Escribo hace 20 años. He escrito 100 libros. Los he ido publicando en Fée Éditions / Intemperie Ediciones. Una editorial que creé hace 20 años, en Santiago de Chile, en un departamento en el que vivía compartido con tres personas más, en la calle Francisco Bilbao, con la avenida Hernando de Aguirre. Tenía una pequeña habitación, en la que hacía mucho frío en invierno, y un baño compartido. Escribía en el escritorio que tenía en esa habitación, junto a mis estantes de libros, o en el salón cuando no había nadie, lo que no sucedía a menudo. Trabajaba al mismo tiempo como abogada, en la universidad, haciendo investigación, promoción y defensa de derechos, entre otras cosas. Me gustaba ese departamento en el tercer piso de un edificio antiguo de tres plantas. Caminaba media hora todos los días para tomar el metro en la avenida Providencia, por unas calles que tenían casas con enredaderas por las paredes y disfrutaba mirar. Me subía al subterráneo media hora leyendo u observando a la gente hasta la calle República, en el centro de la ciudad. Me sentía libre y era feliz. Pero trabajaba mucho y la vida recién comenzaba, todo era cuesta arriba y la incertidumbre dolía a cada paso. No sé con qué soñaba en ese momento, creo que quería ser abogada de derechos humanos, bueno, era lo que hacía, pero quería trabajar en instancias internacionales, ayudar en algo, servir para algo. Conocí en ese departamento la libertad. La que no da tregua. La que te eleva y te cala los huesos, como el frío. Creo que lo que en realidad conocí fue la soledad. La noción de la soledad, de la falta de certezas y del cambio constante. Tenía amigos, no me sentía sola, no era eso, lo pasaba bien, conversábamos, tocábamos piano, guitarra, cantábamos, pintábamos cuadros, tomábamos cerveza, nos reíamos. Lo que conocí fue el concepto de la soledad. La que va aparejada a la libertad. La certeza de que estaba sola en medio de esa vorágine, y que estaría sola siempre. Incrustada en las letras, en las dudas, en los grandes sueños, las grandes decepciones y la explosión creativa. Intuía un destino secreto. Creo que fue en ese departamento. Un secreto que me acechaba. Que no me daba tregua. Hay más, me decía una voz, hay más. Tómalo, tómalo todo, hazlo tuyo, convierte las cosas, transfórmalas, crea el paraíso, invéntalo, crea los contornos del presente, que estén fuera de lo que ves, arma la resistencia, desordena esta agrupación de calles dispuestas como cuadrados eternos que se van repitiendo hasta el infinito. Fue una revelación. En ese departamento se insinuaba la vida. Era algo que estaba ahí y no estaba ahí. Algo que podía existir. Algo que existiría. Bailaba flamenco en una compañía. Había algo de la danza que me indicaba ritmos y caminos. Maneras de hacer las cosas. Una profundización de la libertad y la iniciativa. Una sugerencia del arte que no alcanzaba a vislumbrar bien, pero contenía indicios que no podía ignorar. Tengo que unirlo todo, recuerdo que lo pensé. Pero eran un millar de cosas disímiles. Dónde se encuentran, me preguntaba. Buscaba revelaciones, iba atenta. Eran pequeños fragmentos que se iban revelando en ese tiempo. Esta inminencia de una revelación, que no se produce, que es quizá, el hecho estético, como dice Borges. La música, los estados de la felicidad, escribe Borges, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo. Eso me ocurre en esta ciudad. De la calle Francisco Bilbao número 2659 en Santiago de Chile al número 41 del Quai Gillet en Lyon 69004 en Francia. Instalada en las revelaciones inminentes que no sé para nada qué quieren decir. Espero, observo, camino, leo, escribo. Ayer fui a la ópera. La fuerza del destino, de Verdi. El destino tiene fuerza, no hay duda. Qué es un destino. Otros 100 libros, otros 20 años, y atesoro las revelaciones. La soledad, la libertad, y atesoro las revelaciones.