Afuera un
sol radiante, mucho calor, me convierto en fuego, no siento mis manos, mi
espalda arde, mi ojos son llamas, mi pelo son chispas al vaivén del viento, no
pensaba vivir pero vivo, no pensaba amar pero amo, no pensaba expandirme pero
me expando, observo cuatro cosas y ya no quepo entre las paredes, y todo se
quema, y salgo a la calle y ruedo, y voy encendiendo todas las puertas, y el
sol se me une, y me estremezco de bienaventuranza, y dudo de mi potencial, y
giro en espiral y mi fuerza se confirma, y el ritmo hace bailar a las ramas de
los árboles, y todo gira hacia las nubes, y tiro la cabeza hacia atrás como
despidiendo gotas de fuego, y el laberinto se vuelve interminable, y las patas
de los elefantes se alargan, y los tigres vomitan abejas, y despierto y duermo,
y estoy despierta, y los barcos están alineados, y se mecen al dulce movimiento
de las pequeñas olas, y una calma agitada, y un temblor encendido, y un poco de
viento que aviva pero acuna, y un suelo como un ajedrez, y pequeñas piezas que
se acercan y se alejan, y pequeñas calles de blancas casas, y una existencia
poblada de cactus, y una vivencia poblada de flores que gritan, al alma del
asombro, a la esencia de esta bicicleta ensangrentada, a la sustancia de esa
tierra que se pega a las plantas de los pies, a esas pequeñas piedras que
llegan al último nervio escondido del cuerpo al sentir la piel, a toda esa
tormenta que no logra llevarse a las embarcaciones verdaderas, a toda la furia
del planeta, arrullada en los brazos de la melancolía, a todo el fuego que me
eleva y me hace chocar con las nubes, a todo ese desfile de mentiras y
marionetas, a toda la inocencia submarina esperando zarpar, a esa imaginación
que me clava a la tierra, a todas y cada una de esas ramas y piedras ardientes
que me hacen transpirar, a ese río que desciende con agua glacial, a cada rezo
que vibra dentro de los pulmones hinchados, a cada pequeño gesto de respeto, a
un indígena Lakota venerado por unos franceses, a su esposa alegre y sensible,
a toda la perplejidad que causa la superabundancia, a la simplicidad que mueve
las montañas que parecían tan firmes, a esas pequeñas gotas de rocío que se
abren paso, a esa flauta que resuena y que amiga a los sioux y a los incas, a
toda esa puta sangre que nos compone y nos desangra, a unas almas unidas en un
pequeño paisaje de bosque tranquilo, a todo el odio que nos ha quitado a todos
la lengua y la cabeza, a todo el amor desperdiciado, a todo lo que le he
quitado a la vida, a todos esos momentos sagrados que construyen mi figura y
semblante visto hacia adentro, a todos esos pasadizos agradecidos que circulan
por mi cuerpo clamando cordura, a toda esa locura que le ha dado un sentido a
mi propia vida, a toda esa locura que es más cuerda que todo este circo, a toda
esa realidad demasiado real pero mostrada falsa, pero tergiversada y perdida, a
todas las lágrimas de esos actores embrutecidos, a los saltimbanquis de la
miseria que me dan asco, a toda esa carne esperando ser devorada, a un sinfín
de bajezas sin nombre, a un artista que vuela y se estrella, a la música de la
vida que como tono interior nos acompaña sin descanso, a todas esas lenguas y
lenguajes que han querido expresarse, al talante potente de quienes han sabido
defenderse, a la magia de lo irreal real, a esa pequeña esfera de la vida que
es la más grande y se construye de miradas y gestos, a todas las fronteras que
derribaremos, a toda la libertad que vamos a alcanzar juntos y dentro nuestro
en un atardecer en el campo con los rayos de sol entre las copas de los árboles
y la hierba, a toda la paz que vamos a lograr llena de silencio y de fuerza
propia, a todo eso, lo poso sobre un cuadro que luego cuelgo en mi salón, y mientras
lo observo, sé que el planeta es inabarcable, y que el fuego que hoy todo lo
quema puede mañana ser hielo hasta derretirse y viceversa, y que lo sagrado no
está en los libros, desgraciadamente, o por milagro.