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Intempéries
No fue fácil llegar a Armendariz. El avión a Biarritz estaba sujeto a las intemperies, como se dice aquí. La palabra me hace soñar. Se indicaba en la meteorología: intempéries. Lluvia intensa, viento violento. Se podía verificar rápidamente este estado de cosas. Salí de mi casa y todo voló por los aires, tuve que correr calle abajo para recogerlo todo. Tantas veces hay que hacer esto. En este caso era ese viento de intemperie que se lo llevaba todo. Reuní todo y me dirigí al aeropuerto. Tal vez perdí cosas en el camino. Pero me presenté donde se me indicó. El problema es que el avión no hizo lo mismo. Atrapado en el aeropuerto de Paris por la nieve, se negaba a llegar a Lyon. La funcionaria de Air France decía nos atacan las intemperies y el avión no tenemos idea, está en algún lado atrapado, perdón comensales, esperen un poco más, un poco más, un poco más. Cada media hora indicaba el estado de cosas, que era el mismo, el avión cubierto de nieve, desaparecido en algún lugar. Dónde estaba ese avión. En Lyon no. No había aviones en el aeropuerto. Estamos rodeados de paradojas, y sin embargo debemos continuar, sin leones, sin Armendariz, sin aviones. No había avión, esa es la respuesta definitiva, al menos no en Lyon, bajo la nieve sí, en algún otro lado. Entonces la funcionaria transpiraba mucho, y volvía a encender su micrófono, puntual cada media hora, para confirmar la desaparición absoluta de todos los aviones, incluyendo el nuestro. Tal vez se voló con el viento, dijo, lloraba, yo no sé dónde está, sollozaba. Tuvimos que calmarla. Tranquila, señora, no importa, podemos esperar, estamos muy contentos de pasar este día espléndido de intemperies en el aeropuerto, es una gran aventura, una experiencia fantástica, nos hicimos amigxs, hemos caminado catorce kilómetros para allá y para acá por los eternos pasillos, hemos podido conocer en detalle los pasadizos interminables de este aeropuerto, tomar café y reflexionar un poco sobre aviones desaparecidos y paradojas. De acuerdo, decía, muchas gracias, pero me encantaría saber dónde está ese avión. El viento afuera arreciaba como yo no lo había visto nunca, las personas volaban por el aire, y las maletas demás está decir, se perdían en la inmensidad. La funcionaria nos mandó a comer financiados por su aerolínea, se supone, partimos confiadxs y alegres, pero nada ocurría como previsto, así son las intemperies, y luego en la pantalla nuestro vuelo misteriosamente había sido borrado. Me acerqué a una funcionaria del aeropuerto, y me entregó el veredicto definitivo, el avión desapareció para siempre, me dijo. ¿Cómo?, pregunté. Pero yo debo dirigirme a Biarritz, le confesé, y para eso debo subirme a un avión. No necesariamente, me dijo, puede arrendar un coche y listo. ¿Un coche? Sí, eso van a hacer los pasajeros. ¿Vamos juntxs? No sé, me dice. ¿Alguien lo maneja?, pregunto. Usted, me responde. ¿Yo? ¿Voy a manejar a Biarritz? Claro, es una idea espléndida, le dije, cómo no se me ocurrió antes, muchas gracias. Entonces conseguimos un picnic (un pique-nique para ser exactxs), y partimos todos reunimos a Biarritz por las carreteras para desplegar nuestro banquete en la tormenta. Por supuesto que no, no partimos en ningún auto a ningún lado. Seguimos recorriendo los grandes pasadizos como marcianos buscando señal del espacio exterior. Las maletas, quién sabe, en las intemperies todo se confunde y se mezcla. Caminamos las grandes explanadas buscando nuestras maletas, las funcionarias habían desaparecido, igual que los aviones, y las maletas que volaban por el aire por supuesto también. No estaban las maletas. Dónde estaban las maletas. La confusión era total. Por una gran casualidad del destino divisé la mía desde lejos, mientras volaban por el aire, y la vi caer, corrí hacia ella. No había avión por la nieve, pero el viento me había traído mi maleta, fue un buen momento. Biarritz se veía muy lejos. Todos los vuelos están completos me dice la funcionaria. Pero yo tengo que llegar a Biarritz, señora. Seguía tecleando con gran agitación su teclado del ordenador. Me quedé observándola. Su idea del auto no había sido buena, se lo dije. Transpiraba enormemente. Me quedé de pie esperando nuevas ideas tan buenas como la del auto, y de pronto dijo, sí, hay una plaza para mañana, a la misma hora. De acuerdo, le dije, mejor que el auto y el picnic, ¿no? A mí me encantan los picnics, me dijo, sobre todo si son bajo la lluvia y el viento huracanado. De acuerdo, le dije. Yo prefiero subirme a ese avión mañana, si aparece desde bajo la nieve. Este viene desde Marseille, me dijo. Fantástico, le dije, hay algo reconfortante de poder llegar al destino previsto. Así son las intemperies, me dijo. Las conozco, le dije. Vivo ahí, le comenté. ¿En el viento huracanado?, me preguntó. Ese mismo, respondí. Pero no hago picnic como usted. Me limito a redactar líneas sin detenerme. En este largo día de aeropuerto no pude redactar ninguna, pero caminé por los largos pasillos como si fueran líneas, también está esa opción. Trazar las líneas. Hagamos un picnic y me cuenta sobre eso, me dijo, me interesa. Tengo que volver a mi casa, le dije, pero queda para otra vez, mañana por ejemplo, que tengo que volver al aeropuerto, pero tal vez ya no haya el viento huracanado, sería lo ideal. Volví a mi casa bajo la intemperie, y la gran ventana del salón que da al río estaba abierta de par en par por el viento huracanado. Todo volaba por los aires, como las maletas en el aeropuerto, aquí eran libros. Todo era una gran confusión, libros por todos lados, haciendo piruetas, saltos y extrañas acrobacias. Las intemperies duelen pero vibran. La calefacción estaba apagada, el refrigerador desenchufado, nada para comer, salvo un huevo. Preparé un huevo, cerré la gran ventana, recogí los libros que se estacionaron por todo el suelo, y me senté con una cerveza que había comprado en el aeropuerto a escuchar música mientras el viento afuera seguía elevándolo todo y la lluvia arreciaba. Escuché completos varios discos de Ani DiFranco hasta las cuatro de la mañana y reflexioné sobre las intemperies. A intervalos lloraba, de emoción, de cansancio, de sorpresa, porque las desapariciones traen nostalgia y al mismo tiempo nos permiten hacernos conscientes de que queda la vida, de que a veces lo desaparecido aparece, no siempre, como la maleta, que volvió del aire a mis brazos, como los libros que volvieron a su lugar, o no. Tal vez mañana sería el día de llegar a Biarritz y de poder conocer Armendariz sin Armendariz, de abandonar la ciudad de los leones sin leones que se me adhería a la piel y no me dejaba partir de sus calles empapadas por el agua que vuela. Ani DiFranco canta sobre el amor revolucionario. No tengo dudas que nace desde la intemperie, igual que la literatura. Me dije, fue un largo día, pero tal vez mañana pueda encontrarme con mi amor revolucionario y llegar a Biarritz y a Armendariz. Tal vez, porque la intemperie es incertidumbre. La respuesta definitiva es que llegué. Me encontré con mi amor revolucionario, y recorrimos las calles de Biarritz, de Bayonne y de Armendariz. Fuimos hasta un restaurante perdido en la montaña de Artzamendi con Hegoa, que pasaba unos días por esta región. Caminos sinuosos de una belleza inusitada llenos de pequeños ríos que bajaban montaña abajo. Esta región es de una belleza como pocas, como una epifanía constante. El océano y el bosque. Me siento en casa. Lo entrañable de la intemperie es que nos hace descubrir con más ahínco la belleza. Nos hace comprender el sentido de lo que hacemos y vivimos. Luego de las intemperies, en doce días descubrí la felicidad y la belleza. Cumplí 44 años en Armendariz junto a mi amor revolucionario. La incertidumbre es aprender a desear. Tal vez cada día afino mi deseo y lo expando. Desear es también agradecimiento, sorpresa, reverencia ante lo sublime. Soñar es una palabra que a veces se queda pequeña ante la epifanía de la poesía. Fui en busca de la poesía y encontré el deseo. El intenso deseo de amar y de vivir. Volvió a nacer la literatura, porque la intemperie es la constante nueva oportunidad de observar más de cerca y de guardar las cosas dentro del corazón. Entregarles una nueva sustancia a las cosas, a los riscos y las grandes olas. A los bosques y los riachuelos cristalinos. La intemperie me dejó vacía para poder componerme completamente de amor. Nace la música. En esa región yo pude soñar porque lo importante es nunca detenerse mientras quede la vida. Biarritz, Itxassou, Armendariz, y el milagro. Que quede la vida. Que quede el amor.