29 de noviembre de 2019

Pido que alguien ponga atención a lo abandonado


Hace 10 años escribí un texto luego de una visita a los centros del Servicio Nacional de Menores y cárceles de adolescentes de Antofagasta, Chile, que terminaba así: Pido que alguien ponga atención a lo abandonado.
Ahí va el texto:

En Antofagasta I.
Supervisando los Centros Privativos de Libertad (Cárceles) de Adolescentes.


Me voy en el avión con los mineros. Voy sentada al lado de uno fornido que me pega codazos constantemente porque no cabe en los pequeños asientos del avión. Llego a destino y recorro la tierra yerma, árida. Infinita y extensa a ambos lados. La siento como yo misma, pienso que podría ser ella. Creo que me entiende. Está tan seca, nada crece. Es como la muerte, el vacío. Luego aparece el mar, para dar un poco de movimiento a este paisaje. También infinito, y en cierta forma también árido como yo, salino. Carpas de circo. Industria, metal, corrosión. Mucho óxido. Oscurece, camino por las veredas rotas, las murallas rayadas. No encuentro donde poder tomarme un té, compartirlo conmigo misma, algún lugar cálido que me acoja en silencio. Mediodía en la arena, el maravilloso sonido del mar. Un perro se mete al agua mansa. Se sacude y se lame los bigotes salados. A lo lejos veo el puerto y sus grandes maquinarias. Temprano en la mañana tomo un taxi que llega atrasado a buscarme y luego no sabe cómo llegar adonde voy. Se enoja cuando me bajo porque la tarifa me parece cara. -Como si yo fuera culpable del atasco- me dice. Al día siguiente descubro que el trayecto entre un lugar y el otro no es más que cinco cuadras. En el desayuno no quedan mesas. En todo el hotel sólo atiende una señora, cuando miro desde la puerta de la cocina está sacándole el hueso a la palta, -no alcanzaré a tomar desayuno- pienso. En mi habitación hace frío, la cerámica está helada y no hay alfombra. Llego al ministerio de justicia, es un edificio gigante y está vacío. El ascensor no está funcionando, subo los cinco pisos por una larga escalera. Es un gran edificio, gigantesco, y no hay nadie. Subo rápidamente y me encuentro con la Secretaria Regional Ministerial y su secretaria. –Asiento- me dice, -estamos imprimiendo unas hojas que nos faltan-. No hay apuro, veo. Intento que el sol penetre en mi vida. Cierro los ojos y dirijo mi rostro en su dirección, rogándole rompa el hielo de mi cuerpo, de mi mirada y de mi alma. Le pido al mar que me dé fuerza. Llegamos al centro privativo de libertad de adolescentes, el resto de la comisión supervisora nos espera hace más de media hora. La Secretaria Regional Ministerial pregunta si todos tienen los formatos de las pautas de visita, pero cómo van a tenerlos si nunca los mandó, pienso. Me toca informar sobre salud, educación, alimentación y disciplina. Visitamos la enfermería. No hay nadie, está cerrada. -Ésta es la piedra tope del centro-, nos dice la jefa técnica. –No nos aceptan a los jóvenes en los consultorios, están estigmatizados, es que llegan con grilletes-. Salió el sol, sigo en la arena. Escolares se bañan en el mar, ya son las dos y media. Vamos a la sala de clases, es tan pequeña que no me imagino más de tres personas dentro. Conversamos con un adolescente sentado en la pequeña sala. –Lo malo es que tiene alergia a la tierra, y con este suelo-, nos dice la profesora, el adolescente tiene la cara roja, hinchada, -pero es buen alumno- acota, -reclama las clases cuando no las hacemos-. –Aquí estaba Geovanna-, nos indica la jefa técnica, apuntando a una diminuta sala de la enfermería con una cama a medio hacer, una frazada desordenada encima del colchón a ras de piso y una taza vacía en el suelo, -ahora está hospitalizada, nos costó cuatro meses que la hospitalizaran, la mandaban de vuelta, es boliviana, está acá por tráfico de drogas, llegó de Bolivia con un paquete de coca. Echa de menos a su familia, es que está muy sola-. –No hay doctor aquí- nos cuenta. –A veces en el consultorio les escriben de diagnóstico “hipocondríaco”, para que se vayan y no tener que atenderlos más tiempo-. Se me acabó el té que estaba tomando. Escucho Kate Bush en mis audífonos, sigo en la arena. –Esta es la celda de segregación-, -¿de castigo?- pregunto. –Sí, cuando algún adolescente está descompensado, o hay riñas, entonces se quedan aquí. Muchas veces están con síndrome de abstinencia y se ponen agresivos. Lo más complicado en estos casos son los intentos de suicidio. Entonces los vigilamos-. -En el programa del Consejo Nacional para el Control de Estupefacientes sí hay un doctor, pero el programa sólo tiene 20 plazas, y tenemos 60 jóvenes, en esta época llegan a 80, a veces-. –Tuvimos que empotrar más camas a la pared, porque no nos alcanzaban-. -¿A ti qué te pasó?-, -estoy enfermo-, –pero ponte calcetines entonces, así no te vas a mejorar, y esta pieza está muy húmeda-. ¿Tú estás enfermo?-, -no, tengo sueño-, -ah…-. -Sí poh, se me enferman los cabros, es que no tenemos agua caliente para que se duchen. Los paneles solares los rompieron-, -¿pero eso no fue hace dos años?-, -sí, pero el nuevo sistema de calderas no funciona, es que las instalaron, pero no tomaron en cuenta lo que cuesta mantenerlo-. -¿Y por qué no funciona el taller de costurería?-, es que la tallerista está de educadora de trato directo, además los jóvenes lo ven como una actividad de mujeres-, -¿tienen muchas licencias?-, -sí, eso es un problema, la mitad de los funcionarios está con licencia-, -¿y dónde está el director del centro?-, -está con día administrativo-. De pronto ya no hay nubes. El sol inunda la blanca arena. El fiscal con quien me toca visitar habla por teléfono cada cinco minutos. Me desentiendo de él. Ahora se disculpa. Es la quinta vez que visita los centros. Parece resignado, el asunto quizá no le interesa. El chofer de la Secretaria Regional Ministerial me pasará a buscar a la vereda de la playa, debo irme. Tomo un té de jazmín en un restaurante chino. Me recuerda China. Me gusta salir de Santiago, me da nuevos aires. –Cabo, ¿y desde esta hora los dejan encerrados en las celdas?, son las cuatro y media-, -sí, ya se quedan en sus celdas hasta mañana-. -¿Están medicados?-, -sí, con clonazepam principalmente, el síndrome adaptativo, es que todos son consumidores-. –Algunos son analfabetos, hay de todo-. –Están todos en básica, a ver espere, ¿cabo, en qué curso están?-, -cuatro en media, dos en básica-. La radio del restaurante dice rescátame de aquí, me muero por dentro. -¿Cuánto llevas aquí?-, -12 meses-, -¿y cuánto te queda?-, -32-, -¿y a ti?-, -no, a mí cinco-. –Salgo el lunes-. –Llevo dos semanas-. –No hay internas mujeres en esta sección juvenil de la cárcel femenina, nunca ha habido. Ocupamos las dependencias para capacitaciones de las funcionarias y para el taller de peluquería. Si llegan internas no sé qué vamos a hacer. No tenemos espacio-. – Hay 132 internas adultas. 31 son extranjeras, todas bolivianas, menos 2, están por tráfico de drogas-. Ya son las diez. Mañana vuelvo a Santiago. En la noche hace frío en esta ciudad, ya me voy a dormir. Parto al aeropuerto en media hora. En este momento estoy en la oficina de la Secretaria Regional Ministerial de Justicia. Hoy me vine a trabajar aquí, le pedí si me prestaba un ordenador para completar mi parte del informe. La visita estuvo bien después de todo. A mí me pareció al principio un poco desordenada, pero según el fiscal -con quien me tocó visitar y pude conversar bastante-, la Secretaria Regional Ministerial anterior no le daba importancia y la visita era un desastre. El centro -¿cárcel?- para llorar, como de costumbre, no sucio ni esos pormenores, pero con muy pocas actividades, casi todo el día de ocio para los adolescentes. Me da la sensación de que nadie dice con todas sus letras lo malas que son las condiciones de vivir así, creo que una buena estrategia sería preguntarles si estarían tranquilos que sus hijos o hijas estuvieran en ese lugar. Creo que ahí habría más sentido de la realidad. Me quedo con la sensación al final de no saber por dónde empezar, creo que eliminar el Servicio Nacional de Menores y partir de nuevo sería una buena forma. ¡En este centro también hay una señora rehabilitadora! con ella lo recorrí, me recuerda a una que conocí en un centro en Valparaíso. Empiezo a pensar que se ponen así con el tiempo dentro del centro. Esa forma de explicar todo como si fuera lo más normal del mundo, los sucesos más anormales. Me di cuenta en esta metrópoli de mi ritmo hiperventilado, pero tuve que calmarme a la fuerza. La ciudad funciona a uno por hora, y para qué hablar del tema justicia y de hacer cambios, para eso sí que hay que operarse de los nervios. Ruego nunca perder el impulso. Ruego poder demandar acaben los tratos crueles, inhumanos y degradantes. Pido que alguien ponga atención a lo abandonado.

27 de noviembre de 2019

El nacimiento de un malestar y recomendaciones para lo que sigue



Muy pronto en mi existencia me di cuenta que mi situación era privilegiada. Sobre todo de manera afectiva. Pero también cultural y material. Pero no tuve el derecho de nacer en democracia. Tampoco tuve el derecho de ir a la escuela con todos los niños. Tampoco tuve el derecho de vivir en un país que diera una importancia fundamental a las humanidades en la educación. El machismo lo descubrí en la universidad, pero sobre todo cuando entré al mundo laboral. En la casi totalidad de las veces ligado a personas que habían pasado sus 14 años de escolaridad rodeados de hombres y curas. Habrá sido quizá una casualidad. Fue algo nuevo. No se podía ser persona, era mujer. Fue un descubrimiento desagradable. Yo me percibía como persona. Nací en una familia donde esas diferencias no existían. A mi hermano y a mí nos vestían iguales cuando niños. Jugábamos a los mismos juegos, cantábamos las mismas canciones. Nunca hubo una diferencia. Tampoco en el colegio. Personas y listo. Más musicales, más poetas, más deportistas, listo. Recuerdo los veranos en la playa, tenía más amigos hombres que mujeres, me gustaba el fútbol, el club del árbol, el paco-ladrón. La llegada de ese mundo de diferencias fue un trauma. Todo era tan aburrido. Ser persona era mucho más entretenido. En el mundo laboral fue peor. Ser persona no sólo era más entretenido, sino que ser mujer era una mierda. Recuerdo alguna vez que uno de ellos me dijo, donde yo estudié te hacen ver que las mujeres son putas o monjas, no hay intermedio. Me pareció extrañísimo. Las dos opciones me parecían absurdas y nunca me había sentido en ninguno de esos dos lugares. La noción de exclusión y desprecio la conocí ligada a algunas aisladas oportunidades que tuve de frecuentar a grupos cerrados de “élite” ligados a universidades católicas y latifundios, en algún evento en que nadie me habló, salvo las personas con las que había venido. Nunca me había pasado. Claro, no me conocían. La verdad que nunca me había pasado. La noción de discriminación y racismo las conocí trabajando en derechos humanos. Ni en mi familia ni en mi colegio existieron. Tuve compañeros de todas las religiones y muchos de ellos niños inmigrantes. Más tarde las viví en carne propia como persona inmigrante sudamericana sin pasaporte europeo. Y eso que mi cara disimula el pasaporte y tengo estudios universitarios, en un ámbito regido por los colores y la cantidad de diplomas y especialmente el dinero en tu cuenta bancaria. Luego la cantidad impresionante de personas ahogadas en el mar me hicieron entender que la ambición y la indiferencia son las peores aliadas del ser humano, y me hicieron tomar conciencia de que era necesario enfrentar el problema de otra manera que proponiendo un cambio de normas. Quizá desde la literatura. No por lo que se expone, sino por el desorden de los cuerpos que subyace al relato. Ahora vivo en un barrio multicultural de personas inmigrantes y locales y he aprendido el verdadero sentido de la tolerancia, o más que eso, de la empatía e incluso el genuino interés por las culturas aparentemente opuestas a la propia. La noción de privilegio la aprendí temprano observando y por mi familia, y la noción de resentimiento que va aparejada la aprendí también siendo niña, en actividades, como scout, donde tuve la oportunidad de conocer a personas de todas las comunas en Chile. Pero la real profundidad del privilegio la conocí trabajando en la cárcel cuando estaba en la universidad, y sobre todo, más tarde visitando centros del Servicio Nacional de Menores y apartados penitenciarios de adolescentes. La desolación la conocí conversando con una niña de nacionalidad boliviana de 14 años atrapada en un centro de adolescentes por meses en el norte de Chile por haber pasado la frontera con una cantidad ínfima de droga. Apenas podía expresarse en castellano y le costaba mirar a los ojos. Estaba completamente sola. Por otra parte, la habitación más grande de hotel en la que he estado, me la pagó Naciones Unidas. La verdadera rabia la aprendí viendo como cada año en el periódico la primera plana indicaba que las empresas con más utilidades habían sido los seguros de salud y las administradoras de fondos para la vejez. Cuando supe que el candidato, hoy presidente, poseía una de las fortunas más grandes del planeta ya no me quedaba asombro. Tampoco cuando vi que la mitad de las familias en Santiago vivían con el sueldo mínimo y que éste es un cuarto de lo que pagan acá en Francia como mínimo. La discapacidad la conocí desde el primer momento porque en mi familia había varias personas con discapacidad, y siempre me pareció natural, pero comprendí la profundidad de la discriminación y obstáculos que enfrentan quienes tienen alguna discapacidad, trabajando, junto a la incansable abogada María Soledad Cisternas, ciega, una persona a quien admiro enormemente, por su valentía, inteligencia y sentido de la ética intachable, y a Amalia, la hermana de mi padre, que ha dejado su vida por esta causa. La dimensión de la violencia policial y militar de estado la vislumbré nítidamente trabajando gratis para la oficina de derechos humanos del estado, en causas que datan de muchos años y nunca han sido resueltas, y muchas otras que sucedieron en ese momento, recuerdo especialmente la muerte de un joven a quien le dispararon por la espalda. Su hermana era actuaria de un tribunal así es que hubo algo de movimiento al menos. El miedo a ser violada lo he tenido siempre, igual que todas las mujeres, pero lo viví de cerca alguna vez que quedándome un momento sola de noche, un par de hombres se me acercó y uno me tomó del brazo, y la culpa no era mía ni dónde estaba ni cómo vestía, logré escapar, con terror, y juré nunca más estar sola de noche, ni un momento. La aberración de la pedofilia la descubrí de más grande de manos de la iglesia católica, afortunadamente no de manera directa, pero por el trabajo y la vida me di cuenta que era un fenómeno mucho más extendido y muchas veces ligado a personas de confianza de los niños y niñas. Hambre no he pasado por el momento y he tenido suerte, pero me doy perfecta cuenta de que podría sucederme. Vivir y escribir no son amigos en un mundo de tantos ingenieros comerciales. Pero sí, veo que muchas personas pasan hambre, y si eso acontece también es mi culpa, porque a mí nunca me ha faltado. Pues bien, conforme lo anterior, compartido con humildad y respeto, sin ánimo de generalizar, faltaría boludez semejante, y sin afán de ingenuidad pero quizá sí de utopía y determinación, algunas recomendaciones para lo que viene: todos somos personas, todos tenemos derecho a que nos hablen, y a hablar y ser escuchados cuando hablamos, todos tenemos derecho a estudiar en escuelas públicas y laicas, todos tenemos derecho a tener en nuestro currículo de enseñanza la poesía, la música, el arte, el pensamiento crítico, y todas las humanidades, como materias esenciales, todos tenemos derecho a ir a la escuela con todos los niños, sin distinción de origen ni color ni sexo ni religión ni discapacidad, y de manera gratuita, todos tenemos derecho a no ser abusados ni violados, todos tenemos derecho a ser amados, aceptados por lo que somos, y a tomar nuestras decisiones, todos tenemos derecho a no tener miedo, todos tenemos derecho a que se legalicen las drogas y se acabe un negocio inmensamente lucrativo y letal, todos tenemos derecho a poder ganarnos la vida conforme a nuestras capacidades y que la riqueza sea distribuida entre todos, y a salarios dignos e igualitarios. Por los ojos de Gustavo Gatica, Fabiola Campillay y tantos otros, instauremos el derecho al respeto, y a una existencia libre de violencia en todas sus formas. Un mundo mucho mejor, donde la pluralidad sea la consigna. Algo mucho más entretenido, interesante y digno. Una igualdad que nos permita respirar en paz. Donde la generosidad sea radical. Donde la orientación sexual sea la libertad total. Donde los pueblos originarios sean reconocidos y venerados. En un planeta en que se dé especial importancia a la naturaleza que nos acoge y nos permite vivir. Por todos los que intentan matar una y otra vez la poesía y la música, digamos algo más. Somos personas y tenemos derechos.