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La descomposición
Hubo ese tiempo en que consideras que trabajar en derechos humanos es algo honorable. Luego conoces a Nicolás Espejo Yaksic. Todo se viene abajo. Tú vienes de la Universidad Diego Portales de Santiago de Chile, de trabajar con María Soledad Cisternas Reyes, actual Enviada Especial del Secretario General sobre Discapacidad y Accesibilidad de Naciones Unidas, un ejemplo desde todo punto de vista, alguien que no hace otra cosa que trabajar y de una ética intachable. Los derechos humanos personificados, lo mismo cuando trabajas con Nelson Caucoto Pereira, en la Oficina Especializada en Derechos Humanos de la Corporación de Asistencia Judicial en Santiago de Chile, un verdadero maestro, ambos distinguidos con premios nacionales de derechos humanos. Una gran suerte haber podido trabajar con ellos. Luego llegas a la oficina de UNICEF-Chile, y para tu mala suerte esta vez, un mes después llega de jefe tuyo Nicolás Espejo, que es todo lo contrario, flojo e inmoral. No tarda más de unos días en empezar a invitarte a tomar café todas las mañanas, comer a mediodía y a veces beber una cerveza por las tardes después del trabajo. Te cansas de escuchar “qué rico tu culo” y comentarios de ese tipo, que te dirige, además de comentarios que hace sobre el cuerpo de otras funcionarias, de manera poco respetuosa, desubicada y soez, permanentemente, y juicios misóginos y despectivos que hace sobre las capacidades e inteligencia, además de las características físicas, de las funcionarias y contrapartes, sin excepción. Te aburres de tener que escuchar sus supuestas conquistas amorosas de pacotilla, y los detalles de su vida sexual. Luego es peor, al menos dos viajes a Valparaíso en mayo y junio de 2009 con el mismo modus operandi: pide hora para la reunión bien temprano, así nos quedamos a alojar allá el día antes; no puedo, dices tú, tengo taller literario el miércoles en la tarde, no puedo faltar; me da lo mismo, responde él, solicita la reunión el jueves temprano, y pide reservación de hotel y viático, es muy cansador ir por el día, afirma. Fin de la conversación. Quedas a merced del jefe. Esto implica, además, gastos innecesarios para UNICEF, ya que entre Valparaíso y Santiago no hay más de 120 kilómetros. Esta actitud de no cuidar los fondos de UNICEF para proyectos es constante en él, teniendo una inclinación por asistir a los mejores hoteles y restaurantes, en una actitud lujosa, como tomar champaña en la terraza del Hotel Sheraton Miramar de Viña del Mar, que no se condice con el carácter del trabajo de derechos humanos, usualmente de presupuesto limitado. Qué pasa en Valparaíso. Te invito a comer, dice él; a la vuelta en el hotel, de nombre Hotel Latitud 33º Sur, Nicolás Espejo luego en tu habitación, se lanza sobre ti, inesperadamente. ¡Qué le pasa a este tipo! Te invade el miedo. Siguiente vez, lo mismo, esta vez con ida a bailar. Nunca hay sexo, afortunadamente, porque lo mandas a su habitación, pero sí besos. Se rompe un límite que te parece infranqueable, nunca hubieses imaginado una situación así, con un jefe, en un viaje de trabajo. UNICEF es el trabajo de tus sueños, estás comprometida afectivamente con alguien, resultado: terror absoluto. Cuando ya no puedes soportar más, habiéndote dado cuenta realmente de qué tipo de persona es, nuevamente en Valparaíso, a fines de julio de 2009, lo encaras, en un restaurante, el Café Turri de Cerro Concepción. Le dices que esto no puede seguir, le pides que por favor te deje trabajar tranquila, con ojos llorosos, que no te acose más, con una sinceridad inocente, pobre de ti. Cuando salen del restaurante, caminando al ascensor Concepción, uno de esos funiculares de Valparaíso, caminas un momento frente a él, y qué hace, te agarra el culo. Ese es el respeto que te tiene. Te das media vuelta, crees que nunca en tu vida has sentido, ni volverás a sentir, tanto odio. Luego entran al ascensor, y quieres preguntarle sinceramente si es posible seguir trabajando juntos sin que se repitan este tipo de situaciones, pero no alcanzas a preguntarle porque se abalanza sobre ti una vez más, todavía te acuerdas y te dan ganas de llorar, te da un asco gigante, y una rabia negra. Qué viene después de tres meses de acoso, nada muy alentador, tienes que seguir trabajando con él por cuatro años. ¿Cómo puedes cortar, al menos el hostigamiento físico, luego de esos tres meses? Comes un día con un amigo a mediodía, a mediados de julio de 2009, y como no puedes más de no poder contarle a nadie, le cuentas. Te dice: eso es abuso, eres víctima. ¡Tú nunca has escuchado qué significa eso! Parece ridículo, pero así es. Tu amigo te dice, te voy a monitorear, tienes derecho a decirle que no a sus invitaciones, tienes derecho a negarte a situaciones que no corresponden, mándame un correo todos los días y me vas contando tus progresos, niégate a todo lo indebido. Tu agradecimiento es eterno hacia él. Empiezas con tenacidad a evitar el contacto presencial con Nicolás Espejo, la situación se nota tensa, aunque nadie te pregunta nada, pero tú has agarrado valentía y estás firme en terminar con el acoso, sin perder tu trabajo, si eso es posible. Estás tres meses hablándole lo mínimo necesario, julio, agosto y septiembre de ese año, intentas lo más posible comunicarte con él solamente por correo electrónico, una situación muy compleja, estresante y de mucho sufrimiento. Incluso viviendo situaciones incómodas y difíciles, por ejemplo, una vez en un viaje de trabajo en Viña del Mar, con él y otros funcionarios, donde realizan un seminario sobre Responsabilidad penal adolescente en el Hotel Best Western Marina Del Rey. En esa ocasión, te quedas en la habitación del hotel sin cenar, para no tener que lidiar con él, comiendo el paquete de cacahuetes del frigo bar. Quedando tú en entredicho frente a los demás, como que tú no tienes voluntad de participar en las actividades sociales ligadas al trabajo, lo cual evidentemente no es cierto, ya que el único objetivo es no exponerte a más situaciones de acoso y dejarle claro que no vas a permitir más sus conductas indebidas, sin perder tu trabajo, lo cual es capital para ti. En caso contrario, habrías renunciado, tomando en cuenta el altísimo costo emocional que significa para ti todo el adverso contexto. Cuando empiezas a evitarlo, además, él actúa como que no hay un intento de tu parte de detener la situación, haciendo como que nada pasa, y burlándose de tu sentimiento de opresión y voluntad de poder hacer tu trabajo tranquila sin su hostigamiento.
Cuatro años de escuchar todas las barbaridades que dice de otra gente, de tener que seguir sus instrucciones sintiendo una rabia inmensa, de soportar su desvalorización a pesar de tu esfuerzo, de sobrellevar que ignore tus iniciativas y menosprecie tu trabajo, de estar obligada a tolerar su acoso laboral, de tener que volver a vivir situaciones que colindan con lo anteriormente vivido, ¿valió la pena? No lo sabes. Pero lo hecho, hecho está, y te encantó trabajar en UNICEF. Quieres hacer la separación entre la organización y Nicolás Espejo.
Es extraño porque entiendes el fenómeno de la manipulación leyendo el libro sobre Fernando Karadima de María Olivia Mönckeberg “Karadima, el señor de los infiernos”, años después, el 2011. Así empiezas a entender las formas de proceder en el abuso. Cuando partes de UNICEF el año 2013 vienen unos meses muy difíciles, te sumes en un profundo malestar y tristeza, y tiene relación con poder procesar con distancia todas las situaciones dolorosas e injustas que te tocó vivir. Tu autoestima profesional y personal está destruida. Luego partes a realizar estudios de máster en derechos humanos a Europa, entre otras cosas para dejar todo eso atrás, y nunca has vuelto a sentir nada semejante.
En enero de 2013 Nicolás Espejo te dice a la cara, intenté despedirte del trabajo, pero la jefatura no me lo permitió. Recuerdas tu estupefacción, tristeza e impotencia por el nulo reconocimiento a tu trabajo y la soberanía con que él cree poder comportarse, como moviendo a las personas en un tablero de ajedrez. Lo has visto hacerlo antes con otros y otras en diferentes circunstancias. Por ejemplo, en la Universidad Diego Portales cuando te contrató a ti y no a María Soledad Cisternas para escribir el capítulo sobre discapacidad del Informe sobre derechos humanos en Chile 2008, en clara discriminación hacia una experta internacional. Por supuesto, discutes la situación con ella antes de aceptar.
Renuncias a UNICEF-Chile a principios de abril de 2013 y te vas a fines de mayo porque ya no puedes soportar seguir trabajando con Nicolás Espejo como jefe, sobre todo luego de su amenaza de despido. Si él se hubiese ido tú habrías seguido trabajando en UNICEF, con mucho entusiasmo. Estás muy motivada, especialmente con la temática de niños migrantes y refugiados, tema por el que luchaste mucho para que se le diera importancia en la oficina, cooperando asimismo activamente con la sociedad civil para poder avanzar. Pero es imposible seguir trabajando con él como jefe, especialmente luego de la reunión de evaluación de final de año, el último día de enero de 2013, donde te dice que quiere que te vayas de la organización. El motivo esgrimido por él que te manifiesta para querer despedirte, es que según él tú no sigues instrucciones, tienes demasiada iniciativa y te arrogas atribuciones que le corresponden a él, lo que es un sinsentido y una contradicción, ya que él parte tres meses del segundo semestre de 2012 a Inglaterra, financiado por UNICEF y con la promesa de escribir un artículo, según lo que se te informa a ti, dejando expresas instrucciones de no “molestarlo”, y escribirle realmente lo mínimo posible. Lo que significa tener que tomar decisiones sin consultarle y mover las temáticas teniendo iniciativa.
Escribes lo siguiente sobre ese día de fines de enero de 2013: “respondo un sinnúmero de correos electrónicos y termino el informe para enviar a Nueva York. Nicolás Espejo me pide que nos juntemos en el café. Habla sin parar, como siempre, y me comunica que él propuso una reestructuración del área, en la que yo salía perjudicada, pero que no vaya a alarmarme porque no se aprobó y todo seguirá como antes. ¿Como antes? Cómo podría seguir todo como antes teniendo otra razón más para detestarlo con todo mi corazón. Un mes más en esta institución y creo que enloqueceré. Llevo cuatro años trabajando en UNICEF, con este descriteriado ambicioso de jefe, ha sido una hazaña, una epopeya sin igual, soportar a un narciso de libro que lo único que le importa es que el mundo se acomode a su favor, y rápidamente ojalá, sin contemplaciones respecto de los sentimientos de los aplastados en el camino. He estado ahí un tiempo récord, y me siento orgullosa de mí misma, he resistido, estoica, porque me gusta mucho mi trabajo, porque estoy convencida del aporte que realizamos, porque yo quise trabajar en esto toda mi vida, pero con este rufián todo es difícil, primero se aprovecha de mí, después me deja caer cuando estoy desprevenida e inerme. Le tengo mucha rabia. Muchísima. Termina el café, y me viene una pena honda, honda, profunda y que lo cubre todo. Porque llevo un semestre dando todo de mí por instalar los temas en la oficina, trabajando mucho, mucho, y esa propuesta, aunque fallida, pone en duda mi capacidad, no quiero poner atención al desaire, pero ahí está, y duele, duele. Me voy al parque, compro cigarros, y fumo, fumo, fumo, mientras lloro, sin entender nada ¡ah! Lo odio tanto. Estoy abrumada, triste, hizo que me sintiera insegura, inoperante, lo odio tanto, no puedo animarme, y estoy tan agotada que agradezco que mañana me voy de vacaciones y que podré descansar de la tiranía de Nicolás, que tiene mi cabeza a punto de explotar y no me deja respirar”. Luego en agosto de ese año escribes: “Nicolás ejerce sobre mí un control mental terrorífico, del que me cuesta salir. ¿De qué se trata este control mental?, consiste en requerir su aprobación, en la necesidad de su venia para todo, en la imposibilidad de decirle que no en relación a cualquier cosa, tiene su raigambre en la multiplicidad de roles entrecruzados que comenzó a cumplir cuando empezamos a trabajar juntos, jefe, acosador, una especie de papá, una mezcolanza nociva y confusa, y yo necesitaba desesperadamente salir de ahí, porque, creo, era la única manera de acabar con el control mental, y al fin me siento libre de esa pesadilla opresiva, y juro nunca más trabajar con él, y ruego por no volver a verlo. Me escribió un mensaje preguntándome cómo estoy. Me sorprende mucho su mensaje, y me estresa mucho, y pienso que tengo que desviar la atención, y he estado evitando contarle de mí y no quiero que sepa nada de mi vida, pero se activa el control mental y me siento en la obligación de responderle, en definitiva supongo que porque él me da terror, pánico, de alguna amenaza gigantesca que no me queda clara cuál es, y yo sé que no lo voy a llamar para comer bajo ningún respecto como me pide, y me tranquiliza la idea de que queda poco para irme a Europa y que podré evadir la propuesta, y pienso que no volverá a insistir de todas maneras porque no está genuinamente interesado en cómo estoy, porque sólo está interesado en él mismo, y lo que siento es que quiero liberarme de él para siempre y que no quiero volver a verlo”. No vuelves a ver a Nicolás Espejo nunca más luego de que partes de UNICEF, hace siete años, salvo en una ocasión, en enero de 2018, porque te dicen que él no irá a esa celebración y finalmente aparece, intentas evitarlo esa vez, el primer intento con éxito y el segundo sin éxito, pero afortunadamente sólo hablas con él cinco minutos y luego te vas.
En abril de 2018, Nicolás Espejo se presenta a defensor de derechos de la niñez en Chile, cargo creado ese mismo año. ¡Un abusador de defensor! Da casi risa, si no diera escalofríos en realidad. Si la impunidad rima con injusticia, si los derechos humanos riman con ética y trabajo, abusador y defensor realmente están tan lejos como dos palabras que se repelen a sí mismas, hay una conciliación imposible, una contradicción no sólo evidente sino peligrosa. Sientes que tienes que decir algo. Sin necesidad de hacer público lo ocurrido, pierde la elección, y algo en tu interior se acomoda de una manera en que los derechos humanos de nuevo pueden acercarse a la defensa y no al abuso.
No tienes idea qué será de su existencia en este momento ni te interesa, pero por algún llamado interior y exterior, por alguna ola de algo positivo que se forma, te sientes en la necesidad de participar estos hechos y denunciarlos. Quizá por la clara y vaga sensación de no ser la única, quizá porque un día es mejor hablar que callar, quizá porque realmente el mundo esté cambiando y ser valiente trata sobre defender también a las y los que vendrán. No tienes idea qué vendrá después, pero al menos no serás del grupo del que ironiza Virginie Despentes: “Consejos de mujeres, entre ellas. La porción de elección. Guarden sus heridas, señoras, porque podrían molestar al torturador. Hay que ser una víctima digna. Es decir, que se sepa callar. La palabra siempre confiscada. Peligrosa, lo entenderemos, ¿molestando el descanso de quién?”. ¿Hay complicidad en el callar? También se te infiere esa tarea, ese juicio. No hay salida. No sabes si callarse es ser cómplice, pero sí sabes algo, cada vez que lees un libro o ves una película sobre el tema, la rabia toma su puesto, como si la herida no dejara de doler, aunque sólo a veces, de manera muy espaciada, te das cuenta.
Recién este año, en febrero, te animas a escribir en detalle lo que te pasó con Nicolás Espejo, movida por la rabia y la sensación de injusticia e impunidad, luego de haber revivido las sensaciones vividas, al leer “Le consentement”, “El consentimiento”, de Vanessa Springora, “King Kong Théorie”, “Teoría King Kong” de Virginie Despentes, la denuncia de Adèle Haenel contra Christophe Ruggia, las denuncias contra Roman Polanski y Harvey Weinstein, ver la película “Bombshell”, “El escándalo”, de Jay Roach sobre las denuncias contra Roger Ailes, además de seguir de cerca el trabajo realizado por el movimiento feminista francés, chileno e internacional. Es un proceso duro, pero que llevas a cabo con determinación. Ya no sientes miedo hacia Nicolás Espejo. Decides luego compartir el texto con personas cercanas y de confianza. Luego de intensa reflexión, varios meses, decides hacer público el relato, publicando en Facebook una adaptación del texto el 27 de mayo, y el nombre de Nicolás Espejo Yaksic en uno de los comentarios abajo, dos días después.
Si no te hubiese pasado, no sabes si entenderías la sensación. Quizá por eso también es bueno unirse y decir. Aquí va: es necesario desenmascarar a Nicolás Espejo, que la profesión de abogado de derechos humanos sea honesta y transparente siempre, y que las organizaciones hagan mayor esfuerzo por evitar estos abusos de poder. Estás siempre agradecida de quienes te han apoyado. Y esperas estar en ese grupo si hace falta. No a la impunidad. Sí a la justicia. Sí a los verdaderos defensores de los derechos humanos. No a los impostores. Sí a las condiciones dignas de trabajo. Sí al respeto y a la consideración. Habría sido tanto mejor trabajar por los derechos humanos sin desilusión. Quizá puedas terminar de sanar y reconciliarte realmente con su fuerza. Nicolás Espejo destruyó tu valía y carrera profesional en esos años, haciéndote imposible desarrollarte plenamente, y desviándote de tu norte, la defensa de los derechos de niñas, niños y adolescentes, aunque no logró que te rindieras. Quizá un día quieras volver a trabajar como abogada de derechos humanos, las condiciones actuales incitan, quizá el relegarse a la oscuridad termina definitivamente cuando entra la luz por varias rendijas y toda la habitación se ilumina, mostrando nuevas posibilidades. Presentas una denuncia con la esperanza de que Nicolás Espejo no vuelva a abusar de su autoridad contra nadie, y menos bajo el paraguas de organismos humanitarios dedicados a la protección de los derechos humanos. En este momento, si la acción de denunciar, además de advertir, puede ser útil para generar reflexión, entonces piensas que tuvo un sentido llevarla a cabo. Manifiestas siempre que estás agradecida de UNICEF y también del apoyo que han mostrado, y que en ningún caso, quisieras perjudicar a la organización, ni a Naciones Unidas, sino que agradecerle y quizá cooperar a mejorarla, y continuar luchando por los derechos de las niñas, niños, mujeres y hombres, hasta el máximo de tus posibilidades, desde tus capacidades y disciplinas, en este momento los derechos humanos desde la literatura y la traducción. Tienes una esperanza intacta de un mundo mejor, y crees que hay que seguir adelante sin detenerse, y aprovechar este momento mundial fértil para generar cambios. Arriba Patricia Muñoz García, defensora de los derechos de la niñez de Chile, y José Andrés Murillo Urrutia, director de la Fundación para la confianza – un mundo sin abuso, fuera lo falso y lo ambicioso. No al abuso ni al acoso sexual. Queda mucho camino por recorrer. Hay que seguir. Sin justicia y reparación no hay paz. Hay que seguir.
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21-04-2024 El cómplice