…Pero todo se iba
de las manos. Y parecía que la intemperie se había adherido a todos. Parece que
ese era el verdadero destino, lo otro una farsa. Una farsa de novela. Una farsa
para entretenerse. Para vengarse. Era el momento de hablar en serio. ¿Llega ese
momento?
Le
contó que se alimentaba de humor negro. De fardos de heno. De fotografías. De
magnolias, en primavera. Le contó que caminaba más que Kung Fu. Kilómetros y
kilómetros. Metros. Hectáreas. Pies. Se alimentaba de piscinas. Mucha agua. Millas.
Le dijo que no sabía existir sin caminar. La experiencia de la caminata, esa se
la detalló punto por punto. La experiencia del agua. Caminar por el borde del río.
Observar los cisnes. Le contó que las vacas estaban delgadas, adelgazando.
Delineadas. Pero que ella borraba los contornos. Le contó el sabor del humor
negro. Le delineó una canción con varias voces y percusión. Caminar junto a los
tornasoles. Que dan la espalda. Pero la cara al sol. Pero depende por cuál ruta
vayas. Le describió unas fotos de tornasoles como soles, como duchas, como
pestañas, delineadas. Le pidió un encuentro con el destino. Le habló sobre su
destino inexorable. Sobre su destino escurridizo. Pero irremediable,
inapelable. Le contó que se alimentaba de las formas de las nubes. De algodones
de azúcar. De murmullos. Del ruido de las lechuzas cuando gritan. De las noches
de luna llena. De las miradas, efímeras, de los zorros. Le aclaró que
deambulaba por las rutas vírgenes. Por las colinas en flor. Le contó que
lloraba con los caracoles, cuando guardan sus antenas. Las suyas siempre
atentas. Abiertas. Le detalló su cansancio. Un pequeño dolor de espalda. De alma.
Caminaron junto a los tornasoles. Que les daban la espalda. Se desbarrancaron en la intemperie. Volvieron a la ruta. Hasta un templo romano. Ahí estuvieron largo rato. Casas de piedra. Tiendas con los escaparates vacíos. Rebajas. Tiendas. Librerías. Visitaron al paréntesis. Unas sábanas entre comillas. Un teatro romano. Un beso como la soledad olvidada. Una mirada como el olvido. ¿Dónde estaba la tierra? ¿Dónde estaba el camino? ¿Dónde estaban las tramas de las novelas? ¿Cuál es el límite de la hostilidad del mundo? ¿Cuál es el límite de la superficialidad humana? Cómo entender los militares en las estaciones de trenes, en las entradas de los conciertos, a la salida de los bares concurridos. Hace tan poco tiempo atrás los artistas podían vivir de su arte. ¿Qué pasaba ahora? La intemperie se había impuesto. Ni siquiera era estar afuera. Era estar en un limbo entre un adentro y un afuera, donde nadie se entendía, donde había que conjugar el salir y el entrar, donde ya ni era posible ingresar. Donde se empecinaban en hacer elecciones que terminaban por agregarle el trazo final a tanta confusión. Urnas vacías y candidatos vacíos. ¿Qué significa ser escritor en este presente? Las palabras parecían escabullirse. Parecían cambiar de significado. Había que volver a atraparlas. Como a los días. Y escribir no era vender libros, ¿qué era ser escritor? ¿y antes vendían libros? Quién leía. Quién escribía. Cómo escribir en el silencio absoluto. Cómo escribir cuando los tornasoles dan la espalda. Volverse tornasol y quedarse en el plantío. Tener un cuarto propio y juntar semilla por semilla. Plantarlas en la tierra, en el campo de tornasoles. Llorar de cuando en cuando. Bajar la vista y luego cerrar los ojos. Y luego caminar y caminar, hasta llegar al templo, a la librería, al río. Ir a un concierto, traspasar la barrera de militares, abrir la mochila para autorizar su registro, dejarse tocar por alguien que busca armas, sentarse en las graderías de piedras y observar un ritmo que vuela, como las golondrinas que sacuden todo con su canto. Un tambor que deshiela el pecho, una kora que trae de vuelta a las golondrinas. Volver a llorar, pero porque la fibra íntima palpita al ritmo de un trío de jazz. Querer entregarse a la melodía. Volver a llorar. Porque hay esperanza. Porque los acordes traen de vuelta a las golondrinas. Porque la almohada es suave. Porque despide un aroma cubierto de reminiscencias carnales, sublimes. Rozar la piel. Acercarse a algo vivo. A un corazón que palpita. A un plantío que germina. Atrapar un destello de verdad. Saberse sobreviviendo. Saberse con caminos que se van dibujando. Caminos sin contorno. Calles estrechas, pero con balcones soleados. Agua, mucha agua, que corre. Que no se detiene. Saberse acreedores de palabras para designar el presente. Pero un presente desprovisto de contornos. Saberse viviendo. Saberse fugitivo. Saberse lejos de todo eso que se quiere dejar atrás. Saberse fardo de heno, para alimentar a quien sea necesario. Saberse rueca para hilar los contornos de lo aún inexistente. Saberse repleto de voces. Saberse capaz de inventar una lengua nueva.
Caminaron junto a los tornasoles. Que les daban la espalda. Se desbarrancaron en la intemperie. Volvieron a la ruta. Hasta un templo romano. Ahí estuvieron largo rato. Casas de piedra. Tiendas con los escaparates vacíos. Rebajas. Tiendas. Librerías. Visitaron al paréntesis. Unas sábanas entre comillas. Un teatro romano. Un beso como la soledad olvidada. Una mirada como el olvido. ¿Dónde estaba la tierra? ¿Dónde estaba el camino? ¿Dónde estaban las tramas de las novelas? ¿Cuál es el límite de la hostilidad del mundo? ¿Cuál es el límite de la superficialidad humana? Cómo entender los militares en las estaciones de trenes, en las entradas de los conciertos, a la salida de los bares concurridos. Hace tan poco tiempo atrás los artistas podían vivir de su arte. ¿Qué pasaba ahora? La intemperie se había impuesto. Ni siquiera era estar afuera. Era estar en un limbo entre un adentro y un afuera, donde nadie se entendía, donde había que conjugar el salir y el entrar, donde ya ni era posible ingresar. Donde se empecinaban en hacer elecciones que terminaban por agregarle el trazo final a tanta confusión. Urnas vacías y candidatos vacíos. ¿Qué significa ser escritor en este presente? Las palabras parecían escabullirse. Parecían cambiar de significado. Había que volver a atraparlas. Como a los días. Y escribir no era vender libros, ¿qué era ser escritor? ¿y antes vendían libros? Quién leía. Quién escribía. Cómo escribir en el silencio absoluto. Cómo escribir cuando los tornasoles dan la espalda. Volverse tornasol y quedarse en el plantío. Tener un cuarto propio y juntar semilla por semilla. Plantarlas en la tierra, en el campo de tornasoles. Llorar de cuando en cuando. Bajar la vista y luego cerrar los ojos. Y luego caminar y caminar, hasta llegar al templo, a la librería, al río. Ir a un concierto, traspasar la barrera de militares, abrir la mochila para autorizar su registro, dejarse tocar por alguien que busca armas, sentarse en las graderías de piedras y observar un ritmo que vuela, como las golondrinas que sacuden todo con su canto. Un tambor que deshiela el pecho, una kora que trae de vuelta a las golondrinas. Volver a llorar, pero porque la fibra íntima palpita al ritmo de un trío de jazz. Querer entregarse a la melodía. Volver a llorar. Porque hay esperanza. Porque los acordes traen de vuelta a las golondrinas. Porque la almohada es suave. Porque despide un aroma cubierto de reminiscencias carnales, sublimes. Rozar la piel. Acercarse a algo vivo. A un corazón que palpita. A un plantío que germina. Atrapar un destello de verdad. Saberse sobreviviendo. Saberse con caminos que se van dibujando. Caminos sin contorno. Calles estrechas, pero con balcones soleados. Agua, mucha agua, que corre. Que no se detiene. Saberse acreedores de palabras para designar el presente. Pero un presente desprovisto de contornos. Saberse viviendo. Saberse fugitivo. Saberse lejos de todo eso que se quiere dejar atrás. Saberse fardo de heno, para alimentar a quien sea necesario. Saberse rueca para hilar los contornos de lo aún inexistente. Saberse repleto de voces. Saberse capaz de inventar una lengua nueva.
Perder
todo resguardo. Y la lluvia y su boca innumerable. Y las pequeñas calles
escarpadas, zigzagueantes, y volver al mismo punto, y comprender que hay que
seguir, y volver a pasar por el mismo punto. Y volver a comprender que hay que
seguir. Y seguir. Y detenerse al borde de la acera, y observar el océano a un
kilómetro de distancia, desde lo alto. E identificar que la poesía está en el
agua que corre calle abajo por las avenidas inclinadas. Y volver a llorar. Y
volver a encontrarse bajo las sábanas. Y acariciarse el tiempo que dura una
magnolia. Y observar las golondrinas cantar. Y volver. Y a las alondras
despertar. Y pensar en el mapa del mundo. En rozar la tierra. En rozar la piel.
En querer encontrarse. En las palabras para decir. En las palabras para reír. Y
a un costado del templo, y al borde del río, desmantelar la bomba de tiempo.
¿Pero
cuáles son los contornos del presente? ¿Pero dónde ha quedado la pluma?
Buscarse por las calles, llamar, llamar, mirando al cielo. Y siempre la misma
ventana. Y afuera los árboles metamorfoseados por las estaciones. Flores
naranja. Flores violeta. Y volver a detenerse. Y buscar las palabras para
decir. Y buscar las palabras para encontrarse. Y saber que todo se trata de
puntos de vista. Que todo se trata sobre beber un vaso de agua y mirar por la
ventana. Y sentirnos derrotados. Y sentirnos plenos de palabras. De revelaciones
posibles. La condición humana es cambio, y la intemperie es no detenerse, a
pesar de la adversidad. Es confiar en la propia voz. E ir al mar. Y tomar una
embarcación. Para perderse en el horizonte, hasta convertirse en una mera
silueta en el sol rojo del atardecer. Hasta que, apagados los teléfonos, la
brisa mar abierto tenga el nombre del silencio. Hasta que la novela de nuestra vida,
haga su aparición mar adentro, autorizándonos a respirar. Hasta que las señales
adquieren finalmente su sentido. El significado de nuestra valentía. El valor de
nuestra resistencia.