De pronto se cierra el telón. Tras bambalinas
siguen pasando otras cosas.
Parto como hace casi cuatro lejanos años, a mi
querida Barcelona.
De la misma manera y de otra forma totalmente
distinta.
También agradecida como aquella vez, de todos y de
todo.
Con el alma quemada de tanto incendio.
Pero aún con vida, dentro del caos aparente.
No como en La La Land, pero bailando.
Con un poco de nostalgia, pero tranquila, al fin y
al cabo.
Invocando a la fuerza, dondequiera que ella esté.
Siempre hace falta.
Recurriendo a la confusión, para mirarla de frente.
Intentando decantar el vendaval.
Persiguiendo un sueño, que aúlla entre las manos.
Mirándolo a los ojos, con un ímpetu en el pecho.
Con unas expectativas humildes, pero vivas.
Con una indiferencia, y un existencialismo.
Con un humanismo a prueba de balas.
Pero temeroso y deseoso de encontrarse.
Con una canción en los labios y unos acordes de
paraíso.
Perdidos y encontrados, y vueltos a perderse y
dispuestos a renacer.
Con una confianza basada en no sé qué insensatez.
Con la locura como aliada, y una de las mejores.
Con la certeza de que lo importante no está en el
mundo virtual.
Con una fe ciega en la humanidad y su porvenir.
Con la noción de esa finitud que nos pisa los
talones.
Con la sabiduría de ser un pequeño granito de arena
en la inmensidad.
Desbordante de ganas de olvidarlo todo, y recordar:
Que el amor permanece hasta el fin del tiempo y del
universo,
único e invencible.
Y que no hay nada más.
Esa energía poderosa que puede cambiarnos.
Que duele y expande.
Esa es la que yo quiero para mis días, y para todos
los corazones.
De los humanos y los animales.
De los kilómetros de árboles que nos ayudan a
respirar.
De la razón por la que estamos aquí y llamamos
sentido.
Que no es otra cosa que entregarnos.
Al vendaval y la tormenta.
A la risa y la bienaventuranza.
A tu alma que está tan cerca.
A esa promesa de un futuro luminoso.
A ese presente radiante y siempre oscuro, pero tan
vivo.
A esa intemperie donde están todas las respuestas.
A esa libertad que a veces nos es arrebatada, pero
siempre persiste.
A ese cansancio que sobreviene, pero nunca nos
mata, o sólo a veces.
A ese gozo de estar con vida, y esa posibilidad
infinita de oasis.
A esa música que escucho y anuncia la llegada de
sueños cumplidos.
Y otros por cumplir, siempre.
Pero como un gesto de seguir adelante.
De no detenerse y permanecer quietos al borde del
océano.
Mirándolo fijamente como a los sueños.
Que no son otra cosa que amar nuestro quehacer y
todos sus laberintos.
Que se me acabe la vida, porque siempre podemos
pasar a otra cosa.
Que no tenga otro contenido que tus ojos sinceros.
Donde me reflejo cuando quiero saber que amar es lo
único que nos va quedando.
Gracias, por tanta honestidad desparramada,
desordenada, múltiple.
Gracias, a todos quienes le dan sentido a este
orbe.
Gracias, porque esta existencia fugaz tenga tanto
de permanente.
Gracias, porque esta existencia profunda está llena
de valentía.
Porque cuando acabe, e incluso ahora mismo, sabré
que valió la pena.
Gracias, por este edén infernal, pero tan humano.
Gracias, por toda la gloria vacía postrada a
nuestros pies.
Gracias, por un mundo lleno de detalles
celestiales.
Voy a tu encuentro existencia, aunque ya somos una
sola cosa.
Gracias, libertad, por esta posibilidad de paraíso
en ciernes.
Gracias, por una vida vivida hasta las últimas
consecuencias.
Gracias, por este sentido ineludible, aunque
escurridizo.
Gracias por todas las dimensiones que nos
posibilitan salir de nosotros mismos.
Y amar sin medida.
El porvenir se muestra benevolente, aunque no
siempre podamos verle la cara.
Adiós, llegue por la puerta y me voy por la ventana,
donde pueda volar.
Y encontrarte.
Destino mío, ineludible.
Iré hacia ti aunque sea lo último que haga.
Porque la muerte me esté esperando agazapada, y
siempre dispuesta a renacer.
La muerte es vida, y la vida es morir, amando.
Amar es como morir, y si no estamos perdidos.
Adiós, voy a tu encuentro destino inexorable.