Estar de cumpleaños es como levantarse con ganas de
cambiarlo todo. Como estar atento a la avalancha. Como sonreír por todo lo que
ha pasado en los años anteriores. Todo lo que está pasando. Es como dudar del
presente. Es como agradecer, el presente, el antes, el que vendrá quizá después,
todo. Es como estar inocentemente contentos de todo lo que creemos que va a
llegar. Es como una mala noticia de que se nos va acortando el tiempo. Es una
buena porque quizá no han pasado en vano ya tantas primaveras, aunque pasaban
antes de que naciéramos, ya pasaban, siempre pasaban. Es saber que el
calendario es una medida de tiempo, relativa, pero cargada de significado, lo
que no implica que tengamos más sabiduría, pero al menos hemos llegado a algún
lado, el que sea, algo es algo, algo es nada. Hay tanto, hemos tenido tanto, a
veces sentimos que tenemos poco, pero llueve tanto, todo eso que tenemos, que
nos llueve. Respiramos hondo, esas revisiones no son siempre lo más, más
optimistas. Pero estamos llenos de momentos simpáticos, de cuanta cuestión
hemos aprendido, como esponjas curiosas, con los ojos bien abiertos. Con las
manos abiertas a la tormenta, aunque con un poco de recelo, pero valentía al
fin y al cabo. Habitantes tiernos con cara de buenos, así hemos querido ser. El
pelo peinado hacia atrás, como que hubiese pasado la gran lengua de una vaca,
el pelo todavía con gotas que caen, o saliva más bien. La sonrisa abierta, la
mirada cándida, la esperanza incauta, la espera angelical, decimos: hola, ya
llegará todo eso que esperamos, con credulidad, con honesto optimismo. Y
efectivamente las cosas llegan, y abrimos los abrazos para retenerlas todas, con
una convicción fantástica, con un júbilo a prueba de todo. Y no entendemos por qué
se nos van escapando de las manos, y el peinado tan bien hecho se va
desarmando, llega el viento, la aridez, se seca el pelo y pierde su forma, pero
qué pasa, si todo estaba ahí. Incomprensión. Pero si era todo eso lo que me hacía
vibrar, y el globo se va desinflando, y miramos al parque de al frente, y vamos
cruzando las calles, pero mirando si vienen autos por si acaso, porque un nuevo
cumpleaños no es como para morirse, o al menos no de esa manera, alguna más
heroica, morir en la batalla, aunque no tenemos idea qué significa eso, pero lo
hemos leído en los libros de historia, pero la historia está a veces tan lejos,
y nuestro cumpleaños está tan cerca, y luego varios días se agolparán y llegará
el siguiente, y no queremos detener a esos días, pero como de reojo miramos esa
pequeña posibilidad de detener el tiempo, un ratito, entramos en un sueño, una ensoñación
despiertos, en que detenemos los relojes, y efectivamente se detiene el tiempo.
Lo hicimos, hemos detenido el tiempo, y qué pasa, ¡se rebalsa! Por otros lados,
qué estafa de sueño, más parece pesadilla, y llega la hora de la verdad: qué he
hecho con mi vida. Esas horas anteriores a la hora fatal del cambio de cifra,
hay momentos de tranquilidad, satisfacción del trabajo bien hecho, pero bien,
bien hecho, luego a veces, aunque sea por pequeños momentos, ese pánico
incipiente, y qué vendrá en este año, y si todo sigue igual, ¿estaría bien? ¿y
siempre así? ¿y pasa algo más? ¿y si está todo tan bien, todo cambiará?
¿podremos seguir así? ¿hasta cuándo? Para bien o para mal, son instantes
confusos, no hay blancos y negros, del gozo pasamos a la vergüenza, de la
confianza al dolor. Pero el humor todo lo puede, y ese peinado firme tiene
ahora canas, subrepticias, aunque ya ni tanto, y qué es lo que va quedando, es
qué vendrá algo más, preguntamos. ¿Es la hora de cerrar?, decimos,
interrogamos, taladramos, ¿y el aperitivo, y las aceitunas? ¿Y tan temprano? ¿Y
nuestros sentimientos, qué hacemos con ellos? ¿tienen espacio? ¿los tragamos,
como a las aceitunas? ¿lanzo el aperitivo al césped? Pero todavía quedaba. ¿Y
si cruzamos al bar de al frente? Todavía está abierto, mira y hasta la gente se
ve contenta, no demasiado ebria, echamos un vistazo, rápido, sin quedarnos, ni
pasarnos, ¿y si seguimos?, está tan entretenido, hemos hablado tanto, nos hemos
reído como locos, hasta hemos llorado de la risa, o de la pena, pero llorado al
fin y al cabo, hemos compartido con gusto, celebrado cada instante. ¿Cuántos más
habrá por delante? Se acerca, se acerca, esa hora del cambio de cifra, y es más
el miedo infundado que la real embestida que puede darnos. Pero no estamos
hablando de eso, de ese golpe, es más sutil, sigue estando ahí, de manera
solapada, no miramos que se acercan a prender las luces, que pronto las
encenderán, está tan mágico el momento, para qué ponernos nerviosos, para que
pasar a otra cosa, estamos tan bien aquí, los 6.200. ¿6.200 qué? No sé, todos
esos que están tan bien aquí, ¿cuáles? ¿cuándo? ¿a veces? ¿siempre? No puede
ser, bueno, a veces, sí, o casi siempre, o tantas, tantas veces, y recordamos
esos bailes, apretados, sintiendo el cuerpo de la otra persona, mientras volamos,
y todo parece tener sentido, el cambio de cifra es una broma, aburrida,
insignificante, porque podemos seguir bailando apretado, intentando mover los
pies como si bailáramos tango, abrazando al amigo para decirle que lo queremos
tanto, después de bailar apretado, no al mismo tiempo, ¿te imaginas? Caerse en
la pista de baile, decirle ¿quieres casarte conmigo? Ahí en esa pista, en el
suelo, entre carcajadas, exhibiendo un pedazo de vaso quebrado a modo de
anillo, pero tan, tan felices, y después levantarse, y al otro día el sol nos
obliga a cerrar un poco los ojos, nos encandila, y recordamos algo de un vaso
roto, pero el resto ha quedado atrás, ¿adónde? ¡dime dónde! Entre las plantas,
como los huevos de pascua, pero estos no volvemos a encontrarlos, o los
encontramos al año siguiente, carcomidos por el tiempo, o por algún insecto o
mamífero escurridizo, que ya hace rato está en otra parte, o muerto, también
puede ser, porque el tiempo tiene esa capacidad, va pasando y va matándonos, no
a todos al mismo tiempo, pero eligiendo, eligiendo, nos encuentra. Y nos cantan
el cumpleaños feliz y ni sabemos bien qué significa el paso del tiempo, sonreímos,
incómodos, qué diga algo, unas palabras, no sabemos si cantar también o sólo
hacer una mueca de alegría, o resignación, pero alguna cara hay que poner, y se
vienen las palabras, y decimos: gracias, nunca pensé que estaría tan feliz
cumpliendo años, aquí, contigo, con todos ustedes, pero es evidente que si es
una vez al año no podemos estar así súper eufóricos todas las veces así es que
disimulamos un poco, miramos si el que nos interesa nos está mirando o está
hablando con la persona de al lado con aire de complicidad desagradable, o que
desagrada más bien. Y sí, está conversando con esa persona de la lado, y no mirándonos
disimular, y no mirándonos reír, porque no siempre pueden estar mirándonos,
aunque estemos de cumpleaños, la vida sigue pasando, y a paso más bien rápido,
y volvemos a abrir los brazos para abarcarlo todo, pero llegan las malas
noticias, es la hora de cerrar, agarra lo que puedas, porque lo otro no tendrá
cabida, elige, eso es buena idea, así ves bien qué te quieres llevar, porque no
te puedes llevar todo, si quieres llévate un pedazo de torta, una piñata, llena
de dulces, eso es lo mejor del cumpleaños, o la sorpresa, por último ahí queda
abierto, porque no sabes qué va a haber dentro, como la caja de chocolates de
Forrest Gump, esa linda incertidumbre que nos han enseñado a amar, que es a veces
tan sugestiva, rica, y a veces un verdadero infierno con fuego y cuestiones que
queman, pero no en el sentido rico, en el sentido más bien doloroso, que nos
despierta a que estamos soplando las velas, y las hemos soplado tantas veces,
pero nunca es lo mismo, pequeños matices, que van haciendo más interesante la
experiencia, y los bares todos van cerrando, pero abren otros, parece, eso me
dijeron, y hay una línea común, que va uniéndolos a todos, hay todo eso que
continúa y somos nosotros mismos, aunque vayamos cambiando. Y finalmente, no,
no hay un finalmente, hay que seguir soplando velas, hasta que un día ya no soplamos
ni una cuestión, pero qué bien que lo hemos pasado, ¿o no? Yo lo dejaría a la
suerte. Cara o sello, es lo único que nos va quedando. Y al otro día está todo
desordenado y hay que lavar los platos y vasos, barrer el suelo, pero qué
tanto, si igual lo pasamos bien, y nos miramos al espejo y nos sacamos la
lengua a nosotros mismos, pero riendo, por qué no, nos tomamos el asunto con la
mayor liviandad posible, llegamos a la casa y decimos hola, aunque no hay
nadie, pero en broma, así es que nos reímos, porque igual está bien, y nada es
perfecto, y en los otros bares yo también vi rincones sucios, pero como estaba
oscuro no se veían, y ahora que es de día se ve, y ahora podemos sentarnos
solos en la terraza, y decir, no es necesario que sea en voz alta, decir cómo
lo hemos pasado, y a dónde cresta va nuestra vida, y quienes somos, y qué
esperamos de todo esto, y no hay nadie más así es que no es necesario poner
fotos sonrientes, no hace falta, ni poner “se siente contenta, frustrada,
incomprendida”, sólo hay que sentirse, sin decir, lo que es exquisito, y a veces
difícil, pero todo depende de cuanta cara de cumpleaños hemos puesto, o cuantas
huevadas hayamos hecho, lo que en definitiva da lo mismo, pero ni tanto porque
igual tenemos que seguir soplando las velas, y las tortas guardadas en el
refrigerador no tienen rico sabor, así es que dando las 12 nos vamos todos para
la casa, a botar esa torta y hacer algo útil de nuestras vidas, eso es lo que
decimos, lo que puede significar un montón de cosas, tantas, que da para todo. La
cuestión es no comerse la torta ya un poco podrida, y cantar feliz cumpleaños
de corazón.