La soledad tampoco es algo propio de los espacios laborales. En la esfera íntima se puede sin lugar a dudas estar en una relación de pareja con alguien y estar solo. Es algo que sucede bastante, pero de lo que se habla muy poco. Dada la cercanía esta soledad toma una forma más próxima a la desesperanza que a la perplejidad. Conocí esta soledad cuando vivía en Santiago de Chile, durante un tiempo, lo que me llevó a separarme de la persona con la que me había casado. Esta soledad se construye de manera progresiva. Se materializa de manera física cuando la identidad propia se vuelve invisible a la mirada del otro. Es una manera de estar sin estar, queriendo estar. Se va creando cuando un muro comienza a erigirse entre dos personas, producto de la incapacidad de comunicarse, de la imposibilidad de la contención. A fuerza de repetición se va haciendo más firme. Nos queríamos mucho, él también me quería, pero de una manera que terminó acabando con mis ganas de existir y hacer proyectos. Si en un principio podía llamarlo amor, más tarde creo que era algo distinto. La construcción de esta soledad se va logrando con la unión de diferentes elementos: no quiero que salgas sola con tus amigas, no quiero que veas a personas con las que has tenido algún tipo de relación sentimental de cualquier especie, ya no quiero que vayamos a hacer estudios a otro país, yo quiero tener hijos ahora, no quiero ir a terapia de pareja, hasta cuándo pierdes tu dinero pagándole a una psicóloga, no entiendo por qué estudias filosofía, no entiendo por qué imprimes tu literatura, por qué quieres tocar música, no quiero ver películas en que no hay acción, paguemos todo a medias, por qué lo estabas seduciendo en la fiesta, no estoy de acuerdo con ese viaje, no quiero hablar de eso, todo lo que sucedió es tu culpa, no entiendes nada, vives en tu propio planeta, te imaginas cosas, es asunto mío si quiero gritar y dar portazos, es asunto mío si quiero encerrarme en mi pieza, sale de mi pieza, por qué está mojado el lavamanos, y así. Mi soledad pasó a ser total. Sentía encima mío demasiadas expectativas de que tenía que funcionar la relación y de que el vínculo que había contraído era para toda la eternidad, no podía romperlo, algo estaba mal en mí, no en la situación, y no podía expresarle a nadie el abandono absoluto en el que me sentía. Un día, sola, miré el asunto de frente: o me suicido o me separo. No tenía duda alguna de cuál opción era mi preferida, pero materializarla se veía extremadamente difícil. Resolví que tenía que hacerlo, a pesar de la dificultad. La otra opción era extraña, por decir lo menos, nunca la barajé seriamente. Pero al querer llevarla a cabo algo me retenía, tenía miedo de comunicar la profundidad de mi soledad. Decidí por un tiempo que esperaría un poco, luego caí en cuenta que no tenía sentido. Me armé de valor y le comuniqué un día mi decisión. Recogí mis pedazos y me prometí a mí misma que otra existencia era posible. No dejaría de buscarla hasta encontrarla.
La segunda parte de esta historia, trata, por supuesto, de la amistad, como las anteriores. Pero de algo más también. Del amor a la vida, al baile, a la música, a los viajes. Una vez físicamente sola en mi casa, pero existencialmente acompañada, comenzó un período complejo, pero sobre todo sublime de reconstrucción de mi identidad. El matrimonio había sido hasta el momento una de mis peores experiencias y tenía que, además de reparar los daños, explorar todo lo que la existencia podía ser y yo no había todavía identificado. Comencé a salir mucho con Sandra y María Paz a conciertos y fiestas, a veces con María de los Ángeles, conocí a José Tomás y armamos una banda de música, y más tarde nos fuimos de viaje con María Paz y Tracy a bailar al gran carnaval. Creo que ese año entendí bien lo que era vivir. No tenía que ver con lo otro. Era algo nuevo. Era algo para lo que no tenía todavía las palabras. Tuve que ir creándolas en el camino. A fuerza de escribir y describir todas las aventuras en las que me embarqué y todo lo que iba sintiendo. Ese año nació lo que yo quería que naciera, que no era un hijo, nacieron las nuevas maneras de crear, quizá nació la creación real, en definitiva. La posibilidad de ser la creación, de personificar la poesía y la canción. No había vuelta atrás. Todavía no había tomado la decisión irrevocable de partir de Chile, pero la idea empezó a incubarse de manera irreversible ese año, partí al año siguiente, hace ya diez años. Hoy quiero agradecer a Sandra, María Paz, Tracy, María de los Ángeles y José Tomás, por la vuelta a la música, al baile y a los viajes. Porque me acompañaron en un período extraordinario y en un proceso expansivo de recuperación, pero sobre todo de creación, de la identidad. A José Tomás le debo la vuelta a la música, lo que me marcó como tatuarse algo en la piel. La posibilidad de inventar música y vibrar en la comunión de los acordes. A María de los Ángeles le debo la posibilidad de compartir los nuevos mundos que iba descubriendo y la exploración de nuevos planetas. A Sandra, María Paz y Tracy les debo en definitiva todo, me salvaron la vida, en ese momento, sin saberlo. Les debo el amor por el baile, la música y el viaje. Me siento unida a ellas luego de ese año de una manera sobrenatural, me devolvieron el gusto por la vida, por lo que estaré, de forma profunda, eternamente agradecida. Hasta el fin de los tiempos, al menos del mío. Fuimos a un viaje al corazón de la existencia. En esos parajes asombrosos. Un viaje inolvidable. A veces estamos con las personas y no nos damos cuenta hasta qué punto las estamos transformando hacia algo mejor. La amistad, que ya existía, se forjó a fuego, y yo estaré literalmente enamorada amistosamente de ellas para siempre. Qué mujeres impresionantes. Belleza en su estado más puro. Amistad en su estado esencial. La que no pide nada a cambio. Una amistad totalmente gratuita que se alegra con el bienestar de los demás. Que está ahí siempre que se requiere. No tengo quizá las palabras exactas para decir la sustancia de este vínculo, de esta entrega, pero voy decantándolo con el tiempo, porque son amigas a quienes atesoro, a pesar de la distancia, a pesar de las posibles diferencias, todo eso da lo mismo, ellas son mis amigas y me cambiaron la vida. Creo que el agradecimiento es un acto que también nos transforma. La capacidad de identificar lo que los demás han dejado en nosotros. La noción innegable de que nuestra identidad está construida en conjunto con las personas, y que somos todos responsables y artífices de la felicidad de los otros. No sé si es la distancia o la nostalgia pero yo a estas mujeres las encuentro perfectas, de sólo verlas ya estoy en casa. Me han hecho muy feliz, a través de tantos, tantos años. Ese año fue especialmente mágico, gracias Sandra, María Paz, Tracy, María de los Ángeles y José Tomás, la música siguió su camino y llegó hasta el mar. Diez años después todavía fantaseo con tantas aventuras que recorrimos. Ya nunca olvidaré que la vida es aventura, y nada más. La aventura de nunca dejar que la soledad difumine tu identidad. La aventura de crear tu identidad mediante la amistad. La aventura, sigue para siempre.
Para Sandra Bunger, María Paz Hermosilla, Tracy Mackay, María de los Ángeles Flores y José Tomás Amenábar.