Se
acercaron, se alejaron, se observaban sin pestañar. Entonces se besaron, como
si hubiesen querido hacerlo desde siempre, como si ese momento hubiese estado
esperando, agazapado, como una maldición o una bendición. Como si todas las órbitas
de los planetas hubiesen comenzado a existir y se hubiesen alineado de esa
forma para hacer posible este momento. No había manera de detenerse. La condición
humana se mostraba tan benevolente. La pasión humana se mostraba tan cierta. Estuvieron
besándose un momento que se prolongó hasta que casi no quedaba luz de día, y la
intensidad iba subiendo, como una puerta que se abre de una habitación inundada
de agua que se abalanza hacia afuera al desaparecer eso que la contiene. Una necesidad
vital que se revela, de manera transgresora, de manera vital, justamente. Una avalancha
que lo ilumina todo. Partieron de la mano, como dos viejos amantes, que al fin
han coincidido en este planeta tierra. Con ganas de rebelarse a lo que hiciera
falta. Con una sensación de que siempre estarían juntos de alguna manera, como
una chispa que se enciende, y que nada la puede apagar, y aunque transformándose,
persiste a pesar del viento, como una conciencia de que la vida es tan humana,
es tan muerte como es vida. Es tan distancia como es cercanía. Es tan compañía,
como es soledad. Es tan empezar, como es terminar, sin terminar, sin acabar de
empezar, un punto neutro que resiste los embistes del tiempo por no sé qué razón
estrictamente humana, y terrenal, y profunda e inexplicable para la razón
humana, y quizá sí por algo humano que no es la razón, sino la sinrazón, o el
verdadero sentido, o quizá porque recordamos, porque una vez fuimos amados,
porque una vez nos sentimos vivos, lo que se ve es tan iluminado que oscurece
todo eso otro, que no es tan iluminado, más bien oscuro, todo eso que quisimos
olvidar, todo eso que se borra con el tiempo, y a fuerza de idealizar esa
chispa, todo parece tener sentido, y nos hace comportarnos de manera insensata,
sentir sin ton ni son, y no poder seguir, o terminar, venciendo al neutro que
es tan doloroso, como un suspiro que quiere volar, pero se detiene por retener
ese pensamiento, esa sensación, eso que lamentablemente, ya no está, aunque
quisiéramos aunque sea evocarlo para sentirnos vivos, o drogados, o borrados,
desaparecer, o ser algo, algo, y dejar de ser nada, y buscamos, y buscamos, y
no nos damos por vencidos, y no logramos elegir, porque no hemos aprendido,
porque acaso no sea necesario, y de pronto volvemos al banco en ese parque, y
nos damos cuenta que han pasado diez años, (casi) como si nada. Ahí es donde la
condición humana queda en jaque mate. Ahí es donde queremos volvernos
revolucionarios, y cambiarlo todo, y rebelarnos contra esa estadía en el
parque, contra lo neutro, y volverlo cambio y volverlo impredecible, incierto, donde
queremos realmente que la condición humana sea empezar, algo nuevo, empezar,
empezar, salir, salir, repetimos, como un pájaro carpintero dándole como un
bombo a un tronco de un árbol, ahí es donde la libertad nos saca la lengua, y
todo es tan paradójico, que sólo queda sentarse en el banco, esperando morir, o
partir, del parque aunque sea con las manos vacías, con el alma en ascuas, pero
odiando a la inmovilidad, y amando a la renuncia, y reconociendo su papel
protagónico, viéndonos frente a frente con su claridad demoledora, o elegimos o
el agua empieza a salir por la borda, hasta que ya no podemos respirar, y la
planta que crecía por nuestro interior se marchita, y tenemos que dejarla a un
lado, y plantar otra, pero en un macetero, y regarla, esperando que signifique
algo, con una intuición confusa, pero que algo quiere decir, y darnos cuenta cuántas
personas pueden caber en nuestro corazón, una, dos, o dieciocho, aunque con
poco espacio para cada una, y sentarnos en el banco, y llorar, por el tiempo
pasado, porque una vez fuimos amados, pero ya no sabemos cómo hacerlo, aunque lo
que quede sea volver a aprender, como un niño arriba de unos patines, estrellándonos
contra el suelo cada cinco minutos, solos en la incertidumbre, sabiendo que no
es exactamente igual porque ya no somos niños, y olvidar y recomenzar es como andar
en patines, pero por arena y en pendiente y con obstáculos, donde volvemos a
llorar, como en ese banco, sabiendo muy bien que una vez fuimos amados, pero
que realmente, ya no sabemos cómo hacerlo.