En mis cumpleaños había siempre mucho sol y una piscina de plástico llena de niños gritones, hasta que un día, comenzó a haber mucha nieve, el día más frío del año. ¡Un año fuimos a la Côte d’Azur y estaba nevado hasta el mar! Pasé a estar siempre muy abrigada para mis celebraciones de cumpleaños. Aspectos que uno no considera al cambiarse de hemisferio.
Este año observo desde mi ventana confinada el viento soplar con mucha fuerza, y los días que se ponen cada vez más fríos. No habrá paseo esta vez, pero los 40 años van a llegar de todas maneras.
¡Qué es lo que me queda, qué es lo que me queda! después de 40 años. Sobre todo, el humor. Se me ha aferrado firme, y ya no me suelta. Me acompaña al pie del cañón sin moverse ni un ápice. Cambié de país, de profesión, de marido, cambié algunas batallas e incorporé varias autoras y autores a mi lista de predilectos. El pequeño refrigerador que tengo dejó de funcionar, por lo que tengo las pocas cosas que había dentro en el alféizar de la ventana porque ahí hace más frío que en el interior del aparato, así es que también lo voy a tener que cambiar. Al menos antes de la primavera.
Religión y partido político no he tenido nunca así es que no tuve la oportunidad de cambiarlos. Mi gusto por la caminata y el agua siguen intactos. Mi amor por los libros quizá ha crecido, si es eso posible. La fondue savoyarde y el queso saint-félicien siguen siendo mis comidas favoritas desde el primer momento que pisé este terruño donde volví a nacer. Los artistas que me hacen volar con su música y sus películas se han sumado al baile donde siguen indemnes los que me han acompañado por años y años.
Mi paciencia para los miserables y los manipuladores, por el contrario, se acabó completamente. No pierdo el tiempo. Pero siempre, siempre, pesquisando el lado gracioso, o grotesco, como diría Gustave Flaubert. Y mis amigas están siempre ahí para avivar la broma precisa, el comentario perfecto, eso no cambia, siempre que la ocasión se presenta. Y el asunto funciona así: un-dos-tres por mí y por todas mis compañeras. Como aquel juego con el que me divertí tantas veces en mi infancia, y en el que, como en el pasar insistente de cuarenta primaveras, a veces perdía y a veces ganaba, pero siempre corriendo firme para intentar llegar a la meta.
Pienso que el humor tiene que ver con la humildad. Y ambos tienen que ver con las transformaciones y los cambios. Como dijera Agrado en aquella fantástica película de Almodóvar: una es más auténtica cuánto más se parece a lo que ha soñado de sí misma.
Y eso implica en muchos casos, cambiar, transformar lo inauténtico o acoger lo nuevo que invitamos a medida que vamos observando más en detalle. Y como dijo Clifford Stern en Crimes and Misdemeanors de Woody Allen: No escuches lo que te dicen tus profesores, ¿sabes? No prestes atención. Solo mira cómo se ven y así sabrás cómo será realmente la vida. O como dijo Sandy Bates en Stardust Memories de Allen: Creo que ninguna relación se basa ni en el compromiso ni en la madurez ni en la perfección ni en nada de eso. Realmente se basa en la suerte. A la gente no le gusta reconocer eso porque significa una pérdida de control. Pero realmente tienes que tener suerte.
Cambiar es trascender, y la trascendencia también me pertenece, y no sólo la inmanencia, como a las mujeres antes, como tan bien nos explica Simone de Beauvoir. El segundo sexo, además de ser un libro que describe perfectamente todas las aristas posibles de ser mujer, es un gran tratado de humor negro. Simone, en el fondo, es una gran bromista muerta de risa, aunque no lo parezca. Quien no pueda identificar esto se pierde una dimensión invaluable del libro. Por eso me gusta también Roberto Bolaño, porque sus libros son tratados de humor negro. Y Cortázar explota mis sesos con sus frases hilarantes. Flaubert exagera hasta que puede uno advertir que todo se trata de una gran mofa. La belleza y el humor son dos cosas separadas, y cuando van juntas, el resultado es insuperable.
A los 40 años la línea recta de la declinación comienza a desafiarte, pero una vez más el humor se planta firme para salir adelante. Simone en su tratado del humor negro nos indica lo siguiente: el horror de la degradación que arrastra toda vida en devenir suscita en algunas mujeres frías o frustradas horror por la vida misma: tratan de conservarse como otros conservan los muebles o las mermeladas; esta obstinación negativa las hace enemigas de su propia existencia y hostiles a los demás: las buenas comidas deforman la línea, el vino estropea el cutis, sonreír demasiado provoca arrugas, el sol marchita la piel, el descanso abotarga, el trabajo desgasta, el amor produce ojeras, los besos encienden las mejillas, la caricias deforman los senos, el amor agosta la carne, la maternidad afea la cara y el cuerpo; muchas madres jóvenes rechazan con ira a sus hijos fascinados por su traje de baile. […] Como se cubren los muebles con fundas, la coqueta quisiera sustraerse a los hombres, al mundo, al tiempo.
Pero el tiempo es implacable y los placeres imperativos, me parece a mí, que no soy como esas frías o frustradas que describe, es lo que quiero creer. Bien el sol, el amor, las buenas comidas y las sonrisas. ¡Qué sigan llegando! ¡Sin dilación! ¡A raudales!
Como dijo Simone: Quedan muchos años por vivir cuando se tienen cuarenta años.
Se puede cambiar todo, lo que no se puede transar, es hacerlo con una sonrisa, aunque llueva, incluso si es bien tímida, quizá sea suficiente. La disposición jovial a enfrentar los cataclismos. En el caso de ser inmigrante es eso o perecer, la sensación de vértigo y soledad en ocasiones puede ser insoportable.
Reírse de uno mismo debe ser la más alta cualidad humana. El tiempo, compañero de la sabiduría, en algunos casos, luego hace su parte. La clave está, y es todo lo contrario a lo que dijo Bolaño, en esto: Todo lo que empieza como tragedia acaba como comedia.
Probablemente el capítulo 84 de Rayuela de Julio Cortázar sea un buen resumen de mi vida: me quedo pensando en todas las hojas que no veré yo, el juntador de hojas secas, en tantas cosas que habrá en el aire y que no ven estos ojos, pobres murciélagos de novelas y cines y flores disecadas. Por todos lados habrá lámparas, habrá hojas que no veré. […] Pienso en esos estados excepcionales en que por un instante se adivinan las hojas y las lámparas invisibles, se las siente en un aire que está fuera del espacio. Es muy simple, toda exaltación o depresión me empuja a un estado propicio. […] Lo defectivo se siente más como una pobreza intuitiva que como una mera falta de experiencia. […] Imagino al hombre como una ameba que tira seudópodos para alcanzar y envolver su alimento. Hay seudópodos largos y cortos, movimientos, rodeos. Un día eso se fija (lo que llama la madurez, el hombre hecho y derecho). Por un lado alcanza lejos, por otro no ve una lámpara a dos pasos. Y ya no hay nada que hacer, como dicen los reos, uno es favorito de esto o de aquello. En esa forma el tipo va viviendo bastante convencido de que no se le escapa nada interesante, hasta que un instantáneo corrimiento a un costado le muestra por un segundo, sin por desgracia darle tiempo a saber qué, le muestra su parcelado ser, sus seudópodos irregulares, la sospecha de que más allá, donde ahora ve el aire limpio, o en esta indecisión, en la encrucijada de la opción, yo mismo, en el resto de la realidad que ignoro me estoy esperando inútilmente.
Y para manejar esto, sólo queda como antídoto el humor disponible. Y a diferencia del pasar y del juego de las escondidas, en la literatura siempre se pierde, y en eso Bolaño no se equivocó, la diferencia estriba en perder de pie, con los ojos abiertos, y no arrodillado en un rincón rezándole a San Judas Tadeo y dando diente con diente, como precisa con claridad Roberto. Y para esa derrota no hay antídoto, sólo queda hacerlo o claudicar o morir. Pero no hay espacio para las medias tintas. Te instalas en el espacio fronterizo y ya. En las zonas intermedias donde puedes mirar desde más alto.
En definitiva, lo difícil de vivir con la pluma adosada a tu mano como algo vital es el encuentro perpetuo con: la contradicción esencial de la escritora. Lo describen bien a propósito de Simone de Beauvoir: elegir le fue siempre imposible entre la felicidad de vivir y la necesidad de escribir, por una parte el esplendor contingente, por otra, el rigor salvador. Hacer de su propia existencia el objeto de su escritura, era en parte salir de este dilema.
Encontrar ahí la justificación, el sentido. Ser escritora es como ser mujer, tal como bien lo dijo Simone: no se nace: se llega a serlo.
40 años, 15 escribiendo y 20 humildes y posiblemente dispersos, libros escritos. Definitivamente afuera y con pasión, sin embargo. Veinte libros esperando en fila para ser releídos, completados, editados, quizá impresos o re-impresos, o depositados a un lado del extenso camino, para olvidarlos o nutrir quizá qué empresa imposible. Es tan corto el amor y es tan largo el intento. Es tan extendida la sombra del caminante infatigable bajo el sol del ocaso y tan pequeña su bienaventuranza, su acierto y su fortuna.
Pero lo esencial son los pasos que vienen y la ilusión y las ganas de crearlos y recorrer los acantilados, y mirando hacia abajo, con patines y haciendo malabarismo.
Hoy mi nombre es: Andrea Balart-Perrier. He adoptado el apellido de mi enamorado, como una forma de agradecimiento hacia él, hacia su familia, hacia mis hijos elegidos, hacia un lugar que me acoge con cariño y me hace volar como no creía que era posible.
Hace muy poco tengo una gata, que no me acompaña hoy porque me espera en mi segunda casa, en Serpaize-Vienne, Belle Simone Saxophone, también Perrier. No recordaba sentir tanto afecto por una criatura minúscula y con cuatro patas. Espero nos acompañe por mucho tiempo más. Mi anterior gato, Caramel Éclair, no pasó los seis meses por una enfermedad fulminante, partida de la que cuesta un poco reponerse.
Feliz cumpleaños, a lo que queda y a lo que se va. A lo que tal vez nunca llegará o quizá llegue de distintas formas y qué importa, hay que estar abierto. Lo que está por llegar ya lo veremos. Dispuse algunas provisiones, ya que estamos en confinamiento, para estar preparada por si acaso. Y, de todas maneras, siempre está el recurso último: improvisar.
Gracias a mi familia que me enseñó el humor y la improvisación. ¡Muy pronto feliz cumpleaños! En la mira y luchando. ¡Feliz cumpleaños! Derechos para todas las mujeres o nada. ¡Feliz cumpleaños! Pertenezco a la vida y a su sombra benevolente. No en vano llegué, y por cierto, espero quedarme. La ola podrá reventar, pero una parte del castillo siempre seguirá en la arena. Eso es lo que no cambia, y lo que espero poder entregar: lo mejor de mí misma. Con una sonrisa de agradecimiento en la cara, como la que siempre tuvo mi abuela. A ella dedico esta existencia vivida al límite y rellena con intensidad en todos sus intersticios, y a mis padres, que me concedieron la vida y todos sus tesoros. Por ellos escribo y para ellos serán siempre, todos los triunfos, porque lo que se ama es lo que pone en movimiento la conciencia.