31 de mayo de 2025

Closer to the heart

Crear una nueva realidad, más cerca del corazón, canta Rush. Tú puedes ser el capitán, y yo dibujaré el mapa, navegando hacia el destino, más cerca del corazón, cantan. Yo observo más cerca del corazón. Escucho Rush y me emociono, más cerca del corazón. Muy cerca del corazón. Te llevo muy cerca del corazón. Esa nueva realidad de la nueva tierra asoma su cara para observar lo más cerca posible del corazón. En esa barca de la realidad estoy cerca del corazón. Lo conozco a ese corazón indómito que no se pliega. Ese deseo difuso que se evapora al atardecer para volver a constituirse en la mañana del sol incandescente.  

27 de mayo de 2025

Parnaso (Libro)

Parnaso

Parnaso es una novela. Es la tercera parte de Lisa Barthes y la ficción. Así: Lisa Barthes y la ficción, Cosmos, Parnaso

Lisa Barthes y la ficción

https://andreabalart.s3.eu-north-1.amazonaws.com/literatura/19_lisa_barthes_y_la_ficcion_02-05-25.pdf

Cosmos

https://andreabalart.s3.eu-north-1.amazonaws.com/literatura/19_cosmos_18-05-25.pdf

Parnaso

https://andreabalart.s3.eu-north-1.amazonaws.com/literatura/19_parnaso_26-05-25.pdf



Parnaso

Tal vez tengo que decidir si mi vida va a ser sólo literatura. Si todo va a ser ficción. Si hay un límite. Si habrá otras cosas. Toma el camino largo a casa, canta Supertramp. La ficción es mi casa. Ese Parnaso donde me instalé hace un tiempo. Esa montaña de poetas donde voy comprendiendo la vida. A veces. A veces no entiendo nada. Veo acciones, palabras, y me quedo en la perplejidad. Voy recogiendo flores y sintiendo el aroma en mi cuerpo. Observo la vida. Creo que esa es mi ocupación principal. Desde el monte, con la música, observo la vida. Llevo en mí la poesía. Lo de esa montaña lejana me parece absurdo. Yo estoy adentro de la vida. Muy adentro. La observo desde adentro. Horizontalmente la observo. Horizontalmente la tomo. Horizontalmente la voy construyendo. El arte está hecho para modificar. Para soñar, modificando. Yo modifico observando, escribiendo. El Parnaso no es sólo una montaña, es también un prado, donde nos instalamos a compartir la poesía. La poesía está en todas partes. La torre de marfil pasó de moda. Ahora es ese prado de la perplejidad. Ese prado de la poesía. Ese prado colectivo de la nueva tierra. La literatura acompaña a la nueva tierra. Le da forma para que pueda interrumpir la dominación. En el Parnaso construimos la vida. Ese prado de la literatura de la belleza y las respuestas. Ese prado de la observación atenta. Encontramos nuestro lugar, tomando el camino largo a casa. El Parnaso es la casa de la literatura. De los nuevos significados y del deseo. La casa de las novelas y el gozo. La montaña está, en realidad, en nosotros. La ficción la llevamos a todos lados. Es la chispa que enciende. 

26 de mayo de 2025

Los mapas del deseo

Tengo en mi habitación sólo dos imágenes en las paredes, suspendidas con alfileres: dos grandes mapas. Uno del mundo y uno de Lyon. Antes de acostarme los observo un momento, sentada en la cama, apoyada en la pared. Uno a cada lado de la cama. Tal vez así me siento parte de algo y no me pierdo. Quiero saber dónde estoy, a lo que pertenezco. Quiero saber de qué maneras se despliega mi deseo. Dónde está, por dónde va. Hoy se cumplen dos años desde ese misterioso día de la caja en Barcelona, con Loup. Es también el cumpleaños de Henri, mi primer marido. Tuve una pelea con Maël. Es mucho más testarudo de lo que parece, y como yo también, la combinación puede ser explosiva a ratos. Bueno, el que tiene temperamento y no tiene templanza eres tú finalmente, le dije. Dejó de hablarme la mitad del día. Más tarde me mandó Enjoy the silence de Depeche Mode en el piano, con su voz, que me fascina. Me hizo reír. Escucho ahora Supertramp a todo volumen con una cerveza, en el salón de mi casa. Un momento perfecto. Pienso en todo lo que lleva este día, todo ese pasado y ese presente lleno de música. Maël me envía ahora Two of us de Supertramp, escucho de nuevo su voz. Dime, ¿hacia dónde vamos ahora?, dice la canción. ¿Qué vamos a descubrir?, en esta tierra salvaje, que esta soledad nos trae, mientras seamos dos, seguiré adelante, ¿no vas a abrazarme?, dice la canción. Hacia dónde vamos. Observo los mapas. Los mapas del deseo. Sí quiero estar en sus brazos, no es eso. Pero es tan obstinado. Quiere todo como él lo estima necesario, igual que yo. Chispas, del deseo tal vez. Dejo que los mapas me recorran, para entrar profundamente en ellos. Fundirme con la tierra y la ciudad, fundirme a su deseo, que está tan cerca del mío. Me hace reír, al mismo tiempo. Tal vez los grandes mapas son sentido del humor y deseo, y luego perderse, en la espontaneidad del existir, música a todo volumen y la calma de la noche. Pertenezco a los grandes mapas. Los del deseo presente. 

25 de mayo de 2025

Los deseos a la bruja II

Tuvimos una conversación con la bruja. Una larga conversación. De esas que comienzan a mediodía y terminan a altas horas de la madrugada. Sí, me encanta conversar, esto puede ocurrirme fácilmente. Bueno, al parecer a ella también le gusta conversar, en cualquier caso lo importante es que pudimos entendernos perfectamente. La bruja de la escoba me preguntó por mis deseos, y yo escuché también los de ella. Lo que quiero es: nada. Le dije. No es verdad, no dije eso. Lo pensé, eso sí. Quiero literatura, le dije. Quiero ritmo, quiero cadencia, quiero el parnaso, el mar, el cuerpo, la vida. Quiero una historia que se escriba con letras doradas, un cuaderno dorado, donde todo esté integrado, como el de Doris Lessing. Al final, lo que nos mueve es el deseo. Dejamos de desear y se acerca la muerte. Deseamos en todo tipo de ámbitos. Deseamos incesantemente, y vamos creando mapas de los deseos. Para encontrarlos, para no perdernos. El deseo puede llevarnos a la locura. Es necesaria la templanza. Saber desear, sin perder la cabeza. Bruja, ¿me ayudas con esto? No nos leamos la suerte entre gitanas, le dije. Es una expresión de mi tierra. Ella lo entendió sin necesidad de explicaciones. Nuestra complicidad era absoluta. Cómo ves a este presente, bruja, le pregunté. Me habló un largo momento sobre la magia y sobre el infierno. No pierdas tu centro, me dijo la bruja. Escribe. Es lo que hago, le respondí. ¿Tú?, quise saber. Concedo deseos, me confesó. De acuerdo, afirmé. Vámonos en la alfombra mágica a China, le propuse. Vamos, me contestó. La respuesta era inesperada. ¿Y los deseos? Da lo mismo eso, me dijo. ¿Ah sí?, quise saber. Te lo juro, respondió. Era de una claridad que daba miedo. Bruja, yo deseo, le expresé. Olvídate, me interpeló. Bruja, necesito desear para escribir. Me miraba, impasible. Me parecía fascinante su manera de describir las cosas, su agudeza, su clarividencia, su precisión. Quiero ser como tú, le dije. Reímos. Me propuso acompañarme hasta la casa, era tarde. La invité a subir. Así es que este es tu templo, afirmó. Aquí es, le dije. Aquí está la alfombra mágica que me concediste, hace casi cuarenta años. La exploración me trajo hasta aquí. Le pregunté si quería una cerveza, asintió. Nos sentamos en el salón. Nunca terminan estas conversaciones. Seguimos conversando. Comenzaba el nuevo día. Se iba la noche. Quédate, le dije. Redactemos esas líneas. Todo comenzó contigo. El deseo de literatura es el deseo de la carne, el deseo del espíritu, el deseo. Lo que experimento todos los días, muy cerca, muy cerca, de los sueños. Los nuevos sueños. Después de los cien libros y los cuarenta años son otros sueños, más cristalinos, más serenos, más ambiciosos y rellenos del éxtasis real. Sueño con ficción y amor. Mucha ficción y mucho amor. La bruja se queda despierta hasta tarde y lo anota: escribe. Tomo la hoja, la pongo en mi pequeño altar de la entrada. El deseo es un talismán. Una bola de cristal. Una alfombra mágica. Un templo. Una travesía. El deseo. Yo deseo. 

Los deseos a la bruja

Mi madre me envía un pequeño texto que escribí a los siete años, respondiendo a la pregunta: qué le pedirías a la bruja si pudieras pedirle cinco deseos. Por supuesto, yo pedí más. Nunca puedo tener suficiente, como la canción de Depeche Mode. Observo mis peticiones a la bruja de la escoba: yo le pediría un viaje a la Antártica, un pasaje a la China, una caja de bombones muy grande, un cofre con joyas (collares, pulseras, rubíes y anillos), un set de belleza, un vestido largo negro, de terciopelo con lentejuelas, un abrigo de piel, zapatos de gamuza altos, una casa en la playa con grandes ventanales y con vista al mar, un Chevrolet automático, y una alfombra mágica. Fin de la solicitud. A los siete años ya tenía una claridad meridiana respecto a mis deseos: perderme en alguna parte lejos, mirar el mar, vestirme como Cruella de Vil, y viajar en alfombra mágica para que la existencia tuviese alguna gracia. Todo estaba ahí. Todo estuvo desde el primer momento. China y la Antártica, supongo que quería decir: algún lugar desconocido e intrigante. Lo de la alfombra mágica me causa gracia porque es la última línea, cuando ya se iba acabando el espacio, necesitaba asegurarme los viajes mágicos, para que no faltara el desplazamiento ni lo extraordinario. Mis peticiones son puro movimiento. Vaivén de las olas, travesías por lugares inexplorados o exóticos, en mi concepto infantil. Disney, ni hablar, yo quería ir a la Antártica y a China, y luego la alfombra mágica, para ya poder ir recorriendo con calma, todo lo otro, siempre ahí estacionada la alfombra para partir, o el Chevrolet (automático). Siempre tuve una fascinación por el mar. Esta no ha hecho más que crecer, lo que es bastante decir, porque ya era inmensa. Pero no quería el barco, quería observar el mar, sentirlo en mí, hacerme grande, hacerme libre, subir a la corriente con las palabras, perderme en la contemplación del paraíso. Las vestimentas me parecen teatrales y seductoras, encontradas en cofres, como un juego eterno, y los chocolates, para asegurar la dulzura del camino. Hace cuarenta años ya todo había sido escrito. Debiese tal vez volver a responder esta pregunta ahora. Vestida de Cruella de Vil en China montada en la alfombra mágica: qué quieres, Lisa, qué esperas de este nuevo presente. Creo que debo comenzar un nuevo texto para responder esta pregunta. Hablar con esa bruja, hablar con ella a solas, contarle este largo viaje, saber cuál ha sido el suyo, y saber quién soy, casi cuarenta años después de tantos deseos fantásticos. En la bruja encuentro la esencia de mi naturaleza nómade y exploradora. Con ella redacto la literatura. Que no es otra cosa que una lista de deseos por alcanzar. Que no es otra cosa que una lista de deseos por vivir.  

24 de mayo de 2025

La seducción

La seducción es sin duda un juego, como todo lo importante. Todos nacemos gritando, canta St. Vincent. Me he subido a unos brazos abiertos, que se han convertido en una camisa de fuerza, corazones robados que no necesitaba, pero vaya, siempre he pagado por ellos, canta St. Vincent, he escalado cables eléctricos y montañas, solo para sentirme por encima del suelo, he salido a rastras de tus casas sagradas, sólo para sentir cómo me palpita el dolor de cabeza. Es una hermosa descripción del proceso. Bien. Intentemos otra descripción. De eso se trata la seducción. Jugar a crear. Imaginar algo, en el terreno de la ficción. Compartir esos espejismos. Olvidarlo todo. Llevar a otro al olvido. A mí se me da bien esto, porque yo creo en esas ficciones. Creo firmemente en ellas, como si el pasado de mi existencia fuera una trama de historieta. Un cuento planetario con miles de entradas y salidas. Algo que voy reinterpretando e intentando entender cada vez con mayor profundidad. Lo observo con afección, pero con distancia. Me someto a lo nuevo que va apareciendo como si se me fuese la vida en ello. Juego el juego hasta la nave espacial. Hasta despegar con ese cohete del cosmos. Luego observo por la ventana el paisaje. Disfruto el viaje. Disfruto el juego. Disfruto la sustancia de los días. He aprendido a dejar de lado los personajes de las historietas anteriores. Antes no sabía hacer esto. Era, sobre todo, muy cansador. Creo que en el fondo perdía el tiempo. Teniendo más de cuarenta, optimizo. Como alguien pragmático. Nunca pensé que mi calidad de escritora me lo permitiría, pero: sí. Ahora sé que son dos cosas independientes. Que las historias pueden cerrarse para abrir otras. Oasis. Viaje en nave espacial. Música. Me asombra el teatro de la vida. Esa capacidad de darlo todo, por una pieza, por un libreto que esconde el sentido. Lo que busco es eso. Los libretos que tienen significado, además de la belleza de las palabras. Tal vez por eso dejé de lado las historietas antiguas: ya no tenían sentido. La premura de los cuarenta ha agudizado mi visión. Juego ahora seriamente. Lo dejo todo en la página, en el libro, en la historia. Los obstáculos inconducentes me ponen nerviosa. Necesito que el humor pueda desmontar las estructuras. Entonces juego. Porque el humor es también un juego. Una seducción a la vida. Para que esta se entregue, como un amante experimentado. La seducción es esa parte del juego que traza las líneas para todo lo demás. La estructura de la ficción. La música de la ficción. Las verdaderas historias juegan a que esto no termine. 

Golliwog’s Cakewalk

Soy una escritora tratando de relacionarse con el mundo real y las dificultades son serias. Creo que la pieza Golliwog’s Cakewalk de Debussy lo resume bien. Todas las peripecias necesarias. Si uno la escucha atentamente, todo está ahí. Como si uno fuera una parodia saltarina de uno mismo. Una especie de sketch cómico que se alarga. Una manera de dar liviandad a lo pesado. Los códigos los sigo, aunque me causan gracia. Soy al mismo tiempo los compositores y los imitados. Escribo mi propia danza para reírme de mí misma. Por momentos se suaviza, por momentos sube. A veces una mano hace acrobacias para pasar por encima de la otra y llegar a la nota correcta, sin pasarla a llevar. Estoy llegando a límites insospechados. Ayer pensé qué pasaría si Maël y yo dejamos de vernos. Pero aquí viene lo interesante, a continuación no pensé en cómo me sentiría, si no que me puse a elucubrar en relación cómo transformaría su personaje. De pronto me detuve en mi reflexión: Lisa, estás llegando demasiado lejos con la ficción. Me puse a reír. Como si me hubiese puesto a bailar Golliwog’s Cakewalk. Fue igual. Lisa, haz un esfuerzo. Que no todo sea igual a Golliwog’s Cakewalk. Que no todo sea exactamente igual. Innova un poco. Dejé de bailar. Fui a tocarle en el piano Cuando comenzamos a nacer, de Charly García, y Love of my life, de Queen, y se las mandé. Supe que le llegarían los mensajes cifrados. Que en lo profundo eran saltarines como un cakewalk, en staccato. Tampoco nos pongamos tan serios, pensé, Cuando comenzamos a nacer, con la seriedad de un staccato brincador. Love of my life con la solemnidad de un baile de fiesta. Bueno, tal vez todos estamos de acuerdo que esos bailes de fiesta nos ayudan a seguir. Para tener nuestro gran pastel al final, como recompensa, como en esas celebraciones del cake-walk. Yo voy preparando esos pasteles para celebrar. Esperando que me llegue uno. Esperando acertar en algo. Que sea más que bailar saltando. Componer esos brincos inquietos. Ese componente de juego de la vida. Esa fiesta que voy desplegando, la que organizo sola y luego invito gente, o llegan sin ser invitados: esto es fantástico. Como Maël. Una fantasía acróbata. Una fantasía teatral. Una fantasía musical. Los bailes nos ayudan a seguir y componer. Hasta que un día están dentro de nuestro espíritu, y vamos bailando como cake-walk, para celebrar, porque el juego y el amor, era algo real. 

23 de mayo de 2025

Bajo el signo de la tormenta

Estoy contenta de haber llegado hasta los cuarenta años. Me encantaría continuar. Esta ficción agradable. Creo que me gusta pensarlo como ficción porque su realidad es tan inexplicable como enigmática. Me va mejor en lo otro. Selecciono, organizo, modifico, invento. En el otro plano, suelo ser una catástrofe. Se me viene encima. Pero disfruto. Eso sí. Disfruto mucho. Hoy estuve tocando un poco de música, fue emocionante. Escuchando a Maël en el piano cantando. Hemos estado hablando acerca de qué es ficción y qué no, sin llegar a conclusiones perentorias. Como siempre en estas cosas, me lo vivo con curiosidad, alegría, y agonía. Me río, por supuesto. Oscilo, como todo el mundo supongo. Del sentido al sinsentido. De las dudas a las certezas inestables, al barco a la deriva, al prado florido. La diferencia es que ahora es mucho más liviano todo. Tal vez pasando los cuarenta hay una sensación de haberlo logrado, y luego ya viene el gozar lo que queda. En una semana exactamente son tres vueltas al sol completas desde la inmersión de Adam, a los cuarenta años. No tengo tantas respuestas en relación a esto. Tal vez ni hace falta. Imagino que él está contento que yo sí pasé aquella edad, y sigo remando aunque a veces sea apenas, y otras veces, montada en una estrella fugaz. Es lo que dice Maël. Siente que avanzamos como estrella fugaz. A mí me parece normal. Lo que al mismo tiempo me genera interrogantes, porque no sé cómo más podría ser. Es como que tengo una sola velocidad: supersónica. Es la intensidad de la literatura tal vez. La concentración absoluta donde todo debe ser evaluado. Donde hay que observar hasta lo último que se asoma tras la colina. Lo que sí es bastante particular es que año tras año todo vaya repitiéndose. Con ciertas variaciones. Pero cada día es distinto, en algún sentido. Eso debe ser lo interesante. Lo que me mantiene arriba del barco. Le debo a la curiosidad tal vez esta estadía más allá de los cuarenta años. Secretamente voy celebrando cada día el poder estar todavía aquí. Le da una sustancia que me alegra, a los días. La primavera y la promesa del verano son siempre una motivación, y el miedo al otoño y al invierno nunca he podido sacármelo de encima. Hablé con Troy estos días y acordamos que nuestro vínculo poético podía tomar la forma de la amistad, luego de un silencio de meses, por iniciativa mía. Él estaba contento de esta propuesta. Me asombra mucho la consistencia de los distintos vínculos y la manera como comienzan, prosiguen, a veces se transforman, a veces se terminan. Cuarenta años no es suficiente para haber abarcado todas las sustancias posibles. Es como una playa interminable que se pierde en el infinito. Los asuntos humanos suelen tener esa consistencia. Lo que pone muy nerviosas a algunas personas. Todo intento de organización es vano y a veces criminal. En la placidez de este atardecer primaveral en Lyon quiero pensar que vendrán tiempos mejores para todxs, sin excepción. Que las personas que quedan van a poder llegar por lo menos a los cuarenta, sin contar a aquellos que van a aparecer, para seguir reflexionando acerca del presente, siempre tan misterioso. Yo me lo vivo como asombro, con curiosidad, como un gozo. Me siento cansada, pero siempre me queda el optimismo y la esperanza. La sensación de que el mundo y yo misma, vamos mejorando en aspectos importantes. Quiero creer. Quiero confiar que me queda tiempo. Que el esfuerzo podrá estar constantemente llevándome a nuevas cosas para vibrar al ritmo de los latidos de la tierra y del arte, como ha sido hasta ahora. Tal vez el signo de la tormenta está teñido del agradecimiento de poder llegar hasta el fondo de las cosas, con la expectativa de poder salir del agua siempre, o no. Bajo el signo de la tormenta nutro mi creatividad. El gozo es infinito, como esa playa interminable, donde Adam debe haber caminado tantas veces. Me gusta imaginármelo sentado en la arena, observando el océano, actividad que es una de mis preferidas desde siempre. Observar el mar. Creer adivinar su fuerza, sin tener idea. Sin vislumbrar nada lo que puede hacer o de lo que puede ocurrir, igual que en el existir tembloroso al que nos arrojaron, o que llegamos, o que nos invitaron. No pedí nada, pero ya que estoy aquí mejor celebrar. Mejor llegar a la cima del arte. Con un sentido todo es más fluido, como el mar. El signo de la tormenta a veces perdona, sé que Adam estaría de acuerdo conmigo. Tal vez lo que me gusta de la ficción es que puedo seguir imaginándolo, y sé que él estaría de acuerdo en caso de saberlo. La ficción es bondadosa, y nos entrega escenarios imaginarios para poder suavizar los que son más reales, o reales del todo. Quizá con Maël lleguemos a esas respuestas, dónde estaba ese límite de la ficción, dónde comienza otra cosa. Pase lo que pase, ya que llegué a los cuarenta, quiero, sin embargo, aferrarme a lo vivo. Que me perdonen por hoy los que ya no están. Necesito seguir imaginando para vivir. Necesito saber lo que es real. Para no perderme definitivamente en la ficción, una especie de locura divina, ancestral, poderosa e irrenunciable. Bajo el signo de la tormenta imagino para llegar al final de lo que mi cuerpo pueda entregar. Para todo eso que queda, que es la vida que hemos vivido, y la que nos espera. Yo sigo imaginando, y porque ese fue mi destino: siempre bajo el signo de la tormenta. 

22 de mayo de 2025

Ragazzo Sauvage de la Rivière

Maël va tomando distintas formas y la ficción no deja de extenderse. Vamos creando un laberinto. ¿Se puede salir después? Es la pregunta que nos hacemos. Qué temperamento que tienes, me dice. Me hace reír. Sin templanza y con temperamento, dice. Cierto, respondo. Si no eres tú será otro, le digo. Ah, tienes las ideas claras, Lisa. Para que veas. Me responde en latín y me hace reír. Lisa Miller, dice, como Henry Miller, soy la resurrección y la vida, síganme, o callen para siempre. ¿A eso te refieres?, me pregunta. A eso, le digo. Ahora es él el que ríe. Sonrío. Porque no sé hasta dónde se extiende la ficción. Nunca es posible tener ese control. Mon Ragazzo Sauvage de la Rivière, le digo, porque me manda una fotografía bañándose en el río, sin nada más que el aro que tiene prendido al lóbulo de la oreja. Gracias, le digo. Sabe que ese tipo de cosas aceleran mi pulso. Se lo digo, aunque ya lo sabe. Vuelve a reír. Tal vez lo importante de la ficción es que hace reír, de alegría, de emoción, de agitación, de inquietud. Le hablo de la selva interminable. Donde lo encontré. En realidad no lo encontré. Él me encontró. O nos encontramos. También sucede. Oscilo entre las ansias de su cuerpo y el amor que me suscita. Sé que a él le pasa lo mismo porque me lo dijo. Lo bueno de la ficción es que se puede decir lo verdadero. Se puede transformar en ficción lo verdadero. Se puede extender al infinito. Hacer crecer al laberinto, para nunca más poder salir. Para no poder distinguir una cosa de la otra, aunque luego todo se disipe y cada elemento esté en su compartimiento. Esto da lo mismo, ahora lo sé. Lo importante es extender la ficción, hasta que sea una historia. Bañarse en ese río. Sumergirse profundo, como Adam, aunque luego nos lleve a la muerte. Porque antes de eso hubo la vida. Hubo una inmensa vida. Una selva interminable, un parnaso explorado y vuelto a explorar. Hasta tener suficiente. Hasta que se manifieste la esencia. Hasta saber quiénes somos, y hasta dónde podemos llegar. El río de la ficción corre por nuestras venas y nos da la sensación de ser simios bañándose en el agua cristalina. Quiero ser un simio. Bañarme en ese río. Crear la ficción para hacer la historia. Esa historia cotidiana del río, de la corriente avanzando cauce abajo. Lentamente avanzando, y a una velocidad planetaria. Hay momentos en que sé con precisión por qué elegí este oficio. Porque la ficción es lo verdadero. Lo que quiero vivir contigo. 

Los ríos salvajes

Hablamos de ríos salvajes y junglas con Maël. De pronto me dijo: Je t’aime. Me sorprendió mucho. No me lo esperaba para nada. Por supuesto la nave espacial despegó inmediatamente. Desde luego en la ficción salvaje ese terreno es parnaso, igual que la selva. Sexy-wild fiction, me dice Maël. Yo voy por el quinto planeta de ese cosmos que me pilló desprevenida un día de abril estando yo en una reunión social con una barbacoa. Ahí estaba yo, y luego al terminar esa barbacoa fantástica donde se abordaron variados temas estrictamente relevantes sobre el existir, entonces unas palabras desde el cosmos. De qué se trata esto, me dije. Me intrigaron las frases que componían esa comunicación inesperada. De qué se trata esto. No daba con nada específico. Me declaré perdida. Clara me dijo, Lisa, está muy claro. ¿Ah sí?, le pregunté. Sí, respondió. No te escribe por eso que dice, afirmó Clara, te escribe porque quiere verte. ¿Ah sí?, pregunté. Mi ingenuidad no tiene límites a veces, Clara, le confesé. Contéstale, me dijo. ¿Ahora?, pregunté. Necesito unos días. Para entender. No hay nada que entender, Lisa, dijo Clara. De acuerdo, le dije. Empezamos a desvariar en relación a respuestas posibles. Nos pusimos a reír. Siempre hacemos eso. Reír. Los ríos salvajes hacen reír. De alegría, de emoción, de agitación, de inquietud, de selvas interminables, en definitiva. Me declaré habitante voluntaria de la selva interminable. Un simio verdadero. Dispuesto a todo. Igual que Starman Grimes, igual que Traviatitta Jungle. Dispuestos a todo. Explorar, explorar, esa selva, y esos ríos salvajes y planetarios, donde el cuerpo se sumerge para sentir el agua en la piel y calmar la exaltación constante. Dispuestos a todo. 

Traviatitta Jungle et Starman Grimes : un fantasme

Lo bueno de las historias es que pueden escribirse. Es que escuchando su voz se van escribiendo. Sintiendo sus palabras en mi cuerpo. Porque así se van sucediendo las palabras, van trepando por mi cuerpo que florece. Lo voy sintiendo en cada etapa. Sube desde los pies hacia arriba, para evaporarse cuando llega a lo más alto. Tal vez ahora sé que es ficción, y me fascina de esa manera. Porque puedo imaginar la historia hasta donde efectivamente va a llegar. Como si la ficción fuera en definitiva una intuición que luego se muestra verdadera. Mi cuerpo es real. Su cuerpo es real. Aunque está en las estrellas. Se pasea por los planetas. El mío está en el parnaso. En la ópera de la jungla. Una que contiene ingredientes disímiles. Tragedia, romanticismo, y plantas carnívoras. Bien adentro el signo de la tormenta. Eso siempre. Juntos en ese tornado eléctrico. Lo único real. La única fantasía que me enciende. La que me promete la explosión. Puedo sentirlo. La historia se va escribiendo. Lo único real. Esas ansias salvajes de su cuerpo. De su voz en mi cuello. De su afán de encontrarme. Para escribir juntos la historia planetaria. Porque fuera de este mundo es donde las cosas suceden. El dominio de la ficción. Lo verdadero. Cruzar las fronteras, cruzar las fronteras, llegar. Escribir en tu piel esas historias de la fantasía. Es lo único real ahora. 

21 de mayo de 2025

La invitación al parnaso: un fantasme

He estado llegando a conclusiones interesantes: no se puede escapar de la ficción. He estado llegando a primaveras interesantes: fantasías en flor bajo el signo de la tormenta. La ficción tiene eso de que te somete a compromisos. Entregas contigo misma sobre las que después se genera una deuda. Estos pactos generan cientos de riesgos. Tendrás las fantasías pero habrá la invitación. En el horizonte el parnaso y todo ese ancho mar a cruzar. Todo ese océano de las profundidades. Quién mencionó esas confidencias que arrastran al risco. Es la música. Esa comunicación que dice: de la ficción no se escapa. Entonces someterse al signo de la tormenta una vez más. Porque ya está en tus venas. Porque la energía de Adam está tal vez en ti misma, y entonces lo fulminante termina por perderse en el cosmos. No habías barajado esa posibilidad. Entras en el laberinto. Entonces te dices, como St. Vincent: prefiero que el énfasis esté en la música. Ahí es dónde voy a buscarlo. Ahí es donde la energía va a concentrarse. La invitación al parnaso es una fantasía. De esas que se concretan en el ámbito planetario. Te vuelves carne y estrépito. La materialidad un ansia. Una locura de la razón agitada. Frutillas para sentir lo dulce. Uvas para sentir lo que podría ser ese viñedo esperando un momento. Volverse carne es con riesgos. La ficción lo permite. Está dentro del contrato. Ese acuerdo implacable da flexibilidad al vaivén posible. De pronto todo se vuelve liviano. Como si ya no te perteneces. La ficción te guía y su camino es atractivo como el aroma de la piel, dulce como el vino, como una frambuesa extraviada en un prado. Ser carne es una especie de parnaso indeterminado. Es una fantasía que sienta las bases de la ficción perdida en una colina. Dónde estaba esa ficción. Era la que estaba buscando. Encontrarla es el inicio de la fantasía del parnaso vacilante. Toda ficción contiene una ambigüedad. En su seno está la alabanza a la carne. Porque es tal vez desde ahí que todo comienza. 

18 de mayo de 2025

El malestar

Creo que sucede así, un día, un buen día: te cansas. Entonces luego ya es otra cosa. Un día, no tan bueno, tocas fondo y luego identificas que ya no puedes llegar más abajo. Con dificultad te levantas de la cama, te preparas un café, te sientas a observar el día, oscuro porque es el invierno y la luz por ningún lado, y te dices: parece que algo no va bien. Tu empatía habitual por ningún lado, la paciencia es algo inexistente: qué pasa. ¿Pasa algo?, te preguntas. Sí, te respondes. Qué es lo que pasa. Estás a un centímetro de tomar el arma de fuego que no tienes y abrir ráfaga contra todo quien se cruce a importunarte. Desde esa melancolía bajo el agua viene de pronto una sensación de una especie de día de furia. El malestar se transforma en acción. Porque ya basta. Qué pasa. Luego es otra cosa. Identificas. Dejen de matar, de torturar, de explotar, ya no quieres que te roben, ni que te violen, ni que abusen de tu empatía, ni de tu cuerpo, ni que te pidan mantener relaciones sin motivación, o sin reciprocidad, no quieres que te manipulen, ni que te traten como idiota, ni que te traten como persona de segunda categoría por tu origen, o por tu sexo, ni que mientan en relación a ti o tergiversen la información, ni que te agredan sin motivos, ni que te mezclen en cosas que tú nada que ver, ni que te impongan maneras de proceder, ni que presenten leyes que perjudican a todas las personas que conoces, ni que deporten a gran parte de las personas que conoces, ni que las utilicen, y sobre todo no quieres que sigan matando a los seres humanos. A continuación identificas todo eso que no te gusta de ti, tu parte de la responsabilidad, todo eso que te condiciona a actuar de una cierta manera, que puede en ocasiones herir a los demás. Entonces te dices: hay que hacer algo. Como eso siempre es difuso, te pones a ordenar la casa completa, hasta que parece terreno minado luego de varias excavaciones, lo afrontas todo, absolutamente todo, que venga lo que sea necesario, aquí hay que intervenir, al mismo tiempo buscas las zapatillas de correr y sales a correr para aliviar ese dolor de cabeza primaveral que te persigue, lees la pila de periódicos atrasados, lo modificas todo, y te dices: es ahora. Esto no puede seguir así. Entonces todo se va aclarando, se va despejando, y tienes más respuestas. Sobre todo, llegas a una nueva serenidad, muy cercana a la furia del día del arma de fuego, pero transformada. Vuelves a sentarte con un café, y observas este nuevo presente. Vas a la ópera, una pieza llena de tormentas y fuerza, que te deja admirativa como no lo estabas hace tiempo, y te dices: existe. Se puede. Se puede. Vas viendo tu cantidad de energía y sabes que vas a tener que organizarla bien. Eres muy organizada. Eso no cambia. Pero tomas una linda decisión: ya no más de todo eso que aniquila tu energía. La situación es demasiado desesperada para que se vaya en disputas inconducentes, la justicia y el arte siempre esperando llegar a su tormenta cúlmine. La gran ola que pueda llegar lejos, como un llamado desde dentro de la tierra, volcanes en erupción que modifiquen el eje. Se acabó. Al fin de cuentas, estás tal vez en la mitad de tu vida. Si no eres capaz de observar atenta, entonces cómo. Entonces cómo llegar a la fuerza de esa ópera, a la potencia de esa orquesta, a la modificación de todo lo imaginable. No, no viniste a perder el tiempo. Llevas en tu cuerpo cuarenta y cuatro años de avalancha. Tu adorado Adam te dejó a mitad de camino porque ya lo había hecho todo. ¿Y tú? ¿Hacía dónde diablos vas? ¿Qué estás esperando? Tal vez te queda poco tiempo, Lisa, porque acuérdate que los de la especie de la tormenta de relámpagos eléctricos no les va tan bien en ese aspecto. El aspecto tiempo falla porque la intensidad tiene costos. Tú lo has conocido todo y puedes decir lo que tienes que decir. Ya lo has hecho, ¿no? Puedes hacerlo. Sabes perfectamente que lo puedes hacer. La pregunta es cómo. Esa es la pregunta eterna. La pregunta importante. La que te haces todos los días con un café al sol, o entre las nubes, o incluso en la lluvia de tornado que gira. Tu serenidad es más profunda. Esa gran ola ya no alcanza los peces que nadan en tu interior, esos que se llevaron a Adam. Tu océano ahora es calmo como un amanecer de mayo boreal escuchando St. Vincent y escribiendo porque es lo único que te interesa. Que alguna bondad haya de haber llegado hasta acá: esa serenidad de cientos de tormentas revisadas y vueltas a revisar. Tienes algunas respuestas: al fin. Tu cuerpo te las va indicando, tu cerebro flotante y agudo. Ya no más. El malestar, siempre, siempre, se transforma en arte y justicia. Mientras quede tiempo: ahora es el cosmos infinito. La paz y la felicidad perpetua, que vaya infundiendo parnaso para todxs. Porque esto siempre es colectivo. Siempre. El malestar se va transformando en arte y justicia entre todxs. El mundo abierto porque nunca fue nuestro. El mundo de la utopía porque es de nosotrxs. No nos pidan el cielo porque entregaremos la tormenta. Un día sucede. 

17 de mayo de 2025

Cosmos II

Mi deseo por ti es idéntico a la primavera. Se extiende como ramas por el cosmos. Trepa por las paredes y estalla en flores de colores. De dónde apareciste, Maël. ¿Desde el cosmos? ¿Desde el mar? ¿Desde lo salvaje indeterminado? En ese suspenso me encuentro. No puedo apagar lo que me enciende, canta St. Vincent. No apago lo que me enciende, insiste. Me pasa lo mismo. Lo que me enciende: jamás lo apago. En la primavera nací con cientos de flores alrededor. Me moví de hemisferio, mi aniversario cambió de estación, pero la primavera: ahí está. En mis venas. Aparecen los rayos de sol y se manifiesta, como convertirse en lobo con la luna llena. Aquí es algo parecido, pero yo me convierto en flor. En flor del cosmos. Me convierto en música que todo lo disuelve. El deseo llegó a mí, yo no hice nada, ni siquiera lo estaba buscando. Llamó a mi puerta. Ring my bell, como canta Blondie. Así fue aquí. Buenos días, ¿Lisa? Sí. ¿Llegó la primavera?, pregunté. ¿Estamos en el cosmos? ¿Quién eres? No apago lo que me enciende, dije. Llegó la primavera, respondió. De acuerdo, le dije. Vamos entonces. Vamos a ese cosmos que nos espera. A ese universo de la falta de templanza que es lo único que conozco, ¿y tú? No puedo apagar lo que me enciende, respondió. Así veo, le dije. Me alegro mucho. La primavera guarda secretos que nunca termino de conocer. El signo de la tempestad y sus explosiones precisas. Como si hubiese una premura absoluta. El deseo tiene eso de enigmático. Se abre camino como las enredaderas en primavera. Escala lo rugoso hasta llegar a la cima. Claramente no hay que apagar lo que enciende. 

Cosmos

¿Se acaba el invierno? Tal vez sí vivía en el mundo de la fantasía, a pesar de lo que le dije a mi madre a los tres años. ¿Crees que vivimos en el mundo de la fantasía?, le pregunté. Le hice ver que estaba pidiendo demasiado. Conocía mis límites, y creía conocer los límites del mundo, no todo iba a salir tan perfecto como ella estaba proponiendo. Pero qué es la perfección. Tal vez es una sensación, opacada incansablemente por cientos de cosas que no lo son, en ocasiones para nada. Qué es el destino. ¿Un cosmos que flota? ¿Un cosmos que integramos como suspendidos en una nave espacial? ¿Unas notas en el piano que nos destruyen de pasión? Debussy identificó esto del destino. Algo que sube y baja y nos hace añicos en el intento de alcanzarlo. Algo imposible y esencial. Algo nítido como el cosmos. Como las palabras que nos insuflan parnaso para seguir escuchando el canto de los pájaros que va desapareciendo. Cada año menos pájaros, dicen los ornitólogos. Yo no puedo vivir sin los pájaros. No puedo vivir sin la fantasía. No puedo vivir sin la música. Son cosas de primera necesidad, como diría Nicanor Parra. Artículos de primera necesidad que son un lujo. Ahora sabemos también que los momentos sin que nadie sea destruido son un lujo también. Pero es la primera necesidad. Honrar la vida. De las personas y los pájaros. ¿Se va acabando el invierno? ¿Viene el cosmos a elevarnos? ¿A dejarnos flotando por universos desconocidos? En esta mañana asoleada de mayo le pido a la vida que no se rinda. Que la música llegue. Que lo perfecto, no por olvidado, se muera. Aprendamos del mundo de la fantasía. 

Doctor Gradus ad Parnassum

Quisiera que mi vida sea idéntica a Doctor Gradus ad Parnassum de Debussy. Que no haya ninguna diferencia. Idealmente en una mañana asoleada, pero puede ser también en la noche estrellada, o las dos. O en todos esos momentos del milagro. De amor a la vida. Del optimismo y del agradecimiento por la música y la belleza. Lloro con esta pieza. Porque está tan cerca de mi alma. Parece que hubiesen nacido al mismo tiempo, mirándose, comunicándose con una sonrisa. Es una sonrisa de complicidad. De confirmación de un mensaje recibido. Un mensaje que tiene relación con que queda tiempo, con que las frases pueden organizarse y significar algo. Esta mañana asoleada de mayo mi espíritu danza con esas notas que me mantienen en suspenso. Es mi estado normal. Un suspenso que no tiene final. Unas notas que no terminan de resolverse. Que suben, bajan, y vuelven a subir, y vuelven a bajar y todo se mantiene flotando porque mi cerebro está incesantemente obnubilado, y mi corazón se subyuga al momento. Mi estado natural es el del parnaso con interrupciones. Recorro escaleras que no van a ningún lado y es mucho mejor así. Sigo las notas, que me elevan. Disfruto. Porque tanta belleza puesta al alcance del cuerpo es una motivación para fijar las líneas. Esas que no van a ninguna parte. Pero terminan por encontrarse. Escaleras que llegan. Que parten. Que recomienzan. Las certezas son una burla, como el título de la obra de Debussy. Yo quisiera una larga tregua adherida a estas notas, a este vaivén mágico, a ese humor que es también el mío. En el parnaso las preguntas, para olvidar las respuestas. Qué es la vida: unas notas en el piano que nos van guiando hacia algún lado desconocido, al que terminamos de llegar, o no. Hoy mantengámonos en esa cadencia porque sugiere. Porque volar también es la vida, sin templanza ni mesura. Ese cosmos que nos vio nacer y nos acompaña como las notas de un piano que nos eleva. Mis pies nunca han estado verdaderamente en la tierra. La belleza siempre me exaltó hasta las lágrimas. Comparto un destino con esas composiciones que destruyen de pasión. Es lo único que conozco.  

16 de mayo de 2025

La tempérance

Me llama Maël para decirme que debo invocar a la templanza. Lisa, pide templanza para ofrecer arrebato a la pasión. Pero hay un problema, un pequeño detalle, algo que él no sabe: esa es una palabra que no está en mi léxico. No conozco su significado. Voy a mi diccionario interior y reviso: templanza. No está. Dónde está, dónde está. Cómo poder invocarla. Cómo es ese procedimiento. ¿Tiene reglas? ¿Etapas? ¿Progresiones? ¿Ritmos? Observo la palabra de nuevo: templanza. Vuelvo a repasar a ver si la encuentro. No. Debe ser algo. Debe querer significar algo. Tal vez puedo inventar un significado, pero ya no será la templanza. Una templanza adaptada para personas de la especie de seres habitados por la tormenta de relámpagos eléctricos. Tiene que ser posible. Indago un poco más. Quiero saber a qué se refiere esta palabra, me da curiosidad. Debe ser una palabra con bondades. El signo de la tempestad la borró de su lista. Entonces le propongo otra: cosmos. Tal vez esa es la integración completa. Quizá esa puede situarnos afuera de la vorágine. A un paso de la ficción que transforma todo en debacle. Dejé al caos y dejé a la poesía cuando es etérea: quiero otra cosa. Aspiro al cosmos completo. Invoco a la explosión total de las estructuras. Llamé a Maël para advertirle que no conozco esa palabra. De acuerdo, me dijo. Se hacía miles de preguntas. Le advertí que había invocado a la tormenta. A la energía fulminante de quienes van a modificarlo todo, como Adam, como yo. Es lo único que conozco. 


15 de mayo de 2025

Ya no vas a volver

Tres años ya desde tu buceo infinito, Adam. Esa travesía que nunca tuvo final. Tres largos años, que me han transformado, no te imaginas cómo. Igual que siempre en mayo los rayos de sol llegan de una manera al río que se reflejan por toda mi casa dando movimiento de hojas y círculos misteriosos de luz desde las ventanas al atardecer. Todo baila incesantemente, como si estuviese bajo el agua, como tú. Es un espectáculo muy bello, como tú eras. La luminosidad de la primavera alerta hasta el último átomo de mi cuerpo. Como lo que le causabas tú. ¿Estás aquí? Pensaba en ti ayer, le decía a mi madre que fuiste tú el que me enseñó que no debía nunca amoldarme, si no transformar en capacidades lo que se me señalaba como defectos. Lo seguí al pie de la letra. ¿Te das cuenta? ¿Te das cuenta cómo todo queda? Cómo las cosas que expresamos siguen viviendo en los demás. ¿Te das cuenta cómo sigues cambiándolo todo? A pesar de tu ausencia. A pesar de tu pacto con los peces de colores. Compartíamos la misma energía explosiva. Cuando todo terminó porque nuestra unión era tan fulminante que había dislocado el eje de la tierra fuiste un día igual a mi casa, aunque habíamos acordado no hacerlo. Querías respuestas. Querías desafiarlo todo, porque así hacías las cosas, no te rendías nunca. Te pedí que habláramos en otro momento porque nuestra avalancha no podía seguir arrasándolo todo. Cuánto daría por poder hablar contigo ahora. Por poder contarte todo sobre este presente fulminante como tu vida. Sobre este presente sin explicaciones ni frenos, como tu impulso. Conocí a alguien, Adam, alguien que me embruja. Alguien que me recuerda a ti y a tu energía detonante. ¿Te imaginas? Tres años después de tu partida alguien que es de nuestra especie: la de los seres habitados por la tormenta de relámpagos eléctricos. Cuánto daría por escuchar tus aventuras. Por saber acerca de tus pasiones y descubrimientos que me cautivaban. Por escuchar tus reflexiones que me dejaban pensando días, semanas, años. Sigo pensando en todas las cosas que hablamos. Abarcamos todo el espectro de cosas relevantes en este existir. Ya te dije que me dejaste sola, y ahora sigo pensando en todo eso, pero junto al río y sólo con tu recuerdo, que es tan nítido como todo lo que tú descubrías: de una sabiduría a prueba del tiempo. Todo ha quedado aquí. Está en mí, está en mi casa, está mis libros, está en mi esperanza, y en mi necesidad de una tregua a tu ausencia. Si tu amor era un ancla que me ataba a la vida y estoy perdida en el mar es porque no sé si esas interacciones esenciales van a volver a sucederme. No pierdo las esperanzas. Tal vez le sugeriste al destino que lo trajera. A esta persona que responde al signo del tornado, como nosotros. Somos del signo de la tormenta eterna. ¿Lo sabías? Cuarenta años te bastaron para pulverizarlo todo. Para alcanzar todo lo posible. Soy más flemática que tú tal vez, pero mi energía es idéntica. ¿Vas a decir algo cuando yo sienta que llegué a la cima de mi arte? ¿Vamos a celebrar? Cuando hablábamos de todas estas cosas imprescindibles yo no tenía la noción real de que esa exploración conjunta no sería infinita. Tu energía parecía ilimitada. Ahora sé que una cosa tal no existe. Ahora sé que la naturaleza de los seres fulminantes está bajo el signo de la debacle y la creación eterna. Te extraño, Adam, me gustaría conversar contigo. Sentir que una vez más me ilumina tu estrella. No descanses, vuelve, aunque sea bajo el signo de la tempestad. Dime dónde puedo encontrarte. Tu energía está en alguna parte. Era infinita como tu paso por mi cuerpo. Te extraño, Adam, no dejes de transformar mi mundo.