Mi existencia es similar a una película de ficción. A veces una de terror, y a veces una tipo “La novicia rebelde”, cantando por los pastizales, entonando canciones simples, como “do, un ciervo, re, un rayo de sol, mi, el nombre que me doy a mí misma, fa, un camino más largo a recorrer”. Algo por ahí. Pero claro, pierde en la traducción, porque ciervo no empieza con do, un rayo no es re, yo no es mi, y fa, nada que ver con un camino más largo por delante. Pero se entiende la idea. Un día donde la existencia es amable y hay notas musicales. Donde uno va medio saltando por la colina. Otras veces, la vida es como una película de Emir Kusturica, en cuanto a lo inesperado y festivo. Eso es lo que me ocurrió el viernes. Vamos entonces a lo que nos convoca, las aventuras de tan singular velada. Le escribí a Grégory para comunicarle que no había podido asistir a su obra de teatro, porque estaba enredada en tramas de pasión, que lo lamentaba, pero le envié mis coordenadas de ese cálido atardecer, por si quería sumarse. Intercambiamos unos mensajes, pero luego vino lo que siempre pasa, esa parte (la primera) en que la ficción se cuela, y yo le contesté cuando él no vio el mensaje y él me contestó cuando yo no vi el mensaje. Una especie de Romeo y Julieta, de misivas que llegan tarde, noticias que no componen el presente. Pero en este caso no hubo suicidio ni muerte. Lo que ocurrió es que cuando llegué a mi casa, tenía un sinfín de mensajes. Lo hago partícipe de la información: ya llegué a mi casa. Veámonos ahora, me dice. Pero dónde, le digo yo, acabo de entrar. Donde quieras, me dice. De acuerdo, respondí, señalando un bar que queda cerca de mi departamento. Era más de la medianoche. El bar cerrado. Bájate en el metro tal, le propongo. Caminé hasta allá. El barrio estaba como que todos ya estaban durmiendo hace rato. Un desierto de cemento. Nos encontramos, a la salida del metro. Aquí estoy, le dije, soy real, existo. Así veo, me dijo. Nos pusimos a caminar sin rumbo fijo. Hacia el bar imposible porque todo estaba clausurado por la hora. Aquí viene esa parte (la segunda), donde la ficción ingresa en el presente. De la nada, se abre una puerta, y dentro, una fiesta iraquí. Alguien cantando fantásticamente en árabe, con otra persona que lo acompañaba en un teclado, otras personas bailaban, y la algarabía era visible, imagino que los comensales llevaban varias copas encima, porque eran ya más de la una de la madrugada. Con una amabilidad impresionante, nos dijeron, únanse a la fiesta. Recapitulemos, caminando por la acera sin destino, y de pronto abducidos por un convite iraquí de lo más animado. Nos miramos con Grégory, sorprendidos, de dónde salía este festejo recreado como por autogénesis, que nos dejó instalados en el bar de un gran alboroto, de un segundo al siguiente, en un barrio baldío. Saludamos, aceptamos unas cervezas. Se abría un agujero en el tiempo. Bailamos, qué más íbamos a hacer, la danza era magnífica, e integramos inmediatamente la coreografía, como si hubiésemos nacido dando esos pasos y moviendo los brazos de esa manera. Grégory pidió un par de canciones, me comentó que conocía esa música por su infancia en Paris. No tuve tiempo de preguntarme a mí misma qué hacía yo ahí, lo que es siempre muy agradable. Entregarse a ese presente despojado de obstáculos. Donde lo único que importa es cantar y bailar. Lejos del do, re, mi de Julie Andrews, y tan cerca de otra cosa, nueva, mágica. Sí tuve tiempo de observar a los participantes, por todas partes era una especie de caos vital, que me hizo reír. Pequeños dramas y tragedias por todos lados, peleas y abrazos. Por supuesto a medida que avanzaba la noche el cuerpo de Grégory y el mío estaban cada vez más cerca, hasta llegar al franco contacto físico, y de pronto estábamos tan cerca, que nos besamos. En medio de esa música que inspiraba. A mí las ficciones ya no me atemorizan. Al contrario, me encantan. Mientras más desconcertantes se presenten las horas encima mayor el gozo. Eso fue. Tengo una pasión insaciable por la ficción. Ahora sé que también por las celebraciones iraquíes. Grégory todavía no sé, porque la pasión también requiere trabajo. Este punto ya lo hemos tratado en otros libros, la pasión por el presente, la libertad, la literatura, el amor. Lo que me alegra es esa capacidad de la existencia de regenerarse. De sorprenderte una y otra vez. Abducirte cuando ibas por el barrio yermo. Llevarte a lo desconocido. Sin preguntarte nada. Eso creo que es lo que atesoro más cerca de mi corazón, la incertidumbre absoluta que nos calcina, y el control inexistente que tenemos de las cosas que ocurren. Escucho ahora la versión acústica de la canción “Free” de Prince, bajo un sol de más de treinta grados, en una ciudad presa del incendio. Tal vez la vida sí me permita una tregua de la despedida que llevo encima. Prince es tan sensual. Todo, su voz, su guitarra, sus letras, su ritmo, su atmósfera. Luego de tres meses sin haber yo dado señales de existir en la realidad, estoy contenta de haber conocido a Grégory. Sobre todo, en una reunión de esas características. Hibris pura. Yo sé que la desmesura es lo que esconde mi espíritu. Estar viva es ya un placer. Que sea bailando en un verano de fuego. Sé que tu corazón late, mi baterista me lo dice, si das por sentada tu vida, tu corazón dejará de latir, canta Prince, así es que no duermas hasta sentirte culpable, porque todos somos pecadores, hay otros que hacen cosas mucho peores que nosotros, así que alégrate de ser libre. Estoy ya cerca de la vida, la rozo, la acaricio, la siento en mi piel. Vivir es simplemente un milagro. Con pasión se vuelve trama.