, ¿qué es eso? ¿El guía espiritual de los esclavos, el padre de la patria, la madre de la patria, o el tío político de la patria? como se preguntaba Bolaño. ¿Son lo mismo? ¿Siempre tenemos que estar pidiendo permiso? La respuesta será sí, pero sin buenas razones, o escasas, o inexistentes.  Luego viene el siguiente asunto: aut consiliis aut ense, o, por la razón o la fuerza. Y todo sale mal. De mal a peor. Y de peor a espantoso. Y de espantoso a impunidad. Y de impunidad a amnistía. Y luego todo sigue igual. Y los bellos prados relucen al sol. Y las patrias dulces tienen un sabor amargo, que no se quita con nada, ni con prosperidad económica, ni con juegos de video, ni con grandes televisores. Sigue ahí, persistente, como grandes depresiones y abismos. El abuso huele mal, y querer ganar siempre, parece una actitud infantil, un gran ogro infantil, que nació ayer y no tiene nada mejor que hacer que jugar a la escondida, o al pillarse. El problema es que los otros niños, o los otros ogros, no están seguros de querer jugar. Nadie les preguntó, porque el rebaño traía reposo. Un lindo y reluciente reposo. El problema es que se dedicaron a tocar a los niños, a tocar a los adultos, a tocarnos el culo a todos, y el juego ya no era divertido. En realidad, nunca lo fue. Quizá ahora podemos (podremos) verlo. Personalmente, en este minuto, prefiero estar fuera del juego, o jugar riéndome, y asqueada, e intentar ver otras cosas. Ya basta de manoseos asquerosos. Dejen a nuestro culo tranquilo. Y váyanse a comer mierda con el ogro, en las praderas desiertas.
¡Vade retro, cobardes! Turbados e insignificantes. Métanse con uno de su tamaño. Los ogros parecen grandes para los niños, pero en realidad lo que hay dentro es aire, es sólo miedo, una inseguridad galopante. Como alguien de baja estatura que quisiera estúpidamente gobernar el mundo a su manera, para suplir su falta de confianza. Sólo queda sentir náuseas, y aguzar el oído para advertir la insignificancia. Ni siquiera es peligroso, es solamente triste, y miserable.


8 de febrero de 2017

De qué se trata todo esto

Se trata sobre ir atando cabos, hilando historias, uniendo sucesos, encontrando frases, textos, ideas, sobre mezclarlo todo, separarlo, entenderlo, ver las repercusiones, sobre mirar atentamente, sobre ser una sola cosa con las palabras, sentirlas, las ideas, las emociones, verlas, sobre saber, que siempre hay más detrás de las cosas, forzar el pensamiento, usarlo, utilizar la inteligencia, torcer la mente, sentir los fenómenos, emocionarse con los detalles. La inspiración está hecha de todo esto. Y tiene más de cansancio y de hastío que de magia, o, todo lo contrario. Ambas, la fatiga y la gracia, la desesperación, la desesperanza, y la excitación y la musa son bastante amigas, aunque se odian. Parecen opuestas, pero se encuentran. Y la sensación de ese encuentro sólo podría definirla como sentido vital. Ese encuentro son las palabras mismas, lo que sea que ellas signifiquen. Aunque el significado cambie cada día. Aunque ellas mismas elijan ser un millar de cosas, aunque en cada una de ellas detrás de la puerta se esconda un abismo, profundo, ininteligible, y tan sugerente, y tan condicionado, y absolutamente múltiple y maleable. Las palabras tienen esas cualidades excepcionales, son máscara y son tripas, los órganos de miles de millones de seres humanos que las pronuncian, las hacen propias, las balbucean, las piensan, o simplemente las enuncian, sin poner atención, queriendo decir algo, a veces sin saberlo exactamente, o sabiéndolo, pero ocultándolo. Todo es posible con ellas, las respetamos y las prostituimos, las ensalzamos y las tiramos a la basura, pero ellas se niegan, se oponen tozudamente a vaciarse de contenido, porque significan algo, o varias cosas al mismo tiempo, pero algo, al fin y al cabo. Y cuando las destruimos nos hacemos añicos a nosotros mismos, porque ellas saben que significan algo, y cual seres cabeza dura, de manera terca y obstinada, insisten en permanecer, y sólo cuando indagamos en qué quieren decirnos, podemos nombrarlas con el respeto que se merecen, u ocuparnos de otra cosa hasta desintegrarnos, y ver el reloj de arena dejar caer su última partícula de esperanza, lo que se llama: se acabó el tiempo, y el resto es historia.