3 de octubre de 2015

Tanto monumento absurdo, deténganse, ¡deténganse!

Cuando voy por la calle, y veo todos esos miles de monumentos que elogian la muerte de muchos/millones por el nombre de un pequeño/gran pedazo de tierra, me parece todo eso una mala broma, y considero tan idiota muchas de las cosas que hemos construido y alimentamos, y dejamos pasar, y no decimos nada, tan idiota, la guerra, los bombardeos, la ambición, el poder, los países, las fronteras, los muros, los ejércitos, las armas, los gobernantes tiranos, la política exterior de los estados, el racismo, el glorificación del homicidio, la apología de morir por una tontera, el sistema financiero, la venta de armamento, la legislación opresiva y/o excluyente, que no sé cómo continuar a leer cada día sobre todo eso y alimentar este sistema raro en el que estamos metidos y podríamos salir, con una gran sonrisa en la cara, con un ánimo estoico a no seguir fomentando tanta locura colectiva. Olvidemos todos los nombres, y mirémonos las caras. Quisiera sentirme parte de un gran sentimiento de desazón. ¿Qué cresta pasa? Quizá una huelga de brazos caídos. Dejemos de hacer. Quizá sentir.

Entonces paso por encima del gran río, y todo se pone en su lugar, y todo adquiere perspectiva, esa naturaleza que pasa, que no se deja aprisionar, esa es la que se nos está alejando, la que nos está dejando, llorando, sonriendo, donde estamos sin nombres, donde nuestra existencia sigue su cauce sin tanta idiotez que no podemos ver, que avalamos, que tendremos que quitarnos de encima. ¿Qué hacer? Quizá ir con el río. Quizá dejar afuera de la embarcación la torpeza, el atropello, la falta de humanidad, quizá ir todos en el mismo río, sin nombre, sin nombres, dejarnos de tonteras. Quizá despertar con el vaivén y dejar de nutrir esa grasa, ese asco, esa soledad y aislación. Quizá unidos río abajo todo sea más humano. Quizá los nombres nos están acribillando, quizá tocarnos unos a otros, en nuestra corporeidad, quizá el agua sobre nuestro cuerpo nos dé un sentido de realidad, quizá ni siquiera necesitemos embarcación. Dejémonos fluir como hojas en este otoño bendito. En este otoño que trae respuestas. En esta salida del sistema como lo conocemos, como nos es tan extraño, como no queremos que sea, como dejaremos de hacer, no matar, no atacar, simplemente no alimentar. Quizá negarnos. Quizá disfrutar de quienes tenemos al lado, quizá hablarle a todos, más que nunca a los que no conocemos, también, además, siempre, somos todos una no embarcación sobre el río, somos ese espíritu que está aprisionado, pero algo nos dice que esos monumentos son tan ridículos que da pena, que da estupefacción, desconcierto, indignación y lástima, que nadie más se vestirá de militar, que nadie más cerrará una puerta, que esta maldita organización que creamos ha ido demasiado lejos, que los que la gobiernan son los que ganan, que los que la desconocen son los que la padecen, que da lo mismo que otros ya lo hayan dicho antes, ahora es en serio, ahora se trata de no hacer, de dejar de dañar, se trata de escuchar, observar, escuchar, río abajo, sin embarcación, sin metas, sin objetivos, observar, escuchar, sentir el agua, y todo ese vaivén que nos proporciona la voz y la mirada de los otros/as, una observación atenta a cada acto, y una reflexión, a cada paso, una reflexión y una emoción, una reflexión y una emoción, que se inunde de sensatez, que se inunde de afecto, que el respeto profundo por el otro/a nos cambie la vida, y de pasada borre los nombres escritos en cada una de nuestras caras. Quizá así podamos mirarnos a los ojos, y compartir nuestra propia verdad, que nos pertenece y nos libera, que nos hará llorar de emoción río abajo, cuando la no embarcación se desintegre completamente, y sepamos que lo hemos estropeado todo, o casi todo, o que estábamos a punto de estropearlo, y el hecho de ser humanos puede más que nuestros miedos.

2 de octubre de 2015

No me preguntes por mi nación, pregúntame por mi localidad

Esta mañana me encontré con una maravillosa mujer, Taiye Selasi. Sus palabras llegaron profundo a mis propias reflexiones, supongo porque desde que no resido físicamente donde nací me veo confrontada a esta pregunta todo el tiempo, con distintos matices e intenciones en cuanto a quien la formula. A veces es curiosidad, a veces genuino interés, a veces discriminación, a veces indiferencia. El sábado en un evento familiar una persona me preguntó de dónde era, típico, y al responder me dijo: “pronuncia como se debe, por la cresta”. No pondré la frase literal, porque no quiero llevar a equívocos, pero el espíritu del comentario, para contextualizarlo, fue: no te he entendido bien porque ya veo (o escucho) que no estás hablando en tu idioma nativo; y quisiera agregar aquí algo de su intencionalidad: soy un antisocial que no sabe comportarse y creo que puedo juzgar a otros porque no pronuncian bien mi lengua, pero yo no puedo decir ni hola en otro idioma, esto es, creo que soy el centro del mundo, pero sólo soy un narcisista, machista, racista e ignorante. Suena exagerado, pero todo eso se podía entrever de sus comentarios. Bien, no veo que esta experiencia esté íntimamente relacionada con el punto que quiere marcar Selasi, pero de alguna manera lo está, incluso íntimamente aunque no se vea a primera vista. No logro cuajar perfectamente todavía la relación de una cosa y la otra, pero sé que estoy cansada de las generalizaciones que nacen de tener que responder de dónde vengo, sé que la unidad país queda demasiado grande para las experiencias, sé que la –localidad- de cada uno es lo que importa en definitiva y los nombres de las fronteras más amplias solo nos alejan. Sé que los papeles de cada uno pueden levantarte o hundirte, literalmente, sé que la discriminación que puede sentirse por comentarios como ese están ancladas en esa incomodidad con cómo está estructurado el mundo, que no tiene que ver tanto con la organización física, sino más bien simbólica que está atribuida a todo eso, a la ridiculez de no darse cuenta de que eres un idiota, pero porque naciste en un país rico te sientes súper loco, superstar, como diría Charly García. Hay, en esa experiencia de insulto, que a otra persona podría no parecerle tal, algo de esa falta de comprensión de la localidad, versus la nacionalidad, hay una simplificación del mundo, un atrapamiento entre blanco y negro (no en el sentido racial) que nos ciega a que las cosas anden mejor. Me importa un reverendo pepino que mi acento no te guste, y que quieras juzgarme y clasificarme también por lo que hago. No me interesa nada tu opinión, porque no te conozco. Lo que quiero es un acercamiento amoroso, auténtico, unas energías que no me sofoquen, sino que me permitan decirte qué es lo que realmente importa, respecto de mi humanidad, si es que te interesa, ya que me lo preguntas. Sino mejor no me lo preguntes, porque no me interesan tus juicios anticipados e infundados. No necesito demostrar nada, pero no quiero sentirme agredida si alguien a quien le concedo cinco minutos puede hacer como que sabe todo como si fueran cuarenta años. Sé que estoy mezclando todo, pero es que no termina de decantar, pero ya viene llegando, ya empiezo a entender de qué se trata toda esta anti localidad, toda esta pro nacionalidad, que nos viene corroyendo desde hace mucho. No me extraña que estemos tan confundidos, ni siquiera podemos significar o resignificar bien quienes somos, porque tanta clasificación y estructura no nos deja movernos. Estoy cansada, eso es seguro, de tanto encasillamiento, y me gustaría saber si se puede ser Andrea y nada más. Y rellenar el quién, observando las particularidades, no importa que no sean –coherentes- en el sentido de todas en el mismo camino (fijado por otros). Las palabras de Selasi, lo que me gusta es que transpiran libertad, transpiran diversidad, pero de esa de verdad, transpiran entendimiento, transpiran respeto. Y es justamente eso lo que una persona no tiene cuando comenta respecto al acento. Es no tener respeto por el otro, creer que es una extensión de ti mismo, de tu mente, de tus ideas, y de tu estrecha vida. Nadie es una extensión de nosotros, cada uno es una unidad, rellena de miles de millones de espacios que tienen una infinidad de cientos de miles de colores. Nos encontramos en los colores, pero finalmente si no nos encontramos no importa, porque cada uno puede rellenarse de los colores que quiera. No me importa los colores que te rellenan, pero si vas a hablarme, no me tires los tuyos, tan sólo guárdatelos, y date cinco minutos para que veas que el mundo es más que tu pequeña vida, que puede ser muy grande, pero cuando no respetas al otro en su dignidad, se hace tan, pero tan pequeña. Creo que está mezclado también con esa sensación nítida, de las restricciones reales, de las que habla Selasi. Esas que determinan tu localidad por razones que no tienen que ver con tus rituales o relaciones, sino con las razones por las que habitas en un lugar y no otro, sea por asuntos legales, o por asuntos –sociales-. Podría decir que habito en Europa, porque el país donde nací tiene demasiadas clasificaciones para mí, y la libertad se me hace indispensable, pero por otro lado, podría decir que habito en Europa con mis derechos limitados, justamente porque nací en ese país que está tan, pero tan lejos, y es tan, pero tan desconocido. No es que quiera describir el país donde nací con esa simplificación tan burda, pero es una manera de decir que los países que están según ellos en el centro del mundo, deciden que los otros vienen de demasiado lejos como para integrarlos, dejándolos vivir en paz, como personas dignas. En definitiva, tengo una restricción de derechos, porque no me banco la restricción de la libertad, la segunda en términos humanos, no legales. Lo importante, en definitiva, es que mi localidad está determinada por estas restricciones, en los términos de Selasi, y que para mí, también de acuerdo con ella, mi localidad se me hace mucho más coherente y significativa, que mi relación con una nación en cuanto a papeles, -localidad-, que podría nombrar como Santiago, Barcelona y Lyon, si tuviera que describirla como ella lo hace al final de su charla. Y no digo que haya que cambiar la estructura de todas las cosas, sino incorporar un componente humano en todo esto que pensamos. Un componente que quizá haga que las cosas marchen mejor, a pesar de nuestras estructuras. Un componente humano que quizá nos fuerce, de todas maneras, a cambiar las estructuras, porque quizá esas estructuras nos cierran a lo humano, y es lo que está haciendo que nuestro buque se hunda, en todos los sentidos posibles.