17 de febrero de 2014

Sobre la necesidad de ser persona, la condición humana y la democracia en María Zambrano


Pues todo ha sucedido en nuestra historia como si la condición humana hubiera de ser conquistada. Lo cual se ha hecho con entusiasmo en algunos momentos, por resentimiento en otros, y siempre porque la condición humana, el vivir humanamente, no es eludible (p. 58).

            Lo que tenemos es perplejidad, una perplejidad honda y espesa. Esto porque las certezas son difíciles, y las dudas, fáciles. Entonces decimos, ¿por qué?, decimos: debe haber alguna manera. Pero a nuestro alrededor las cosas siguen siendo demenciales. Sabemos de ellas una y otra vez, porque la reiteración es su aliada, y cuando no han finalizado, vuelven a recomenzar, a manifestarse con toda su verdad, con todo su dolor, con su sinsentido, inexplicable. Quisiéramos alertar a la concurrencia, anotar por las calles, “sólo esta denuncia: la irracionalidad profunda de nuestra historia” (p. 86). Pero agregar: la irracionalidad profunda de nuestro presente. Que vendría a significar lo mismo, aunque distinto. Porque respecto de la historia hay que reflexionar, perdonar, pero respecto del presente hay que actuar, es esto posible, lo que no es posible con la historia. Un actuar que implica reconocer primero, tener la voluntad de cambiar, y luego de una vez enfrentarse cara a cara con la irracionalidad y repudiarla. Decir, ¿cómo fue que llegamos aquí?, ¿queremos seguir de esta forma?, ¿hacia dónde vamos? Pero no resulta fácil, si bien no podemos decir a ciencia cierta por qué. Entonces esa intuición difusa, de que debe haber alguna manera -de expresarlo en este caso- retorna, para quedarse. A veces al encontrar una idea precisa, se cae en cuenta de que existía esa intuición, y no a la inversa. Como que hubiese estado esperando para exclamar que había estado allí desde antes. Entonces llega la idea precisa. Y se confirma la intuición. Nos preguntamos: ¿Cómo hacer que las personas se comporten como personas, todas, y por lo tanto los que gobiernan también? ¿Cómo expresar el modo en que una sociedad debe conducirse, de una manera que rescate lo esencial, de manera que no pueda eludirse, como alcanzar una definición inexorable? Y llega la definición, con la cual no es posible escapar porque no tiene intermedios, o se es o no se es: la democracia es “la sociedad en la cual no sólo es permitido, sino exigido, el ser persona” (p. 169). ¿Qué es ser persona?: “la persona es algo más que el individuo; es el individuo dotado de conciencia, que se sabe a sí mismo y que se entiende a sí mismo como valor supremo, como última finalidad terrestre y en este sentido era así desde el principio; mas como futuro a descubrir, no como realidad presente, en forma explícita” (p. 130). La persona es imprevisible, pero de otra parte “es la que ofrece garantía de autenticidad”, y el modo adecuado de tratar con ella es la confianza, “y cuando se pierde, el trato personal llega a ser imposible”. La persona tiene conciencia, y la conciencia “corresponde a un futuro que hemos de hacer nosotros en parte; a un futuro, creación del hombre, aunque sólo sea porque él puede cerrarlo o abrirlo” (p. 160). Es por esta razón, y no otra, que somos responsables, qua personas, de todo lo que nos rodea. De lo que se trata es que “la sociedad sea adecuada a la persona humana; su espacio y no su lugar de tortura” (p. 172). De lo que se trata es que la sociedad tenga una estructura análoga a la persona humana. De un régimen “que se comporte como una persona en su integridad”. Un requisito indispensable es que se tenga conciencia de la persona humana, “pues se trata de una realidad tal que necesita ser pensada y querida, sostenida por la voluntad para lograrse”. Se precisa algo esencial: “para ser persona hay que querer serlo, si no se es solamente en potencia, en posibilidad. Y al querer serlo se descubre que es necesario un continuo ejercicio, un entrenamiento” (p. 192). Sabemos lo que queremos: “el que la persona humana se realice íntegramente” (p. 89). No hay seguridad de que vaya a haber acuerdo en este propósito. Pero podría ser un primer paso. Entonces podemos volver a transitar las calles con nuestra denuncia de la irracionalidad de nuestra historia. No ha dado resultado. ¿Nos detendremos sin más? Por qué, si ya tenemos una manera. Podemos decir lo que se precisa, y sabemos lo que no queremos: que sigan existiendo víctimas. No queremos más sacrificios. No queremos más dominación. No queremos absolutismos de ninguna clase. En todo absolutismo de pensamiento “se teme a la riqueza, a la multiplicidad, al cambio”. Se siente pánico ante el movimiento, y un “temor ancestral a la realidad” (p. 205). La democracia, en cambio, es “el régimen de la unidad en la multiplicidad, del reconocimiento, […] de todas las diversidades, de las diferencias de situación” (204). Queremos esa democracia, y no otra. Una en que las personas que nacieron en otros territorios puedan residir en ella sin contratiempos, como si no hubiesen nacido en otro lugar. Una democracia que tenga respeto por todas las personas. Una democracia donde todo ser humano sea acreedor de una dignidad, que no pueda ser humillada. Donde podamos sentirnos libres, “pues solamente se es de verdad libre cuando no se pesa sobre nadie; cuando no se humilla a nadie, incluido a sí mismo. La condición humana es tal que basta humillar, desconocer o hacer padecer a un hombre –uno mismo o el prójimo- para que el hombre todo sufra. En cada hombre están todos los hombres” (p. 97). Queremos una ciudadanía que alcance para todos. Que reconozca la  condición humana, con su vacío y su desesperación, con sus tres condiciones que la delimitan: “nacer oscuramente, haber de morir, soportar mientras dura esta vida pasajera, la injusticia” (p. 72). En definitiva, que todos puedan aparecer en cuanto personas, y no otra cosa. Que ser persona sea posible. Porque si lo vamos a exigir, primero debe ser posible. Hoy no están dadas las condiciones. Pero si -como María Zambrano- tenemos la esperanza y podemos reflexionar y expresar este deseo, por no decir necesidad, podremos evitar caer en la desesperación y continuar esta historia, torciendo un poco su movimiento hacia algún lado más humano. No es en ningún modo seguro que ello sea posible. Pero jamás renunciaremos a ser persona, y ser persona significa ver la humanidad en el otro y actuar en consecuencia.

Obra citada

Zambrano, María. Persona y democracia. La historia sacrificial. Madrid: Ediciones Siruela, 1996.