La búsqueda de los 41 continúa –no va quedando mucho-, pero hoy sobre todo salí muy temprano a caminar entre la neblina con objeto de averiguar si el virus que se encuentra por todas partes está también en este momento alojado en mi cuerpo. Asistí a dos hospitales distintos, muy lejos uno de otro, y luego me dediqué a caminar por la ciudad –aún bajo la niebla otoñal que esconde el azul- a esperar el veredicto. Las horas no estaban exentas de nerviosismo porque de él dependía la posibilidad de dirigirme hacia el medio de transporte que podrá llevarme sobre el océano, y especialmente, la posibilidad efectiva de entrar en él y posicionarme en el pequeño asiento que me trasladará durante 14 horas hasta el lugar donde abrí los ojos por primera vez, hace ya casi 41 años. En aquel lugar, se esperan hoy por la noche los resultados de la elección política en la que no pude participar por la necesidad de realizar la serie de procedimientos necesarios para llegar hasta allí. Uno de los candidatos es un psicópata de grueso calibre, así es que la espera está también impregnada de nerviosismo. La incertidumbre a veces puede ser dura. Y sobre todo la posibilidad de que un lugar cometa un error irrecuperable. No hay buenas noticias en este sentido. Sólo queda esperar. Por otra parte, para mi gran alegría, el virus no está esta vez en mi cuerpo, o al menos así lo indicó la comunicación que recibí, lo que significa que los 41 podrán llegar cuando esté con mi gente de allá, lo que hará la celebración asoleada y fluida. Hace años que no he podido transitar personalmente por esos lugares y la cercanía de todas esas personas mágicas. Todavía no puedo creer que -si no me detienen en el aeropuerto por alguna razón- podré llegar hasta ellas. El camino ha sido largo. Muchas veces difícil. Tantas veces música. Como dijo Simone de Beauvoir, si las dificultades son más evidentes en la mujer independiente, es porque no ha optado por la resignación, sino por la lucha. 41 y viaje –en todos los sentidos- rima con libertad. Para eso nací. Para ir hacia la autonomía y vivirla plenamente. Así como hace años atrás comencé la segunda parte de mi existencia subiéndome a un avión, hoy, con mis bellos 41, comienzo la tercera parte, con Simone y todas sus amigas, con todos quienes se han mantenido cerca, disfrutando por un momento de ese lugar soleado y su humor maravilloso, para luego volver y continuar como siempre. Así es como lo veo: esto recién comienza. Si alguna vez fuimos el segundo sexo, hoy somos literatura pura. Hoy somos discurso público. Con la palabra y la acción nos insertamos en el mundo, como dijo Arendt. En estos días hay literatura que va más allá de nuestra experiencia y se encuentra con tantas otras. 41 es desintegrarse y volverse el poema. Poder ser intelecto y cuerpo, con libertad. Esos pequeños terremotos van a seguir llegando, como los llamó Tori Amos, pero la noción de la libertad instalada es muy fuerte. Como dijo Fina Birulés, la libertad tiene que ver con nuestras acciones y pasiones, con el control sobre nuestro cuerpo, con nuestros movimientos, reales o simbólicos, y con no dejarnos encontrar donde nos esperan: la libertad se traduce en la posibilidad de distinguirnos, singularizarnos, y de que existan diversas formas de feminidad en un espacio común. Mis 41 son un poema singular y colectivo. La raíz de toda autonomía verdadera. Y así el amor toma nuevas y decisivas significaciones: se expande. Y todos podemos gozar del movimiento de la diferencia. Tomaré ese avión, y sobre el océano encontraré al 41, y podrá, sin problemas, gritar su nombre. Y que escuche el que tenga ganas. En el puerto esperaré las respuestas, el amor, las conversaciones, y las nuevas preguntas, pero siempre en movimiento. Happy birthday. A Santiago de Chile los boletos, hasta que las velas no ardan. Libertad también se llama dos lugares en tu piel, y toda una orquesta que los une, con su poesía cotidiana.
22 de noviembre de 2021
6 de noviembre de 2021
41 (segunda parte)
Hoy salí temprano a buscar nuevamente el 41 entre el rojo el amarillo y el café. No lo encontré, pero di con algo probablemente más interesante: un mazo de cartas incompleto desparramado entre las hojas. Un ocho de trébol por aquí, un siete de corazones por allá. Mitad escondidos, mitad asomados. Un poco más allá el rey de diamantes y así. Unas cartas a la deriva intentando componer escaleras imposibles. Observé con detenimiento el fenómeno. El azar es nuestro amigo más íntimo pero esto ya es demasiado. Encontrarlo directamente. Por qué alguien abandonaría una parte de su baraja de naipes de a grupos en la acera para dejarlos enredarse con las hojas caídas. No había cincos ni dos ni cuatros (unos sí, indicados con el número, y no con la letra A). En definitiva el asunto iba desde el siete hasta el as, pero sin orden ni concierto, tan pronto aparecía una reina –indicada con una d en este caso de dame- y luego un diez o un nueve o una jota –indicada con la v de valet en esta oportunidad dado el lugar geográfico-. Cuando era niña, en los veranos, además del paco-ladrón y el club del árbol, jugábamos extensas jornadas de Canasta, noches en vela componiendo la seguidilla de siete cartas iguales que nos daba la victoria o se la daba al equipo contrario. Era más que un juego, eran torneos muy serios. Igual de serio que encontrar una sucesión de cartas perdidas y abandonadas a su suerte en los cúmulos de hojas otoñales esperando desintegrarse o ser eventualmente recogidos –lamentablemente sobre todo la segunda opción-. Pero, ya sabemos que existir tiene eso de poder encontrarse con eventos inesperados y singulares. Para qué apresurar conclusiones. Además a veces es sólo eso, el azar actuando firme. Por ejemplo cuando vivía en Barcelona iba un día por la acera distraída, y se me acerca una persona y me pregunta si conozco por casualidad la calle Pomaret, Carrer de Pomaret, una pequeña calle que efectivamente conozco porque acabo de verificar donde está antes de la aparición del desconocido porque voy hacia allá. En aquella verificación me percato que Carrer de Pomaret queda a un sinfín de cuadras de donde estoy, por ejemplo quince o veinte, muy lejos. Le contesto, por lo tanto, que sí, que creo saber dónde se encuentra porque es adonde me dirijo. A continuación me pregunta entonces si puede caminar conmigo, le digo que sin problema, y extrae de su bolsillo una hoja de papel con una dirección anotada, la cual observo al mismo tiempo que él me indica el número al cual se dirige, que es el mismo al que yo voy: el 30. Se lo hago saber. Vaya, qué coincidencia, me dice. Comienza a llover, le presto un pedazo de mi paraguas. De la conversación, creo recordar que era fotógrafo, y que venía llegando de vivir varios años en Berlín. Cuando llegamos finalmente al lugar me indica que va a esperar afuera porque su cita es las 17h. La mía también. ¿En serio? Tomemos un café, me propone. Luego del café continuamos la conversación en la sala de espera y me pregunta si podemos intercambiar correos. A continuación nos despedimos y cada uno acude a su cita. La conversación acaba ahí porque no hay un intercambio epistolar posterior. ¿Para qué? Un simple y bello momento de azar, como encontrar una baraja de naipes confundida entre las hojas amontonadas a la guisa del viento esperando la lluvia. Buscar a los 41 me ha traído nuevos descubrimientos. Esperar en movimiento tiene la gracia de ir al encuentro del azar. Y la eventualidad de lo desconocido es lo que posibilita la literatura.
4 de noviembre de 2021
41
Hace un año tuve la osadía de cumplir 40 años. La verdad no tuve mucha opción, el asunto llegó de un momento a otro no hubo tiempo de nada distinto. El 29 de este mes será uno más, pero ya estoy consciente de que no podré esquivarlo. En vez de intentar la evasión, he decidido ir directamente hacia el número. ¿Dónde estás? Le dije. ¿Por qué te escondes? Lo bueno es que tuve la oportunidad de buscarlo entre un montón de hojas, por aquí por allá, pero muchas, muchas hojas: es el otoño. Las hojas de los árboles adquieren los colores rojo, amarillo, café, y toda la paleta entremedio, y consideran que lanzarse en picada para volar con el viento es lo adecuado. No recordaba que el otoño fuera tan bello. La luminosidad es eléctrica, como si unos relámpagos estuviesen siempre a punto de aparecer entre el gris y el celeste claro que se turnan para ocupar las distintas parcelas del cielo. La ciudad me ha vislumbrado tanto en este momento que siento que lo mismo puede ser diferente, conservando su esencia. Por lo que cuando encuentre el 41 habrá esa posibilidad de lo distinto en lo mismo, ya se ve que es una opción. En caso contrario, como bien dijo Charly García, y si mañana es como ayer otra vez, lo que fue hermoso será horrible después. Cuando encuentre a ese número escurridizo -todavía queda otoño para recorrer- le haré algunas preguntas aunque temo que no podrá responderlas. Podría al menos llegar con alguna información a cuestas. Si no responde nada le diré yo unas cuentas cosas. La primera será decirle que seguiré contándome historias a mí misma que me hacen reír a carcajadas, ayer sin ir más lejos me sorprendí con lágrimas en los ojos de tanto que se extendían, ya que la imagen que tenía en la mente se hacía más y más grande y exagerada y no había manera de calmar el asunto. Se llama humor negro, dicen, eliges algo que te cause perplejidad en medio de la bruma y te imaginas imágenes paralelas que la saquen de contexto y la hagan verse como algo cotidiano, algo sencillo, nada de qué preocuparse, porque al lado de eso otro, nada, ese es un recurso, otro, situarla en la línea temporal, y verla como algo pequeño dentro de esa larga línea llena de eventos y estaciones, segundo recurso. Cuando era niña –hace un tiempo de eso ya se ve- teníamos dos tipos de juegos que eran nuestros preferidos. Uno era el paco-ladrón, donde una parte del grupo hacía de policías y la otra de bandidos que debían escaparse. Lo particular era que jugábamos a eso en Concón, Chile –pasé ahí varios meses al año durante toda mi infancia- y el juego se extendía por toda la ciudad –pueblo más bien en esa época-. El resultado era que rara vez se encontraban unos con los otros porque el territorio designado para el juego era bastante extenso: la ciudad entera, playas, bosques, caminos y otros. En resumen el juego era partir con tus amigos de grupo y conversar caminando, estando relativamente atentos a si aparecía alguien del otro grupo. Eso podía ocurrir al atardecer, en definitiva, al final del día, o nunca. El segundo juego era el club del árbol. Una vez construido, el resto del tiempo consistía en la preparación para la batalla con el otro club del árbol, que eran con quienes no jugábamos, pero no podría decir qué los hacía rivales, de dónde surgía esa separación. El asunto es que había que prepararse para resistir al ataque de ellos. La preparación consistía en juntar las semillas de los eucaliptus, que llamábamos “coquitos” y podían lanzarse, y en hacer trampas en el suelo que se trataban de agujeros en el suelo que tapábamos con cortezas y hojas de igualmente los eucaliptos y con la paja y corteza de los pinos, para que cuando caminaran encima cayeran al pequeño abismo que había debajo. Ahora bien, al igual que en el juego del paco-ladrón, esta preparación era eterna, era el juego mismo, y buscábamos a los enemigos fantasmas por todos los caminos –eran de tierra en esa época- y conversábamos en el club sobre las estrategias, pero de años de ese juego sólo recuerdo habernos encontrado una sola vez con ellos, y el encuentro consistió en intentar tirarles los “coquitos” pero de lejos, sin saber realmente cuál era la amenaza real de no resistir correctamente o qué debíamos realmente hacer. En definitiva, existir se parece a esos juegos, escapamos de algo que no termina de llegar y nos preparamos para algo que no terminamos de saber bien qué es, y mientras estamos ahí, es bastante entretenido, si vamos observando bien y compartiendo, y si vamos planeando estrategias para poder ir improvisando en el camino e intentando mejorar las técnicas aunque la batalla final sea sólo una. Lo segundo que le voy a decir al 41 es que debido a los años que me ha arrebatado, el contenido de él y los que lo seguirán, espero, estará concentrado en cosas sencillas, como mirar el camino mientras escapo de los pacos, y en insistir con las letras y su poder de belleza y activismo. Les mots. Lire. Écrire. Y rogarle a la oscuridad, la de Mariana Enríquez en su novela Nuestra parte de noche y la otra más difusa que nos habita a veces, que no me nuble mucho la vista para poder animar a las palabras a encontrarse correctamente en vistas de la verdad, como gustaba a Simone de Beauvoir. Lo bueno es que este 8 de marzo podré sacarme la capucha ya que pronto me entregan mi pasaporte francés –físicamente- y podré manifestarme sin miedo a ser deportada, lo que es bastante, en un mundo donde las amenazas son más reales que en el juego del club. Qué le diré al 41: quiero una existencia sencilla pero eficaz. Decir, decir. No dar pie atrás. Los 41 traen algo fantástico, la sensación de que servimos para algo y de que podemos elegir, mucho más de lo que creíamos antes. Los 41 me pillan tranquila, creo, u operada de los nervios porque, después de todo, igual que la ciudad vestida de distintas estaciones, la vida es una puta montaña rusa que no para y Halloween da risa al lado de enfrentarse a ella cara a cara, let it rain decía la canción hoy en la mañana en el café, una versión de jazz. Estoy muy agradecida de todas las personas geniales que he conocido recorriendo los 40, creativas y activistas -y por supuesto, de la compañía mágica de los y las de siempre- disfrutando como en esas conversaciones por los caminos de tierra escapando de los pacos, la alegría es la misma, la belleza también se le parece. Las circunstancias nos quitan cosas y nos dan otras. Espero poder verlo. La vida nos ha dado tanto, como dijo Violeta Parra. Quizá sea la oportunidad, ya que el nuevo pasaporte me indica que ya son varios años lejos, de hacer las paces con el lugar donde crecí. No me voy a mover de aquí, pero, finalmente, lo pasaba espléndido jugando al paco-ladrón y al club, esos maravillosos simulacros de catástrofes que tanta aventura me aportaban. Al igual que las estaciones, ese lugar también ha cambiado, pero en este caso, afortunadamente, su esencia también está en proceso de cambiar. Quizá los 41 -ya que en definitiva es tiempo que pasa y da perspectiva- sea lo más cercano a ser libre. Conservar lo que vale la pena. Intentarlo. Y nunca dejar de reordenar la casa para que nazcan nuevas formas. Reordenar los cuerpos, vivos y hermosos. La aventura continúa, pero ahora soy, o me siento, mucho más libre. Aspiro a seguir recibiendo amor, y espero, siempre, poder entregarlo. A diferencia del juego, creo en este momento ir para algún lado. La libertad también está compuesta de esa certeza. La alegría de no haber rellenado los días en vano, a pesar de que no había ninguna certeza de algún lugar fijo al cual llegar. De tanto crear estrategias hay pequeños lugares fijos que se asoman y puede uno tomarse un café en ellos y gozar. Son lugares con un café dentro y escritores con boina como siempre soñé. El lugar hace lo suyo y el resto me lo imagino yo, riendo a veces a carcajadas. Dije un día, me voy a ir a Europa a ser escritora, y ahora veo que es un presente perpetuo, como dijo Georges Braque, no tenemos descanso, y en esa maravillosa performance eterna disfruto cada día, cada frase escrita, cada libro, cada conversación, cada canción, película, obra de arte, cada caminata y cada paisaje. Cada pequeño triunfo. Supongo que soñaba con una vida de belleza y sentido. La libertad, también es eso. Pronto feliz cumpleaños. 41, llegarás aunque no te encuentre, lo que tenía por decirte: me siento libre.
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