23 de mayo de 2025

Bajo el signo de la tormenta

Estoy contenta de haber llegado hasta los cuarenta años. Me encantaría continuar. Esta ficción agradable. Creo que me gusta pensarlo como ficción porque su realidad es tan inexplicable como enigmática. Me va mejor en lo otro. Selecciono, organizo, modifico, invento. En el otro plano, suelo ser una catástrofe. Se me viene encima. Pero disfruto. Eso sí. Disfruto mucho. Hoy estuve tocando un poco de música, fue emocionante. Escuchando a Maël en el piano cantando. Hemos estado hablando acerca de qué es ficción y qué no, sin llegar a conclusiones perentorias. Como siempre en estas cosas, me lo vivo con curiosidad, alegría, y agonía. Me río, por supuesto. Oscilo, como todo el mundo supongo. Del sentido al sinsentido. De las dudas a las certezas inestables, al barco a la deriva, al prado florido. La diferencia es que ahora es mucho más liviano todo. Tal vez pasando los cuarenta hay una sensación de haberlo logrado, y luego ya viene el gozar lo que queda. En una semana exactamente son tres vueltas al sol completas desde la inmersión de Adam, a los cuarenta años. No tengo tantas respuestas en relación a esto. Tal vez ni hace falta. Imagino que él está contento que yo sí pasé aquella edad, y sigo remando aunque a veces sea apenas, y otras veces, montada en una estrella fugaz. Es lo que dice Maël. Siente que avanzamos como estrella fugaz. A mí me parece normal. Lo que al mismo tiempo me genera interrogantes, porque no sé cómo más podría ser. Es como que tengo una sola velocidad: supersónica. Es la intensidad de la literatura tal vez. La concentración absoluta donde todo debe ser evaluado. Donde hay que observar hasta lo último que se asoma tras la colina. Lo que sí es bastante particular es que año tras año todo vaya repitiéndose. Con ciertas variaciones. Pero cada día es distinto, en algún sentido. Eso debe ser lo interesante. Lo que me mantiene arriba del barco. Le debo a la curiosidad tal vez esta estadía más allá de los cuarenta años. Secretamente voy celebrando cada día el poder estar todavía aquí. Le da una sustancia que me alegra, a los días. La primavera y la promesa del verano son siempre una motivación, y el miedo al otoño y al invierno nunca he podido sacármelo de encima. Hablé con Troy estos días y acordamos que nuestro vínculo poético podía tomar la forma de la amistad, luego de un silencio de meses, por iniciativa mía. Él estaba contento de esta propuesta. Me asombra mucho la consistencia de los distintos vínculos y la manera como comienzan, prosiguen, a veces se transforman, a veces se terminan. Cuarenta años no es suficiente para haber abarcado todas las sustancias posibles. Es como una playa interminable que se pierde en el infinito. Los asuntos humanos suelen tener esa consistencia. Lo que pone muy nerviosas a algunas personas. Todo intento de organización es vano y a veces criminal. En la placidez de este atardecer primaveral en Lyon quiero pensar que vendrán tiempos mejores para todxs, sin excepción. Que las personas que quedan van a poder llegar por lo menos a los cuarenta, sin contar a aquellos que van a aparecer, para seguir reflexionando acerca del presente, siempre tan misterioso. Yo me lo vivo como asombro, con curiosidad, como un gozo. Me siento cansada, pero siempre me queda el optimismo y la esperanza. La sensación de que el mundo y yo misma, vamos mejorando en aspectos importantes. Quiero creer. Quiero confiar que me queda tiempo. Que el esfuerzo podrá estar constantemente llevándome a nuevas cosas para vibrar al ritmo de los latidos de la tierra y del arte, como ha sido hasta ahora. Tal vez el signo de la tormenta está teñido del agradecimiento de poder llegar hasta el fondo de las cosas, con la expectativa de poder salir del agua siempre, o no. Bajo el signo de la tormenta nutro mi creatividad. El gozo es infinito, como esa playa interminable, donde Adam debe haber caminado tantas veces. Me gusta imaginármelo sentado en la arena, observando el océano, actividad que es una de mis preferidas desde siempre. Observar el mar. Creer adivinar su fuerza, sin tener idea. Sin vislumbrar nada lo que puede hacer o de lo que puede ocurrir, igual que en el existir tembloroso al que nos arrojaron, o que llegamos, o que nos invitaron. No pedí nada, pero ya que estoy aquí mejor celebrar. Mejor llegar a la cima del arte. Con un sentido todo es más fluido, como el mar. El signo de la tormenta a veces perdona, sé que Adam estaría de acuerdo conmigo. Tal vez lo que me gusta de la ficción es que puedo seguir imaginándolo, y sé que él estaría de acuerdo en caso de saberlo. La ficción es bondadosa, y nos entrega escenarios imaginarios para poder suavizar los que son más reales, o reales del todo. Quizá con Maël lleguemos a esas respuestas, dónde estaba ese límite de la ficción, dónde comienza otra cosa. Pase lo que pase, ya que llegué a los cuarenta, quiero, sin embargo, aferrarme a lo vivo. Que me perdonen por hoy los que ya no están. Necesito seguir imaginando para vivir. Necesito saber lo que es real. Para no perderme definitivamente en la ficción, una especie de locura divina, ancestral, poderosa e irrenunciable. Bajo el signo de la tormenta imagino para llegar al final de lo que mi cuerpo pueda entregar. Para todo eso que queda, que es la vida que hemos vivido, y la que nos espera. Yo sigo imaginando, y porque ese fue mi destino: siempre bajo el signo de la tormenta. 

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