5 de junio de 2015

Todo eso que compone un cuadro planetario y que todo lo quema hasta llegar al hielo y viceversa

Afuera un sol radiante, mucho calor, me convierto en fuego, no siento mis manos, mi espalda arde, mi ojos son llamas, mi pelo son chispas al vaivén del viento, no pensaba vivir pero vivo, no pensaba amar pero amo, no pensaba expandirme pero me expando, observo cuatro cosas y ya no quepo entre las paredes, y todo se quema, y salgo a la calle y ruedo, y voy encendiendo todas las puertas, y el sol se me une, y me estremezco de bienaventuranza, y dudo de mi potencial, y giro en espiral y mi fuerza se confirma, y el ritmo hace bailar a las ramas de los árboles, y todo gira hacia las nubes, y tiro la cabeza hacia atrás como despidiendo gotas de fuego, y el laberinto se vuelve interminable, y las patas de los elefantes se alargan, y los tigres vomitan abejas, y despierto y duermo, y estoy despierta, y los barcos están alineados, y se mecen al dulce movimiento de las pequeñas olas, y una calma agitada, y un temblor encendido, y un poco de viento que aviva pero acuna, y un suelo como un ajedrez, y pequeñas piezas que se acercan y se alejan, y pequeñas calles de blancas casas, y una existencia poblada de cactus, y una vivencia poblada de flores que gritan, al alma del asombro, a la esencia de esta bicicleta ensangrentada, a la sustancia de esa tierra que se pega a las plantas de los pies, a esas pequeñas piedras que llegan al último nervio escondido del cuerpo al sentir la piel, a toda esa tormenta que no logra llevarse a las embarcaciones verdaderas, a toda la furia del planeta, arrullada en los brazos de la melancolía, a todo el fuego que me eleva y me hace chocar con las nubes, a todo ese desfile de mentiras y marionetas, a toda la inocencia submarina esperando zarpar, a esa imaginación que me clava a la tierra, a todas y cada una de esas ramas y piedras ardientes que me hacen transpirar, a ese río que desciende con agua glacial, a cada rezo que vibra dentro de los pulmones hinchados, a cada pequeño gesto de respeto, a un indígena Lakota venerado por unos franceses, a su esposa alegre y sensible, a toda la perplejidad que causa la superabundancia, a la simplicidad que mueve las montañas que parecían tan firmes, a esas pequeñas gotas de rocío que se abren paso, a esa flauta que resuena y que amiga a los sioux y a los incas, a toda esa puta sangre que nos compone y nos desangra, a unas almas unidas en un pequeño paisaje de bosque tranquilo, a todo el odio que nos ha quitado a todos la lengua y la cabeza, a todo el amor desperdiciado, a todo lo que le he quitado a la vida, a todos esos momentos sagrados que construyen mi figura y semblante visto hacia adentro, a todos esos pasadizos agradecidos que circulan por mi cuerpo clamando cordura, a toda esa locura que le ha dado un sentido a mi propia vida, a toda esa locura que es más cuerda que todo este circo, a toda esa realidad demasiado real pero mostrada falsa, pero tergiversada y perdida, a todas las lágrimas de esos actores embrutecidos, a los saltimbanquis de la miseria que me dan asco, a toda esa carne esperando ser devorada, a un sinfín de bajezas sin nombre, a un artista que vuela y se estrella, a la música de la vida que como tono interior nos acompaña sin descanso, a todas esas lenguas y lenguajes que han querido expresarse, al talante potente de quienes han sabido defenderse, a la magia de lo irreal real, a esa pequeña esfera de la vida que es la más grande y se construye de miradas y gestos, a todas las fronteras que derribaremos, a toda la libertad que vamos a alcanzar juntos y dentro nuestro en un atardecer en el campo con los rayos de sol entre las copas de los árboles y la hierba, a toda la paz que vamos a lograr llena de silencio y de fuerza propia, a todo eso, lo poso sobre un cuadro que luego cuelgo en mi salón, y mientras lo observo, sé que el planeta es inabarcable, y que el fuego que hoy todo lo quema puede mañana ser hielo hasta derretirse y viceversa, y que lo sagrado no está en los libros, desgraciadamente, o por milagro.