11 de septiembre de 2017

Cuentos

Me gustaría contar cuentos. Puros cuentos. Son puros cuentos. Historias. Que recuerdo, o que invento, o las dos. Historias que recuerdo a medias e invento a medias. O historias que invento del todo. A veces es el Día. Hay ideas. Ideas. No, sin mayúscula. Ideas simples, ciegas a sí mismas. El ruido del fuego en la chimenea. El ruido de la lavadora. Y todos los intersticios. Y todos los posibles escenarios. Esto es. Es Cuentos. ¡Puros Cuentos! Sí, con mayúscula. Una realidad que se muestra. Una realidad que quiere serlo, pero el sol se esconde tras las nubes. Una intemperie imprecisa. A veces vienen esas ideas. Si el día es largo, si no hay distracciones de por medio, si no tengo demasiado sueño, entonces vienen. En la propia vida está la base de toda historia. Tantos personajes reencontrados. Encontrados, y desaparecidos. Dan ganas de reír. Dan ganas de que la ropa se seque de una vez. Sin dilaciones. Para poder decir. Para poder portarla sobre el cuerpo. Ese aroma a ropa limpia. Sin trazos de agua. Historias disecadas. Momias que poder desenvolver para reemplear. Para revivirlas. Pero todo sigue su curso. Y las historias mutan. Lamentablemente, o afortunadamente. Sólo queda fijarlas en el papel. Mintiendo. Diciendo que fue así o asá, pero quizá no fue así, o tan asá. Fue, simplemente, y es posible rellenar todos esos espacios por rellenarse. Esos Espacios. Llenos de ropa esperando entrar en la lavadora. Para salir renovados. Espacios que ni parecían espacios. Cestas disponibles. Contenidos a ser mezclados. A veces no hay cuentos. Y a veces los veo hasta bajo las piedras. Levanto una y salen disparados. Como si me atacaran. Me pidieran ser renovados. Me interpelaran por un poco de atención. Son puros cuentos. Y busco nuevos cuentos. No esos. Quizá un día, de buen humor, les dé un espacio. Por mientras, sigo leyendo a Bolaño y a Rancière como si me llamaran. Ellos. Como si en esos libros estuviera la sugerencia maestra. La Sugerencia implacable. Que pudiera dar con los acertijos que va lanzando el presente. Un presente continuo que se muestra sinuoso. Como si no tuviera nada mejor que hacer. Que leerlos. Brindando por no sé qué encuentro imposible, o misterioso. Más misterioso que otra cosa. La Sugerencia Implacable, que arrase con lo cierto. Que se lleve tantos días de incertidumbre a medias. Una Sugerencia que pueda hablar por ella misma. Ponerse de pie y caminar hacia el abismo de las cosas ciertas. Un abismo entre líneas, que vaya dibujándose a medida que ésta se revela. Una noción de batallas perdidas. Un abatimiento porque el fuego en la chimenea ya se apaga. Pero quedan los cuentos. Los Cuentos. Cuya certidumbre es absoluta. Aunque no signifiquen nada demasiado especial, o casi nada. Una pequeña, pequeñísima lucha ganada, con total indiferencia. Un pensamiento del presente. Libre al viento. Abierto a pasear por el jardín inmenso. Quizá de la mano. Como las cosas íntimas. Esas que no publicaremos porque probablemente no interesan a nadie. Pero carcomen. Y dan vida. Unas palabritas que se reverencien a la Sugerencia Implacable. Unas palabritas que no se crean los cuentos, pero estén dispuestas a las nuevas formas. A los nuevos cuentos. Tan ancestrales como este presente cargado de significado. Unas palabritas que se independicen. Algo que, al fin, signifique algo. Una literatura del hastío. Un humor de los bajos fondos. Nada especial. Nada admirable. Pero único. Pero capaz de corroer los Contornos. ¿No me canso? Claro que sí. Pero el encuentro con las palabritas tiene su precio. La búsqueda de la Sugerencia y de los Cuentos. Como si casi fueran lo mismo, aunque no tengan nada que ver. Si logro hacer que se encuentren me doy por pagada, aunque no vea un puto peso en todos los años que amenazan con pasar y extinguirse. Lamentablemente, de manera irremediable. Porque la posteridad es una broma de mal gusto. Aburrida. Yo persigo la broma real. La que, de verdad, pero de verdad, haga reír, trayendo junto a ella un huracán. Emociones que puedan completar el mundo, que a veces, sólo a veces, intimida, con su amenaza de vaciarse.   


8 de septiembre de 2017

El fin del juego

Esperando, esperando para dar la estocada final.
¿De qué se trata este juego?
Me di cuenta de que todo es serio.
O nada. Quizá fue al revés.
De pronto, adultez.

No, fue sólo una impresión.
No turning back.
Esto es. Ver Herzog. Escuchar Camille. No hay vuelta atrás.
Algo se libera. Algo, algo. Vuela.
Dejarlo partir. Dejarlo completarse. Convertirse en algo. Ser algo. Nada. Pero tan definitivo. Pero volando. Learning to fly. Una vez haber escuchado esa canción. Y de pronto recordar: no turning back. Y recordar la canción. Y es tan fuerte la sensación. Una catarsis. Emociones. Eso es. Emociones.
Por qué la inseguridad. Si hay esas canciones. Si hay esos mensajes. Esas pequeñas sutilezas que lo arman todo. Que lo salvan de la destrucción. A eso que nos constituye. Eso que no sabemos qué es. Pero es tan, tan fuerte. Un dolor de bienaventuranza.

Por muy mierda que sea un momento, una época, algo queda. Aunque sea una canción. Dejar partir a la nostalgia. Aferrarse a la sensación. De potencia.


7 de agosto de 2017

Montalivet, Gironde, Nouvelle-Aquitaine

La playa inmensa, eterna. Se pierde en el horizonte.
Desnuda en la arena. Sintiendo el viento en el cuerpo, placer. Placer con mayúscula.
No quiero volver a usar traje de baño. ¿Para qué?
Grandes olas. Varias hileras de olas. El sol filtrado por las nubes.
Si el viento se intensifica siento un atisbo de frío.
Ser escritor debe ser como ser una ola. Rodearlo todo hasta reventar. Y las tablas en tu espalda.
Ser escritor debe ser como el cielo azul hasta la línea de nubes. Que comienza al elevar la mirada.
Ser escritor es como estar desnudo en la playa. Placer y entrega.
¿Cuál es exactamente el color del presente? ¿Azul-verdoso, como el océano?
Ser escritor debe ser como no poder detenerse. Como tener un mundo propio, secreto, que se despliega en una hoja vacía. Luego el mar cambia de color con el sol que aparece. Las nubes se mueven. De pronto ninguna nube cerca del sol.
Debo haber sido pez en otra vida. Pez en el agua.
Ser escritor debe ser como ser un pez en el agua. Como yo me siento en el agua, entre las olas. Sumergiéndome y emergiendo.