Treinta y siete primaveras que deambulan. Treinta y siete otoños que
desgarran. Desde la cima de la colina los vislumbro. Desde el fondo del mar los
voy contando. Aquí a mi lado no dejan de moverse, inquietos. Quieren seguir
pasando. Y yo no tengo casi nada para darles. Pero con espíritu humilde voy
leyendo lo que otros escribieron. Con espíritu humilde voy delineado frases en
hojas vacías. Sabrá la divinidad si tuerzo el destino. Sabrá la divinidad si mi
paso es lento. Cierro los ojos frente al sol que se muestra benevolente. Y no
tengo un espacio para las treguas. Porque todos los días deben estar cargados
de palabras. Que lo desordenan todo.
Caminar, caminar. Treinta y siete vueltas. Observando los momentos
sublimes. Que suben y bajan. Los universos que se despliegan, antojadizos,
inestables, caprichosos. Decididos, al fin y al cabo. Y los veranos que se
agolpan y escalan. Y los inviernos que esperan tras la puerta. Aquí estoy,
interceptando inspiraciones, detonantes. Mirando de reojo al viento para que se
lo lleve todo. El problema de todo este asunto es que hay que vivir todos los
días, no se pueden saltar algunos. Erradicar semanas para volver a centrarse. Trazar
los caminos y seguirlos. Treinta y siete volteretas. De payaso, de niño. Y la
música, que devasta. Y la reminiscencia, que descuartiza. Y los pedazos, y las
partes, buscando volver a reunirse.
Pretendamos. Aparezcamos. Dejemos de lado todo este asunto. Las treinta
y siete reverencias. Las llamadas de auxilio. El paraíso endeble. Volver,
volver. Una y otra vez, intentarlo. Dejemos de lado todo este asunto. Hagamos como
que no pasa nada y desbarranquémonos. La destrucción es natural. Para que
empeñarnos en construir y construir. Ahí está todo, disponible, sin estarlo. Tan
lejos. Y respiramos. Treinta y siete gemidos. Imponiéndose. No, ese es el
camino equivocado. Pero si no hay caminos trazados. Yo vislumbro algunos, y
luego se invierten. Salen corriendo y lo que queda es la majestuosa intemperie.
Esperando. Con los brazos abiertos. Y las cicatrices. Y ellos no entienden. Pero
a mí me gustaría decirles. O dejar de hablarles. Comunicarme por otros medios. Mostrarles.
Vivir hecha poema. Y destruirme y reiniciar. Como un ordenador. Pero en el
descampado, no atrapada entre pantallas. La verdadera vida es la ficción. Para qué
aparentar que todo acontece tranquilamente. Sin disturbios. Todos contados y
alineados. El universo estalla porque nació para eso. Lo único real es un mundo
en pedazos. Y tus palabras que se llevan mi alma.
Treinta y siete intentos. Después podremos hacer todo lo que queramos.
En una existencia paralela. La inmovilidad tiene algo que destruye. Y yo
quisiera crecer. Expandirme hasta la estratósfera. El corsé queda tan apretado.
La revolución es tan cierta. Y ellos no entienden. Y yo quiero entender, pero
lo que me queda es el silencio. Treinta y siete poemas para rebatir los
contornos. Háblame. Dime. Dónde está ese día. Por qué los días se empeñan en pasar y nada. Por qué hay que recorrerlos todos sin respuesta. Y el camino
sinuoso, que ni siquiera se muestra. Que no termina de definirse. Y cada cosa a
su ritmo, de manera exasperante. Y ese balcón soleado, esperando en alguna
parte. No me importa el lugar. Por una vez asiente y autorízame a soñar. ¿O se
requieren medidas drásticas? No está sucediendo. No sucede. Pretendamos que
tenemos sólo veinte y estamos sentados junto al fuego. Debo estar enferma, o
hemos estado engañados todo el tiempo. Ese orden, tan sospechoso a la vista y
tan seguro de sí mismo. Quizá le tiemblan los dientes a escondidas.
Treinta y siete palabras. Y una infinidad de posibles emancipaciones. ¿Qué
hora es? ¿Dónde estamos? Y un sinfín de libros por leer. Dejemos que otros sean
como son. Nosotros atengámonos a nuestro escurridizo destino. Alimentemos a las
bestias para que todo ruede. Hagamos la revolución aunque sea de a poco. Palabra a
palabra. Afrontemos este asunto. ¿De eso se trata? Mirar el reflejo en el lago
y crear ondulaciones. Busquemos un tiempo a solas. Y podremos luego hacer lo
que queramos. Hasta barricadas en el teatro. Esculturas. Ficción. Acabemos con
todo este asunto. Quiero mirar el mar. Quiero sentirte cerca. Treinta y siete
deliberaciones y treinta y siete novelas. Mientras respire no habrá final. Mientras
la realidad pueda multiplicarse seguiremos siendo múltiples. Mientras la estela
se difumine, no habrá final. Y los momentos serán años, hasta que ya no pueda
volver a llamarlos por su nombre. Y los momentos serán décadas, hasta que todo
vuelva a comenzar. El viento hoy sopla fuerte. La fatiga de poner cada ladrillo
se siente más pesada que otras veces. Quizá haga valer mi tregua, y el tiempo
tendrá que necesariamente hacer su parte. Quizá un día deje de luchar y haya
nuevas cosas. Quizá. Treinta y siete, es lo único definitivo. Quizá. Treinta y
siete cielos, treinta y siete andamios. Treinta y siete cuentos. Treinta y
siete años.