22 de noviembre de 2017

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Treinta y siete primaveras que deambulan. Treinta y siete otoños que desgarran. Desde la cima de la colina los vislumbro. Desde el fondo del mar los voy contando. Aquí a mi lado no dejan de moverse, inquietos. Quieren seguir pasando. Y yo no tengo casi nada para darles. Pero con espíritu humilde voy leyendo lo que otros escribieron. Con espíritu humilde voy delineado frases en hojas vacías. Sabrá la divinidad si tuerzo el destino. Sabrá la divinidad si mi paso es lento. Cierro los ojos frente al sol que se muestra benevolente. Y no tengo un espacio para las treguas. Porque todos los días deben estar cargados de palabras. Que lo desordenan todo.

Caminar, caminar. Treinta y siete vueltas. Observando los momentos sublimes. Que suben y bajan. Los universos que se despliegan, antojadizos, inestables, caprichosos. Decididos, al fin y al cabo. Y los veranos que se agolpan y escalan. Y los inviernos que esperan tras la puerta. Aquí estoy, interceptando inspiraciones, detonantes. Mirando de reojo al viento para que se lo lleve todo. El problema de todo este asunto es que hay que vivir todos los días, no se pueden saltar algunos. Erradicar semanas para volver a centrarse. Trazar los caminos y seguirlos. Treinta y siete volteretas. De payaso, de niño. Y la música, que devasta. Y la reminiscencia, que descuartiza. Y los pedazos, y las partes, buscando volver a reunirse.

Pretendamos. Aparezcamos. Dejemos de lado todo este asunto. Las treinta y siete reverencias. Las llamadas de auxilio. El paraíso endeble. Volver, volver. Una y otra vez, intentarlo. Dejemos de lado todo este asunto. Hagamos como que no pasa nada y desbarranquémonos. La destrucción es natural. Para que empeñarnos en construir y construir. Ahí está todo, disponible, sin estarlo. Tan lejos. Y respiramos. Treinta y siete gemidos. Imponiéndose. No, ese es el camino equivocado. Pero si no hay caminos trazados. Yo vislumbro algunos, y luego se invierten. Salen corriendo y lo que queda es la majestuosa intemperie. Esperando. Con los brazos abiertos. Y las cicatrices. Y ellos no entienden. Pero a mí me gustaría decirles. O dejar de hablarles. Comunicarme por otros medios. Mostrarles. Vivir hecha poema. Y destruirme y reiniciar. Como un ordenador. Pero en el descampado, no atrapada entre pantallas. La verdadera vida es la ficción. Para qué aparentar que todo acontece tranquilamente. Sin disturbios. Todos contados y alineados. El universo estalla porque nació para eso. Lo único real es un mundo en pedazos. Y tus palabras que se llevan mi alma.

Treinta y siete intentos. Después podremos hacer todo lo que queramos. En una existencia paralela. La inmovilidad tiene algo que destruye. Y yo quisiera crecer. Expandirme hasta la estratósfera. El corsé queda tan apretado. La revolución es tan cierta. Y ellos no entienden. Y yo quiero entender, pero lo que me queda es el silencio. Treinta y siete poemas para rebatir los contornos. Háblame. Dime. Dónde está ese día. Por qué los días se empeñan en pasar y nada. Por qué hay que recorrerlos todos sin respuesta. Y el camino sinuoso, que ni siquiera se muestra. Que no termina de definirse. Y cada cosa a su ritmo, de manera exasperante. Y ese balcón soleado, esperando en alguna parte. No me importa el lugar. Por una vez asiente y autorízame a soñar. ¿O se requieren medidas drásticas? No está sucediendo. No sucede. Pretendamos que tenemos sólo veinte y estamos sentados junto al fuego. Debo estar enferma, o hemos estado engañados todo el tiempo. Ese orden, tan sospechoso a la vista y tan seguro de sí mismo. Quizá le tiemblan los dientes a escondidas.

Treinta y siete palabras. Y una infinidad de posibles emancipaciones. ¿Qué hora es? ¿Dónde estamos? Y un sinfín de libros por leer. Dejemos que otros sean como son. Nosotros atengámonos a nuestro escurridizo destino. Alimentemos a las bestias para que todo ruede. Hagamos la revolución aunque sea de a poco. Palabra a palabra. Afrontemos este asunto. ¿De eso se trata? Mirar el reflejo en el lago y crear ondulaciones. Busquemos un tiempo a solas. Y podremos luego hacer lo que queramos. Hasta barricadas en el teatro. Esculturas. Ficción. Acabemos con todo este asunto. Quiero mirar el mar. Quiero sentirte cerca. Treinta y siete deliberaciones y treinta y siete novelas. Mientras respire no habrá final. Mientras la realidad pueda multiplicarse seguiremos siendo múltiples. Mientras la estela se difumine, no habrá final. Y los momentos serán años, hasta que ya no pueda volver a llamarlos por su nombre. Y los momentos serán décadas, hasta que todo vuelva a comenzar. El viento hoy sopla fuerte. La fatiga de poner cada ladrillo se siente más pesada que otras veces. Quizá haga valer mi tregua, y el tiempo tendrá que necesariamente hacer su parte. Quizá un día deje de luchar y haya nuevas cosas. Quizá. Treinta y siete, es lo único definitivo. Quizá. Treinta y siete cielos, treinta y siete andamios. Treinta y siete cuentos. Treinta y siete años.


20 de noviembre de 2017

Influencias



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23 de octubre de 2017

Albert Dupontel

Au revoir là-haut



Dedicatoria


A Jacques Rancière y Roberto Bolaño
La existencia a veces se cristaliza, para difuminarse aún más