23 de abril de 2019

Para Montse


En el clima húmedo de Barcelona nos encontramos, por ese Mediterráneo que domina.
Entre ese cemento lleno de vida. Esas calles llenas de rincones inolvidables.
Por lo simples, pero abigarrados de profundidad, de detalles esenciales, llamadas de atención, sugerencias.
Igual que tú, Montse, que vas dejando una estela de alegría por donde pasas.
Vas dejando un reguero de amor, en presente, vas escuchando atentamente.
Y tu consideración y tus palabras son trascendentales, ponen parches ahí donde hay heridas. Entregan un momento de sentirse amado. De sentirse acogido.
Eres como un árbol, frondoso, que ofrece su sombra a quien quiera cogerla.
Ofrece su brisa en una mañana de calor. Ofrece su refugio al atardecer cuando hay dudas.
Igual que esa ciudad de ensueño, eres fuerte, clara, eres tú misma, una espontaneidad soñada, que da alegría, que entrega tanta risa que cura cualquier desazón, cualquier desilusión. Montse, eres como esa Barcelona llena de personalidad, que acoge a todos, a todas, sin juzgar, abriendo tu corazón y tu espacio a quien cruce tu camino. Siempre atenta, Montse, siempre haciendo sentir bien a quienes te rodean. Eres fuerza, eres fragilidad y belleza. Como el mar, con sus olas, bañando la tierra de nuestros antepasados. De nuestro presente. De nuestro futuro. Montse, diriges a la multitud por un camino de adoquines tan lleno de libertad, tan lleno de cariño, de benevolencia hacia la que nos reverenciamos.
Caminando por esas calles yo encontré a una amiga. Una amistad profunda. Una amiga dispuesta a disfrutar la existencia reunidas frente a un café, una cerveza, unas tapas. Una amiga de esas que nos acompañan todo el tiempo. Mi existencia es más grande gracias a tu presencia. Y la existencia de mi amada amiga Piedi es primavera por tu compañía y amor innumerable, que llena de flores una Barcelona rabiosa y llena de ganas de vivir. Un mundo que es uno solo, como es una sola la integralidad de tu corazón, la bondad infinita que lo habita. Yo agradezco a Piedi por ser una luz en mi camino de la amistad, la verdadera amistad, por ser una compañía constante, un ejemplo, de apoyo, una amistad incondicional que me ha salvado la existencia, que no me deja sola, que me alegra en todos los momentos, que no me abandona. Piedi, Montse, Frano y Maca han cambiado mi vida. Yo conocí la amistad, y ya no puedo olvidar. Y esa amistad va conmigo donde sea que estoy. Y gracias a ella puedo hablar alto y seguir adelante. Gracias, Montse, por tantos momentos de conversación sincera y belleza. Mucha suerte en este momento y fuerza, te quiero mucho.

19 de abril de 2019

De esto se trata escribir


[…] Ayer yo vi la muerte. Mi propia muerte, justo frente a mi nariz, la visualicé, ayer yo vi al tiempo, y al destino. Los vi. La vida es eso, ver de cuando en cuando lo que tenemos que ver. Es signos, señas, símbolos. Que no podemos dejar pasar. Qué gozo verlos, identificarlos. Yo ayer vi. Vi la muerte fallida, vi mi propia muerte anunciándose y anulándose ella misma. Vi mi destino en forma de vidrio. De vidrio mortal que se rompe en mil pedazos. El vidrio es el destino que toma carne, que se hace forma y se desintegra para unirse con los adoquines, para fusionarse con la vida. Destino y vida pasan a ser uno para no volver a separarse. El vidrio me ayudará a no olvidar. Mantenerme atenta. Escribir. Mientras la muerte me perdone la vida, y siga dándome tiempo.

Imágenes, lo que busco son imágenes. Pintar o emocionar. Como dice Flaubert. Lo que busco es leer y vivir. Leer para vivir, como Flaubert quiso que leyéramos La educación sentimental. Ni por instrucción ni por diversión. Leedla para vivir. Yo quiero leer para vivir. Yo quiero escribir y vivir. O morir, pero escribir. Leer para vivir, y escribir, para morir o para vivir.

Yo sé por qué siempre escribí tanto sobre escribir, sobre vivir para escribir. Era el proceso de convertirse en escritora. Sobre poner totalmente tu vida en manos de la literatura. La literatura es amable, hay que dejarse posar sobre ella suavemente, cerrar los ojos, y abrirlos, y dejarse acunar, y dejarse proteger, y dejarse cobijar. La literatura es amable, es frágil y fuerte, puede cuidar de ti con amor. Es como una pompa de jabón, como la sonrisa de un niño. Algo grácil, etéreo, que te lleva a volar, mientras sueñas. Te llena de sueños, de aventuras, de imágenes, paisajes sobrecogedores. Si no hay eso en un libro no hay nada. No hay literatura. Literatura es tocar el alma. Es llorar. Es emocionarse. Conectarse con algo hermoso, con cosas escondidas, que surgen en el contacto con la literatura. Con cosas olvidadas. Reminiscencias. Recuerdos, placeres cotidianos. Tiempo. Es conectarse al tiempo. Al duelo. Al dolor. A todas las emociones que nos constituyen. Que nos vuelven humanos. La emoción es lo que cambiará el mundo. La resistencia de la emoción. Dejarse llevar. Amar.

En mi piso, ya casi sin luz, veo el anochecer por la ventana. Y está tan tranquilo. Veo tanta calma. La siento también en mi alma. Creo que se llama agradecimiento. Por la vida. Por esta segunda oportunidad llena de sugerencias. Llena de amor. Tengo un corazón acelerado, pero compasivo. Deseo el bien para todas las personas. Quiero que haya paz. Que todos podamos escribir poesía, quizá en la mañana, cantar a mediodía, y amarnos en la noche.

No creo que ese vidrio era mi fin. Quizá me habría convertido en letra, o en palabra, o en libro. Como las personas libres de Fahrenheit 45. Quizá me habría convertido en novela, y de eso se trataba todo eso. En este momento todo se lo debo a Truffaut. Creo que la belleza nos salvará la vida. Y creo que la muerte está tan cerca. Tan cerca como un vidrio que cae desde una ventana a la calle, a la vereda por la que estamos transitando. Esto es, al alcance de la mano. En todas las esquinas. En todas las almas, y lo que podemos hacer es compartirlo. Esa inminencia de la muerte. Podemos compartirla, hablando, o de otra manera, otras maneras. Luego todo es distinto. Las dudas cambian, o desaparecen. Se despeja lo esencial de lo pragmático. Y queda el gozo. Y queda la muerte. Y queda el tiempo. Y quedan las personas. Y los libros escritos por personas, que al final son personas, son almas. Que nos siguen toda la vida, como una seguidilla de pequeños pollitos siguiendo a una gallina. Para allá y para acá. No nos dejan tranquilos. Los libros están hechos de otros libros. De otras películas. De cómo nos sentimos cuando escuchamos música tocada por alguien. Estamos hechos de otras personas. De pequeños trocitos que se van pegando a nosotros como piezas de un mosaico. Y quedamos llenos de colores. Y yo quiero tanto agradecer. Porque hoy estoy con vida. Porque ayer tuve miedo. Y porque puedo seguir dejando salir al mosaico que tengo en mi cuerpo y en mi alma. 

Veo a ese vidrio. Clavándose en mi nuca desnuda. Lo veo. Me lo prefiguro, entrando, bajando por mi columna hasta la cadera, lo siento, y partiéndome en dos. En dos partes imposibles de volver a unir. Me veo partida en dos. Me veo partiendo al infinito. Elevándome. Dejándolo todo, con un vidrio dividiendo mi cuerpo en dos partes que no pueden juntarse nuevamente. Dos partes que se independizan. Y luego la muerte. Y luego es la muerte. La separación definitiva. El partir porque las dos partes ya no pueden volver a unirse. A comunicarse. Lo que yo quiero es ser una unidad. Con mi destino. Volverme literatura. Pero sin morir. Ir recitando mi libro, para no olvidarlo. Para que no se olvide. Para que pueda volver a escribirse. Y luego desaparecer. Cuando ya sea parte de nosotros. Como esos escritores que murieron, que secretamente ya nos constituyen, bellos colores del mosaico.

Lo que yo quiero es seguir con vida para poder escribir. Para poder decir. Para poder amar. Para seguir aprendiendo lo que es el agradecimiento. Yo quiero escribir poesía. Novelas. Imágenes. Escribir guiones para un Truffaut imaginario. Un Truffaut vivo que siento en mí. Un Truffaut que va a revivir para encontrarse conmigo. En mi piso. Al borde del río. En un café. Por las calles. Vamos a ir escribiendo guiones, hablando guiones, delineando cada diálogo, cada afirmación, con cariño, con convicción, con amor, nos amaremos secretamente, mientras vamos escribiendo, mientras vamos cambiando esta ciudad, y nuestras almas, y mientras vamos haciendo películas juntos. Por qué las personas se mueren antes de que uno pueda conocerlas. Por qué nos perdemos esa ocasión a la que teníamos derecho. La que nos correspondía. A mí me correspondía escribir guiones con él. La vida es injusta. La vida a veces se equivoca. O no nos considera. Nos condena a soñar. A caminar por las calles, donde llueven vidrios que no se nos clavan por muy poco. Una suerte enorme que nos acecha para surgir cuando es el momento. Y lo sigo buscando. Pero no está, lo juro, sólo vi un vidrio, a él no lo vi, no pude encontrarlo. Cómo poder comunicarme con él. Ya no hay nada. Pero me quedan sus películas. Sus entrevistas. Una conversación secreta. Una conversación imaginaria. Quizá debiera escribirla. Inventarla. Quizá eso calmaría mi espíritu inquieto. Sediento de utopías. De sueños irrealizables. Quizá debo pensar en alguna forma. En alguna estructura que pueda dejar salir ese sueño. Que pueda hacerlo real por el espacio de un segundo. Quizá deba conformarme con llenar de colores el mosaico y ver lo que hay a mi alrededor de vida. Quizá haya otro Truffaut esperándome. En los aledaños de mi destino. En la posibilidad hermosa de nadar por el río. De sumergirme en el agua, desnuda. Un día soleado. Tibieza en la piel. Y dejarme fluir, dejarme llevar. Y que el destino se vaya escribiendo solo.

El destino se clavó en mí. Yo no hice nada. Yo sólo iba caminando por la calle, con muchas películas de Truffaut en la mochila. Y Wim Wenders. Y Woody Allen. Y Wong Kar-wai. Iba con ellos y llegó el gran vidrio, que quiso partirme en dos, pero no pudo. El gran vidrio del destino que me partió en dos para despertarme. Y mi asombro aún dura. Y mis ansias de escribir se dispararon. Una necesidad se apoderó de mi alma. Como la noche que cae fuera de mi ventana y dentro de la habitación en penumbras. Una necesidad como los adoquines por donde se esparció el vidrio al caer y convertirse en polvo. Firme. Una necesidad llena de imperativo. De resolución, como una orden. Una necesidad que no me dejó partir. Que se adosó a mi cuerpo igual que la muerte al caer ese pedazo de ventana frente a mis ojos distraídos. A mis ojos benevolentes. Frente a mi esperanza.

Yo iba por la vereda, y el tiempo me llamó al pizarrón. Me susurró al oído, a ver, ahora, qué harás. Dónde están tus respuestas. Dónde están tus preguntas. Me hizo escribir mi destino. Trazó las líneas casi como si hubiese cogido mi mano, como una fuerza que empuja las alas como si fuese el viento.

Yo iba a tomar una bicicleta, y seguí por el camino, porque me esperaba una ventana. Un vidrio que tenía que clavarse en un cráneo como una bala. Una bala asesina que no pudo alcanzarme, aunque quiso. Y ahora, ahora yo no sé cuánto tiempo más tengo. Pero tengo una esperanza. Rota. Pero tengo un miedo. Esparcido por los adoquines. Pero tengo una pluma. Pero tengo tinta. Una pluma que puede clavarse en los ojos cerrados. Una pluma que puede florecer. Una pluma que hasta puede volar. Y alcanzar las tejas que veo al frente, en altura. Una pluma que pueda hacer el río apto para el nado. Una pluma que pueda delinear las nubes y hacer lluvia. Una pluma que pueda interceptar los vidrios, que pueda interceptar a la muerte, por el tiempo que sea posible.

Sólo me queda agradecer a esa bala que no quiso que fuera mi momento. Que lo intentó, sin éxito. Esa bala que ahora me arranco del corazón y que simboliza todos los amores perdidos, que a veces duelen, pero que le han dado un sentido a todo esto. Extraigo la bala con cuidado, y hasta con cariño, y la invito a sentarse a la mesa. La enfrento. La observo. Y le digo que la próxima vez quizá sea la definitiva, pero las palabras ya habrán salido de mi alma. Y con ellas, la razón de todo este esfuerzo. De toda esta resistencia. De todo este dolor que va y viene. Poblado de flores. Como fuertes colores que iluminan. Colores saturados. Que se expanden. Y hacen que todo esto valga la pena. Que todo este esfuerzo tenga una salida. Para no enloquecer. Para no desear que la bala me alcance. Para poder seguir escuchando la música. Para poder seguir acunando toda esta tristeza envuelta en alegría y viceversa. Este germen de muerte esta vez sinónimo de vida.

El tango de la inmensa mayoría


“Al pobre Andrés le había tocado justo la generación anterior y no parecía entrar en el jerk y el twist de las cosas, por decirlo de alguna manera, el muchacho todavía estaba en el tango del mundo, el tango de la inmensa mayoría aunque paradójicamente fuera esa inmensa mayoría la que empezaba a decir basta y a echar a andar. Oh, oh, se tomó el pelo el que te dije, la inmensa mayoría no ha entendido todavía esa hermosa imagen, o la ha entendido y no alcanza a llevarla a la práctica, para un Patricio o un Marcos hay toneladas como Andrés, anclados en el París o en el tango de su tiempo, en sus amores y sus estéticas y sus caquitas privadas, cultivando todavía una literatura llena de decoro y premios nacionales o municipales y becas Guggenheim, una música que respeta la definición de los instrumentos y los límites de su uso, sin hablar de las estructuras y los órdenes cerrados, ahí está, todo tiene que ser cerrado para ellas aunque después aplaudan muchísimo a Umberto Eco porque es lo que se usa”.

Julio Cortázar, Libro de Manuel