He estado llegando a conclusiones interesantes: no se puede escapar de la ficción. He estado llegando a primaveras interesantes: fantasías en flor bajo el signo de la tormenta. La ficción tiene eso de que te somete a compromisos. Entregas contigo misma sobre las que después se genera una deuda. Estos pactos generan cientos de riesgos. Tendrás las fantasías pero habrá la invitación. En el horizonte el parnaso y todo ese ancho mar a cruzar. Todo ese océano de las profundidades. Quién mencionó esas confidencias que arrastran al risco. Es la música. Esa comunicación que dice: de la ficción no se escapa. Entonces someterse al signo de la tormenta una vez más. Porque ya está en tus venas. Porque la energía de Adam está tal vez en ti misma, y entonces lo fulminante termina por perderse en el cosmos. No habías barajado esa posibilidad. Entras en el laberinto. Entonces te dices, como St. Vincent: prefiero que el énfasis esté en la música. Ahí es dónde voy a buscarlo. Ahí es donde la energía va a concentrarse. La invitación al parnaso es una fantasía. De esas que se concretan en el ámbito planetario. Te vuelves carne y estrépito. La materialidad un ansia. Una locura de la razón agitada. Frutillas para sentir lo dulce. Uvas para sentir lo que podría ser ese viñedo esperando un momento. Volverse carne es con riesgos. La ficción lo permite. Está dentro del contrato. Ese acuerdo implacable da flexibilidad al vaivén posible. De pronto todo se vuelve liviano. Como si ya no te perteneces. La ficción te guía y su camino es atractivo como el aroma de la piel, dulce como el vino, como una frambuesa extraviada en un prado. Ser carne es una especie de parnaso indeterminado. Es una fantasía que sienta las bases de la ficción perdida en una colina. Dónde estaba esa ficción. Era la que estaba buscando. Encontrarla es el inicio de la fantasía del parnaso vacilante. Toda ficción contiene una ambigüedad. En su seno está la alabanza a la carne. Porque es tal vez desde ahí que todo comienza.
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