Pues todo ha sucedido en nuestra
historia como si la condición humana hubiera de ser conquistada. Lo cual se ha
hecho con entusiasmo en algunos momentos, por resentimiento en otros, y siempre
porque la condición humana, el vivir humanamente, no es eludible
(p. 58).
Lo
que tenemos es perplejidad, una perplejidad honda y espesa. Esto porque las
certezas son difíciles, y las dudas, fáciles. Entonces decimos, ¿por qué?,
decimos: debe haber alguna manera. Pero a nuestro alrededor las cosas siguen
siendo demenciales. Sabemos de ellas una y otra vez, porque la reiteración es
su aliada, y cuando no han finalizado, vuelven a recomenzar, a manifestarse con
toda su verdad, con todo su dolor, con su sinsentido, inexplicable. Quisiéramos
alertar a la concurrencia, anotar por las calles, “sólo esta denuncia: la
irracionalidad profunda de nuestra historia” (p. 86). Pero agregar: la
irracionalidad profunda de nuestro presente. Que vendría a significar lo mismo,
aunque distinto. Porque respecto de la historia hay que reflexionar, perdonar,
pero respecto del presente hay que actuar, es esto posible, lo que no es
posible con la historia. Un actuar que implica reconocer primero, tener la
voluntad de cambiar, y luego de una vez enfrentarse cara a cara con la
irracionalidad y repudiarla. Decir, ¿cómo fue que llegamos aquí?, ¿queremos
seguir de esta forma?, ¿hacia dónde vamos? Pero no resulta fácil, si bien no
podemos decir a ciencia cierta por qué. Entonces esa intuición difusa, de que
debe haber alguna manera -de expresarlo en este caso- retorna, para quedarse. A
veces al encontrar una idea precisa, se cae en cuenta de que existía esa
intuición, y no a la inversa. Como que hubiese estado esperando para exclamar
que había estado allí desde antes. Entonces llega la idea precisa. Y se
confirma la intuición. Nos preguntamos: ¿Cómo hacer que las personas se
comporten como personas, todas, y por lo tanto los que gobiernan también? ¿Cómo
expresar el modo en que una sociedad debe conducirse, de una manera que rescate
lo esencial, de manera que no pueda eludirse, como alcanzar una definición
inexorable? Y llega la definición, con la cual no es posible escapar porque no
tiene intermedios, o se es o no se es: la democracia es “la sociedad en la cual
no sólo es permitido, sino exigido, el ser persona” (p. 169). ¿Qué es ser
persona?: “la persona es algo más que el individuo; es el individuo dotado de
conciencia, que se sabe a sí mismo y que se entiende a sí mismo como valor
supremo, como última finalidad terrestre y en este sentido era así desde el
principio; mas como futuro a descubrir, no como realidad presente, en forma
explícita” (p. 130). La persona es imprevisible, pero de otra parte “es la que
ofrece garantía de autenticidad”, y el modo adecuado de tratar con ella es la
confianza, “y cuando se pierde, el trato personal llega a ser imposible”. La
persona tiene conciencia, y la conciencia “corresponde a un futuro que hemos de
hacer nosotros en parte; a un futuro, creación del hombre, aunque sólo sea
porque él puede cerrarlo o abrirlo” (p. 160). Es por esta razón, y no otra, que
somos responsables, qua personas, de
todo lo que nos rodea. De lo que se trata es que “la sociedad sea adecuada a la
persona humana; su espacio y no su lugar de tortura” (p. 172). De lo que se
trata es que la sociedad tenga una estructura análoga a la persona humana. De un
régimen “que se comporte como una persona en su integridad”. Un requisito
indispensable es que se tenga conciencia de la persona humana, “pues se trata
de una realidad tal que necesita ser pensada y querida, sostenida por la
voluntad para lograrse”. Se precisa algo esencial: “para ser persona hay que
querer serlo, si no se es solamente en potencia, en posibilidad. Y al querer
serlo se descubre que es necesario un continuo ejercicio, un entrenamiento” (p.
192). Sabemos lo que queremos: “el que la persona humana se realice
íntegramente” (p. 89). No hay seguridad de que vaya a haber acuerdo en este
propósito. Pero podría ser un primer paso. Entonces podemos volver a transitar
las calles con nuestra denuncia de la irracionalidad de nuestra historia. No ha
dado resultado. ¿Nos detendremos sin más? Por qué, si ya tenemos una manera.
Podemos decir lo que se precisa, y sabemos lo que no queremos: que sigan
existiendo víctimas. No queremos más sacrificios. No queremos más dominación.
No queremos absolutismos de ninguna clase. En todo absolutismo de pensamiento “se
teme a la riqueza, a la multiplicidad, al cambio”. Se siente pánico ante el
movimiento, y un “temor ancestral a la realidad” (p. 205). La democracia, en
cambio, es “el régimen de la unidad en la multiplicidad, del reconocimiento,
[…] de todas las diversidades, de las diferencias de situación” (204). Queremos
esa democracia, y no otra. Una en que las personas que nacieron en otros
territorios puedan residir en ella sin contratiempos, como si no hubiesen
nacido en otro lugar. Una democracia que tenga respeto por todas las personas.
Una democracia donde todo ser humano sea acreedor de una dignidad, que no pueda
ser humillada. Donde podamos sentirnos libres, “pues solamente se es de verdad
libre cuando no se pesa sobre nadie; cuando no se humilla a nadie, incluido a
sí mismo. La condición humana es tal que basta humillar, desconocer o hacer
padecer a un hombre –uno mismo o el prójimo- para que el hombre todo sufra. En
cada hombre están todos los hombres” (p. 97). Queremos una ciudadanía que
alcance para todos. Que reconozca la
condición humana, con su vacío y su desesperación, con sus tres
condiciones que la delimitan: “nacer oscuramente, haber de morir, soportar
mientras dura esta vida pasajera, la injusticia” (p. 72). En definitiva, que
todos puedan aparecer en cuanto personas, y no otra cosa. Que ser persona sea
posible. Porque si lo vamos a exigir, primero debe ser posible. Hoy no están
dadas las condiciones. Pero si -como María Zambrano- tenemos la esperanza y podemos
reflexionar y expresar este deseo, por no decir necesidad, podremos evitar caer
en la desesperación y continuar esta historia, torciendo un poco su movimiento
hacia algún lado más humano. No es en ningún modo seguro que ello sea posible.
Pero jamás renunciaremos a ser persona, y ser persona significa ver la
humanidad en el otro y actuar en consecuencia.
Obra citada
Zambrano, María. Persona y democracia. La historia sacrificial. Madrid: Ediciones Siruela, 1996.