Tal vez me fui de Barcelona porque también era como una casa, y para escribir hay que estar lejos de casa. Hay que encontrarse en terreno desconocido. En terreno por conocer. Ahora en la Barceloneta escucho música de fiesta por todos lados, mientras peleo con emociones y recuerdos. Qué extraño lugar en un sentido. Un lugar para dejarlo todo atrás. Como hace uno cuando quiere escribir. Por qué es necesario estar lejos de casa. Porque las olas ahogan. ¿Y la soledad? ¿Y la distancia? Me encuentro aquí con gente tan querida. Pero sé que puedo volver. Que el tiempo pasa de todas maneras, pero para qué queremos retenerlo. Pasará, es innegable. Conozco sus artimañas y promesas. Se parecen a las nuestras. Las maniobras que empleamos para olvidarlo, y los pactos que hacemos para creer habitarlo entendiéndolo todo, cuando es todo lo contrario. Nos tiene por el cuello. De una oreja nos levanta, aunque nos sentimos tan autónomos y resueltos. Estamos en la mitad de un caos constante, como la Barceloneta en agosto. Movimiento y entusiasmo. Que nos eleva y nos aplasta a ratos. Buscamos en medio de la debacle la corona, la espada y la grandiosa mitología. Una mitología si es grandiosa puede sustituir a la vida. Fácilmente. Porque en los libros adivinamos un poco más. No en cualquier lugar. No en el beat afilado que no acaba. Tal vez en el mar. Tal vez en el río. En la amistad sin duda, en el amor significativo. Dónde está eso. Yo sólo me relaciono con libros, es triste a veces, porque los libros son tristes. Porque transportan verdades que a veces duelen. Tantos aspectos que nos hacen trizas. Que no tienen que ver con la fiesta de un barrio en llamas. El movimiento es un arma de doble filo. A veces es éxtasis y a veces oscuridad. Para mí es más éxtasis que otra cosa. El traslado de los libros. La fiesta no. Me deja vacía. Con el tiempo la he dejado de lado. En cambio la conversación me eleva cada vez más. La conversación con los pies en la arena, la conversación en un café, en un bar, en el atardecer y en una mañana asoleada cuando todavía pueden ocurrir cosas porque el día recién ha comenzado. Compartir con la gente que quiero es mi grandiosa mitología. Donde instalo todos mis cimientos. Para que luego los libros puedan hablar, y entenderlos. No tienen sentido si los seres humanos no están cerca, si los seres vivos no me acompañan. A veces viene de todas maneras la tristeza, porque la estadía en los días está tan llena de movimiento. Me aferro a la música. El compás exacto de la amistad y el amor cuando es todopoderoso. Eso también es mitología, pero mucho mejor que así sea, el sueño es más grande y lo vuelve todo posible. Sin la intensidad del sentimiento no nace mito alguno. Su veracidad no es tan relevante, al menos inicialmente. Luego ya va siendo necesario. Yo invento su majestuosidad en todos los casos que siento de cerca la explosión de las luces de colores: no me arrepiento. Elegí escribir, ¿de qué otra manera podría ser? La pasión es lo único que enciende el corazón. Para indiferencia ya tenemos la de las naciones con el sufrimiento. La pasión es un requisito imprescindible. Ahí se equivoca la película Materialists, lo que faltaba era la pasión, no la promesa absurda de una duración desconocida. No hace falta. Lo importante es que haya pasión y valentía. Hacer como que todo es seguridad y certeza, cuando es todo lo contrario, amar es lanzarse al abismo de las olas en todas las direcciones posibles colisionando entre ellas hasta ahogarte. Lo que no sé es si volverá a sucederme y si algo de lo que imagino tomará forma. Tal vez lo que no sé es si siento algo, y eso es más delicado. Porque entonces el camino está cerrado de antemano. Por eso me concentro en los libros, y llegará cuando tenga que llegar. De todas maneras, existir es una apuesta en el vacío, hay que confiar, no queda otra. O concentrarse en los libros y olvidarse de lo otro: es lo que hago. Me sale naturalmente, no pongo esfuerzo en eso. Disfruto lo que va llegando, y siempre continuar la invención, porque lo que cuenta son los mitos. Los del papel, y de la música de las profundidades. Me rendí hace tiempo de llevar el ritmo correcto de los acontecimientos. Los dejo proseguir sin mí. Organizarse sin mi participación activa. Luego me tocan la puerta. Es agradable, no lo niego. Un barco a la deriva con una biblioteca dentro. Creo que esta imagen describe bien mi estadía en las ciudades. O más bien esta, un barco a la deriva aparente con una biblioteca dentro. El timón lo tengo y no soy amiga del delirio. Soy amiga cercana del humor. Me guía. Como un velero al que sigo en todo momento. Los mitos me hacen reír, porque describen tan bien la existencia, que reconozco la verdad entre la vegetación espesa. Esto es lo que dijo en realidad Florence Welch: My empty halls to echo with grand self-mythology. Soy un rey, dijo. Sentirlo es suficiente, y todo el resto está en los libros. I am king, dijo. La luz está en el túnel sin salida aparente. La pasión se nutre de eso. La imposibilidad, la distancia. El grito de la mitología, porque el susurro no alcanza al florecimiento. En la playa es mejor cuando hay sol. En el amor es mucho mejor cuando hay pasión.
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