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La primera vez que Troy se subió a un barco había una bruma que no dejaba ver más allá de un par de metros. Tuvo miedo de perderse. Una paradoja, claramente, porque perderse era lo que él quería, o lo que él creía que quería. Se internó en la bruma para ver si era eso realmente lo que quería. No logró sacar nada en claro. Pero aprendió de inmediato que la bruma no es más que agua suspendida como lo estaba su alma y que no saldría de ahí invicto. Se dijo a sí mismo, se repitió, esto es lo que querías, ahora sigue adelante. Siguió. No veía nada, por supuesto. Hacía dónde habrá que ir, se preguntó. Su espíritu era un prado de dudas que florecían. Llegaré a tierra firme, se dijo. Siguió. Pero cómo saber si adonde iba a llegar sería tierra firme. Sólo quedaba verificarlo. Cuán firme sería esa tierra. Sería una tierra, o qué. ¿Habría especias? ¿Cofres? ¿Metales? Con poder llevar a cabo la alquimia le bastaba. Pero todavía no sabía bien lo que era. Lo que sí estaba firme era la bruma. La condensación parecía aumentar y no había tregua alguna. Agua por todos lados. Pájaros ni hablar. Resolvió pescar. Ni peces había. Adónde se han ido. Adónde se han ido todxs. La bruma implacable. Tal vez pueda encontrar una compañera, se dijo. Desde mi costilla. De dónde saqué ese disparate, se dijo. Uno tiene almacenada en la cabeza una cantidad de información extrañísima, se comentó a sí mismo. Pero no había tiempo para tanta exploración interior porque el hambre comenzaba a arreciar. Si tan sólo hubiese traído mi emparedado, se lamentó. Pero la tierra firme tal vez cuándo, y peces nada. Se sintió de pronto abatido. Perderse no tenía la magia que él había imaginado. Las dudas se volvieron encarnizadas. Lo atacaban con crueldad. Se puso a llover. Resolvió llorar. Ya habría tiempo para pescar. Y luego, nada. Así pasa a veces. Agua. Agua. En el aire, en sus ojos, en su ropa, todo alrededor. Agua. La primera vez en el barco fue una linda experiencia. Sintió que había aprendido una enormidad de cosas. Creyó ya saberlo todo. Se puso a imaginar cómo iba a aplicar todo lo aprendido la segunda oportunidad de subirse a su barco. El hambre arreciaba todavía, y su ambición no hizo más que crecer, Troy no iba a rendirse fácil. ¿Tal vez un mapa? Concluyó que le quedaban cosas por aprender. Pero él quería vivir el presente y perderse. Quería perderse de verdad. La expedición debía continuar.