Mi nueva aventura este año es la renuncia. No en vano tengo 45 años. Lo veo como una especie de punto de quiebre. Me gusta pensarlo así: qué se está eligiendo cuando se renuncia. A qué se accede al hacerlo. Creo que se pone en movimiento un mecanismo interior de libertad. Se evalúan los límites, se definen. Estoy constantemente trazando cuáles son los míos. No soy muy rigurosa, soy flexible en este sentido. No soy lapidaria, y me gusta extraer lo mejor de cada situación. Aunque veo que este año ajusté el tema de las delimitaciones, y eso modificó la continuidad de muchas cosas. La anuló. Esto es, se acabaron, para que nos entendamos. El paisaje se despejó. Me quedaron los libros. Siempre están ahí, poniendo el hombro. Qué capacidad que tienen. Ahora cuando los temas me sacuden el pecho los enfrento inmediatamente. Los politizo, los interrogo sin tregua, los sitúo en un contexto más amplio. Escribir tiene una capacidad como de limpiar un cristal opacado. Las palabras organizadas desenredan nudos. Es como ordenar el cuarto. Escribir novelas estructura los sucesos de manera que tengan sentido. Es un ejercicio que me fascina, inventar tramas. Ser esa chispa que enciende, de la que habla Bruce Springsteen. Vi hace poco el documental de la canción “We are the World”. Cuando él canta, quedé en jaque, qué voz, por dios, y esa personalidad. Bueno, el cuerpo también. Gracias, Bruce, por ese momento de esperanza. No voy a renunciar a Bruce Springsteen. Ayer vi la película que me faltaba de Christan Petzold. Tampoco voy a renunciar a Christian Petzold. Tampoco a Florian Schuster ni a Tom Schilling. Tampoco a mi aventura de aprender alemán. Me encanta elegir, y renunciar a tener que renunciar. Tal vez la modificación es la siguiente: escojo las cruzadas. No puedo abordarlas todas. El punto de quiebre son los nuevos lindes. Lo que quedó más allá me voy despidiendo. Vi también ayer la película “Hamnet”, de Chloé Zhao, y antes de ayer la película « À pied d’œuvre » de Valérie Donzelli, ambas sobre escritores y esa cruzada extraña en la que una se embarca. Qué películas deslumbrantes. Lo que me mantiene en vida a mí es la literatura y modificar la emoción. Me gustó cuando Paul Marquet el personaje protagonista (el escritor Franck Courtès en la vida real, la película está basada en una novela autobiográfica) dice: los escritores somos inaccesibles al desaliento, o se podría traducir también como impermeables al fracaso. Aunque todo el resto sea ese “silence”, del que habló William Shakespeare: Jamás renunciar.
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