Somos los errantes, escribió Rilke, pero el andar del tiempo, tomadlo como nimiedad, en lo que siempre permanece, todo lo que corre habrá pasado ya; pues sólo lo que queda nos consagra. Oh, no echéis el valor a la velocidad ni al intento de vuelo, escribió Rainer Maria, todo ha descansado: tiniebla y claridad, flor y libro. Crucé el océano, otras veces lo había hecho, más arriba de las nubes, tan arriba desde donde no puede distinguirse nada. En un rincón del planeta celebré una fiesta del amor continuo. Poblé mi ánimo de esperanza. El presente ha pasado tan fuerte a través mío que ha corroído todo lo que quedaba de pasado. Floto como entre nubes. A las 08h55 de la mañana, un día como hoy, 29 de noviembre de 1980, me apersoné en esta dimensión. Reconocí el amor al instante. Reconocí que esto se trataba de nacer, y volver a nacer. El asombro que cargo es el mismo desde ese momento. Es lo que siempre permanece. Mi disposición a la vida de fuego. La noción de ser música que perfora. La certeza de que la melodía resuena al observar. No en vano he interrogado a cada instante que ha transcurrido. No me canso de soñar con canciones y utopías. Con amores que me dejen situada en la luna. Donde las estrellas se materialicen en verdades ocultas. Este sábado, entre la vía láctea, el canto, la amistad y el fuego creía que me fundía con el todo. Brotaba la magia de saberse viva y pulsando. La nueva era comienza, y tiene el ritmo de la revolución interior. Una sin fronteras y con acordes disonantes. Esos que nos dejan flotando donde nuestros pies ya no tocan el suelo, desde donde emerge todo lo emocionante, como dice Bowie. El agradecimiento me tiene instalada en la soltura imbatible. Ve cómo estalla mi alma, como cantamos el fin de semana, usa el amor como un puente. El amor ha creado todos los puentes que me constituyen. Llegué hace cuarenta y dos años y ya comenzó a materializarse el milagro. Cada día será un regalo a explorar. Todo será compuesto, dicho y escrito. Por siempre, absolutamente por siempre, joven.
Nuevo libro: Cassandre de B. et l’amour, la mort, le cataclysme