17 de mayo de 2025

Cosmos II

Mi deseo por ti es idéntico a la primavera. Se extiende como ramas por el cosmos. Trepa por las paredes y estalla en flores de colores. De dónde apareciste, Maël. ¿Desde el cosmos? ¿Desde el mar? ¿Desde lo salvaje indeterminado? En ese suspenso me encuentro. No puedo apagar lo que me enciende, canta St. Vincent. No apago lo que me enciende, insiste. Me pasa lo mismo. Lo que me enciende: jamás lo apago. En la primavera nací con cientos de flores alrededor. Me moví de hemisferio, mi aniversario cambió de estación, pero la primavera: ahí está. En mis venas. Aparecen los rayos de sol y se manifiesta, como convertirse en lobo con la luna llena. Aquí es algo parecido, pero yo me convierto en flor. En flor del cosmos. Me convierto en música que todo lo disuelve. El deseo llegó a mí, yo no hice nada, ni siquiera lo estaba buscando. Llamó a mi puerta. Ring my bell, como canta Blondie. Así fue aquí. Buenos días, ¿Lisa? Sí. ¿Llegó la primavera?, pregunté. ¿Estamos en el cosmos? ¿Quién eres? No apago lo que me enciende, dije. Llegó la primavera, respondió. De acuerdo, le dije. Vamos entonces. Vamos a ese cosmos que nos espera. A ese universo de la falta de templanza que es lo único que conozco, ¿y tú? No puedo apagar lo que me enciende, respondió. Así veo, le dije. Me alegro mucho. La primavera guarda secretos que nunca termino de conocer. El signo de la tempestad y sus explosiones precisas. Como si hubiese una premura absoluta. El deseo tiene eso de enigmático. Se abre camino como las enredaderas en primavera. Escala lo rugoso hasta llegar a la cima. Claramente no hay que apagar lo que enciende. 

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