Vuelvo a casa luego de mi periplo alemano-catalán. Mis amigxs vuelven a casa. ¿Qué es volver a casa? ¿Qué es una casa? La mía es la música. Los libros. La música que siento cuando la conversación es honesta. Cuando quien tengo al frente escucha mis palabras. Cuando atesoro las palabras de otrxs. Cuando me instalan en un sentido prestado. En un sentido imaginado. A veces temeroso, pero lleno de verdad y determinación. Lo que se realiza con pasión es lo que queda. Es lo que enciende las ganas. En mi cuerpo comprendo esa algarabía que me hace apegarme a la existencia. Que me lleva a indagar en cada día que se me regala. Tengo amistad y arte a raudales. Todo es asunto de verlo. Lo que me gusta de esas conversaciones es que me otorgan un lugar. Una casa. Toda saudade la dejo de lado porque me irriga más que aplastarme. Son las dos modalidades de la existencia. Las cosas nos atacan pero nos mantienen en el aire. Toda existencia es ambigua porque lleva en su seno la perfección incompleta. Estoy inerme ante el milagro de vivir. Intento asirlo y todo es fuga y ensayo. Propósito y renuncia. Nada termina, nada comienza, floto en la literatura del designio, del abandono. La aceptación y la rebeldía. Libran una conversación encarnizada. No me decanto, no tomo forma ni cuerpo. Me expando simplemente, y sigo. Alcanzo una especie de parnaso que me da curiosidad, que no me espero. El trance literario tiene una parte de involuntario. No me pertenezco. Las palabras son las que hablan. Me escondo en el secreto de ese ritual cotidiano de la renuncia y la epifanía.
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