31 de marzo de 2024
La máquina de lavar platos III
La máquina de lavar platos II
La máquina de lavar platos
Cuando llegué a este departamento, había ya una máquina de lavar platos, un lavavajillas, como le dicen, que se mostró encantado de ayudarme con esa tarea. Pero un buen día, decidió que ya no quería trabajar más. Hasta aquí no más llego, dijo. Tengo como dos mil años, y no quiero trabajar más. Voy a cumplir veinticinco y ya tengo derecho a retirarme. De acuerdo, le dije. No quería llevarle la contra, pero llamé al servicio técnico, porque igual era agradable que hiciera ese trabajo por mí en las ocasiones necesarias. Por un teléfono una señora me pregunta el número de serie, que estaba, según ella, en la puerta. No está, le digo. Entonces no puedo ayudarle, voy a tener que cortar. No me abandone, le pedí. Dónde está ese número, ayúdeme. No la puedo ayudar si no me lo dice, sólo podemos intervenir si tiene el código secreto, que está por ahí anotado, búsquelo y vuelve a llamar. No parta, por favor. Subió un poco mi tono, pero dónde está ese número, explíqueme bien. Ahí estaba el número, pero la máquina tenía tantos años que casi no se veía, sólo con una lupa. Bien, me dice, ahora sí puedo ayudarla. Perfecto, le digo. Al día siguiente, aparece en mi casa una persona dispuesta a hacer arrancar a la máquina testaruda. Pero yo había puesto un producto para destapar, porque pensé que no funcionaba por esta razón. El señor prendió la máquina y esta arrancó como si nunca le hubiese sucedido nada. Parecía como esos niñxs, o esos animales, que no quieren hacer la gracia cuando hay más gente, pero luego la hacen perfecto. Pero aquí viene lo interesante de la historia. El señor abre la máquina, y me dice, pero qué le puso adentro, esto es muy tóxico, y se alejó mil metros, de manera totalmente exagerada, abrió las ventanas, movía el aire con las manos, corría de un lado a otro. Jamás había visto a alguien tan desmedido, y decía, ¡no sé si podrá volver a usarla! Esos productos no son para una máquina como esta, con platos donde usted va a comer, eso es para una cañería, un lavamanos, un baño, no para esto. Yo que usted la elimino inmediatamente. Yo lo miraba muy calmada, mientras él se mantenía a dos metros de distancia de la máquina asesina. Yo la abrí y él casi se pone a llorar, porque salía el vapor, ¡eso podría matarla!, decía. Yo seguía mirándolo. ¡Yo que usted salgo de esa cocina! Va a tener que echarla a andar por lo menos diez veces antes de usarla, o veinte, o no podrá usarla nunca, me advertía, desesperado. ¿Tiene hijos? No. ¿Tiene marido? No. No tengo nada de eso, le dije, afortunadamente. Si me muero será aquí sola, agregué, puede usted estar tranquilo. Por favor, no me malentienda, no quiero que usted se muera, decía. De acuerdo, le dije, gracias. ¿Cree usted que esta máquina quiere matarme?, le preguntaba yo. ¿Qué cree que debo hacer? ¿Reportarla a la policía? Yo lo que quería, le dije, es que me lavara el alma, ¿es posible? ¿Hacen esto estas máquinas? ¿Se atreven? ¿Cree que podrá lavar todos mis pecados, mis errores? ¿Mi sinsentido y falta de respuestas? ¿Los bordes de mi soledad? ¿Estará esa función por aquí? ¿Estos botones, para qué son? ¿Me explica, por favor? En vez de correr para todos lados. ¿Puede dejar de lado un momento su temor y decirme de una vez si esta máquina podrá lograr lo que necesito? Los platos, está bien, pero no es lo principal. Se detuvo en seco en su afán de advertirme el peligro. No creo que esta máquina pueda hacer esto que usted necesita, me advirtió, esta vez estaba calmado, y un poco suspicaz. ¿Ha conocido usted máquinas así?, me preguntó. Tal vez tienen otra forma, sugirió. Cuál, le pregunté, intrigada. ¿No son un cubo como ésta? Qué forma tienen. No sé, me dijo. Si quiere intentemos. ¿Lo que dije? Claro, respondió. ¿Tengo que entrar en la máquina? ¿Introducir mi alma? A ver, voy a meter un pie y vemos. Si el agua está a la temperatura correcta. Un pie no va a servir, indicó. Para lavar el alma hay que entrar dentro de la máquina. Pero quizá la máquina acabe conmigo, le dije, usted lo insinuó ya, hace un rato. A ver, entre, y yo la echo a andar. De acuerdo, le dije. Entré, y el líquido me transportó por un viaje psicodélico, sin matarme. Todo funcionaba como se esperaba. Con la precisión de una máquina. Los platos y las dudas se lavan de ahora en adelante. El señor cambió de profesión, y habita el espacio exterior. Ayuda a quienes lo necesitan. Llevando sus máquinas adonde haya dudas y platos que lavar, con sal y abrillantador. Una vez al año me paga una comisión, y hacemos un picnic en los altos pastizales. Lo mejor es la primavera, y mis dudas que brillan.
