Hace 10 años
escribí un texto luego de una visita a los centros del Servicio Nacional de
Menores y cárceles de adolescentes de Antofagasta, Chile, que terminaba así: Pido que
alguien ponga atención a lo abandonado.
Ahí va el texto:
En Antofagasta I.
Supervisando los Centros Privativos de Libertad (Cárceles) de
Adolescentes.
Me voy en el
avión con los mineros. Voy sentada al lado de uno fornido que me pega codazos
constantemente porque no cabe en los pequeños asientos del avión. Llego a
destino y recorro la tierra yerma, árida. Infinita y extensa a ambos lados. La
siento como yo misma, pienso que podría ser ella. Creo que me entiende. Está
tan seca, nada crece. Es como la muerte, el vacío. Luego aparece el mar, para
dar un poco de movimiento a este paisaje. También infinito, y en cierta forma
también árido como yo, salino. Carpas de circo. Industria, metal, corrosión.
Mucho óxido. Oscurece, camino por las veredas rotas, las murallas rayadas. No
encuentro donde poder tomarme un té, compartirlo conmigo misma, algún lugar
cálido que me acoja en silencio. Mediodía en la arena, el maravilloso sonido
del mar. Un perro se mete al agua mansa. Se sacude y se lame los bigotes
salados. A lo lejos veo el puerto y sus grandes maquinarias. Temprano en la
mañana tomo un taxi que llega atrasado a buscarme y luego no sabe cómo llegar
adonde voy. Se enoja cuando me bajo porque la tarifa me parece cara. -Como si
yo fuera culpable del atasco- me dice. Al día siguiente descubro que el
trayecto entre un lugar y el otro no es más que cinco cuadras. En el desayuno
no quedan mesas. En todo el hotel sólo atiende una señora, cuando miro desde la
puerta de la cocina está sacándole el hueso a la palta, -no alcanzaré a tomar
desayuno- pienso. En mi habitación hace frío, la cerámica está helada y no hay
alfombra. Llego al ministerio de justicia, es un edificio gigante y está vacío.
El ascensor no está funcionando, subo los cinco pisos por una larga escalera.
Es un gran edificio, gigantesco, y no hay nadie. Subo rápidamente y me
encuentro con la Secretaria Regional Ministerial y su secretaria. –Asiento- me
dice, -estamos imprimiendo unas hojas que nos faltan-. No hay apuro, veo.
Intento que el sol penetre en mi vida. Cierro los ojos y dirijo mi rostro en su
dirección, rogándole rompa el hielo de mi cuerpo, de mi mirada y de mi alma. Le
pido al mar que me dé fuerza. Llegamos al centro privativo de libertad de
adolescentes, el resto de la comisión supervisora nos espera hace más de media
hora. La Secretaria Regional Ministerial pregunta si todos tienen los formatos
de las pautas de visita, pero cómo van a tenerlos si nunca los mandó, pienso.
Me toca informar sobre salud, educación, alimentación y disciplina. Visitamos
la enfermería. No hay nadie, está cerrada. -Ésta es la piedra tope del centro-,
nos dice la jefa técnica. –No nos aceptan a los jóvenes en los consultorios,
están estigmatizados, es que llegan con grilletes-. Salió el sol, sigo en la
arena. Escolares se bañan en el mar, ya son las dos y media. Vamos a la sala de
clases, es tan pequeña que no me imagino más de tres personas dentro.
Conversamos con un adolescente sentado en la pequeña sala. –Lo malo es que
tiene alergia a la tierra, y con este suelo-, nos dice la profesora, el
adolescente tiene la cara roja, hinchada, -pero es buen alumno- acota, -reclama
las clases cuando no las hacemos-. –Aquí estaba Geovanna-, nos indica la jefa
técnica, apuntando a una diminuta sala de la enfermería con una cama a medio
hacer, una frazada desordenada encima del colchón a ras de piso y una taza
vacía en el suelo, -ahora está hospitalizada, nos costó cuatro meses que la
hospitalizaran, la mandaban de vuelta, es boliviana, está acá por tráfico de
drogas, llegó de Bolivia con un paquete de coca. Echa de menos a su familia, es
que está muy sola-. –No hay doctor aquí- nos cuenta. –A veces en el consultorio
les escriben de diagnóstico “hipocondríaco”, para que se vayan y no tener que
atenderlos más tiempo-. Se me acabó el té que estaba tomando. Escucho Kate Bush
en mis audífonos, sigo en la arena. –Esta es la celda de segregación-, -¿de
castigo?- pregunto. –Sí, cuando algún adolescente está descompensado, o hay
riñas, entonces se quedan aquí. Muchas veces están con síndrome de abstinencia
y se ponen agresivos. Lo más complicado en estos casos son los intentos de
suicidio. Entonces los vigilamos-. -En el programa del Consejo Nacional
para el Control de Estupefacientes sí hay un doctor, pero el programa sólo
tiene 20 plazas, y tenemos 60 jóvenes, en esta época llegan a 80, a veces-.
–Tuvimos que empotrar más camas a la pared, porque no nos alcanzaban-. -¿A ti
qué te pasó?-, -estoy enfermo-, –pero ponte calcetines entonces, así no te vas
a mejorar, y esta pieza está muy húmeda-. ¿Tú estás enfermo?-, -no, tengo
sueño-, -ah…-. -Sí poh, se me enferman los cabros, es que no tenemos agua
caliente para que se duchen. Los paneles solares los rompieron-, -¿pero eso no
fue hace dos años?-, -sí, pero el nuevo sistema de calderas no funciona, es que
las instalaron, pero no tomaron en cuenta lo que cuesta mantenerlo-. -¿Y por
qué no funciona el taller de costurería?-, es que la tallerista está de
educadora de trato directo, además los jóvenes lo ven como una actividad de
mujeres-, -¿tienen muchas licencias?-, -sí, eso es un problema, la mitad de los
funcionarios está con licencia-, -¿y dónde está el director del centro?-, -está
con día administrativo-. De pronto ya no hay nubes. El sol inunda la blanca
arena. El fiscal con quien me toca visitar habla por teléfono cada cinco
minutos. Me desentiendo de él. Ahora se disculpa. Es la quinta vez que visita
los centros. Parece resignado, el asunto quizá no le interesa. El chofer de la
Secretaria Regional Ministerial me pasará a buscar a la vereda de la playa,
debo irme. Tomo un té de jazmín en un restaurante chino. Me recuerda China. Me
gusta salir de Santiago, me da nuevos aires. –Cabo, ¿y desde esta hora los
dejan encerrados en las celdas?, son las cuatro y media-, -sí, ya se quedan en
sus celdas hasta mañana-. -¿Están medicados?-, -sí, con clonazepam
principalmente, el síndrome adaptativo, es que todos son consumidores-.
–Algunos son analfabetos, hay de todo-. –Están todos en básica, a ver espere,
¿cabo, en qué curso están?-, -cuatro en media, dos en básica-. La radio del
restaurante dice rescátame de aquí, me muero por dentro. -¿Cuánto llevas
aquí?-, -12 meses-, -¿y cuánto te queda?-, -32-, -¿y a ti?-, -no, a mí cinco-.
–Salgo el lunes-. –Llevo dos semanas-. –No hay internas mujeres en esta sección
juvenil de la cárcel femenina, nunca ha habido. Ocupamos las dependencias para
capacitaciones de las funcionarias y para el taller de peluquería. Si llegan
internas no sé qué vamos a hacer. No tenemos espacio-. – Hay 132 internas
adultas. 31 son extranjeras, todas bolivianas, menos 2, están por tráfico de
drogas-. Ya son las diez. Mañana vuelvo a Santiago. En la noche hace frío en
esta ciudad, ya me voy a dormir. Parto al aeropuerto en media hora. En este
momento estoy en la oficina de la Secretaria Regional Ministerial de Justicia.
Hoy me vine a trabajar aquí, le pedí si me prestaba un ordenador para completar
mi parte del informe. La visita estuvo bien después de todo. A mí me pareció al
principio un poco desordenada, pero según el fiscal -con quien me tocó visitar
y pude conversar bastante-, la Secretaria Regional Ministerial anterior no le
daba importancia y la visita era un desastre. El centro -¿cárcel?- para llorar,
como de costumbre, no sucio ni esos pormenores, pero con muy pocas actividades,
casi todo el día de ocio para los adolescentes. Me da la sensación de que nadie
dice con todas sus letras lo malas que son las condiciones de vivir así, creo
que una buena estrategia sería preguntarles si estarían tranquilos que sus
hijos o hijas estuvieran en ese lugar. Creo que ahí habría más sentido de la
realidad. Me quedo con la sensación al final de no saber por dónde empezar,
creo que eliminar el Servicio Nacional de Menores y partir de nuevo sería una
buena forma. ¡En este centro también hay una señora rehabilitadora!
con ella lo recorrí, me recuerda a una que conocí en un centro en Valparaíso.
Empiezo a pensar que se ponen así con el tiempo dentro del centro. Esa forma de
explicar todo como si fuera lo más normal del mundo, los sucesos más anormales.
Me di cuenta en esta metrópoli de mi ritmo hiperventilado, pero tuve que calmarme
a la fuerza. La ciudad funciona a uno por hora, y para qué hablar del tema
justicia y de hacer cambios, para eso sí que hay que operarse de los nervios.
Ruego nunca perder el impulso. Ruego poder demandar acaben los tratos crueles,
inhumanos y degradantes. Pido que alguien ponga atención a lo abandonado.