Luego de mi unión con Jean el saxofonista volvimos a Lyon. Era un crudo invierno, pero no nos hacía mella. Me iba a dejar en las mañanas a la estación de trenes, y me iba a buscar en las noches, todo era corazones y flechas, y yo iba a encerrarme a la biblioteca de la universidad todo el día a leer como poseída y a escribir. Me puse a releer a Cortázar. Creía poder llegar a una nueva revelación definitiva, la de la vida verdadera (no tenía idea qué era eso todavía). En esa biblioteca, con la noche que llegaba muy temprano a Lyon, el frío afuera para desestabilizarte, rodeada de montañas de libros en estantes, con los corazones y las flechas en el corazón, y unas semanas antes de decidir que me dedicaría exclusivamente a la literatura (y al amor), escribí un texto que titulé Cortázar y la verdadera vida. Decía así: ¿Dónde estaba ahora mi cabeza? Siempre perdida en las divagaciones, me hacía consciente de las líneas que estaba leyendo, del placer que me producía la buena literatura, de mi constatación de un futuro con ambiciones difíciles, en definitiva, de un universo tan amado, pero casi inalcanzable. Me veía en mi justa dimensión y humildad, una pequeña hormiga perdida en las páginas de Rayuela. ¿Cómo podía proponerme escribir habiendo reencontrado ese paraíso elevado de mil figuras en una, de gozo, de arte, cuasi perfección…? todo parecía en vano, y la realidad y la posibilidad de expresarse por unas palabras parecía de pronto un interés tan utópico como estúpido, o al menos ingenuo, por decir algún apelativo amoroso y condescendiente. Me embarqué en un delirio de esos sin final, dejaría a Cortázar poseerme, leería un millar de libros, le rogaría un ápice de piedad, de comprensión, la posibilidad de poder redactar un par de escritos que llevaran su nombre, le tiraría la oreja para despertarlo, decirle que aún vive, que quizá esos huesos son aún algo, me arrodillaría ante su mirada, suplicándole unas imágenes que me iluminen como dándome una gracia divina, un don que me lleve por las calles volando, pero lentamente para apreciar todos los detalles del paseo, con una breve parada en el Rhône, de esas que dan energías fulminantes y al mismo tiempo pacíficas, lo miraría fijamente, con lágrimas en los ojos, para decirle que no hay nada más importante en esta existencia, le mentiría diciéndole que no me importa tanto, le vomitaría todas esas ganas de tirarme a ese río aunque eso signifique la locura desatada, le vendería mi alma, porque no veo que haya nada más útil e importante. Le susurraría al oído una melodía que quizá exista en mí, que quizá lo vuelva loco a él también, le diría que podríamos habernos conocido, que siempre soñé con ese encuentro, en las calles de una Francia que veía tan lejana, que ahora veo más de cerca aunque todavía no entienda nada. Definitivamente perdida, pero con una intuición de un destino cierto, las llaves de la dicha, y un destino incierto, pero cubierto de flores, aunque a veces cerradas. Le preguntaría si es posible otra oportunidad, le preguntaría cuántas tuvo él, le diría que puede decírmelo todo, que me sentaré a escucharlo aunque sea por décadas, pero me interesa todo, que su corazón tiene tanto valor como la que él creyó tenía su mente, le diría que cada una de sus palabras me hacen llorar de emoción, le diría que la vida es una montaña rusa que a veces llega tan, pero tan alto, le diría que se fue sin conocernos, que no me dio esa oportunidad, le diría que estoy segura que nos habríamos entendido bien, le diría que aquí en Lyon también recuerdo tantas de sus líneas, que justo ahora veo que sale el sol en este invierno menos frío que otros vividos en esta ciudad, que el sol siempre termina por salir aunque luego parezca como que nunca, realmente nunca ha salido, y todo parezca como un sueño que acaba al despertar, y le diría que debe reencarnarse, que tiene el deber de reencarnarse, y que nos daremos cita al lado del gran río, y que un par de cervezas cambiaran el curso de la historia, la pequeña historia de dos vidas, dos pequeños peces que pasan por el río, pero pasan al fin, pero pasan, pero se encuentran, pero no es necesario mucho más, sólo que sepa que nos encontraremos, que estamos siempre encontrándonos, que nos súper encontramos una y otra vez, que no nos detenemos jamás de encontrarnos, que va conmigo, que yo casi ni existo, porque he dejado espacio para que me posea, para que baile conmigo en ese baile eterno que despliego por las calles, con esa sonrisa de saberme pez perdido nadando en el río, pero con un pez dentro que se llama Julio, pero me guía de esquina a esquina, aunque luego llegue al campo, al bosque y al silencio, y la calma parezca el despertar de un otrora sueño de grandeza, pero que permanece, pequeño, pero universal y lleno de verdad. Un puente a la otra vida, a la vida de verdad, la que vivo cuando estoy entre tus líneas, la que vivo cuando me tomas en tus brazos, la que vivo cuando puedo ser esas líneas y olvidar que hay un mañana, la que me inyecta aún más vida, y evita que ruede colina abajo. Dame más líneas, porque haré de ellas una existencia, porque me darán tantos atardeceres mágicos, porque una sola vida no es suficiente, porque nunca hay mundo suficiente, porque si tengo que vivir, quiero que sea contigo, aunque lo invadas todo, aunque los colores cambien, aunque tu nombre se llame existencia entera, aunque luego tenga que dejarte descansar, y partir por mí misma, liberándome como siempre con ese gozo de volar que da miedo a veces porque luego caes o puedes caer, o puedes volar, o caer y volar, y partir, y quedarse, como siempre, con tu libros, Cortázar, con tu magia, con tu belleza, que está tan lejos, pero me ayudará a seguir, siempre que haga falta, aunque luego me haga llorar, y sabré, una vez más, que escribir tiene una parte de tristeza, una parte de realidad, una porción de desaliento, por tanto sentimiento profundo y desesperado, por la apropiación del dolor del otro, por la constatación de la complejidad existencial del mundo subterráneo, oculto, ese que no se dice, ese mundo mudo, que todos cargamos, en silencio, pero que determina nuestra verdadera vida. Ven ahora, Cortázar, ven a estas calles soleadas, ven a estas grandes avenidas invernales, ven a estas pequeñas callejuelas llenas de nada, a dármelo todo, a conversar un momento conmigo, toda una vida, todo lo que pueda durar, hasta que me digas que es necesario pasar a otra cosa.