Hoy en la mañana, un bello día de canicule (35 grados de calor ininterrumpidos hasta la noche), llegó a mi puerta una persona que decía traerme el colchón que compré. Pero traía una caja. Por qué compré un colchón, porque el mío era del siglo pasado y tenía surcos que no podían arreglarse a pesar de las ganas. Qué es esta caja, le digo. Un colchón. Está enrollado, me dice. Listo, me voy. Firme aquí. ¿Hay que inflarlo?, le pregunto. ¿Como una rueda de bicicleta? ¿Como un flotador de la piscina? No sé, me dice. De acuerdo. Firme, insiste. Espere un momento, le digo. Tiene que llevarse este, el colchón del siglo pasado. Por supuesto que no, me dice. ¿No? Es lo que se me indicó, le digo. Nada está ocurriendo, le digo. Llamemos a la persona con la que hablé, le propongo. Firme aquí. Espere le voy a mostrar donde se indica que tiene que llevarse el colchón del siglo pasado. Vuelvo. No encontré nada, le digo. Las cosas no están en su lugar en mi casa en este momento con la llegada del piano nuevo. Pero eso no se lo digo, pero lo pienso, porque no encuentro nada. Ni el teléfono de la persona con quién firmé ese documento del colchón que se supone que no era una misteriosa caja. Me tengo que ir, me dice, cada vez más exasperado. Un momento, le dijo. Se pone a llamar él, me pasa personas en el teléfono, pero ninguna es la persona con la que yo tengo que hablar, más bien me pasa en el teléfono personas con las que él quiere hablar que indican que hay que firmar a toda costa, da lo mismo la caja, y el colchón del siglo pasado, y todo eso que no está sucediendo, y tal vez otras cosas que se podrían haber arreglado con una firma, pero nada se arregla, y todo son cada vez más problemas, y personas en el teléfono, y nunca la persona que yo quiero. Si no va a firmar, yo me voy, me dice, y toma la caja con decisión. Adónde va, le pregunto. Me voy. ¿Con mi colchón? ¿O mi flotador? ¿O mi rueda de bicicleta? Con qué voy a inflar todo eso. Se sube al ascensor. Pero no hemos hablado con la única persona con la que teníamos que hablar, le digo. La única que podía tener las respuestas que necesitamos, y no esas seudo respuestas que nos están confundiendo aún más, porque ya no sé si tengo que dormir en un flotador o qué. Ni qué hacer con el colchón del siglo pasado. Sostengo la puerta del ascensor mientras continúa la conversación, que no logra avanzar porque todo es misterio e interrogaciones y el hombre del flotador toma la caja, baja del ascensor porque no puedo firmar sin antes resolver los misterios que nos asaltan, y decide bajar por la escalera con su cofre indescifrable, y sin el colchón prehistórico con surcos donde me hundía cada noche, y voy a tener que seguir haciéndolo, porque el hombre del cofre se llevó el flotador por la escalera, o lo que sea que había dentro de esa arca. Baja como puede la escalera con el recipiente, no resulta fácil, mientras lo observo llevarse la posibilidad de dormir fuera del surco que me traga cada noche como si soñar cosas absurdas no fuese suficiente, situaciones en que las cosas parece tener sentido. Pero el señor del cofre confirma que nada tiene sentido, sobre todo no nuestra conversación que termina con él descendiendo la escalera, flotador en mano. Cierro la puerta y devuelvo el lugar de los surcos a su puesto porque tengo que volver a dormir cuando llegue la noche. Logro ubicar a la persona que me mandó un flotador en un cofre, se oye calmado, explica el error, llegamos a un acuerdo de fechas, y vuelvo a llamar al señor del cofre para decirle que estamos exentos de responsabilidad, y que nada tenía sentido pero tal vez nuestras vidas sí, y luego encuentro el documento y le envío una foto donde se indica que él debía llevarse el lugar de los surcos, le digo que lamento el sinsentido en el que nos sumieron, por razones que nos exceden, y me manda un audio donde me dice que no hay problema, que todo será mejor mañana, que habrá sentido, que tal vez no habrá más sangre en los surcos, como en el himno de Francia, esa sangre impura de los surcos, y lloramos los dos por el teléfono y tomamos café y hablamos de los surcos y las pesadillas, y la sangre, y los colchones que parecen flotadores, y de la muerte, y de las firmas, e intentamos reparar, y terminar con las pesadillas, pero no acaban, si no que empeoran, y no hay manera de hacerlo mejor porque gobiernan personas con cabeza de flotador lleno de piedras, y seguimos llorando, y seguimos tomando café, y ya mañana será otro día, tal vez igual al anterior, con surcos, hasta nuevo aviso.