[…] Ayer yo vi la
muerte. Mi propia muerte, justo frente a mi nariz, la visualicé, ayer yo vi al
tiempo, y al destino. Los vi. La vida es eso, ver de cuando en cuando lo que
tenemos que ver. Es signos, señas, símbolos. Que no podemos dejar pasar. Qué
gozo verlos, identificarlos. Yo ayer vi. Vi la muerte fallida, vi mi propia
muerte anunciándose y anulándose ella misma. Vi mi destino en forma de vidrio.
De vidrio mortal que se rompe en mil pedazos. El vidrio es el destino que toma
carne, que se hace forma y se desintegra para unirse con los adoquines, para
fusionarse con la vida. Destino y vida pasan a ser uno para no volver a
separarse. El vidrio me ayudará a no olvidar. Mantenerme atenta. Escribir. Mientras
la muerte me perdone la vida, y siga dándome tiempo.
Imágenes, lo que
busco son imágenes. Pintar o emocionar. Como dice Flaubert. Lo que busco es
leer y vivir. Leer para vivir, como Flaubert quiso que leyéramos La educación sentimental. Ni por
instrucción ni por diversión. Leedla para vivir. Yo quiero leer para vivir. Yo
quiero escribir y vivir. O morir, pero escribir. Leer para vivir, y escribir,
para morir o para vivir.
Yo sé por qué
siempre escribí tanto sobre escribir, sobre vivir para escribir. Era el proceso
de convertirse en escritora. Sobre poner totalmente tu vida en manos de la
literatura. La literatura es amable, hay que dejarse posar sobre ella
suavemente, cerrar los ojos, y abrirlos, y dejarse acunar, y dejarse proteger,
y dejarse cobijar. La literatura es amable, es frágil y fuerte, puede cuidar de
ti con amor. Es como una pompa de jabón, como la sonrisa de un niño. Algo
grácil, etéreo, que te lleva a volar, mientras sueñas. Te llena de sueños, de
aventuras, de imágenes, paisajes sobrecogedores. Si no hay eso en un libro no
hay nada. No hay literatura. Literatura es tocar el alma. Es llorar. Es
emocionarse. Conectarse con algo hermoso, con cosas escondidas, que surgen en
el contacto con la literatura. Con cosas olvidadas. Reminiscencias. Recuerdos,
placeres cotidianos. Tiempo. Es conectarse al tiempo. Al duelo. Al dolor. A
todas las emociones que nos constituyen. Que nos vuelven humanos. La emoción es
lo que cambiará el mundo. La resistencia de la emoción. Dejarse llevar. Amar.
En mi piso, ya
casi sin luz, veo el anochecer por la ventana. Y está tan tranquilo. Veo tanta
calma. La siento también en mi alma. Creo que se llama agradecimiento. Por la
vida. Por esta segunda oportunidad llena de sugerencias. Llena de amor. Tengo
un corazón acelerado, pero compasivo. Deseo el bien para todas las personas. Quiero
que haya paz. Que todos podamos escribir poesía, quizá en la mañana, cantar a
mediodía, y amarnos en la noche.
No creo que ese
vidrio era mi fin. Quizá me habría convertido en letra, o en palabra, o en
libro. Como las personas libres de Fahrenheit 45. Quizá me habría convertido en novela,
y de eso se trataba todo eso. En este momento todo se lo debo a Truffaut. Creo
que la belleza nos salvará la vida. Y creo que la muerte está tan cerca. Tan
cerca como un vidrio que cae desde una ventana a la calle, a la vereda por la
que estamos transitando. Esto es, al alcance de la mano. En todas las esquinas.
En todas las almas, y lo que podemos hacer es compartirlo. Esa inminencia de la
muerte. Podemos compartirla, hablando, o de otra manera, otras maneras. Luego
todo es distinto. Las dudas cambian, o desaparecen. Se despeja lo esencial de
lo pragmático. Y queda el gozo. Y queda la muerte. Y queda el tiempo. Y quedan
las personas. Y los libros escritos por personas, que al final son personas,
son almas. Que nos siguen toda la vida, como una seguidilla de pequeños
pollitos siguiendo a una gallina. Para allá y para acá. No nos dejan
tranquilos. Los libros están hechos de otros libros. De otras películas. De
cómo nos sentimos cuando escuchamos música tocada por alguien. Estamos hechos
de otras personas. De pequeños trocitos que se van pegando a nosotros como
piezas de un mosaico. Y quedamos llenos de colores. Y yo quiero tanto
agradecer. Porque hoy estoy con vida. Porque ayer tuve miedo. Y porque puedo
seguir dejando salir al mosaico que tengo en mi cuerpo y en mi alma.
Veo a ese
vidrio. Clavándose en mi nuca desnuda. Lo veo. Me lo prefiguro, entrando,
bajando por mi columna hasta la cadera, lo siento, y partiéndome en dos. En dos
partes imposibles de volver a unir. Me veo partida en dos. Me veo partiendo al
infinito. Elevándome. Dejándolo todo, con un vidrio dividiendo mi cuerpo en dos
partes que no pueden juntarse nuevamente. Dos partes que se independizan. Y
luego la muerte. Y luego es la muerte. La separación definitiva. El partir
porque las dos partes ya no pueden volver a unirse. A comunicarse. Lo que yo
quiero es ser una unidad. Con mi destino. Volverme literatura. Pero sin morir.
Ir recitando mi libro, para no olvidarlo. Para que no se olvide. Para que pueda
volver a escribirse. Y luego desaparecer. Cuando ya sea parte de nosotros. Como
esos escritores que murieron, que secretamente ya nos constituyen, bellos
colores del mosaico.
Lo que yo quiero
es seguir con vida para poder escribir. Para poder decir. Para poder amar. Para
seguir aprendiendo lo que es el agradecimiento. Yo quiero escribir poesía.
Novelas. Imágenes. Escribir guiones para un Truffaut imaginario. Un Truffaut
vivo que siento en mí. Un Truffaut que va a revivir para encontrarse conmigo.
En mi piso. Al borde del río. En un café. Por las calles. Vamos a ir
escribiendo guiones, hablando guiones, delineando cada diálogo, cada
afirmación, con cariño, con convicción, con amor, nos amaremos secretamente,
mientras vamos escribiendo, mientras vamos cambiando esta ciudad, y nuestras
almas, y mientras vamos haciendo películas juntos. Por qué las personas se
mueren antes de que uno pueda conocerlas. Por qué nos perdemos esa ocasión a la
que teníamos derecho. La que nos correspondía. A mí me correspondía escribir
guiones con él. La vida es injusta. La vida a veces se equivoca. O no nos
considera. Nos condena a soñar. A caminar por las calles, donde llueven vidrios
que no se nos clavan por muy poco. Una suerte enorme que nos acecha para surgir
cuando es el momento. Y lo sigo buscando. Pero no está, lo juro, sólo vi un
vidrio, a él no lo vi, no pude encontrarlo. Cómo poder comunicarme con él. Ya
no hay nada. Pero me quedan sus películas. Sus entrevistas. Una conversación
secreta. Una conversación imaginaria. Quizá debiera escribirla. Inventarla. Quizá
eso calmaría mi espíritu inquieto. Sediento de utopías. De sueños
irrealizables. Quizá debo pensar en alguna forma. En alguna estructura que
pueda dejar salir ese sueño. Que pueda hacerlo real por el espacio de un
segundo. Quizá deba conformarme con llenar de colores el mosaico y ver lo que
hay a mi alrededor de vida. Quizá haya otro Truffaut esperándome. En los
aledaños de mi destino. En la posibilidad hermosa de nadar por el río. De
sumergirme en el agua, desnuda. Un día soleado. Tibieza en la piel. Y dejarme
fluir, dejarme llevar. Y que el destino se vaya escribiendo solo.
El destino se
clavó en mí. Yo no hice nada. Yo sólo iba caminando por la calle, con muchas
películas de Truffaut en la mochila. Y Wim Wenders. Y Woody Allen. Y Wong Kar-wai. Iba con
ellos y llegó el gran vidrio, que quiso partirme en dos, pero no pudo. El gran
vidrio del destino que me partió en dos para despertarme. Y mi asombro aún
dura. Y mis ansias de escribir se dispararon. Una necesidad se apoderó de mi
alma. Como la noche que cae fuera de mi ventana y dentro de la habitación en
penumbras. Una necesidad como los adoquines por donde se esparció el vidrio al
caer y convertirse en polvo. Firme. Una necesidad llena de imperativo. De
resolución, como una orden. Una necesidad que no me dejó partir. Que se adosó a
mi cuerpo igual que la muerte al caer ese pedazo de ventana frente a mis ojos
distraídos. A mis ojos benevolentes. Frente a mi esperanza.
Yo iba por la
vereda, y el tiempo me llamó al pizarrón. Me susurró al oído, a ver, ahora, qué
harás. Dónde están tus respuestas. Dónde están tus preguntas. Me hizo escribir
mi destino. Trazó las líneas casi como si hubiese cogido mi mano, como una
fuerza que empuja las alas como si fuese el viento.
Yo iba a tomar
una bicicleta, y seguí por el camino, porque me esperaba una ventana. Un vidrio
que tenía que clavarse en un cráneo como una bala. Una bala asesina que no pudo
alcanzarme, aunque quiso. Y ahora, ahora yo no sé cuánto tiempo más tengo. Pero
tengo una esperanza. Rota. Pero tengo un miedo. Esparcido por los adoquines. Pero
tengo una pluma. Pero tengo tinta. Una pluma que puede clavarse en los ojos
cerrados. Una pluma que puede florecer. Una pluma que hasta puede volar. Y
alcanzar las tejas que veo al frente, en altura. Una pluma que pueda hacer el
río apto para el nado. Una pluma que pueda delinear las nubes y hacer lluvia. Una
pluma que pueda interceptar los vidrios, que pueda interceptar a la muerte, por
el tiempo que sea posible.
Sólo me queda
agradecer a esa bala que no quiso que fuera mi momento. Que lo intentó, sin
éxito. Esa bala que ahora me arranco del corazón y que simboliza todos los
amores perdidos, que a veces duelen, pero que le han dado un sentido a todo
esto. Extraigo la bala con cuidado, y hasta con cariño, y la invito a sentarse
a la mesa. La enfrento. La observo. Y le digo que la próxima vez quizá sea la
definitiva, pero las palabras ya habrán salido de mi alma. Y con ellas, la
razón de todo este esfuerzo. De toda esta resistencia. De todo este dolor que
va y viene. Poblado de flores. Como fuertes colores que iluminan. Colores
saturados. Que se expanden. Y hacen que todo esto valga la pena. Que todo este
esfuerzo tenga una salida. Para no enloquecer. Para no desear que la bala me
alcance. Para poder seguir escuchando la música. Para poder seguir acunando
toda esta tristeza envuelta en alegría y viceversa. Este germen de muerte esta
vez sinónimo de vida.