22 de junio de 2014

Barcelona como la vida misma


Hace calor, oscurece tarde. Hoy estuve en el mar. Celeste, celeste se veía. Caminé por el paseo lentamente. No había olas. Evoqué tu mirada. Tu sonrisa. Las cosas parecen ordenarse. Pero nunca se ordenan. Ni ellas quieren ni yo tampoco. Son desordenadas como la Barceloneta, atestada de ropa colgando desde los balcones diminutos frente a frente. Barcelona el gran caos perfecto. Barcelona la magia de la vida. Barcelona la diversidad hecha fiesta. Observo, observo. Creo que esa es la historia de mi vida. Si tuviera que describirla podría decir viajar observando. Como un conejo saliendo de un sombrero, todo el tiempo sorprendida. A veces abrumada, pero ahora consciente. ¿De qué se trata vivir?, me he preguntado tantas veces. Creo que Barcelona tiene gran parte de las respuestas, trata de pequeñas calles, de juegos, de balcones, de skates, de turismo, de enamorados, de limosnas, de grandes catedrales, de pequeños adoquines, de bares, de risas, de abandono, de sol, de playa, de encuentros, de casualidades, de multiplicidad, de diferencia, de trote agitado, de amor, de belleza, de amistad, de miseria, de compasión, de infancia, de vejez, de arte, de creación, de celebración, de muerte, de olvido, de música, de pasión. Creo que nunca había estado en una ciudad con tanta vida. Si no te mantienes firme te ahoga. Pero hoy yo estuve en el mar. Estaba tranquilo. Nunca sé si yo lo estoy. Si es posible estarlo. Amigarse de las olas, sean grandes o pequeñas, es una opción posible. Una opción musical, deslizarse zigzagueante con el ritmo, al compás sin resistencias. Verter miel en el té, o un poco de leche en el café, respirar hondo, dejar que las lágrimas caigan, esperar, esperar, comprender, u olvidar. Olvidar todo excepto este momento, en que no estás, pero estás, no estás aquí, pero sé que piensas en mí, sé que si te pregunto de qué se trata vivir vas a decirme algo, y creo que yo también podré decir algo. Pero realmente yo no puedo creer cómo todo puede esfumarse de un momento a otro, y volver de un momento a otro, y así sucesivamente, como burlando al destino, como desafiando a la existencia constantemente, acaso es eso, dar la media vuelta sólo para asustar, para dejar en claro que las cosas nunca se ordenan, que tal orden no existe, ni existirá nunca. ¿Entonces para qué queremos ordenarnos?, ¿queremos? Tan pronto crees que la existencia es perfecta, tan pronto caes tan hondo que la perfección parece algo totalmente absurdo, ingenuo e irrealizable. Se me ocurre algo, olvidar todas esas perfecciones y esos vacíos, y centrarte en estas líneas, ahora que lees y yo escribo, en un presente despojado de canciones repetidas y melodías por cantar, ¿y si existir es como la ciudad?, sucede en este momento, ¿y si el desorden es algo posible?, ¿y si el llorar tiene una contracara profunda y sabia?, ¿y si dudar es posible?, ¿y si las dudas también forman parte de este momento?, ¿y si las dudas también están en las paredes de la ciudad escondidas rodeándonos a cada paso, pero amablemente, llevándonos al encuentro de lo que vale la pena? ¿Por qué nadie puede decir lo que es vivir? Es porque no hay una sola manera, ni tal cosa como una naturaleza humana, estamos solos. De cuando en cuando nos encontramos, aparece alguien que entiende al menos algo de todas esas inquietudes que están en el corazón, todas esas voces que hablan en tu alma, entonces por momentos sabes que puedes encontrarte con alguien, más lejos de ti mismo, con la sensación de que hay algo más allá de ti, aunque sea un pequeño espacio de comunión que da la sensación de un universo de significado, como me sucede contigo, a pesar de nuestras falsas distancias. Lo que detesto es la distancia cuando se hace real, y no puedo llegar a ti. El vacío y la perfección están tan, tan cerca. No es posible confiar, hay que olvidar, para vivir la perfección y no pensar en el vacío, o para sobrevivir al vacío sin anhelar la perfección que lo agranda. Mientras escribo estas líneas el mar sigue calmo, pero yo no le creo, sé que bajo su superficie el caos de la gran ciudad está siempre latiendo, el llamado de la existencia misma a despertar, a lanzarnos por el balcón a pesar de la distancia al suelo, a no temer a las heridas que ya están selladas, a caminar por la ciudad una y otra vez con sorpresa, fascinación por los nuevos detalles. A entender que la lista de cosas que importan es muy breve, que casi todo da lo mismo, y que quiero quererte más que toda la ciudad junta y todo su brío, aunque la perfección y el vacío estén tan cerca que casi sean una sola cosa, y que la amenaza de transitar de un balcón al otro esté siempre latente, a la vuelta de la esquina, bordeando la catedral, allí donde una gárgola te mira fijamente, sin palabras de auxilio, sin respuestas, sonriente, irónica, estática, lejana. En ese café del barrio gótico, ¿te acuerdas?, donde tocaba Paco de Lucía, quizá la embriaguez nos confundió y nos creímos inmortales, en ese bar cerca del mar, ¿te acuerdas? quizá el amor hipnótico nos hizo creer que el éxtasis puede perpetuarse, como un momento sublime que sigue resonando. ¿Pero sabes qué? Yo quiero lanzarme a pesar de nuestra condición humana de perfecciones y vacíos. A pesar de que la ciudad pueda a veces ser engañosa y enmarañada. Solo te pido una cosa, ámame como no has amado antes. Dame la mano para recorrer estas calles, como si no hubiera nada más. Llévame al mar, una y otra vez, para darle un sentido a este caminar.