Quería ver una
película de Claude Chabrol y tomé por azar La cérémonie en la médiathèque sin saber de qué iba. Gratis o por una suma ínfima al año
es posible tomar prestada cualquier película, están todas, todas esas de cine
arte que no había encontrado nunca en ningún lado, pues ahí están, en las
mediatecas públicas, disponibles para mi felicidad y expectación. Creo que este
año he visto 365. Y la música, todos los discos disponibles para mí, anoto en
el buscador con alegría y voy a buscar el disco a la mediateca
correspondiente. Luego esa música está en mis oídos cuando camino por las
calles, haciendo del momento algo mágico, una aventura constante, una película
propia. Los libros no. También están disponibles, pero esos los pago, nuevos o
de ocasión, porque necesito subrayarlos, tenerlos, observarlos, leerlos con
calma, repasar, volar, transformarme, transportarme. Los tengo frente a mí todo
el tiempo. Los miro con tanta emoción. Tesoros, tesoros. Esas frases
maravillosas que se exhiben, para quien quiera leerlas. La protagonista de La ceremonia es analfabeta. Dispara a
los libros. Quiere eliminar todo lo que pilla. Quién es Sophie. La mujer que
trabaja como empleada doméstica en una casa burguesa cerca de Saint-Malo. Amiga
de Jeanne, la cartera. No esperaba encontrarme con una alegoría de la crisis
actual de Chile. Un estallido que pone fin al desprecio. Viendo en la película
a Sophie que sirve la comida a la familia en el comedor familiar, recuerdo cuánto
rechazo me causa el hecho que alguien me sirva en una casa, si no está sentado
a la mesa conmigo. Cuán distinto es el sabor de la comida cuando lo preparamos
y lo servimos para nosotros mismos. Cuando los integrantes de una casa se
organizan para limpiar y lavar la ropa. Si te vas de Chile la idea de que
alguien duerma en tu casa o esté en tu cocina porque le pagas parece algo del
siglo pasado. La venganza de Sophie y Jeanne contra quienes les dan las órdenes
tiene la misma sustancia de la furia de la primera línea. Es como si Claude
Chabrol se hubiese paseado por esas calles sin saberlo. Pero no es eso. Simplemente
el fenómeno es el mismo. Mientras haya que pagar en todos lados por los libros,
las películas y la música, y mientras haya personas que sirven a otras que
celebran o sólo ven pasar la vida, mientras haya personas que sirven a otras en
las fiestas en vez de estar con sus propias familias, las bibliotecas y los
cuerpos van a seguir explotando. Lo malo es que Sophie y Jeanne son las que se
quedan sin ojos en la historia de Chile. Los otros siguen comiendo tranquilos,
tocando la campana para llamar a quien debe traer la comida. Hasta cuándo. Ser
como de la familia, sin ser de la familia. En las familias todas las personas
son iguales. Que muera ese Chile lleno de ceremonias. Lleno de Claires, de
Solanges, de Sophies, de Jeannes, de Christines, de Léas, tan lleno de madames,
por dios, qué cuesta poner a lavar la ropa, aquí todo el mundo lo hace, y sino
pagan lo que cuesta. Y la relación es otra. Abramos las bibliotecas y
revolvamos la cacerola. Ese país perdido entre el mar y la montaña tiene un
futuro aciago de otra manera. Gracias a que nací en él puedo ver la diferencia.
No me quejo. Sólo espero no encontrarme con alegorías y signos en cada rincón. La
desigualdad es sofocante. Cómo todavía respira ese pedazo de tierra. Quizá esa
es la pregunta base. Pero vayamos inmediatamente a las respuestas. Esas son
fáciles. Otra cosa es esquivarlas. Por la razón que sea. Porque es rico que te
sirvan a la mesa. Porque a veces llevar la bolsa de basura hace que las manos
se ensucien. Porque el polvo da alergia. Chile me hace pensar en los castillos
de la Loire. Algo muy señorial, lleno de ceremonias. El problema es que esos
castillos ahora son museos. Será acaso la ocasión de descolgar esos cuadros y
ponerlos en el museo. Dejar los vestidos de Catherine de Médicis y de Diane de
Poitiers y abotonarnos la chaqueta solos. Una sola puerta de entrada y una sola
puerta de salida. Un mismo bus para todos. Que para castillos ya tuvimos
suficiente. Además los reyes eran personas educadas, habían leído mucho. Quizá se
merecían el servicio a la mesa. Hoy nuestros gobernantes y políticos no están
en ese grupo, pero quizá lo peor sea que piensen que nadie fue al colegio. Que nos
traten como analfabetos. Que nos cierren las bibliotecas y luego nos disparen y
luego digan que ellos no fueron, o peor aún, que fuimos nosotros mismos. Los que
destruimos el castillo. Esa majestuosa estructura junto al río. Parece un oasis
en medio del bosque. Abramos los museos y digamos adiós a los castillos. Lleguemos
al final de la ceremonia. El 2020 acecha y los ojos están encima. El planeta
escribiendo. Cambiemos de una vez ese bello país de mestizos sublimes. Que para
reyes ya tuvimos suficiente. A revolver la cacerola para cambiar la ceremonia. Hay
que salir a buscar los libros que nos esperan. Vivan las manos. Todas íbamos a
ser reinas. No me des de a pedazos, migas para recoger. Uno se entrega entero
cuando se ha de querer. Viva Rosalía, viva Efigenia, viva Lucila y viva
Soledad. Todas vamos a ser reinas. De mil reinos sobre el mar.