El loco no es solamente una carta del tarot, que habla sobre aventura y libertad, es también la persistencia de la nocividad que intenta ser seducción en apariencia. Es también la insistencia oblicua que hace caso omiso al: desaparece. Hace unos días un comentario en mi revista, ¿en qué idioma hay que hablar? Cuando tenía yo diecisiete años y estaba en el colegio, comencé una relación con alguien que tenía siete años más que yo y se preparaba para trabajar como psiquiatra. Relación que duró hasta unos meses antes de mi cumpleaños número veintiuno. Mucho tiempo, sobre todo a esa edad. Lo pasábamos bien y conversábamos mucho, tocábamos música, aprendí bastante. En el ámbito sexual había limitantes y la experiencia podría haber sido mejor, pero no tenía punto de comparación en ese momento así es que no lo podía saber, todavía. Un buen día, de la nada, decidió que había que terminar la relación “por mi bien”. ¿De qué estamos hablando? Mi identidad había ido construyéndose con fragmentos de él así es que la sensación fue exactamente igual que estar en un balcón y que te empujen hacia abajo sin gritar agua va, esto es: sin ningún tipo de red de salvataje para retener tu caída libre. Por mi bien. Me dijo hablemos en un mes más. Yo pensé que en un mes el asunto retomaba, me quedé en la perplejidad tratando de entender algo. Al mes, nada. Sólo era para saber cómo estás. ¿De qué estamos hablando? Llorar todas las noches. Un año después, cuando yo estaba en una relación con otra persona, enamorada y feliz, en el punto más alto luego de casi un año juntos, reapareció. Esto volvería a repetirse en un sinfín de oportunidades, pero sólo para molestarme un rato, caí en cuenta años después. Nunca en casi veinte años después del fin de la relación sus palabras fueron ciertas, qué siniestra manera de funcionar, ahora lo veo tan claramente. Volvamos a su aparición un año después de su abandono imprevisto. Claro, como todo iba bien en mi vida, había que hacer algo. En su retorcida mente había que tramar algo, supongo. No sé si concertado o no, pero por una casualidad, para mí, terminé sola con él en su departamento un día. La escena no parecía preparada, en apariencia. Puso toda la música que más me gustaba, luces bajas. ¿De qué estamos hablando? Mi enamorado me esperaba. El loco lanzó toda la caballería, completa, hasta con regimientos que yo no conocía, todos salieron a la pista, el ataque fue total. Me pidió matrimonio, cásate conmigo, estoy desesperado, bla bla bla bla bla. La manipulación es su especialidad, en eso se graduó con honores. ¿De qué estamos hablando? Yo tetanizada, deseando desaparecer sin más, de aquella hipnosis funesta, como una serpiente alrededor de tu cuello. Nos besamos, y luego logré partir. Le dije, por supuesto, que no iba a casarme con él, porque estaba emparejada con alguien más, a quien él conocía bien, pero sobre todo, porque no quería. Cien llamadas al día durante los meses que siguieron, nunca contesté, y explicándole a mi enamorado la emboscada, rogando porque me perdonara. Hay muchos más capítulos en esta historia, ¿pensaron que se acababa acá? ¿De qué estamos hablando? Cada cierto número de meses volvía a aparecer, y siempre era el mismo discurso, no estoy enamorado de mi pareja (tenían ya un hijo, luego dos, luego tres), eres mi tesoro secreto que guardo en un baúl, mi único amor, no puedo dejar de pensar en ti, bla bla bla bla bla. ¿De qué estamos hablando? Por supuesto no se movía un ápice de donde estaba, pero siempre relataba las peores experiencias por las que pasaba con su pareja, vida familiar, etc., era algo horrible, nunca la he querido. Todas las veces me desestabilizaba, pero siempre lograba ponerle freno. Un buen día, yo no estaba en pareja, años después, un año antes de mi desaparición definitiva de Chile. Le dije, ok, seamos pareja, si eso es lo que quieres. Su familia contaba ya con tres integrantes, además de él y su pareja, pero él nunca la había querido, eso decía, siempre. El delirio, de su parte y la mía, duró un par de días. Pero hay una diferencia clave, yo lo decía en serio, y él no, como siempre, recordemos que maquillar la realidad es su habilidad suprema. Nos juntamos a almorzar para concretar lo conversado. Llegó con cara de funeral. ¿De qué estamos hablando? No puedo, no puedo, hacer esto, es lo que quiero, pero soy una pobre víctima de las circunstancias, el hijo maldito de un destino torcido que se ensaña contra mí una y otra vez, soy lo más desgraciado del planeta tierra y del universo completo con todas sus estrellas. ¿De qué estamos hablando? Terminó el almuerzo, él en su nube se ponía a caminar a ratos más adelante sin darse cuenta siquiera que yo me quedaba atrás. ¿Existía alguien más para él, que él mismo? En general parecía que no. Sus rasgos se parecían a los de un narcisista perverso. ¿Creen que la historia termina ahí? Por supuesto que no. Le pedí, como ya lo había hecho en incontables ocasiones, que no volviera a dirigirme la palabra, pero esta vez se lo había pedido con más énfasis que otras veces, dado el tamaño del delirio. Retrocedamos un poco, me lo encontré una vez en una celebración de matrimonio de un amigo en común, él con su pareja, la que no quería, eso decía. Al llegar y saludar, ella no me saludó. Me quedé con el ademán de saludarla y luego seguí de largo. Dos veces en mi vida me ha pasado que las parejas actuales de ex parejas mías no me saludan. En ambas ocasiones me he quedado realmente intrigada, ¿qué les habrán dicho? Ya me veo algo del tipo, todo es culpa de ella, me persigue. Qué terrible. Pero volvamos a la petición. No se demoró mucho, y decidió crear un blog, en sus palabras, “para existir por ahí”. ¡De qué mierda estamos hablando! Cómo pedirte, en qué idioma, no quiero saber más de ti, es tan difícil de entender. Todos los días un texto, de personajes, en que él era el paciente, y hablaba con un psiquiatra. Por supuesto él era la pobre miserable víctima, que me había perdido, por estar enfermo, por estar loco. En lo último tenía razón. Era un loco. No de esos amorosos, en su mundo, creadores, uno totalmente sombrío y fúnebre. Por primera y única vez en mi vida tuve una crisis nerviosa, luego de escribirle un correo, donde le pedía casi de rodillas que no quería, nunca más, pero nunca más saber de él, por ningún medio, físico, virtual, señales de humo, ondas en el agua, telepatía, nada, por ningún medio. Yo con crisis nerviosa y él nada, en su puto blog dedicado a mí con sus personajes delirantes. Sálvame, dios mío, creo que me convertí al catolicismo, o estuve cerca, para poder rezar con más ahínco. La historia no termina ahí, por supuesto. Había que llevar siempre la manipulación a un nivel superior, no vaya a ser que las técnicas fallen y no apruebe el examen. Una vez yo en Barcelona, adivinen: reapareció. Ahora sí, seguro, no hay vuelta atrás, me decía, seguían siendo tres los integrantes de su familia además de su pareja, porque supongo que ya cuatro era mucho, quiero verte, eres mi tesoro en el baúl, bla bla bla bla bla. Voy a organizar un viaje, alguna conferencia, para ir a visitarte, listo. En buen momento llegó el año nuevo y con eso una vida nueva para mí y no volví a dirigirle la palabra ni a pensar nunca jamás en él. Pero ahí no termina la historia. Recuerden que cada cierto número de meses volvía a atacar, parecía un mono porfiado, íbamos ya en el año dieciséis contando desde el fin de la relación. Se dice rápido, pero es bastante tiempo. Adivinen: reapareció, yo en Chile, mensaje. Cómo estás, yo, él: mal, desajustado, semana infernal, y yo, pero vi por una foto que volviste con tu ex, él: ah sí, pero justamente, por eso, el cambio de casa, me aceleré mucho. Yo, ah, por eso fue satánico, ok. Creo que fue la primera vez que pude ver el plano completo de la manipulación ahí claro. Procedí, al fin, a cerrar todas las vías posibles de comunicación, más vale tarde que nunca, es lo que dicen. De eso hace ya varios años. Pero adivinen: ahí no termina la historia. Siguió buscando maneras, porque me imagino que el no, no es una palabra de su vocabulario, alguien tan centrado en él mismo no puede creer que yo ya no quiero hablar con él, hay que inventar nuevas vías. Resolvió contratar a mi mejor amiga como abogada para divorciarse. Porque cualquier estrategia es válida para seguir marcando su poderío, como un perro orinando en cada árbol. No fue tan buena idea, ella pudo constatar de primera fuente sus estudios superiores en manipulación y ver el nivel de devastación y destrozo que causa su manera de funcionar. De vez en cuando, antes de que yo bloqueara todas las vías de contacto, anotaba mensajes públicos que iban dirigidos a mí en clave, simulando que eran para alguna otra con la que compartía su vida. Qué pesadilla. Lo peor, creo, es la diferencia entre la apariencia y la realidad, esa pleitesía que parece rendirle todo el mundo, esa imagen modificada de él mismo que proyecta y que al parecer tantos se tragan. Lo otro muy nocivo, es que no entienda que no quiero saber nada de él, y volvemos al comienzo del texto, no quiero nuevas estrategias, no es necesario que comentes en mi revista para que yo lo lea, gracias, pero no hace falta, además con un nombre de twitter tan ridículo, y siempre mostrándose como que está por sobre los demás, donde no está por supuesto. Quizá lo que más le molesta a alguien como él es que yo haya desaparecido de su vista, y que ya no le rinda pleitesía también, lo que alguna vez hice, cuando lo que teníamos valía la pena, creo, y lo que nunca más, gracias a dios, volvió a repetirse. La locura a veces causa mucho daño, y más todavía cuando las acciones son deliberadas. En el fondo, nunca le han importado mis peticiones ni las de nadie, sólo lo que él quiere conseguir, que es, la pleitesía a cualquier precio, con opresión o sin, pero siempre con desconocimiento. No se rinde pleitesía a alguien así, sabiendo. Ni siquiera sé si estar en esa consulta será recomendable, pero ahí no voy a emitir opinión, porque afortunadamente eso no me ha ocurrido. Hubo buenos momentos, pero es un seductor barato que causa daños irreversibles. Para un poco, en serio, para. Quizá tratarse, ¿se arreglan esas cosas? Todo lo que comienza como comedia, termina como tragedia, lo escribió Bolaño. Con que desaparezcas, me basta. Parece que no, pero un día las cosas se acaban, y dependiendo de cuánto hemos considerado a los otros, a veces acaban mal. El loco es mucho más que una carta del tarot. Es la voluntad de volver mierda lo que una vez valió la pena. Quizá ahí está la enfermedad.
30 de abril de 2023
La amenaza
Nos divertíamos caminando por la selva. Sentíamos que era nuestro lugar. Teníamos rutinas que nos gustaban. Observar ciertos árboles, comentar sobre ciertos pájaros. Un día el río subió y quedamos atrapados, no se podía cruzar. Esperamos donde estábamos, comiendo lo que los árboles nos daban, observando los animales, era la primavera selvática, no nos aburrimos, buscamos ocupaciones y nos dedicamos a profundizar en ellas. Fueron unos meses de reflexionar y acercarnos, esperando que el río bajara. Pero un día él comenzó a ver pisadas por aquí y por allá. Huellas que quizá significaban cosas. Comenzó a investigar, observar el movimiento del viento y los posibles cambios de todo lo que estaba alrededor. Leía las señales. Un buen día me dijo: una amenaza se cierne sobre nosotros. Yo observaba hacia todos lados, pero no tenía tanta información como él, no veía la amenaza claramente. Ahí está, ahí está, me decía. Empezó a sentirse contrariado. Cómo no la ves. Comenzó a encerrarse sobre él mismo. Quería alertar, empezó frenéticamente a redactar afiches con pequeñas anotaciones que indicaban los detalles del peligro. Los fue colgando a los árboles para advertir. Yo seguía mirando para todos lados sin comprender mucho. Pero él tenía información precisa, a la que yo no podía acceder. O quizá no me interesaba lo suficiente. Tenía mejores cosas que hacer. La selva era muy interesante, empleé mi tiempo en anotar pequeñas historias que iba identificando. Él fue profundizando más y más en las precauciones a tomar, en la dimensión del peligro, yo iba profundizando en las historias, buscando nuevos elementos que antes no había reconocido. Un día sucedió algo inesperado: yo también era el enemigo, no era yo capaz de reconocer la amenaza que se acercaba y se acercaba, y la coalición ya era gigantesca, la selva completa formaba parte. Comenzó a decirme que mi actitud era grave, indiferente a la gran nube que estaba entre nosotros, haciendo caso omiso a quienes dejaban esas huellas y mi indolencia tendría consecuencias. Yo seguí con mis historias mirando de reojo esa gran maldición que me alcanzaría, esperando que una vez que el río bajara también bajaría la intensidad de su percepción del peligro que ya comenzaba a inquietarme. El río volvió a bajar un día, le dije, ya vámonos para la casa, hace un momento que estamos aquí. No, me dijo, no entiendes la amenaza. Tomó todo y se lo llevó. Las mochilas, la casa, la familia, los animales. No vuelvas, me dijo. No quiero que estés aquí, siguió poniendo afiches con advertencias, por meses, años. Yo me quedé con las historias, nada más. Sigo viva, la catástrofe anunciada no ha llegado. Me interné en la selva, no tenía nada mejor que hacer, llevándome las historias, recordando de cuando en cuando. La amenaza era clave, pero no el hecho de que yo partí selva adentro sólo con historias en el bolsillo. Ahora aparece a veces y quiere también llevarse las historias, me dice que no me pertenecen. Yo me quedo observándolo impasible. Mirando cómo me dice que buscaba la soledad, pero no es capaz de tomarla. La amenaza en su cerebro se llevó lo que me pertenecía. Pero por siempre, por siempre, las historias serán mías. Y podrán revelar los secretos de lo absurdo de residir en la selva. Todo eso que yo intuía, y que su partida me dejó descubrir. Me traicionó a mí y nunca a la amenaza imaginaria. Piensa que las cosas serán distintas. Pero los ciclos tienen una tozudez impresionante. Su cerebro imaginario flota río abajo. No he tenido oportunidad de verlo en su barcaza, estoy muy dentro de la selva con las historias. Sólo sé que me traicionó, y que ahora comprendo cuál era la real amenaza. No pude verla antes. Quizá se está secretamente vengando, y luego yo podré vengarme, y así sucesivamente, qué bello es el amor, ¿cierto? Traiciones y amenazas. La fragilidad del hechizo, la obstinación de las repeticiones, y esa absurda noción de la existencia sin temporalidad, sin pasado, sin futuro, y la idea de que comenzar la aventura está fuera de esa línea, eximido del dolor que, inevitablemente, llegará. Entonces alguien piensa, conmigo será distinto, para qué observar el pasado. No hay peor ciego que el que no quiere ver. La ceguera es peor que el peligro. No veo que haya llegado un nuevo orden a la selva, pero sí te cayeron encima las historias, la más grande amenaza.
27 de abril de 2023
Sin forma
A veces anhelamos cosas que no van a llegar. Cuerpos que no podremos obtener. Movimientos acompasados que están más allá que nosotros. Que observamos a la distancia. ¿Y decírselo? Confesar esa atracción maldita que destruye. Que es tan fuerte como querer vivir. Querer bailar y olvidarlo todo. Como si enfrentar cada día fuera algo fácil. Algo sin contratiempos. Sin distancias. Sin dudas. Sin verdades que llevamos con nosotros y a veces no sabemos qué hacer con ellas. La primavera tiene ese aroma de que todo es posible. De que las cosas pesan poco. De que existir es como flores que surgen por todos lados. Que al mirarlas hablan de colores que no tienen que ver con la consistencia densa de la que está fabricada la vida. La sugerencia de que la multiplicidad de tonalidades son eventos que cruzan a veces nuestra ruta. ¿Y ahora cómo decirle? Hay cosas que no se pueden hacer, aún en el presente. En este presente transformado y tan lúcido. En este presente glorioso y omnipotente. En este presente creativo que todo lo asola. En estas ganas de acabar con los límites de las palabras. Con las separaciones de los cuerpos. Subir el volumen de la música y perderse en el suave abismo. Sentir que ya se ha vivido lo suficiente, que lo queda para adelante tiene que flotar en el vacío del placer y del esfuerzo. Los amas a todos, me dijo un día. No es verdad, sólo a algunos. Muy pocos. Y no puedo tenerlos a todos. Algunos están más allá del abismo. Donde cuesta pronunciar las palabras, donde la sonoridad se desvanece al intentar llegar a puerto, donde las frases se quedan detrás de los ojos, observando, maldiciendo la forma del mundo y sus contornos rígidos que están hechos de un humo denso que todo lo confunde. De qué está compuesto el deseo que duele. Cuál es su llamado. Cuáles son sus expectativas. Qué sueño quisiera hilar en el aire. Hasta desvanecerse como una nube que parte para disolverse y dejarnos el puñal clavado. Bien adentro. Porque en el fondo amar cuando es cierto es sólo desear un cuerpo y las palabras que lo acompañan. Una cierta energía que nos dio en la cara en pleno día y ahí quedamos. Como perdidos en la mitad de una colina desierta, y luego volver a casa y tener que ponerse a buscar la coherencia y las razones de por qué se empezó algo y cuál era su sustancia que nos llevó tan lejos, a pesar de que todo parece estar en el cajón equivocado. Y en los estantes los libros que nos señalan, que nos dicen, dónde quedó tu coherencia, dónde quedó ese personaje que armaste, que tenía tanto sentido, dónde quedó ese grito ahogado que una vez pudo salir, pero las razones parten lentamente dejándote al descampado, y luego: ¿qué? Mirar hacia atrás, hacia delante. Mirar la sustancia real del presente que parece como que estuviera compuesta de algo que no tiene que ver con nada de eso. Sino con otras cosas, independientes, fieles a ellas mismas. Y decirse: no sé quién fui pero ahora ya sé quién soy. La que todavía no conoces. La que te espera en ese puente que une la vida al deseo. La que está desilusionada del amor y sólo quiere volar. Tal vez contigo. Lo interesante de la vida es la sugerencia de nuevos crepúsculos a observar hasta desintegrarse. La ocasión sin tregua de alcanzar lo inexplorado. Lo que alguna vez pueda quizá sugerirte. Un anhelo primitivo de encontrarse en ese lugar donde las cosas ya no tienen nombre. Ser lo no nombrado, y así fundirse en una sola cosa sin forma y sin nombre.
16 de abril de 2023
Partir IV
Aldito, ¿cómo estás hoy? Sé que puedes escucharme. Me ayudas a escribir. Te cuento que esta semana llegó mi biblioteca desde Santiago de Chile, mis discos. Después de ordenar estuve escribiendo escuchando una canción que me mandó tu amigo, ahora también es el mío, ya te conté, es una canción que ya conocía y me gusta mucho, pero había olvidado. ¿Te acuerdas de mi departamento de Santiago de Chile? Estaba pensando en el último año en ese departamento. Te conté un día que estaba de aniversario de separada, con mi clásico humor negro que te hacía reír. El mismo día del cumpleaños de tu amigo. No fue coincidencia supongo. Llegaste un rato después con una botella de champaña al departamento, también tenías ese humor negro que me destornillaba de la risa, qué idilio. Conversamos en la mesa de la cocina hasta las siete de la mañana. Luego te quedaste a dormir, era tardísimo. Me encantaba dormir contigo. Tiempo después me dijiste que esa velada te había transformado, que lo habías pasado bien, que estabas abierto a nuevas cosas. Yo había estado viendo a tu amigo, que había terminado con su pareja, hablando con él. Me dijiste varias veces que querías que siguiéramos viéndonos, si podías ir a mi casa, que habláramos. Te dije que no quería mezclar las cosas, no esta vez. Llegaste un día a la acera, muy tarde, yo no quería ver a nadie, me sentía enferma, te dije que nos viéramos otro día, nunca había hecho eso. Estabas desilusionado. Los dos oscilábamos mucho y muchas veces nos hicimos daño. El año anterior yo quería verte más, pero aparecías y desaparecías, me volvías loca. Fui muy dura, recuerdo la conversación, te hablé como no te había hablado nunca, no quiero más de esto, Aldo, te dije, no estoy para tu juego eterno, no sé por qué reaccioné así, te sorprendieron mis palabras, eran quizá una traición para ti a nuestro caos habitual que tanto nos gustaba, pero me sentía harta en ese momento, quizá estaba diciéndote cosas que tenían más que ver conmigo y con los límites que intentaba poner en mi vida, teníamos confianza y hablarte era como hablarme a mí misma. Esos últimos meses en el departamento finalmente no nos vimos, te dije que nos veríamos en otro momento. Yo partí a Europa y tú a Estados Unidos, cada uno a materializar su destino. Yo sabía que tú llegarías lejos, siempre lo había sabido, no tenía ninguna duda de tu capacidad, eres la persona más brillante que yo he conocido, y de una perseverancia impresionante. Simplemente un genio, y de una belleza sublime, ya lo sabes. Te extraño tanto, es durísimo, sé que habrías estado orgulloso de mí y de mi camino, como yo estaba orgullosa de ti. Partimos al mismo tiempo a conquistar nuestros sueños. Tú hiciste todo rápido, porque así eras, explosivo, certero. Yo voy lentamente, pero sin detenerme, y disfruto la ruta, te escribo estas palabras en la mesa de la cocina de mi nuevo departamento, nunca escribo aquí, pero me pareció íntimo para decirte lo que quería decirte. Veo un bosque hermoso por la ventana de la cocina y pájaros que se posan en los árboles instalados haciendo equilibrio en la colina. Hay un cedro que amo particularmente. Es de una belleza inaudita. Sobresale junto a los demás, como tú, con sus brazos firmes hacia los lados. Cuatro cuervos danzan en este momento en el aire, batallando. Quiere posarse cada uno donde él quiere. Los cuervos son pájaros que admiro, negros e imponentes. Me pregunto si las personas cuando parten dejan algo de ellos para los cuervos, los cedros, los cisnes y sus nidos. Frente a mi otra ventana hay un cisne anidando, un conjunto de ramas que albergan varios huevos, una experiencia maravillosa, lo observo todos los días, lo acompaño desde arriba, como si quisiera cuidarlo simbólicamente de las personas descuidadas y los perros que van sin correa por el paseo junto al río. Pienso en ese nacimiento como la capacidad de transformarse, como la posibilidad eventual de dejarte ir, algún día tengo que hacerlo, ¿no? No vas a volver, ya lo sé. Quizá cuando esos pequeños cisnes partan puedo dejarte partir con ellos. Despedirme de ti. Sé que es lo que crees que tengo que hacer. Aunque sé que nunca lo voy a hacer realmente. Tu magia y tu inteligencia me acompañan para todo lo que tengo que lograr, todo lo que me he impuesto en estos años, que son desafíos demenciales como los que tú te imponías. Como sé que me entiendes me sirve. Por eso no puedo dejarte ir. Tienes que acompañarme para darme fuerza. Te diré algo, sé que estás ahí y no me siento sola. Sé que no podré compartirte los pequeños grandes triunfos si algún día ocurren, pero me basta saber que los inspiraste. Que siempre creíste en mí con cariño. Me hacías sentir tan bien, siempre nos apoyamos. Aldo, el misterio continúa, no puedo mentirte. Nunca nos mentimos, era la confianza absoluta, aunque a veces peleábamos cuando considerábamos que el pacto tácito se traicionaba. Que las historias tengan un final cuando nos gustaban es algo triste. Como lo son otras cosas también en la existencia. Pero lo que me queda, creo, es una sensación de mucha felicidad, tiene la forma de un agradecimiento, de un deseo de vivir que despertabas en mí que siempre me va a acompañar. De un deseo simplemente, algo que te impulsa a seguir, siempre. Te quiero, Aldo. Probablemente el error es pensar que las cosas van a durar para siempre. Te extraño, Aldito.
Sigo encontrando correos antiguos que no recordaba, es tierno y me causa gracia, te copio algunos fragmentos.
Tú a los veintitrés: demasiado linda la última foto que pusiste. Más lata me da que anden comentando otras fotos tuyas... en fin. Te informo que las azaleas rosadas están gigantes... y ahora tengo chanchitos de tierra de mascota que entran a mi pieza y caminan por el escritorio.
Yo a los veinticinco: lo más loco es que me he imaginado que nos vamos a otro lado lejos de aquí. Quizá sí estoy loca... pero por lo menos estoy aquí... y viva... para lo que venga. La verdad es que no puedo olvidarte. No sé si es bueno que te lo diga, pero así es. ¿Qué hay que hacer?
Yo a los veinticinco: el asunto de todas maneras es que yo me quiero ir a estudiar a Paris, quizá marzo, o antes o después, pero por ahí, eso estoy viendo, así es que habrá que ver qué va a pasar. Pero yo me voy. Me gustaría que pudiéramos hablar más fluido, pero no es fácil. Fue rico hablar contigo el otro día y que te alegraras de escucharme, o sea por lo menos eso parecía. Y me gustaría saber por qué me llamaste ayer.
Yo a los veinticinco: en el primer correo que te mandé te escribí que por lo menos estoy aquí y viva para lo que venga, bueno el jueves eso casi se acaba, podría haber muerto en el accidente. Qué fuerte que en cualquier momento se acaba todo. Bueno, sigo estando viva, por suerte, y no podemos saber por cuánto más. Y en cuanto a aquí, tampoco sé por cuánto más. Lo que queda claro es que hay que aprovechar el tiempo porque nunca sabremos cuando se acaba todo. Cuídate mucho. Por favor (no eres tan bueno para eso a veces). Besos. Andrea
Quiero compartir contigo algo bonito que me mandó tu madre. Disfruto los textos que me envía y me hacen sentirte cerca. Son para ti, desde luego, yo leo con cariño y dejo que las palabras pasen a través mío para que el amor que te teníamos ilumine la posible sombra. Han sido instancias especiales, de las cuales estoy agradecida. Me gusta compartir con los que te quieren el amor que me inspiraste.
Te copio aquí sus palabras:
Andrea, mi respuesta para tu Partir III:
Aldito, pienso tanto en ti, aún me parece un mal sueño tu partida. Me dejaste tantos regalos, tantas vivencias por las cuales dar gracias, pero sobre todo, al final me enfrentaste a una revelación trascendente acerca de esta vida. Esta vida es un simple paso, un instante de tiempo dentro de algo más grande, más ancho y profundo, más conectado, más extenso, más envolvente.
Con este nuevo conocimiento, esta conciencia que me has permitido, vuelvo a mirar los episodios de mi vida y descubro el drama, la comedia, mis caprichos y empecinamientos, mis hormonas actuando en cada etapa y también logro ver lo inmanente, aquello que no se conmovió y permitió que el juego se desarrollase.
Tengo mucha suerte, te tuve a mi lado en la vida desafiándome constantemente y te tengo a mi lado en tu muerte mostrándome la inmensidad y el paralelismo. He llegado a creer que hay una versión mía que está contigo en el espacio en que te encuentras ahora y eso me calma. Ya no tengo que morir para llegar a ti, estoy contigo en este momento.
Esta nueva conciencia me permite desapegarme, observar, elegir donde participar y donde desentenderme. Es muy imperfecto aún, me falta práctica, pero el conocimiento ya es mío. Siempre lo fue, solo que ahora lo reconozco.
Lo más fuerte de tu ausencia fue lo inesperado y lo definitivo, un día estabas y definías los espacios que te rodeaban y al día siguiente todo era silencio perpetuo. Ahí empecé a buscar tu huella, los lugares en que tu energía permanecía. Necesito prepararme para conectarme con esa versión de mí que está en tu dimensión y al mismo tiempo permanecer aquí.
Iré a buscarte a Honolulu, voy a estar en el lugar en que te fuiste, el mismo día de otro año, ahora en paz y con aceptación, para percibirte de nuevo.
Te amo y te pido que me guíes para hacer algo bueno con este conocimiento. No sé si se pueda transmitir, pero lo intentaré.
15 de abril de 2023
La encomienda
Años atrás, en un momento difícil personal y profesionalmente tuve la mala ocurrencia de llevarme a Chile mi biblioteca, mis instrumentos musicales y la música que tenía en formato físico, esto es, todo lo que poseía. Por supuesto me quedé finalmente en Chile sólo unos meses, y al volver a Francia tuve que dejar atrás esas cosas, que para mí fue como dejar un brazo, cuatro dedos y la mitad de una pierna: cosas fundamentales para la vida en el planeta tierra. Partí, con la mitad de mi cuerpo a cuestas y me despedí sentidamente de ellos, prometiéndoles que nos volveríamos a encontrar. Todos lloramos, nos abrazamos, y me embarqué a continuar la aventura, como siempre. No hay que olvidar que al caos no se renuncia jamás. Antes de partir me encerré varios meses a redactar el borrador del proyecto doctoral absurdamente desafiante que yo misma me había impuesto modificando el anterior, porque para qué hacerlo a medias, dos autores, dos profesoras, dos facultades, inventémoslo todo en un par de años, quizá es posible, veamos, lancémonos en picada al caos para que nos hable a la cara. Lo interesante es que logré redactar el borrador, sobre el que todavía sigo reflexionando porque la universidad luego de un par de años me invitó administrativamente a volver a inscribir mi proyecto porque a pesar de que era otro tema distinto al anterior lo consideraba como un cambio de título, y no podía seguir dándome plazo para mi reflexión que había logrado fundir mi cerebro pero no mis ganas de explorar lo imposible, mi pasatiempo preferido. Ahora voy en cuatro autoras y autores y el desafío sigue transformándose, pero la felicidad de reflexionar e investigar está intacta. Sólo creo que será mejor que exprese a mi manera lo que me gustaría decir: siempre la literatura. Hay algo que siento de tiempo en tiempo cuando mi cerebro literario se funde y me quedo en la intemperie mirando hacia los lados: cuando se acaba la creatividad viene la academia. La fantasía versus el corsé. Bolaño lo desarrolla de manera hilarante me parece en 2666, el modo de vida diferente de los escritores versus los críticos. Pero volvamos ahora a los libros que tuve que dejar atrás, ya habrá tiempo, espero, de hablar de eso otro. Entonces, este año, luego de varios años separada de la mitad de mi pierna, un brazo y cuatro dedos, resolví que era el momento de volver a reunirnos, dada la mayor estabilidad que podía ofrecerles, al contar con los papeles y el espacio físico necesario y propio. Se embarcaron y llegaron frente a mi casa finalmente en un camión conducido por un papanatas, aquí viene lo interesante de la historia. El personaje en cuestión se baja del camión, baja la mole gigantesca que constituía todo lo que dije antes junto, más libros nuevos y toda mi colección de discos que tenía en Chile que también decidí traerla y la deja en la acera, y me dice, listo. Estamos hablando de muchas cajas, todas juntas unidas con miles de cartones alrededor y plumavit y cinta adhesiva, una estatua colosal de miles de kilos. El utilizó, desde luego, un remolque para hacerlo. Yo lo quedo mirando, y le digo, ¿cómo?, gracias, perfecto, pero ahora necesito que eso llegue a mi departamento. No me pagan para eso, me dice, yo lo voy a dejar aquí, y señala la acera. Voy a necesitar, le digo, que al menos lo deje adentro del edificio, si no fuera mucha la molestia. No es verdad, no usé esas palabras. Fueron un poco más incisivas, un poco. A lo que accedió a entrarlo al edificio. Por supuesto la estatua colosal no cabía por la puerta. No se preocupe, le digo, voy a traer una tijera, ya que usted no tiene una, y desarmamos este menhir y luego por partes podrá entrar por la puerta, además, le comento, la verdad que va a tener que ayudarme a que sus partes queden al lado del ascensor porque sino no me será posible ponerlas dentro y que logren llegar a su destino final, que no es la acera, sino mi casa. Bien, accedió a desarmar el monolito, o sea, entre los dos cortamos el envoltorio monumental y llegamos al corazón de la piedra. Pierre, seguro no se llamaba así, pero digámosle así para entendernos, llevó un par de cajas luego dentro del edificio, atención, no subió los peldaños hasta el ascensor, sólo en la entrada, pero sí me ayudó a llevar el teclado, que tiene el porte de un piano, hasta el ascensor, pero no a dejarlo dentro, atención, y yo compartiéndole la fragilidad de aquella maleta gigante, de lo que él no se había percatado, no tenía cómo saber lo que contenía. Hecho esto, entró un par de cajas más, las que yo llevé junto al ascensor, y luego trajo un pequeño teléfono o algo así, y me pregunta mi nombre y me dice, debe firmar aquí. Yo sabía que si firmaba había una posibilidad que él partiera, pero pensé que lo que había abajo de todo era de él, una superficie gruesa y ancha como un escenario, por lo que habría que sacar todo de encima para poder partir. Craso error, no era de él. Termino de firmar, yo, y él, media vuelta, la mitad del menhir y todo su envoltorio en la acera, Pierre el papanatas se subió a su camión sin mirar atrás y partió, sin decir palabra. Me quedé mirando el camión partir con estupor, y luego observé la acera reconociendo que lo que quedaba por hacer tendría una sola responsable: yo. Qué pelotudo, pensé, por supuesto, que arda en el infierno. No, no me dio para tanto, sólo pensé empresa de mierda o funcionario de mierda, y ahora qué. Me quedé un momento observando el monolito, a continuación de observar el camión hasta que se perdió en la inmensidad. Si la situación le pareció divertida, ojalá que haya estrellado su camión después contra un poste. No, no pensé eso, sólo me dio para tomar decisiones que eran necesarias en ese momento. Subí de a tres las cajas en el ascensor, que es muy pequeño, mientras el cerro de cartones, plumavit, cinta y el escenario quedaron en la acera a la espera de una solución lo antes posible, y luego de eso pude regresar a la acera. El teclado fue particularmente difícil de entrar al ascensor y dejarlo en el departamento, pero finalmente logré terminar la operación, y el menhir estaba desarmado dentro de mi casa, y sus partes no se habían perdido por el camino. Fue una alegría reencontrarnos, pero no había tiempo para largos discursos porque tenía que regresar a la acera lo antes posible a ocuparme del escenario de cartones para realizar una performance consistente en hacerla desaparecer. Entremedio apareció una señora mayor que resultó ser la vecina de la puerta de enfrente y me ofreció ayuda, luego de comentar algo de que no podía pasar en lo que no insistió posiblemente por mi cara de respuesta a su comentario, el que estuvo acompañado de señalarme que todo eso no iba a caber en el reciclaje y que no había solución posible. Le agradecí indicándole que no se preocupara, su optimismo no estaba ayudando. Con las tijeras corté los pliegos de cartón en pedazos más pequeños y los plumavits con la mano, y organicé la vestimenta del monolito como mejor pude. Seamos claros, el asunto se asemejaba a una colina. Luego partí a donde está el reciclaje con una décima parte y la llave para abrir había dejado de funcionar. Fantástico. Recordé que tengo un control para abrir por donde entran los autos, subí a buscarlo y volví, el reciclaje estaba lleno, así es que tiré todo, en varios viajes, en el estacionamiento hasta una idea mejor, y aquí viene la otra parte interesante de la historia, cuando todavía no había terminado, empezó un viento de varios kilómetros por hora. Mi hermoso orden voló por supuesto por los aires, y tuve que danzar por la acera como el baile de un pulpo para poder atajar todos los pedazos y no llenar el barrio de cartones y plumavit, lo que logré con éxito, a pesar de que pensé que sería una proeza inalcanzable. El anuncio de tormenta se calmó y tomé posesión de todas las partes de la estatua y di por terminado mi trabajo. Pero aún hay más. Una vez de vuelta en mi casa, me siento a descansar antes de abrir las cajas, pero un olor a quemado impide el descanso, voy a la cocina para observar por la ventana qué es lo que se estaba quemando, pero no, era mi casa, cuando llegó Pierre con mis cosas la felicidad fue tal que bajé corriendo a la acera y el agua que había dejado hirviendo para hacerme un café quedó hirviendo para siempre, hirvió tanto tanto que cuando llegué ya no había agua dentro, sólo una olla quemándose y un magnífico olor acompañado de una nube verde con negro que compartía con el aire disponible en la cocina. Mierda, mi peor temor, que se queme todo y la biblioteca quede convertida en humo. Apagué el gas y abrí las ventanas. Había corriente debido al viento y todo se abrió y cerró en un gran caos, pero la nube negra se dispersó y mis pulmones pudieron adquirir aire transparente o casi. Me senté ahora sí en mi silla junto a la ventana donde escribo, esas como de playa, con pasamanos donde apoyar los brazos, mirando hacia el techo. Pensé un momento en Pierre y su camión, pero tenía cosas más interesantes que hacer. Observé las cajas con mis libros, sonriendo. Es lindo cuando la existencia te da la oportunidad de reparar y de terminar lo que quedó pendiente. La encomienda de miles de libros, discos, tambores, teclado y vestidos de flamenco estaba ahí. No he vuelto a pensar en Pierre. Ordené todos los libros por autores y temas con una emoción desbordante. Volvimos a abrazarnos. Caí en cuenta que tomé diez años en armar un departamento como el que tenía en Santiago de Chile cuando vivía sola, aquí en Lyon, con biblioteca completa y una especie de sala de música. Ahora tengo hasta un proyector para ver películas, momentos que disfruto con fascinación. Siempre se puede volver a empezar. Sola y feliz. Lista para la Gran Obra. La nostalgia a ratos, es el precio a pagar por la libertad. La soledad también, precio que no todos están dispuestos a pagar. También están las muletas que camuflan el vértigo constante de la libertad, la compañía a veces superficial y las adicciones, que oscurecen la autonomía. Tener el desafío de la Gran Obra ayuda. Estoy en el lugar donde mis ganas de escapar cesaron. Es la primera vez.
12 de abril de 2023
El mundo de la fantasía
Cuando mi hermano no contaba ni un año, y yo cargaba con tres, sucedió un día lo siguiente. Mi madre estaba vistiéndolo estando él recostado en una cómoda, y yo desde abajo, tomé una de sus pequeñas piernas y traté de tirarlo hacia abajo. Me imagino que no era una ocasión feliz la sustitución de la que yo había sido objeto debido a su llegada. No sé cuál habrá sido mi objetivo, pero ninguno alentador. Lo que es seguro es que a mi madre el gesto no le pareció excelente, y procedió a explicarme que, si yo cuidaba a mi pequeño hermano en vez de lanzarlo mueble abajo, él sería más feliz, y que ella sería más feliz, y que mi papá, sin ninguna duda, también lo sería. Yo la observé hacia arriba, y con poca paciencia, y abriendo los brazos con las palmas de las manos hacia arriba, procedí a explicarle, preguntándole con toda seriedad: “mamá, ¿tú crees que vivimos en el mundo de la fantasía?”. Mi madre se quedó helada, supongo que pensó, no se viene fácil hacia adelante. A mi abuela, que estaba al lado, le causó mucha gracia, y le dijo a mi madre, eso te pasa por leer tanto Mafalda en el embarazo. Mafalda es una historieta argentina que adoro creada por el humorista gráfico Quino, cuya pequeña protagonista vive en resistencia cuestionando el mundo en el que vive, y que leí tanto en mi infancia, que puedo decir qué viene en las casillas siguientes mirando solamente la primera de cada página, puedo literalmente recitarla de memoria. Miro el primer dibujo y ya me estoy riendo y paso al siguiente. A pesar de esta claridad meridiana, que tuve desde muy temprana edad, me ha ocurrido, con posterioridad, que me digan lo contrario, por ejemplo, eres incapaz de ver el mal. Lo que vendría a ser algo así como vives en el mundo de la fantasía. Lo que a mí me causa mucha gracia. La idea de que alguien posea más información que uno de situaciones que hasta los servicios secretos se quedan fuera. No digo que puede haber cosas que sucedan, o no, pero por qué sólo algunas personas tendrían acceso a esta información, y tú no. Quizá habría que definir cuál es exactamente el mundo de la fantasía, o cuál o cuáles calzan en ese apelativo. Yo intenté decirle a mi madre que la crianza no iba a ser tranquila, al menos no como ella se estaba imaginando con ese mundo de fantasía que me proponía. Ahora sé que prefiero ese que aquel supuesto mundo de la también fantasía de que alguien quiere clavarte una puñalada por la espalda todo el tiempo en cuanto miras hacia el lado. Probablemente no vivimos en el mundo de la fantasía, pero sí sé que prima la belleza y el amor, de eso no tengo dudas. Tal vez haber crecido en mundos de menos fantasía agudice la capacidad de verlo. El mundo de la verdadera fantasía va con uno, y luchando por mejores condiciones para todos tal vez podamos realmente alcanzarlo. Si zafamos de ese pretendido nuevo orden, por supuesto. De ese sistema condicionado del que algunos lograron librarse. Todavía no sabemos bien cuáles, sin embargo. Tal vez ahora sí creo en el mundo de la fantasía. Donde hay mousse de crabe. Y libros.
Mousse de crabe
Cuando era yo era muy, muy pequeña, alrededor de los cuatro o cinco años, mi madre quería aprender cocina francesa, por lo que tomó un curso para tal efecto. Todas las semanas cocinaba en la casa las recetas que aprendía en su curso, mousse de crabe, filet au roquefort, mille-feuille de saumon, salade de fenouil, moules marinière, gratin dauphinois, jambon glacé, etc. Un buen día yo, harta de estas comidas exóticas que le había dado por preparar, decidí que era el momento de decirle. Pero no sabía cómo hacerlo, porque me habían enseñado que no había que herir los sentimientos de las personas. Cómo decirle, que dejara de una vez de prepararnos aquellos platos extraños. Resolví emplear una estrategia que seguro sería eficaz. Comuniqué, en voz alta, con timidez, sin seguridad de ser clara, pero firme: “mamá, yo nunca quiero ir a Francia”. Así resultó mi primer encuentro con la cultura francesa: mal. El plan, ya se ve, no resultó como esperaba. ¿Es una constante? Tal vez luego cambié de opinión, años más tarde, cuando leí a Flaubert o a Baudelaire. O tal vez cuando, adolescente, conocí París con mis padres. O cuando descubrí a los impresionistas o a los surrealistas. O la primera vez que escuché a Claude Debussy. Lo que sí recuerdo es que yo quería aprender esa lengua, como fuera. Leer todos esos libros, todos. Enterrarme en ese éxtasis hasta nuevo aviso. Olvidar mi vida completa y comenzar de nuevo. En un café, con una boina. Váyanse no más, yo me quedo, comuniqué con decisión. La minoría de edad impidió tal proyecto. Tuve que realizar otros quehaceres entremedio, pero volví. Las razones tampoco fueron las que había planeado. Me gustaba mucho vivir en Barcelona. Lejos ya de todo eso, recuerdo el mousse de crabe, con un cierto cansancio de los caminos recorridos. Tal vez lo que no identifiqué en ese primer viaje a París fue el doble filo de la pluma, el doble filo del amor, el doble filo del movimiento. Pero me queda el mousse de crabe, creo. Me queda la biblioteca. La incipiente capacidad de asombro. El cine. La boina. La capacidad de poner en palabras la esperanza, y el deseo. Domar el caos. E intentar preparar yo misma una nueva versión del mousse de crabe, que se parezca a un libro.
10 de abril de 2023
Mamá
Mañana once de abril está de cumpleaños mi madre. Día que a ella le gusta mucho. Mi lectora principal. Me gusta escribirle para su cumpleaños. El año pasado pudimos celebrarlo juntas. Este año tendremos que esperar un poco, cuando vengan en un par de meses, y partamos a recorrer el país vasco-francés, como acordamos, la nación de la mitad de sus antepasados. Veintitrés años cargaba su cuerpo cuando llegué yo. Cuatros años antes habían decidido casarse con mi papá. Ella venía llegando de Suecia luego de un año, y mi padre de Estados Unidos, luego de muchos años. En Santiago de Chile sellaron el pacto, que dura hasta hoy, casi cincuenta años después. Antes de eso mi madre había decidido partir a estudiar medicina a Viena, Austria, pero luego el proyecto con Francisco Balart modificó un poco sus planes. Estudió kinesiología en Santiago de Chile, y cuando terminó se inscribió en medicina. Cuando estaba en primer año, empezó a quedarse dormida encima de los libros y cuadernos. La causante era yo que anunciaba llegar en unos meses, y tenía el tamaño de una arveja, supongo, o algo por ahí. Muchos años antes de eso las madres de mis padres, en Iquique, Chile, antes de que ellos llegaran, hablaban sólo catalán en la casa. Mis abuelas aprendieron el español cuando entraron al colegio a los seis años, sus padres, que venían de Barcelona, no respondían si hablaban en español, sólo respondían al catalán. Mi mamá no aprendió catalán ni euskera pero sí aprendió inglés y sueco en su vida de movimiento. Heredé el gusto por el viaje y el movimiento. El gusto por el estudio, por aprender constantemente. Más tarde hizo un master en administración y economía con mención en recursos humanos, estudió también para ser ornitóloga, y luego se embarcó en fisioenergética y además realizó completa la carrera de salud natural integrativa donde se especializó en el eneagrama y las flores de bach. Mi madre es una mujer muy sabia, que ha dedicado mucho tiempo a reflexionar acerca de cómo el cuerpo y la mente interaccionan, se ha dedicado a ayudar a muchas personas que no ven la conexión entre las dos cosas. Yo he aprendido mucho de ella, en un sinfín de aspectos estrictamente cruciales para la existencia sin los cuales no sería quien soy. Mi mamá me enseñó la empatía. Me enseñó que todos los seres vivos y todas las personas requieren igual respeto. Me enseñó que siempre debo mirar el cuadro completo. Nunca me ha exigido ser algo que no soy. Nunca me ha dicho que no entiende que yo haya partido al otro lado del océano. Sigue tus sueños, síguelos hasta el final: eso es lo que recibí. Eso es lo que ella me entrega. La fuerza de nunca rendirme. A pesar de todos los obstáculos. Yo sé que soy un reflejo tal vez pálido de su valentía. Pero he intentado siempre estar a la altura. Para honrarla, cada día, para que sepa que la libertad que ella logró alcanzar a pesar de los eventos oscuros que nos limitan, es un ejemplo que observo y me da el poder de perseverar. Hablo con mi madre casi todas las semanas, además de que cumple espléndidamente su rol de madre, es para mí una amiga. Alguien que sabe mi vida entera. Sus consejos son decisivos, y siempre me entrega puntos de vista que me hacen reflexionar, en todo ámbito de cosas. Además de que compartimos un humor muy parecido, nos reímos de tantos obstáculos que aparecen, lo que más sirve para sortearlos y de pasada poder posteriormente escribirlos. Escribir se trata también de hablar con otros e identificar lo significativo, lo oculto a la primera mirada. Leer, vivir, conversar, escribir, escribir, escribir. Dudo que podría haber llegado a este momento pleno de mi existencia sin su mirada cariñosa y sus palabras siempre precisas. El año pasado se instaló un momento en mi casa en Lyon exclusivamente para ayudarme a encontrar un departamento que luego compramos. Este espacio de paraíso donde escribo estas líneas en este momento mirando el río, mirando a un cisne anidar frente a mi ventana. El amor por las aves lo heredé directamente de ella, a fuerza de observarlas bajo su guía. Además de la observación cotidiana, me llevó a distintos lugares del mundo a observar las aves más fantásticas. Una vez en Coyhaique en el sur de Chile vimos al menos dieciséis cóndores volando al mismo tiempo desde un risco perdido en la mitad de la nada, un espectáculo que no sé si tiene símil, creo que entendí ahí lo que era la belleza. En Costa Rica las aves más hermosas y coloridas en esas selvas impenetrables. Tantos viajes que me han marcado a fuego, recorrimos la mitad de Bolivia por tierra, luego de participar en el carnaval de Oruro, donde también comprendí lo que era la belleza. Danzar al compás, siempre danzar al compás rodeados de colores y trajes de ensueño. A mi mamá le gustan los viajes donde uno se viva la experiencia hasta el final donde se pueda conocer el alma de los lugares, donde se deje de ser uno mismo para convertirse en otra cosa. Yo nací escritora, pero haber logrado materializarlo se lo debo a ella y a mi padre, que siempre han estado alentándome con amor, igual como lo hacía mi abuela cuando todavía estaba aquí. Estas palabras son un regalo humilde para agradecer algo enorme: la vida y los sueños. Te admiro por siempre. Muchas gracias, mamá, que sean muchos más, muy feliz cumpleaños.
9 de abril de 2023
Caos III
Lo que amo de la vida es su plasticidad. Esa capacidad de convertirse en montaña rusa y luego en desierto. En remolino y luego en riachuelo montaña abajo suavemente con olor a bosque. En balcón asoleado y en tempestad inextricable. Las semanas intensas nos elevan por el aire, y luego descampado e intentar aterrizarlo todo. Lo que me gusta de la vida es su capacidad de volar por el aire. El sábado en la noche tiene algo que me fascina. El cénit de la montaña en silencio para observar a las tropas partir, para desenredar todo lo que quiso llegar hecho un nudo con la premura de lo impenetrable. Vivir sola tiene la magia de lo indescriptible, del altar donde se recuestan los eventos para diseccionarlos con cariño, asir lo inalcanzable, los eventos dentro de los eventos, las palabras dentro de las palabras, toda la gama de signos que se presentan como enigmas. Como conocer a desconocidos y mostrarles un cierto ritmo sin mayores explicaciones. Vivir la aventura e inventar la historia. El baile no tiene para mí parangón con otra actividad. Tal vez hacer música. Mi apellido tiene dentro de él la palabra baile y la palabra arte, es fantástico, ¿no?, lo descubrí cuando aprendí la lengua francesa. Haber nacido con ellos desde el primer momento. Bal y Art. Aparecer con el caos incorporado. Abrir los ojos y conocer tu destino. Cifrado en las letras que eligieron para designarte. El caos significa también repetición, como insistir en un cierto paso de baile o en un cierto acorde que expele una sonoridad especial. Los escritores somos obsesivos, en las palabras y en el amor. Nos encanta insistir en lo inconducente, en apariencia o en realidad. Una suerte de ensayo-error hasta el infinito. Amamos con una pasión absurda. Porque en realidad estamos diciendo, todas las posibilidades deben ser agotadas. Nunca hay que rendirse. El secreto está en la obstinación delirante. En crear un pacto con la hoja hasta que se pliegue a los deseos que tienen el sabor de un destino misterioso e implacable. Todo está en comprender el destino. Si se cruzó uno en tu camino puede ser una pesadilla porque el camino puede estirarse hasta donde se pierde visibilidad. Finalmente las grandes obras y las grandes relaciones se han materializado en base a una perseverancia irracional. La creencia sin ningún sustento de que lo imposible es una quimera. El encuentro con la página hasta que se desintegra. Mis destinos son dos, escribir y amar. Hasta las últimas consecuencias. Ese es el caos real. La convicción de un destino escrito a fuego. La existencia no se puede detener para la creación de la Gran Obra, tiene que estar inserta en la vida. Así como una persona inmigrante tiene que intentar insertarse en el lugar donde reside. La literatura y el amor terminan siendo condenas que bailan al compás. La lucha es con los demonios que surgen en cada paso. El sinfín de obstáculos que ríen cuando uno trata de concentrarse. Cuando uno quiere amar sin contratiempos. El caos es la noción de que eso no es posible. La hermosa noción de la complejidad que nos desarma. La certeza de que las máquinas nunca podrán reemplazar a la poesía. Y los amores mediocres jamás al sueño. El caos significa tener ganas de vivir, a pesar de todo. Nunca dejar de insistir. Nunca rendirse.
7 de abril de 2023
Caos II
Algunas personas temen al caos. Temen a la literatura. Quieren poseerlo todo. Controlarlo todo. Quieren tener mártires de la vida, cautivas. La existencia es por definición encuentro y torbellino. Por qué desear la planicie. Entiendo que el caos puede generar inseguridad, pero amar a alguien es amar su destino. Desde dónde nace el miedo. Desde dónde nace la necesidad de posesión y control. A ellos les digo: la literatura es irrenunciable. A ellos les digo: la capacidad de amar es cierta. A ellos les digo: la capacidad de amar es irrenunciable. Tiene la sustancia de la libertad. El amor es multiplicidad e incertidumbre. No se lo bancan: la literatura sigue su camino. El caos es otra manera de decir existo y escribo. El caos llegará más lejos que aquellos que se quedaron en el camino. El caos es la inmortalidad definitiva. El sueño de cada reflejo que brilla en el agua y nos mantiene en vida. El caos es nunca dejar de soñar, a pesar de todo. Un destino solitario en cuyas entrañas germina la inmortalidad. El caos es vivir como si se fuera inmortal, sin serlo. Es sentir la finitud hasta el último átomo. Convivir con el dolor y el placer mirándoles la cara. Desafiándolos. El caos es ordenar los segundos y exprimir lo que tienen que decir. Interrogar sin detenerse a la existencia. Compartirle los hallazgos. El caos es un destino borrascoso y sublime. Tempestad para que nazca la Gran Obra. Cueste lo que cueste. Sol en su cénit, tempestad, tempestad.
5 de abril de 2023
Caos
Al caos no se renuncia nunca. El caos es sinónimo de vida. Bailamos, tocamos música hasta las seis de la mañana, vibramos. Todo iba escribiéndose. Hay personas que quieren impedir la literatura. La literatura es una manera elegante de decir lo que quema. De decir lo indecible. Pero no hay que perder de vista que es literatura. No se le puede pedir ser realidad. Además, en el fondo, eso es indiferente. Quien teme a la literatura teme a la vida. Teme a la ficción que transforma. La literatura son espejos que reflejan lo que a veces no podemos identificar. O estando a veces cegados no lo vislumbramos tan claramente. Literatura es sinónimo de caos, y caos es exactamente decir existencia. Pero no cualquier existencia. Es la existencia que sabe que todo puede escribirse. El silencio asesina a la literatura. Porque deja a un fenómeno en su grado primero, una planicie de aburrimiento. Yo quiero veladas como la de ayer, que te dejan volando en el aire. Que te muestran nuevas caras del caos. Aspectos que habíamos pasado por alto por falta de experiencia. No importa cuán duro te golpee la existencia por la espalda, siempre quedan rincones de asombro luminoso por explorar. Ese es el caos. La puta posibilidad de seguir escribiendo a pesar de todo. A pesar de las desilusiones que insisten en tocar la puerta cada vez que uno baja la guardia adornada de expectativas. El caos es mi mejor amigo y mi fidelidad a él es total. El caos es mi amante encendido. El caos es el fuego que va trazando una línea en una hoja vacía y en la realidad. Mi pacto con el caos es total. Su intensidad es el motor de cada impulso. La voluntad de nunca renunciar. Seguir en vida es una elección. El caos es el fuego que nos habita y moviliza cada paso. Un sentido para observar la realidad más atentamente y sumergirse en ella sin expectativas más que interrogar a la pluma para que diga lo que hay que decir. La pluma es el poder total. Es la fuerza del caos. Que crea las estructuras que sostienen el presente. Un planeta sin literatura es desolación pura, la esencia de lo yermo. Es vacío infértil. Extensiones inhóspitas. A todos quienes quieren detener la literatura les digo: el caos está a la vuelta de la esquina, sólo hace falta buscarlo. La existencia plana es la peor amenaza. Nunca habrá final. La inseguridad y la cobardía son malas compañeras. Me entrego al caos que es el fuego de la creatividad. El caos siempre ha sido mi mejor amante.
2 de abril de 2023
Maldita
El don literario tiene necesariamente el sello de una condena. Destino creativo que comparto con Aldo y Juan Eduardo. Nacimos para morir, como dice Lana Del Rey. Se puede morir de muchas maneras. Algunas son más reales que otras. Pero todas tienen fuego en su centro. Le pregunté al destino cuál era el camino de la locura. No supo responderme. En cambio me habló de las olas del mar. De música y de bailes hasta desintegrarse. De estrellarse contra la cara oculta de la existencia. Muchos años atrás tenía una página cuyo título era: Maledetta. Me ne sono andata e ora sono tornata. Maldita. Me fui y ahora volví. Para mí describía bien como me sentía. Resumía exactamente la repetición infernal del ciclo creativo. La existencia entera al servicio de la Gran Obra. La Gran Obra es dos cosas. La vida literaria y la creación definitiva que difumina los contornos. Que desordena todo lo trazado como necesario y posible. Es amiga de la Gran Intemperie, como la llamaba Bolaño. Si todo acabara mañana quedarían cosas por escribir, pero sabría que me entregué entera a la maldición de poder construir ensoñaciones y ejecutarlas. No le he sido infiel ni un solo día. Los destinos creativos me pertenecen tan íntimamente. Para ellos sigo. Al contrario de María Luisa Bombal, soy una enferma orgullosa de su mal. Amo los destinos creativos y el fuego que provocan. Mientras quede tiempo la maldición dará sus frutos. Sus flores. Pertenezco al linaje del caos. La gran familia de la locura romántica que cambia la faz del planeta. A ti que organizas las palabras te espero siempre en los bordes de las páginas a punto de caer por el precipicio. Un mensaje y que empiece el baile sublime.
El ancla
Existen vínculos que nos atan al suelo. Sucede lo siguiente: se acaba el movimiento. Se acaba la aventura. Todos sabemos que una vida sin aventura no vale la pena ser vivida. Nadando un día en el mar a la deriva me encontré con un ancla. De lejos era hermosa, me acerqué. Me propuso seguir navegando juntas pero ella no se movía. Era un ancla. Yo la observaba y me llamaba la atención que ella no se diera cuenta de su naturaleza estática. Pero tú estás hecha para detenerlo todo, le dije. Pero vamos juntas, me insistía. Era atractiva el ancla, me quedaba observándola. Pero cada vez que yo avanzaba, ella se quedaba atrás. Vamos, le decía yo. Sí, vamos, me decía ella. Y luego ahí estaba, en el mismo lugar. Por qué no vienes, le preguntaba yo. Sí, ahí voy, espérame un poco. ¿Un poco? Me tengo que ir, le dije, y tú no vas a moverte, ya se ve, eres un ancla. Pero a mí me gusta moverme, me encanta, estoy segura que puedo. ¿Y quieres? Sí, claro, quiero moverme. Genial, vamos. ¿Por qué te estás quedando atrás? No puedo moverme. Soy un ancla. Eso es lo que te dije, para qué dices que quieres moverte. Sí, quiero. Perfecto, vamos. No puedo. ¿Por qué? Porque tengo toda esta montaña de expedientes que revisar antes. ¿Eres funcionario? ¿Estás obligado? ¿Pero qué te gustaría? Me encanta moverme, decía el ancla. Pero estos expedientes, decía, tengo que mirarlos. Ya me hablaste de eso, le decía yo, pero cuántos son, hace meses que me hablas de ellos, ¿años, quizá? ¡¿Son infinitos?!, quise saber sobresaltada, ¿se reproducen a medida que los vas abordando?, ¿son como los gremlins cuando los tiraban al agua, que salían miles y miles más?, ¿tienes uno y luego son dos millones?, ¿invaden toda la habitación hasta las paredes?, ¿te ahogan cuando quieres terminar tu trabajo?, ¿te amenazan con látigo si no los terminas?, ¿está en peligro tu vida?, ¿te atacan después los expedientes como gremlins hambrientos? Era una situación abismante o así lo parecía. Nunca vi ningún gremlin. Quizá estaban en su cabeza. Quizá se reproducían en su mente por millones y le recordaban que era un ancla con expedientes por evaluar. Quizá la falta de solución estaba en su mente de ancla. Me fui nadando y el ancla le daba a veces por mandarme un fax. Ocultaba su mente de ancla en las líneas. Yo leía atentamente y no estaba por ningún lado esa mención. Quizá en la letra chica al final. Pero era posible leer entre líneas. Entre cada línea se indicaba en una letra más pequeña: este fax fue enviado por un ancla. Un funcionario-evalúa-expedientes, se leía abajo en la firma en una letra de otro color. Cuando pasaba navegando cerca de ella la saludaba. Algunas veces volví a decirle, de acuerdo, vamos, y luego ante su miedo, enunciaba el discurso de los expedientes que yo ya podía recitar sin necesidad de torpedo. Identifiqué algo. La verdadera intención del ancla: seguir siendo feliz en su oficina con expedientes. Él decía que no era felicidad, pero igual se quedaba acariciando los expedientes, supongo que había algo que disfrutaba del contacto con la colina de papeles. Nunca supe si eran imaginarios o no. Pero no quise seguir indagando, tenía una manera particular de amar las oficinas. Era evidente que le gustaban, a pesar de que decía que no. Nunca entendí bien si era consciente de la brecha entre lo que decía y lo que hacía. Nunca entendí bien si esa brecha estaba compuesta de estrategias para organizar la realidad a la manera que ella creía mejor. Nunca supe si ella pensaba que yo no me daba cuenta de todo este quilombo de papeles enredados y de su verdadera naturaleza gris de oficinas. Sí aprendí algo, nunca trates con anclas porque no hay aventura (ni real ni imaginaria).
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