18 de diciembre de 2015

Volando sobre el océano. Azul, límpido. Hoy dejo de avalar.

Tengo dudas. No de esas dudas del miedo, de la incertidumbre. Son esas dudas -por el contrario- que nacen de esas certezas que se muestran a medias, a ratos, pero esa pequeña porción se instala. Ese instalarse significa una adherencia que no permite seguir adelante sin consecuencias. Es una instalación tan adhesiva que no permite la indiferencia. Luego de los atentados en Paris sentí una necesidad enorme de decir eso que ya venía incubándose en mí. Pero la atención del presente me impidió darme ese momento de reflexión que crea, que logra ordenar esas sensaciones, a veces dispersas pero que no perdonan. Ahora vuelo sobre el océano, rumbo a mi país natal, lo que me da la posibilidad de detenerme un momento. Y veo que tenía -o tengo-, tantas cosas que decir. Tantos sentimientos encontrados. Una desesperanza, pero es más una esperanza que una desesperanza cuando la miro más de cerca. Quisiera como este avión abstraerme de todo, volar alto, si eso significa fuera. Pero algo me dice que puedo actuar desde dentro, un dentro estando fuera. O sea un fuera, estando dentro. Un dentro libre. Tanto tiempo que lo busco. No me parecía necesario, siempre alineada con el entramado de sistemas que hemos creado. Pero ya pierde el sentido. El entramado se ha vuelto demasiado tecnificado, ambicioso, alienado. Un entramado que cuesta ya verle el lado humano. O suficientemente humano. Humano de esa calidad cercana al corazón. A ese amor y paz que todos aspiramos. Lo reconfortante es –sin embargo- que esa sensación de estar inerme ha dado paso estos días a la sensación contraria, a un poder posible, a un poder que tenemos que nadie nos va a arrebatar. Pero lo que sí, debemos reenfocar el camino. Identificar esa humanidad inconsciente que a veces nos gobierna, y darnos cuenta claramente que nos falta evolución. Crítica. Reflexión. Consciencia de cada paso que damos. Una consciencia a toda prueba que no permite el gato por liebre. La seguridad por la emancipación. Tenía tanta pena de lo que creía se había convertida la Francia que otrora tanto admiré. Pero la carta que escribieron los artistas a Marine Le Pen, diciéndole “todo es incompatible entre nosotros”, me da devuelto el alma al cuerpo, como una suerte de calor que se siente dentro en lo profundo del propio ser de cada uno. Como una luz en un camino que parecía ponerse tan negro. Bien, estamos mirando desde arriba, desde nuestra consciencia. Ya siento como tantas, tantas palabras que he leído las últimas semanas se van encontrando en el mismo camino que creía borrado. Como una sabiduría a prueba de todo, capaz de derrocar toda esa basura que intenta poblar nuestras mentes, quiero creer que sin éxito, si no en la mayoría de los casos, al menos en una mayoría significativa. La evolución está llegando. La consciencia está expandiéndose. Lo sé. He leído muchas de esas palabras. He borrado muchas otras que iban en sentido contrario, a las cuales puedo renunciar haciendo uso de mi libertad, tan preciada, que tanto he buscado, y que hace unos años he creído –o sentido- encontrar, en múltiples momentos. He vuelto a creer en la Francia que alguna vez imaginé, a fuerza de idealizarla por desconocerla, por conocer(la) tan poco. Y esa esperanza está aquí quizá para quedarse. Pero yo sigo con dudas. Son unas dudas más profundas, quizá más personales o quizá ni siquiera. Quizá esa sensación de aislación es justamente lo que está comenzando a acercarme verdaderamente a los otros. Quizá somos muchos. Pero el estado embrionario -aunque ya definitivo- no me permite ver aún tan lejos. Pero una cosa la empiezo a ver clara. No quiero seguir alimentando este sistema alienado. Quiero, por ejemplo, encontrar un real sentido a los estudios que he decidido hacer. Y sino dejarlos de cuajo, reenfocar, no perder el tiempo. Es difícil escribir en el escritorio cuando hay personas ahogándose. Ahogándose mientras buscas causas remotas, para ese hecho tan real, tan palpable, tan desesperado. Después de todo, no hay tanto tiempo, y las personas terminarán de ahogarse todas antes de que pueda realmente ordenar las causas, los fenómenos, la miseria y la virtud que permite, condensada en entramados inespecíficos, tornarse en consecuencias a ratos tan extrañas, a mis ojos, que harto han mirado, pero vuelven a llenarse de dudas. ¿Por qué hago lo que hago?, ¿por qué estoy haciendo lo que estoy haciendo? Respuestas rotundas son la única salvación para continuar haciéndolo. Sino, al descampado, no habría coraje posible para llevar a cabo la tarea. El sentido demasiado remoto no sirve a la contienda. Porque termina venciendo la desigualdad, porque las contiendas suelen ser desiguales. Lamentablemente. No hay tanto, tanto tiempo que perder. Y mi escape a la literatura vuelve a encontrar un sentido a las cosas, tanto así que parece el único camino posible. Y veo más probable cambiar el sentido de nuestro devenir, con un buen calor para el alma, con una buena educación, con una buena información, con una expansión de la consciencia que quizá nos pueda dar la literatura, entre otras cosas, que con cualquier otro medio, o fin, que solo vaya a llenarnos de miedo y más dudas, de esas que dan más miedo, y traen más dudas –con consecuencias nefastas y desalmadas- que nos desarticulen, dejándonos realmente inermes, con esa fragilidad que sólo nos desarma, más que construirnos. Entonces que alguien responda, ¿de qué manera hacer un doctorado no alimenta al mismo sistema? ¿Cuáles son los caminos reales que podríamos hacer disponibles para no avalar tanto descriterio, tanta ambición vacía? Recuerda, las personas están ahogándose. Recuerda, el nivel de consciencia no subirá por arte de magia. Se requiere más. Se requiere actuar. Se requiere decir. Se requiere dejar de avalar. Se requiere claridad. Se requiere dejar de comprar. Se requiere apagar la televisión. Se requiere cultivar la huerta. Se requiere libertad. Se requiere coherencia. Se requiere valentía. Se requiere humildad, mucha humildad. Se requiere dar el ejemplo. Dar el ejemplo. Amar, amar. Se requiere gentileza, respeto. Mostrar la disección de un corazón, con sus vericuetos llenos de emociones quizá nos sea hasta más útil, a nuestros propósitos. Actuar, o cambiar el rumbo y la disposición mediante la palabra. Una de dos. O las dos. Pero nunca es posible hacer múltiples cosas bien. Quizá un día está bien optar. Quizá un día está bien reflexionar y elegir, y renunciar. Y dejar de avalar. Por todas y cada una de las personas víctimas de este entramado, hoy dejo de avalar. Hoy reflexiono antes de alimentar. Hoy digo bienvenida a la verdadera libertad. Hoy estoy muy arriba, como este avión, pero más dentro de la humanidad que nunca. Hoy soy más libre y más humana que nunca antes. Hoy digo no al entramado victimario, y saludo a la consciencia de saber que todos y todas merecen una oportunidad, que somos una misma cosa, pero tan libres que no queremos hacernos daño. Hoy quiero que todos los seres, en todos los mundos, sean felices y vivan en paz. Hoy es el primer día del resto de mi libre vida.