11 de abril de 2015

Y yo… ¡cómo me voy a ir!

Duro dos segundos el atardecer
Me quemo por dentro
El alma y el cuerpo
La sangre está hirviendo
Sin alma en el cuerpo
Me quemo por dentro
Bomba Estéreo, El Alma y el Cuerpo

A veces dudo, la lejanía, como un eco a la distancia, me llama, me dice cuánto tiempo crees que podrás estar lejos, y si tu familia te llama, te necesita. Y si el amor se vuela, como un pájaro en cámara lenta que no detiene el batir de sus alas. Y si la nostalgia me carcome, y si me desoriento. Y si me quemo por dentro con una pasión por volar alto y quiero partir. …Y me llamas, y me dices miamor, je t’aime… y yo… ¡cómo me voy a ir! Quiero estar aquí. Dijimos creemos vida, y yo… ¡cómo me voy a ir! No sé lo que eso significa. A veces tengo miedo. Dijimos, compartamos nuestra vida, y yo… ¡cómo me voy a ir!… ¡Cómo me voy a quedar!, a tientas, hasta que pueda ponerme de pie, decir, sí, no conozco este lugar, pero quizá pueda conocerlo, quizá no necesite conocerlo, quizá lo desconocido sea un aliciente a mi pluma, quizá puedo sacrificar una cosa por otra, quizá puedo sacrificar mi vida a la pluma, entregar mi comodidad a las hojas en blanco para que puedan desenvolverse libremente, dar vueltas en redondo, partir y regresar, sentarse en el puente y conocer a la vida frente a frente, sin subterfugios, la vida sin muros, la existencia sin fronteras, y el corazón tranquilo, guardado entre dos manos, que lo cobijan, a quienes les das tu confianza, porque no te queda otra, porque tú ya estás en otro lado, en la desorientación creadora, en la resignación de la vida, en la entrega de tu alma a la fértil ventisca, yo no entiendo nada, y yo… ¡cómo me voy a ir! Si yo vine a no escapar, yo vine a ver más colores de tus ojos, a profundizar en tu alma, si yo vine a poner una letra al lado de la otra, un vuelo al lado del otro, un dolor al lado del otro, un sentido que tenga sentido, que pueda leerse y tenga sentido, que pueda sentirse y tenga sentido, un lápiz que se concentre en el pasar del río, unas letras que signifiquen algo, que se organicen y se rindan a la belleza que acecha. Y entonces, ¡cómo me voy a ir! Si no quiero volver, nunca he querido volver, pero luego, si ya no puedo partir, ¡cómo me voy a quedar!, pero, ¡no puedo partir!, pero, ¡no quiero quedarme partiendo!, quiero quedarme quedándome, pero que esa parte que está partiendo sea todo ese amor que me espera al otro lado del océano, y que fue lo que me dio la vida, para poder estar ahora quedándome, a pesar de a veces pensar en estar partiendo. Me quedo quedándome, porque nunca se sabe cuándo se está ya partiendo, y yo vine a no escapar, yo vine a vivir, viviendo.

2 de abril de 2015

El pato

No podría decir cuánto anhelo aterrizar en mi vida como el pato que aterriza en el agua. Viene volando, frena sin contratiempos, y luego veloz, pero dulcemente, se posa en el agua, donde sigue deslizándose hasta donde le permite el impulso. Luego continúa, las plumas en su sitio, las alas plegadas y la mirada al horizonte, desplazándose de acuerdo a quién sabe qué criterio, quizá incognoscible para el ser humano. No podría decir cuánto anhelo fluir por la existencia como el cisne que se desplaza al compás de la corriente. No opone resistencia, y su relajada estructura se acomoda al vaivén como una danza de leves oscilaciones compuestas de nuevos matices y ritmos. Sin esfuerzo, deja entrar a eso que va llegando a su tiempo, como una embarcación a la deriva a la que arriban nuevos amigos. No podría decir cuánto anhelo ser como esos cisnes que duermen a plena luz de la mañana. No les importa que alguien los vea, ellos siguen su llamado, reposan la cabeza y el largo cuello sobre el lomo blanco y suave, se entregan a lo que creen, se acompañan, y aunque me acerque a ellos, continúan en su convencido descanso, y de cuando en cuando uno u otro levanta la cabeza para vigilar que el mundo siga igual, aunque sin mayores pretensiones de partir. No podría decir cuánto anhelo ser esas ramas sumergidas que se asoman de tanto en tanto, las veo mecerse mansamente, en cadencia con las pequeñas olas. Esas ramas que tienen su mundo propio, ahí dentro del agua espesa, llena de vida, cristalina y verde, esas ramas que tienen su mundo paralelo, acuático, diferenciado, bullente, saciado. Un mundo insaciable y cambiante. Un mundo mudable, un mundo interior, análogo, donde refugiarse, donde correr cuando fuera del agua no haya inspiración ni respuestas. No tengo tanto, pero al menos tengo conciencia de algo: de que no tengo tanto. Al menos tengo conciencia de algo: no tengo tanto, pero cuando tenga menos, sabré que lo tenía todo. 


1 de abril de 2015

Los cisnes

Corría hoy en la misma dirección del río, desbordada de ideas, como la mañana, atestada de esperanza, en quince minutos había pintado un gran cuadro, bailado flamenco, enseñado español, escrito cinco textos, estudiado en Alemania y fotografiado varios árboles. Al final del trayecto, cuatro gigantescos cisnes me dejaron sin habla. Detuve mi caminar. Se mantuvieron impasibles, pero supongo que alerta, estáticos y preparados para partir en caso de necesidad. Pensé: al final de un camino de sueños, algo queda, algo se cristaliza como ya ejecutándose, como que estuviera ya llegando. Luego partí, de vuelta por el parque, con esa sensación de tarde, de realidad, de día que acaba, y de sueños incumplidos o por cumplirse, pero con la flecha del esfuerzo, siempre presente como ir río arriba, la flecha de la resignación, siempre insípida y perdida, la flecha de las circunstancias, nunca del todo clara y cargada de azarosas concurrencias. Quizá estoy llegando a algún lado, pensé. Quizá estoy estando en algún lado. Quizá todo eso que estoy ahora, cuando llegue la noche será nada. Quizá todo puede desvanecerse en el aire como correr al parque y ser otra al volver.