Leí esta mañana a tu hermano Pablo, Aldito. Me llevó, una vez más, a tu atmósfera. Puse la canción que comparte, en bucle. In your atmosphere, de John Mayer. No entiendo la consistencia de la ausencia, porque se repite en bucle, como la canción. Comparte entre otras fotos muy bonitas, una que les saqué en Farellones, en la nieve. ¿Te acuerdas? Ese día absolutamente mágico y oscuro. Pocos días han quedado sellados en mí de manera tan indeleble. Oscuro porque el amor es oscuro como una bala que te atraviesa para siempre. Como una fatalidad que te da vida, para luego enrollarse en ti y aniquilar lo que te quedaba de cordura. El amor es una locura. Una locura viva. Que te hace amar el hecho de todavía poder existir, para lugar tomar eso y retorcerse en tus tripas como una condena. Ese día supe que estabas demasiado profundo en mi alma como para dejarte ir. Fue ese día. En esa terraza, mientras te miraba de pie posando para la foto. Estabas radiante. Ese día lo podía todo, absolutamente todo. Como lo que tú eras. Esa noche. Fue esa noche. Que supe que esto no tendría final. Sí lo tuvo, te fuiste con los peces de colores. Estábamos sentados en la cama de una de las habitaciones. Esa noche. ¿Te acuerdas? Sufríamos. Nos amábamos demasiado. Todo estaba ya dicho pero no queríamos sentir nuestra piel sobre las manos porque amábamos demasiado también a otra persona. Creo que pocas veces he sentido un deseo que te destruya de esa manera. Nos acercamos pero no nos besamos. Aldo, no me acuerdo si nos besamos finalmente o no. Tal vez sí. Tal vez tú te acordarías. Tal vez sí nos besamos y luego decidimos que no había ocurrido y entonces quedó en mi recuerdo como deseo puro suspendido en el aire. El deseo lo recuerdo perfectamente. Un amor puro como la nieve que había afuera. Un deseo blanco como una avalancha. Me perfora, aún ahora. Qué pasa con el deseo que no llega a puerto. Que no puede llegar. Hacia dónde se dirige. ¿Hacia la literatura? ¿Hacia tu figura que me acompaña siempre? Unas semanas antes me habías dado cita en un café. Andy, me decías. Siempre me pareció tierno. Estoy desesperado, me dijiste. Yo estaba paralizada. Teníamos un poco más de veinte años en ese momento. Estoy enamorado de ti y no sé qué hacer, me dijiste. Tu confesión me llevó al espacio exterior. Caí en cuenta que yo sentía exactamente todo lo que estabas diciendo, pero no había podido ponerlo en palabras. No había querido. Estaba todo encerrado en mi alma. Fue como que explotara la muralla que contiene una ciudad en ese momento. Te observaba. Llevaba ese amor secreto en mi corazón pero ahora estabas ahí, frente a mí. Me observabas tú también. Tuve que decirte que a mí me ocurría exactamente todo lo que habías descrito, pero que nunca jamás iba a decirlo. Te lo dije. Sabía que era algo de vida y muerte. Amar de esa manera. Éramos simplemente dos almas que son lo mismo que se encuentran. Un buen día una se cruza con la otra y descubre que una parte de ella está en otra persona. Como una extensión del alma, como una extensión del alma de la persona que los une. Éramos tal vez un alma dividida en tres. Que se alojó en diferentes cuerpos. Tuve que decirte que no podía dejar partir a tu alma. Porque me pertenecía secretamente. El amor nos parecía lo más importante. Sentíamos algo que no tenía límites, porque éramos en realidad lo mismo. Te necesito cerca, me dijiste. Luego Farellones. Esa terraza. Sentados en esa cama. Exactamente veinte años después, hoy, sé que ese hechizo eterno se desencadenó en ese momento. Pero lo supe también en ese momento. Supe que duraría veinte años, hasta que la muerte lo convirtió en palabras porque tu hermoso cuerpo se quedó entre las algas. Qué es lo que tengo hoy. Tengo las palabras de tu hermano Pablo. Tengo tu fuerza. Tengo esta canción que escucho en bucle. No es tu cuerpo, pero es algo. No son tus comentarios que me hacían reír a carcajadas, pero es algo. Estarías tan orgulloso de todo lo que he escrito, me inspirarías de otra manera de la que lo haces ahora. Estaría tan orgullosa de ti, de tus logros sin límites, desafías lo que se entiende como posible. Eres lejos una de las personas más inteligentes que yo he conocido, y más bondadosa. Igual que Juan Eduardo. Aldo, decir que modificaste mi vida no es exacto, la empezaste toda de nuevo. Cuando te conocí, cuando conocí a Juan Eduardo. Supe que había algo que se llamaba vida, y que podía vivirse. Supe que se podía vivir. Tuve la intuición que existir era algo mágico y misterioso. Lo era. Lo sé bien ahora, y ya no estás. Me queda tiempo, tal vez, para decir lo que es existir. El miércoles pasado conocí a alguien que me dio la misma sensación, a veces siento que me envías personas a mi camino para seguir profundizando en lo que aprendimos juntos: lo que era vivir. Al conversar con él, fue como si una parte de nuestras almas estuviese también en él. Tenía la misma sustancia. Como si esa conversación fuese una prolongación de nuestras conversaciones. Se llama Léon, y llegamos muy rápidamente a lo esencial. Luego caminando por la pasarela sobre el agua, donde estás tú. Supe que existir se va renovando. Y que tu bondad me trae esa profundidad que tanto nos caracterizó, en forma de nuevas personas que son también esa fragilidad del arte y del existir, cuando te guía el amor. Aldito, todo se renueva, y seguimos juntos, y vamos sumando nuevas personas a nuestro gran baile. Existir es misterioso pero mágico. Los destinos se van encontrando y construyen el amor que tanta falta hace. Eso hicimos, construimos amor a través de los años. Años de escucharnos y reírnos juntos. Sigo construyendo amor. Voy contigo. Me encuentro con nuevas personas. Existir es mi oficio preferido. Existir en las palabras es mi oficio. Puedo hacerlo gracias a personas como tú, Aldo, como Juan Eduardo, como Léon. El amor es la guía de cada impulso. La razón de cada esfuerzo. Te amo, para siempre, y gracias. Sigue acompañando mis nuevos descubrimientos que me quitan el sueño. Nunca existir tuvo tanto sentido como ahora, existir para decir, para ser un testimonio del milagro del amor. El encuentro de las almas que se acercan. Que comparten un fragmento que se aloja en esas frágiles paredes que sostienen la epifanía de nacer en el arte. Quédate, Aldo. Libérame. Ayúdame a poder entrar en esas otras almas donde están los secretos vedados. Eso que yo sé que también me pertenece. Vale la pena existir, yo sé que tú lo sabías. Empújame al vértigo de todo lo que eso puede significar. Empújame desde la pasarela del naufragio a abrazar la vida. Hasta lo más profundo. Hasta hacer nacer el arte.
Te anoto aquí las palabras de Pablo, porque están también muy cerca de mi alma. Te quiero Aldito, sigues, sigues:
“Pasa el tiempo y sólo basta que una canción y yo crucemos caminos para que estalle en lágrimas. A los dos nos encantaba John Mayer y esta canción hoy más que nunca me hace pensar en ti. En como San Francisco hoy se siente como un pueblo fantasma. Un lugar de recuerdos en el que tras cada esquina se esconde tu sombra, una memoria de algo que fue y que no será más. Un lugar en el que todo está definido por el vacío que dejaste. Un lugar en el que mis pies no encuentran terreno firme. Un lugar que me da miedo. Sólo me quedan los recuerdos. Algunos míos y otros que tomo prestados de quienes te disfrutaron en el camino. Encontrar las escurridizas ocasiones en que te dejaste fotografiar hacia el final de tu vida hoy se siente como descubrir tesoros.
Te imagino en la cima de una montaña en algún lugar, mirándolo todo, cuestionándolo todo, viviendo libre como siempre lo fuiste. Tú y Oso. Como si esta foto juntos hubiese sido un augurio de lo que vendría. Los dos de pie, como guardianes.
Te extraño. Más de lo que jamás voy a poder entender. Quizás algún día pueda volver a caminar por esa ciudad fantasma de nuevo sin el miedo de no encontrarte. Te quiero, Aldito. Tanto.”