25 de noviembre de 2016

Cumplir años


Estar de cumpleaños es como levantarse con ganas de cambiarlo todo. Como estar atento a la avalancha. Como sonreír por todo lo que ha pasado en los años anteriores. Todo lo que está pasando. Es como dudar del presente. Es como agradecer, el presente, el antes, el que vendrá quizá después, todo. Es como estar inocentemente contentos de todo lo que creemos que va a llegar. Es como una mala noticia de que se nos va acortando el tiempo. Es una buena porque quizá no han pasado en vano ya tantas primaveras, aunque pasaban antes de que naciéramos, ya pasaban, siempre pasaban. Es saber que el calendario es una medida de tiempo, relativa, pero cargada de significado, lo que no implica que tengamos más sabiduría, pero al menos hemos llegado a algún lado, el que sea, algo es algo, algo es nada. Hay tanto, hemos tenido tanto, a veces sentimos que tenemos poco, pero llueve tanto, todo eso que tenemos, que nos llueve. Respiramos hondo, esas revisiones no son siempre lo más, más optimistas. Pero estamos llenos de momentos simpáticos, de cuanta cuestión hemos aprendido, como esponjas curiosas, con los ojos bien abiertos. Con las manos abiertas a la tormenta, aunque con un poco de recelo, pero valentía al fin y al cabo. Habitantes tiernos con cara de buenos, así hemos querido ser. El pelo peinado hacia atrás, como que hubiese pasado la gran lengua de una vaca, el pelo todavía con gotas que caen, o saliva más bien. La sonrisa abierta, la mirada cándida, la esperanza incauta, la espera angelical, decimos: hola, ya llegará todo eso que esperamos, con credulidad, con honesto optimismo. Y efectivamente las cosas llegan, y abrimos los abrazos para retenerlas todas, con una convicción fantástica, con un júbilo a prueba de todo. Y no entendemos por qué se nos van escapando de las manos, y el peinado tan bien hecho se va desarmando, llega el viento, la aridez, se seca el pelo y pierde su forma, pero qué pasa, si todo estaba ahí. Incomprensión. Pero si era todo eso lo que me hacía vibrar, y el globo se va desinflando, y miramos al parque de al frente, y vamos cruzando las calles, pero mirando si vienen autos por si acaso, porque un nuevo cumpleaños no es como para morirse, o al menos no de esa manera, alguna más heroica, morir en la batalla, aunque no tenemos idea qué significa eso, pero lo hemos leído en los libros de historia, pero la historia está a veces tan lejos, y nuestro cumpleaños está tan cerca, y luego varios días se agolparán y llegará el siguiente, y no queremos detener a esos días, pero como de reojo miramos esa pequeña posibilidad de detener el tiempo, un ratito, entramos en un sueño, una ensoñación despiertos, en que detenemos los relojes, y efectivamente se detiene el tiempo. Lo hicimos, hemos detenido el tiempo, y qué pasa, ¡se rebalsa! Por otros lados, qué estafa de sueño, más parece pesadilla, y llega la hora de la verdad: qué he hecho con mi vida. Esas horas anteriores a la hora fatal del cambio de cifra, hay momentos de tranquilidad, satisfacción del trabajo bien hecho, pero bien, bien hecho, luego a veces, aunque sea por pequeños momentos, ese pánico incipiente, y qué vendrá en este año, y si todo sigue igual, ¿estaría bien? ¿y siempre así? ¿y pasa algo más? ¿y si está todo tan bien, todo cambiará? ¿podremos seguir así? ¿hasta cuándo? Para bien o para mal, son instantes confusos, no hay blancos y negros, del gozo pasamos a la vergüenza, de la confianza al dolor. Pero el humor todo lo puede, y ese peinado firme tiene ahora canas, subrepticias, aunque ya ni tanto, y qué es lo que va quedando, es qué vendrá algo más, preguntamos. ¿Es la hora de cerrar?, decimos, interrogamos, taladramos, ¿y el aperitivo, y las aceitunas? ¿Y tan temprano? ¿Y nuestros sentimientos, qué hacemos con ellos? ¿tienen espacio? ¿los tragamos, como a las aceitunas? ¿lanzo el aperitivo al césped? Pero todavía quedaba. ¿Y si cruzamos al bar de al frente? Todavía está abierto, mira y hasta la gente se ve contenta, no demasiado ebria, echamos un vistazo, rápido, sin quedarnos, ni pasarnos, ¿y si seguimos?, está tan entretenido, hemos hablado tanto, nos hemos reído como locos, hasta hemos llorado de la risa, o de la pena, pero llorado al fin y al cabo, hemos compartido con gusto, celebrado cada instante. ¿Cuántos más habrá por delante? Se acerca, se acerca, esa hora del cambio de cifra, y es más el miedo infundado que la real embestida que puede darnos. Pero no estamos hablando de eso, de ese golpe, es más sutil, sigue estando ahí, de manera solapada, no miramos que se acercan a prender las luces, que pronto las encenderán, está tan mágico el momento, para qué ponernos nerviosos, para que pasar a otra cosa, estamos tan bien aquí, los 6.200. ¿6.200 qué? No sé, todos esos que están tan bien aquí, ¿cuáles? ¿cuándo? ¿a veces? ¿siempre? No puede ser, bueno, a veces, sí, o casi siempre, o tantas, tantas veces, y recordamos esos bailes, apretados, sintiendo el cuerpo de la otra persona, mientras volamos, y todo parece tener sentido, el cambio de cifra es una broma, aburrida, insignificante, porque podemos seguir bailando apretado, intentando mover los pies como si bailáramos tango, abrazando al amigo para decirle que lo queremos tanto, después de bailar apretado, no al mismo tiempo, ¿te imaginas? Caerse en la pista de baile, decirle ¿quieres casarte conmigo? Ahí en esa pista, en el suelo, entre carcajadas, exhibiendo un pedazo de vaso quebrado a modo de anillo, pero tan, tan felices, y después levantarse, y al otro día el sol nos obliga a cerrar un poco los ojos, nos encandila, y recordamos algo de un vaso roto, pero el resto ha quedado atrás, ¿adónde? ¡dime dónde! Entre las plantas, como los huevos de pascua, pero estos no volvemos a encontrarlos, o los encontramos al año siguiente, carcomidos por el tiempo, o por algún insecto o mamífero escurridizo, que ya hace rato está en otra parte, o muerto, también puede ser, porque el tiempo tiene esa capacidad, va pasando y va matándonos, no a todos al mismo tiempo, pero eligiendo, eligiendo, nos encuentra. Y nos cantan el cumpleaños feliz y ni sabemos bien qué significa el paso del tiempo, sonreímos, incómodos, qué diga algo, unas palabras, no sabemos si cantar también o sólo hacer una mueca de alegría, o resignación, pero alguna cara hay que poner, y se vienen las palabras, y decimos: gracias, nunca pensé que estaría tan feliz cumpliendo años, aquí, contigo, con todos ustedes, pero es evidente que si es una vez al año no podemos estar así súper eufóricos todas las veces así es que disimulamos un poco, miramos si el que nos interesa nos está mirando o está hablando con la persona de al lado con aire de complicidad desagradable, o que desagrada más bien. Y sí, está conversando con esa persona de la lado, y no mirándonos disimular, y no mirándonos reír, porque no siempre pueden estar mirándonos, aunque estemos de cumpleaños, la vida sigue pasando, y a paso más bien rápido, y volvemos a abrir los brazos para abarcarlo todo, pero llegan las malas noticias, es la hora de cerrar, agarra lo que puedas, porque lo otro no tendrá cabida, elige, eso es buena idea, así ves bien qué te quieres llevar, porque no te puedes llevar todo, si quieres llévate un pedazo de torta, una piñata, llena de dulces, eso es lo mejor del cumpleaños, o la sorpresa, por último ahí queda abierto, porque no sabes qué va a haber dentro, como la caja de chocolates de Forrest Gump, esa linda incertidumbre que nos han enseñado a amar, que es a veces tan sugestiva, rica, y a veces un verdadero infierno con fuego y cuestiones que queman, pero no en el sentido rico, en el sentido más bien doloroso, que nos despierta a que estamos soplando las velas, y las hemos soplado tantas veces, pero nunca es lo mismo, pequeños matices, que van haciendo más interesante la experiencia, y los bares todos van cerrando, pero abren otros, parece, eso me dijeron, y hay una línea común, que va uniéndolos a todos, hay todo eso que continúa y somos nosotros mismos, aunque vayamos cambiando. Y finalmente, no, no hay un finalmente, hay que seguir soplando velas, hasta que un día ya no soplamos ni una cuestión, pero qué bien que lo hemos pasado, ¿o no? Yo lo dejaría a la suerte. Cara o sello, es lo único que nos va quedando. Y al otro día está todo desordenado y hay que lavar los platos y vasos, barrer el suelo, pero qué tanto, si igual lo pasamos bien, y nos miramos al espejo y nos sacamos la lengua a nosotros mismos, pero riendo, por qué no, nos tomamos el asunto con la mayor liviandad posible, llegamos a la casa y decimos hola, aunque no hay nadie, pero en broma, así es que nos reímos, porque igual está bien, y nada es perfecto, y en los otros bares yo también vi rincones sucios, pero como estaba oscuro no se veían, y ahora que es de día se ve, y ahora podemos sentarnos solos en la terraza, y decir, no es necesario que sea en voz alta, decir cómo lo hemos pasado, y a dónde cresta va nuestra vida, y quienes somos, y qué esperamos de todo esto, y no hay nadie más así es que no es necesario poner fotos sonrientes, no hace falta, ni poner “se siente contenta, frustrada, incomprendida”, sólo hay que sentirse, sin decir, lo que es exquisito, y a veces difícil, pero todo depende de cuanta cara de cumpleaños hemos puesto, o cuantas huevadas hayamos hecho, lo que en definitiva da lo mismo, pero ni tanto porque igual tenemos que seguir soplando las velas, y las tortas guardadas en el refrigerador no tienen rico sabor, así es que dando las 12 nos vamos todos para la casa, a botar esa torta y hacer algo útil de nuestras vidas, eso es lo que decimos, lo que puede significar un montón de cosas, tantas, que da para todo. La cuestión es no comerse la torta ya un poco podrida, y cantar feliz cumpleaños de corazón.