Cuando
voy por la calle, y veo todos esos miles de monumentos que elogian la muerte de
muchos/millones por el nombre de un pequeño/gran pedazo de tierra, me parece
todo eso una mala broma, y considero tan idiota muchas de las cosas que hemos
construido y alimentamos, y dejamos pasar, y no decimos nada, tan idiota, la
guerra, los bombardeos, la ambición, el poder, los países, las fronteras, los
muros, los ejércitos, las armas, los gobernantes tiranos, la política exterior
de los estados, el racismo, el glorificación del homicidio, la apología de
morir por una tontera, el sistema financiero, la venta de armamento, la
legislación opresiva y/o excluyente, que no sé cómo continuar a leer cada día
sobre todo eso y alimentar este sistema raro en el que estamos metidos y
podríamos salir, con una gran sonrisa en la cara, con un ánimo estoico a no
seguir fomentando tanta locura colectiva. Olvidemos todos los nombres, y
mirémonos las caras. Quisiera sentirme parte de un gran sentimiento de desazón.
¿Qué cresta pasa? Quizá una huelga de brazos caídos. Dejemos de hacer. Quizá
sentir.
Entonces
paso por encima del gran río, y todo se pone en su lugar, y todo adquiere
perspectiva, esa naturaleza que pasa, que no se deja aprisionar, esa es la que
se nos está alejando, la que nos está dejando, llorando, sonriendo, donde
estamos sin nombres, donde nuestra existencia sigue su cauce sin tanta idiotez
que no podemos ver, que avalamos, que tendremos que quitarnos de encima. ¿Qué hacer?
Quizá ir con el río. Quizá dejar afuera de la embarcación la torpeza, el
atropello, la falta de humanidad, quizá ir todos en el mismo río, sin nombre,
sin nombres, dejarnos de tonteras. Quizá despertar con el vaivén y dejar de
nutrir esa grasa, ese asco, esa soledad y aislación. Quizá unidos río abajo
todo sea más humano. Quizá los nombres nos están acribillando, quizá tocarnos
unos a otros, en nuestra corporeidad, quizá el agua sobre nuestro cuerpo nos dé
un sentido de realidad, quizá ni siquiera necesitemos embarcación. Dejémonos
fluir como hojas en este otoño bendito. En este otoño que trae respuestas. En esta
salida del sistema como lo conocemos, como nos es tan extraño, como no queremos
que sea, como dejaremos de hacer, no matar, no atacar, simplemente no
alimentar. Quizá negarnos. Quizá disfrutar de quienes tenemos al lado, quizá
hablarle a todos, más que nunca a los que no conocemos, también, además,
siempre, somos todos una no embarcación sobre el río, somos ese espíritu que
está aprisionado, pero algo nos dice que esos monumentos son tan ridículos que
da pena, que da estupefacción, desconcierto, indignación y lástima, que nadie
más se vestirá de militar, que nadie más cerrará una puerta, que esta maldita
organización que creamos ha ido demasiado lejos, que los que la gobiernan son
los que ganan, que los que la desconocen son los que la padecen, que da lo
mismo que otros ya lo hayan dicho antes, ahora es en serio, ahora se trata de
no hacer, de dejar de dañar, se trata de escuchar, observar, escuchar, río
abajo, sin embarcación, sin metas, sin objetivos, observar, escuchar, sentir el
agua, y todo ese vaivén que nos proporciona la voz y la mirada de los otros/as,
una observación atenta a cada acto, y una reflexión, a cada paso, una reflexión
y una emoción, una reflexión y una emoción, que se inunde de sensatez, que se
inunde de afecto, que el respeto profundo por el otro/a nos cambie la vida, y
de pasada borre los nombres escritos en cada una de nuestras caras. Quizá así
podamos mirarnos a los ojos, y compartir nuestra propia verdad, que nos pertenece
y nos libera, que nos hará llorar de emoción río abajo, cuando la no embarcación
se desintegre completamente, y sepamos que lo hemos estropeado todo, o casi
todo, o que estábamos a punto de estropearlo, y el hecho de ser humanos puede
más que nuestros miedos.