9 de septiembre de 2016

Biografía II

Nací en 1980 en Santiago de Chile.
Así: Andrea Francisca Balart Armendariz.
Todavía estaba el bárbaro al mando, asolando medio país.
Cuando pude partí.
Barcelona, Lyon.
Andréa Balart-Perrier: sólo quiero escribir (y leer).


8 de septiembre de 2016

Apología del olvido y del comienzo

Se acercaron, se alejaron, se observaban sin pestañar. Entonces se besaron, como si hubiesen querido hacerlo desde siempre, como si ese momento hubiese estado esperando, agazapado, como una maldición o una bendición. Como si todas las órbitas de los planetas hubiesen comenzado a existir y se hubiesen alineado de esa forma para hacer posible este momento. No había manera de detenerse. La condición humana se mostraba tan benevolente. La pasión humana se mostraba tan cierta. Estuvieron besándose un momento que se prolongó hasta que casi no quedaba luz de día, y la intensidad iba subiendo, como una puerta que se abre de una habitación inundada de agua que se abalanza hacia afuera al desaparecer eso que la contiene. Una necesidad vital que se revela, de manera transgresora, de manera vital, justamente. Una avalancha que lo ilumina todo. Partieron de la mano, como dos viejos amantes, que al fin han coincidido en este planeta tierra. Con ganas de rebelarse a lo que hiciera falta. Con una sensación de que siempre estarían juntos de alguna manera, como una chispa que se enciende, y que nada la puede apagar, y aunque transformándose, persiste a pesar del viento, como una conciencia de que la vida es tan humana, es tan muerte como es vida. Es tan distancia como es cercanía. Es tan compañía, como es soledad. Es tan empezar, como es terminar, sin terminar, sin acabar de empezar, un punto neutro que resiste los embistes del tiempo por no sé qué razón estrictamente humana, y terrenal, y profunda e inexplicable para la razón humana, y quizá sí por algo humano que no es la razón, sino la sinrazón, o el verdadero sentido, o quizá porque recordamos, porque una vez fuimos amados, porque una vez nos sentimos vivos, lo que se ve es tan iluminado que oscurece todo eso otro, que no es tan iluminado, más bien oscuro, todo eso que quisimos olvidar, todo eso que se borra con el tiempo, y a fuerza de idealizar esa chispa, todo parece tener sentido, y nos hace comportarnos de manera insensata, sentir sin ton ni son, y no poder seguir, o terminar, venciendo al neutro que es tan doloroso, como un suspiro que quiere volar, pero se detiene por retener ese pensamiento, esa sensación, eso que lamentablemente, ya no está, aunque quisiéramos aunque sea evocarlo para sentirnos vivos, o drogados, o borrados, desaparecer, o ser algo, algo, y dejar de ser nada, y buscamos, y buscamos, y no nos damos por vencidos, y no logramos elegir, porque no hemos aprendido, porque acaso no sea necesario, y de pronto volvemos al banco en ese parque, y nos damos cuenta que han pasado diez años, (casi) como si nada. Ahí es donde la condición humana queda en jaque mate. Ahí es donde queremos volvernos revolucionarios, y cambiarlo todo, y rebelarnos contra esa estadía en el parque, contra lo neutro, y volverlo cambio y volverlo impredecible, incierto, donde queremos realmente que la condición humana sea empezar, algo nuevo, empezar, empezar, salir, salir, repetimos, como un pájaro carpintero dándole como un bombo a un tronco de un árbol, ahí es donde la libertad nos saca la lengua, y todo es tan paradójico, que sólo queda sentarse en el banco, esperando morir, o partir, del parque aunque sea con las manos vacías, con el alma en ascuas, pero odiando a la inmovilidad, y amando a la renuncia, y reconociendo su papel protagónico, viéndonos frente a frente con su claridad demoledora, o elegimos o el agua empieza a salir por la borda, hasta que ya no podemos respirar, y la planta que crecía por nuestro interior se marchita, y tenemos que dejarla a un lado, y plantar otra, pero en un macetero, y regarla, esperando que signifique algo, con una intuición confusa, pero que algo quiere decir, y darnos cuenta cuántas personas pueden caber en nuestro corazón, una, dos, o dieciocho, aunque con poco espacio para cada una, y sentarnos en el banco, y llorar, por el tiempo pasado, porque una vez fuimos amados, pero ya no sabemos cómo hacerlo, aunque lo que quede sea volver a aprender, como un niño arriba de unos patines, estrellándonos contra el suelo cada cinco minutos, solos en la incertidumbre, sabiendo que no es exactamente igual porque ya no somos niños, y olvidar y recomenzar es como andar en patines, pero por arena y en pendiente y con obstáculos, donde volvemos a llorar, como en ese banco, sabiendo muy bien que una vez fuimos amados, pero que realmente, ya no sabemos cómo hacerlo.