23 de octubre de 2017
Dedicatoria
A Jacques Rancière y Roberto Bolaño
La existencia
a veces se cristaliza, para difuminarse aún más
6 de octubre de 2017
Los bordes
En Caen, Normandie. Las cosas toman su lugar. Como una pluma que cae
lentamente, sin prisas. Se organizan los cuerpos, los lugares, las emociones,
caen suavemente, y algo se desanuda, para luego desaparecer. Desde la ventana
del hotel observo los autos pasar, el viento pasar, observo simplemente, sin
observar. Ayer vi a Rancière, fue mágico, mil fantasmas muertos en una hora. Una abadía, silenciosa. El llamado del corazón de los libros, ese poder
de no importa quién, ese silencio desde donde todo nace, ese origen, en
continuo movimiento, esa certeza múltiple. Y el jardín de la abadía, y la
lluvia. Y Rancière sereno. Y Rancière tan belevolente al presente y al espacio
donde las cosas nacen. Y el sillón dentro de la exposición, leyendo sus líneas.
Todo se ve de pronto tan simple. Y tan sutil. Y su sonrisa es como la
democracia. Y su voz es como la reconfiguración de todo, hasta desaparecer. Y sus
palabras son como el poder de la ficción. Y su mirada es la emancipación
intelectual. La igualdad y el poder de cualquiera. Y los muros de la abadía y
el silencio. Y el pequeño espacio donde todo sucede. Y la magia de la energía
de los libros. De una serenidad cierta. De miles de caminos que se bifurcan y
pierden sus contornos, para crear lo significativo. Y su sentido del humor y la
esperanza. La serenidad y la esperanza. La simpleza. Y el silencio de la
abadía, y sus caminos entre las flores llenas de lluvia. El aire frío, y el
silencio. Y sus líneas en los bordes. Y los tiempos que recorren el silencio. Los
tiempos llenos de silencio. Y los bordes de la ficción, donde Rancière sonríe,
pero sin prisas, pero sin burlas, con una serenidad silenciosa como la abadía,
como una esperanza que florece, como sus jardines, como sus explanadas de
hierba, sin organización, meciéndose al viento. Una dedicatoria, para Andrea,
deseándole un buen viaje en los bordes de la ficción, Jacques Rancière. Creo
estar ahí, sólo me faltaba esa mirada de complicidad. Esa mirada donde lo que
es nada, nace, volviéndose todo. Donde la verdadera vida se vuelve silenciosa. Donde
la ficción se despierta. Donde los lugares y los cuerpos, se olvidan. Donde la
mirada de Rancière, abre un universo.
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