24 de julio de 2017

El valor de nuestra resistencia

…Pero todo se iba de las manos. Y parecía que la intemperie se había adherido a todos. Parece que ese era el verdadero destino, lo otro una farsa. Una farsa de novela. Una farsa para entretenerse. Para vengarse. Era el momento de hablar en serio. ¿Llega ese momento?
            Le contó que se alimentaba de humor negro. De fardos de heno. De fotografías. De magnolias, en primavera. Le contó que caminaba más que Kung Fu. Kilómetros y kilómetros. Metros. Hectáreas. Pies. Se alimentaba de piscinas. Mucha agua. Millas. Le dijo que no sabía existir sin caminar. La experiencia de la caminata, esa se la detalló punto por punto. La experiencia del agua. Caminar por el borde del río. Observar los cisnes. Le contó que las vacas estaban delgadas, adelgazando. Delineadas. Pero que ella borraba los contornos. Le contó el sabor del humor negro. Le delineó una canción con varias voces y percusión. Caminar junto a los tornasoles. Que dan la espalda. Pero la cara al sol. Pero depende por cuál ruta vayas. Le describió unas fotos de tornasoles como soles, como duchas, como pestañas, delineadas. Le pidió un encuentro con el destino. Le habló sobre su destino inexorable. Sobre su destino escurridizo. Pero irremediable, inapelable. Le contó que se alimentaba de las formas de las nubes. De algodones de azúcar. De murmullos. Del ruido de las lechuzas cuando gritan. De las noches de luna llena. De las miradas, efímeras, de los zorros. Le aclaró que deambulaba por las rutas vírgenes. Por las colinas en flor. Le contó que lloraba con los caracoles, cuando guardan sus antenas. Las suyas siempre atentas. Abiertas. Le detalló su cansancio. Un pequeño dolor de espalda. De alma.
        Caminaron junto a los tornasoles. Que les daban la espalda. Se desbarrancaron en la intemperie. Volvieron a la ruta. Hasta un templo romano. Ahí estuvieron largo rato. Casas de piedra. Tiendas con los escaparates vacíos. Rebajas. Tiendas. Librerías. Visitaron al paréntesis. Unas sábanas entre comillas. Un teatro romano. Un beso como la soledad olvidada. Una mirada como el olvido. ¿Dónde estaba la tierra? ¿Dónde estaba el camino? ¿Dónde estaban las tramas de las novelas? ¿Cuál es el límite de la hostilidad del mundo? ¿Cuál es el límite de la superficialidad humana? Cómo entender los militares en las estaciones de trenes, en las entradas de los conciertos, a la salida de los bares concurridos. Hace tan poco tiempo atrás los artistas podían vivir de su arte. ¿Qué pasaba ahora? La intemperie se había impuesto. Ni siquiera era estar afuera. Era estar en un limbo entre un adentro y un afuera, donde nadie se entendía, donde había que conjugar el salir y el entrar, donde ya ni era posible ingresar. Donde se empecinaban en hacer elecciones que terminaban por agregarle el trazo final a tanta confusión. Urnas vacías y candidatos vacíos. ¿Qué significa ser escritor en este presente? Las palabras parecían escabullirse. Parecían cambiar de significado. Había que volver a atraparlas. Como a los días. Y escribir no era vender libros, ¿qué era ser escritor? ¿y antes vendían libros? Quién leía. Quién escribía. Cómo escribir en el silencio absoluto. Cómo escribir cuando los tornasoles dan la espalda. Volverse tornasol y quedarse en el plantío. Tener un cuarto propio y juntar semilla por semilla. Plantarlas en la tierra, en el campo de tornasoles. Llorar de cuando en cuando. Bajar la vista y luego cerrar los ojos. Y luego caminar y caminar, hasta llegar al templo, a la librería, al río. Ir a un concierto, traspasar la barrera de militares, abrir la mochila para autorizar su registro, dejarse tocar por alguien que busca armas, sentarse en las graderías de piedras y observar un ritmo que vuela, como las golondrinas que sacuden todo con su canto. Un tambor que deshiela el pecho, una kora que trae de vuelta a las golondrinas. Volver a llorar, pero porque la fibra íntima palpita al ritmo de un trío de jazz. Querer entregarse a la melodía. Volver a llorar. Porque hay esperanza. Porque los acordes traen de vuelta a las golondrinas. Porque la almohada es suave. Porque despide un aroma cubierto de reminiscencias carnales, sublimes. Rozar la piel. Acercarse a algo vivo. A un corazón que palpita. A un plantío que germina. Atrapar un destello de verdad. Saberse sobreviviendo. Saberse con caminos que se van dibujando. Caminos sin contorno. Calles estrechas, pero con balcones soleados. Agua, mucha agua, que corre. Que no se detiene. Saberse acreedores de palabras para designar el presente. Pero un presente desprovisto de contornos. Saberse viviendo. Saberse fugitivo. Saberse lejos de todo eso que se quiere dejar atrás. Saberse fardo de heno, para alimentar a quien sea necesario. Saberse rueca para hilar los contornos de lo aún inexistente. Saberse repleto de voces. Saberse capaz de inventar una lengua nueva.
            Perder todo resguardo. Y la lluvia y su boca innumerable. Y las pequeñas calles escarpadas, zigzagueantes, y volver al mismo punto, y comprender que hay que seguir, y volver a pasar por el mismo punto. Y volver a comprender que hay que seguir. Y seguir. Y detenerse al borde de la acera, y observar el océano a un kilómetro de distancia, desde lo alto. E identificar que la poesía está en el agua que corre calle abajo por las avenidas inclinadas. Y volver a llorar. Y volver a encontrarse bajo las sábanas. Y acariciarse el tiempo que dura una magnolia. Y observar las golondrinas cantar. Y volver. Y a las alondras despertar. Y pensar en el mapa del mundo. En rozar la tierra. En rozar la piel. En querer encontrarse. En las palabras para decir. En las palabras para reír. Y a un costado del templo, y al borde del río, desmantelar la bomba de tiempo.
            ¿Pero cuáles son los contornos del presente? ¿Pero dónde ha quedado la pluma? Buscarse por las calles, llamar, llamar, mirando al cielo. Y siempre la misma ventana. Y afuera los árboles metamorfoseados por las estaciones. Flores naranja. Flores violeta. Y volver a detenerse. Y buscar las palabras para decir. Y buscar las palabras para encontrarse. Y saber que todo se trata de puntos de vista. Que todo se trata sobre beber un vaso de agua y mirar por la ventana. Y sentirnos derrotados. Y sentirnos plenos de palabras. De revelaciones posibles. La condición humana es cambio, y la intemperie es no detenerse, a pesar de la adversidad. Es confiar en la propia voz. E ir al mar. Y tomar una embarcación. Para perderse en el horizonte, hasta convertirse en una mera silueta en el sol rojo del atardecer. Hasta que, apagados los teléfonos, la brisa mar abierto tenga el nombre del silencio. Hasta que la novela de nuestra vida, haga su aparición mar adentro, autorizándonos a respirar. Hasta que las señales adquieren finalmente su sentido. El significado de nuestra valentía. El valor de nuestra resistencia.


21 de julio de 2017

Borrar el contorno de lo delimitado

Mira, Jérôme, a mí me gustaría escribir una novela que fuera humor negro puro. Y mezclada con bromas tipo Albert Dupontel. Qué delirante sus películas, me las gozo hasta el último átomo. Las conversaciones, las tonteras, las miradas desde una tortuga, sus muecas, sus ataques de euforia, de cólera, me hacen reír a gritos. A mí me gustaría escribir una novela así, delirante, sin pie a tierra, sin anclas posibles. Donde se pueda entrar y salir, pero siempre con una sensación de ahogo, de estar atrapado en el cinismo, en un túnel sin salida. Antes me sentía más inocente, una esperanza genuina, supongo que entendía mal lo que yo misma quería hacer. Creía que la alegría era un camino. Pues no. El camino es acribillar al público con situaciones inesperadas. Que no terminan en nada. Sorpresa y miseria. Indiferencia.
Creo que el tránsito fue pasar de querer salvar el mundo, ayudar en algo de una manera humanitaria inconducente, a desmantelar todo lo desmantelable. Esto es, todo. Todas las autoridades, todas las jerarquías. En definitiva, todo. Poner la cotidianeidad cabeza abajo. Poner la seguridad pies para arriba. Borrar el contorno de lo delimitado. Eliminar toda seriedad de lo antes grave. Mirar con cara de asco. Y luego reír. Porque da lo mismo. Quiero tirar nuestros antiguos guías a la basura. Caminar como un funambulista por una cuerda floja. Conversar con Dupontel. Conversar con André Breton. Y reír, con ganas a veces de llorar.
Mira, lo veo así, ésta es la oportunidad que tengo. A ver, cuántos más años voy a vivir. No tengo idea. Quizá unos pocos. Unos ínfimos años que volarán a mi lado, si no los atrapo. Quizá pueda atraparlos con alguna broma. Con alguna cara de pocos amigos. Remendarles su rapidez. Pero qué pérdida de tiempo. Mejor me desentiendo de ellos. Que pasen si quieren. Que me dejen reírme, con mis libros, con mi bellísima biblioteca a la intemperie. Qué tal si te digo que dejo los días pasar, o ellos creen que así lo hago. Pero no. Uy, los atrapo, al vuelo. Ni tienen tiempo de percatarse. Porque ya estoy dentro de ellos. Haciendo lo que quiero. Siempre así. Hago lo que quiero. Enfant gátê. Pero no. No se trata de eso. Se trata de mirar de frente a la autoridad. A todo lo impuesto. Utilizar la inteligencia. ¡Un poco de autenticidad! ¡Es todo lo que pido! Hacer uso de mis espacios de libertad. Explotar los edificios, como Dupontel. Crear desde el más allá. Salir disparado, caer en diversos lugares. Salir desarmado de una verdulería. Matar a alguien para crear. El creador. Debe hacer uso de todo lo puesto a su disposición. Tomarlo sin más.
Mira, los días estaban ahí. Los tomé. Los libros que me hacen reír hasta ahogarme. Ahí estaban. Los tomé. Me dieron ideas, me guiñaron el ojo, me sugirieron pequeños enredos al oído, detalles minúsculos que emanan, que explotan, que supuran carcajadas, que nos dejan bailando en el aire. Qué gozo. Un baile con las palabras, que me dejan incrustada al techo, boca abajo, adherida a la nada. Trepar por los muros de tanta genialidad. La ambulancia de George Sand, de Barnes, tropezar de la risa. Perder todas las líneas de rectitud. Ondular con Lucas, de Cortázar. Deambular con los discursos de Parra. ¡Ser errático es tan reconfortante! Nadie sabe adónde vas. No hay para qué decirlo. Quizá ni siquiera tú lo sabes. Esa es la gracia. No saber. No saber. A veces creer. A veces confiar. Pero siempre reír por la nada. Porque no hay nada. Todo va surgiendo en las ondulaciones, en los ciclos cargados de trama. Qué explosión. Qué fotografías en blanco y negro más sugerentes. La existencia completa en una fotografía. Mirarla más de cerca.
¿Ves ese fardo de paja en forma de carrete de hilo? Ahí está todo. Los que enrollan esa paja lo saben ya. La existencia es circular. Por eso no hay salida. Y de pronto una explosión. Cambiar de botte de paille, de botte de foin. Pero alto, heno y paja, ¿son lo mismo? Cambiar de fardo, cambiar de material. Mudanza total. Por eso el fardo es como la existencia. Damos y damos vuelta, en círculos, hasta que voluntaria o involuntariamente salimos disparados, a otro fardo, de heno o de paja. O al campo de al lado. Vaya que explotamos. Si no intentamos frenarlo todo. Si nos dejamos ondular. Si nos dejamos expandir, transformar.
Bueno, en definitiva, yo quiero escribir una novela como un fardo de paja, esos como los carretes de hilo, el hilo de un gigante, miles de carretes esparcidos por el predio. Esperando hilar algo. Esperando ruecas para hacer surgir alimento para fieras. Pullovers para vestirnos de sentido, elegir sentidos. Usar los sentidos. Sudar sentidos. Una novela que esté llena de bobinas. Para hilar algo hasta que ya no se entienda nada. Y en ese caos inteligible, surja algo. Lleno de heno. Para alimentar a las fieras. Para alimentarnos cuando las vacas estén adelgazando. Porque bajan de peso. Porque las novelas vuelan, pero las vacas adelgazan. No vuelan. Y yo te pregunto, como ya no quedan vacas, ¿quedan novelas? Pero claro. Siempre. Dando vueltas como en las bobinas de hilo. En las ruecas. Pero las fieras tienen un apetito enorme. El nuestro es tenue, pero apetito al fin. Pero podemos subirnos al fardo y saltar. ¡Colina abajo! Nuevos y nuevos predios. Nuevos libros. Nuevas bromas. Comer bromas. Comer humor negro. Como alimento indispensable.
Ya la canción que se repite y se repite, como círculo, o como un cilindro. Prismas y prismas para mirar los días. Redes para atraparlos. Lazos, lazos. Para atrapar todo lo que pueda atraparse. S'il est lasse s'il est salop Lance l’ S.O.S l’assaut Hisse le au ciel L'as haut Et le saut l'y laisse. Lanzas la señal, como dice Camille. Si es un salop lanzas la señal. Metes la cabeza en los libros. Conversas con Dupontel. Conversas con André Breton. Te subes a la ambulancia de Barnes. Y ya basta. Papel y lápiz. Escribir la putain novela. Pero siempre con cariño. Pero siempre, siempre, borrando los contornos de lo delimitado. Delimitándola. Mirándola de cerca. Como a la fotografía. Como a los días, que querían huir, pero no lo consiguieron. Como a las nubes negras, que traen lluvia, pero parten, pero riegan las flores, que ya se estaban secando. Manda la señal. ¡Mándala! Pincharse el dedo con la rueca, y partir a la nueva dimensión. Donde las vacas adelgazan, pero están fuera de tu vista. Luego me ocupo de ellas. La señal, la señal, es tan clara ahora. Sentarse en el fardo de paja y soñar. Saltar desde el fardo de heno y volar, con las manos hacia delante para ir deteniendo los obstáculos.
Las novelas se escriben, no se vuelan. Los días se escriben, no se observan. Y escribir y volar a veces puede ser lo mismo. Y las novelas y los días a veces pueden ser lo mismo. Y el fardo de heno tiene matices sublimes. Y un día quizá dejamos de reescribir y reescribir nuestra historia. Y un día la historia tiene nuevos matices. Pero qué persistencia de registro. Y un día estamos cansados y nos volvemos uno con el fardo de heno, para rodar y rodar como un cilindro, y fundirnos con las historias. Para escribir la gruta de nuestro descontento. Los pasadizos zigzagueantes de nuestra alegría. La novela de nuestra vida. La novela de nuestra vida.