Hace un mes estuve en las calles donde otrora viví, con mis amigos de siempre, a quienes quiero tanto. Barcelona tiene un componente mágico. Esa energía va en mis venas. En mis venas abiertas. Que reciben al tornado. Suele ser una dosis directo al alma. Hace unos días que comenzó el verano y el calor aumenta. Queda la nostalgia, que tiene un componente alegre. Queda la Gran Obra por escribir. Quedan los guiños del destino que tienen por momentos un tinte cruel y a ratos una promesa de caos aéreo que infunde vida. Hoy presencié el accidente de un auto que arrolló a un motociclista. Sentí un estruendo inmenso y luego desde mi balcón, no muy lejos, el motociclista tendido en el suelo. No había movimiento alguno. Creo que pasó una hora, no había movimiento. No lo llevaban a ningún lado. Estirado en el asfalto, ¿luchaba por su vida? ¿la había ya perdido? Rogué porque su corazón latiera todavía. Cuando se lo llevaron no pude saber si vivía, si viviría, si había vivido, no pude saber su nombre, ni cómo era su rostro encerrado dentro de un casco blanco con negro, como el destino, siempre dual, siempre incierto. El automovilista iba de acá para allá, la policía le hacía miles de preguntas. Cuando absolutamente todos habían partido, él siguió ahí, con el auto y la moto. Sentado en un pequeño muro que hay junto a la acera, al borde del paseo del río. Me quedé observándolo. Estaba simplemente sentado, miraba al infinito. Me quedé observándolo un momento más, como queriendo acompañarlo. Luego entré y volví a salir una hora después y ahí estaba. No se había movido. ¿Le habrán dicho que debía esperar ahí? Tenía la cabeza entre las manos. Volví a entrar, luego a salir, tal vez otra hora después, ahí estaba. Hablaba por teléfono. ¿Qué estaba esperando? ¿Una redención del destino? ¿Un perdón imposible? ¿Una explicación a su ingrata fortuna? ¿Un llamado del más allá que trajera noticias de algún milagro inesperado? Salí hacia el centro, cuando volví al atardecer ya no estaba, quedaba la moto sola, abandonada en la acera a su suerte. Observé la moto deformada por el impacto. Nunca podría tener noticias del motociclista desconocido que se debatía tal vez entre la vida y la muerte, o entre la muerte y la muerte, o tal vez era vida pura, y ya estaba en su casa, tomando un té y observando a la existencia de frente, pensando en recuperar su moto olvidada en la acera junto al río. Cuánto nos pertenecen los destinos de quienes están cerca pero lejos. Al escuchar el impacto leía en el periódico la noticia de las quinientas personas ahogadas en el mediterráneo el día anterior huyendo de la muerte para encontrarla en el mar. La muerte nos pisa los talones y nos pertenece. Veo ahora la luna brillante cortada justo por la mitad desde mi ventana. Una mitad negra y una mitad blanca, como el destino, dual y maldito, siempre incierto. Sólo pido que lo que nunca se acabe sea la empatía. Tal vez el motociclista está montado sobre el destino junto con quienes sobrevivieron al naufragio. Tal vez les queda la vida y eso es todo, y eso es bastante, y cuándo es suficiente. Tal vez queda la moto abandonada a un costado del camino. Tal vez un día pueda llevar de nuevo a un pasajero pero quién sabe. Tal vez se descomponga y quede convertida en alga, en ballena. No sabemos exactamente cuando algo comienza y cuando algo termina. Quién lo decide. De qué depende. Yo pienso en Barcelona y en el motociclista extraviado. Tal vez en la acera pueda reconstruirse una vida. Invocarse un destino.
27 de junio de 2023
24 de junio de 2023
Deeper, deeper
Quién eres, quién eres. Por qué te cruzaste en mi camino. Hacia dónde caminabas. Qué estabas buscando. Hacía dónde me dirigía yo. Cuál es tu sombría voluntad que no logro descifrarla. Cuál es el compás de tu máscara. De tus mentiras disfrazadas de tornado. Crees que pierdes el control de la vida y eso te da un margen de indulgencia que esperas de los demás. Llegaste tarde tal vez a tu destino. No podrá cruzarse con el mío. Tal vez se encontraron en un punto falso. En una encrucijada salvaje que no tiene rostro distinguible. Tal vez el vendaval tiene un reverso miserable como un espejismo. Quizá el oasis es un cuento contado por un cínico que no puede interpretar sus sentimientos porque ha olvidado lo que era sentir. Quizá no había profundidad sólo agua estancada, algas invadiéndolo todo. Por qué nuestra alma se llena de algas a veces. Algas que impiden que pase el agua para irrigar lo que luego puede florecer. Por qué la voluntad de existir es crear humedad que asfixie. Tuberías por donde no circulan nutrientes y sólo luces que se apagan al acercarse como si estuviesen programadas. Por qué darle a los demás lo que tú no quieres. Por qué sentirse que todo está girando alrededor de un eje que tiene tu silueta desfigurada. Tu voluntad es oscura como el interior de una cueva sin salida al exterior. Por qué dices cómo el mundo no debería ser en vez de decir cómo podría ser. Tus propuestas son vacías. Tus sugerencias esconden ramificaciones que matan, que ahogan al enredarse lentamente en el cuello. Crees percibir con exactitud a quien tienes al frente y en tu lectura hay una desesperanza que te pertenece y arrojas hacia fuera vertiéndola como barro que hiere la piel. El mundo gira sin ti y lo seguirá haciendo. Confundes el amor que se te entrega con arrebato y terminas pasando por encima de él. Tal vez tu voluntad oscura buscaba salidas y mi destino que florece se equivocó al encontrarse contigo. No sé exactamente qué ocultaba tu mirada pero tal vez la música estaba deformada. En lo profundo sigo desplazándome apaciblemente río abajo y llegaré hasta el mar.
23 de junio de 2023
I have got my freedom
Nina Simone dice, no tengo nada, pero se pregunta, por qué estoy viva entonces, qué es lo que tengo, tengo mi sonrisa, tengo mi vida, tengo mi libertad, tengo mi sangre, mis brazos. Yo tengo un río completo, y toda el agua que transita apaciblemente frente a mi ventana. Tengo ahora un equipo de música que acompaña al río con su sonido que da escalofríos. Nina Simone me canta como que estuviese sentada justo a mi lado. El nuevo disco de Christine and the Queens almacena cada una de sus notas para salir por los parlantes directo a la piel y al cerebro para transformarlo. Igual que Nina Simone yo tengo mis oídos, mis ojos, mi boca. Tengo mi cuerpo, mis piernas, mi lengua. La música me guía. La música siempre me ha guiado. La música y las palabras. La vibración de las almas. Hasta donde sé tengo la vida. Me gusta exprimirla. Escribir sus sugerencias. No tengo a las palabras pero ellas me tienen a mí. Vivo para ellas. Les digo, hagan lo que mejor les parezca con mi existencia. No tiene otro propósito. Tengo mi libertad y los designios que las palabras escogieron para mí. Las palabras han sido benevolentes conmigo, pero no me han dado tregua. Cuando creo que las tengo en la mano, se escapan y se enredan en el aire creando nuevos significados. Estoy contenta que así sea porque la planicie me devasta. Nací para los tornados que arrojan las palabras en el aire para observarlas más claramente descubriendo nuevos horizontes de los sueños. Viajo sin moverme. Mi existencia es un viaje constante. La música me lleva por los rincones donde debo descubrir nuevas cosas. El solsticio y el atardecer junto al río revelan laberintos originales. Nací para no entender nada constantemente y encontrar salidas. Tú quién eres. Tal vez creí que eras una cosa y eras otra. Las palabras me tienen y yo quiero que sean música. La música me guía, la música me guía.
11 de junio de 2023
La mañana
A la mañana siguiente volvimos a hacer el amor, de una manera que me pareció muy erótica, abrazados, sin mirarnos a la cara, quizá porque nos estábamos preparando para el momento de la despedida que iba a ser sin lugar a dudas difícil. La intemperie y el caos esperaban a la salida de la puerta de la habitación. Esperaban para caer encima y transformar el laberinto en un verdadero conjunto de pasadizos sin salida. “Tal vez” tomaba toda la significación que no había tenido el día anterior, ahora era herida al descubierto, piel que no puede cerrarse sobre ella misma. Qué destino extraño, pensé, pero no en ese momento, la noción de realidad llegó más tarde, cuando ya había pasado una cantidad indefinida de horas sin su mirada. Estaba perdida en la playa. En la playa sin final, sin final visible. Más tarde lo supe: “tal vez” era una idea cruel que me llevaría quizá a la ficción, pero nada de la realidad tenía un atisbo de señal que pudiese guiar a la intuición de un destino. Sólo me quedaba una certeza que me pertenecía, una certeza perdida en la inmensidad, una certeza propia que no se encuentra con nada más: necesito volver a verlo. Quiero estar con él aunque el mundo termine por extinguirse. Es una idea arriesgada, pero real. Es una certeza. De esas que se tienen sólo cada un cierto número de años, o una vez en la vida, o nunca. Qué hacía yo con esa certeza. Llamé a la literatura para que me acompañara, es la única que entiende este tipo de cosas. Cuando caí realmente en cuenta de la inmensidad del “tal vez” fue un total desgarro. El caos fascinado. Es fiero el caos en ese sentido. Ama las debacles. Se nutre de los tornados cuando son grandes. Los alaba. Se regocija de la incertidumbre cuando contiene una posibilidad de paraíso. Mientras espero que el laberinto emita alguna señal que muestre con mayor claridad sus pasadizos, escribo. Es lo que sé hacer. Es lo que calma mi alma sedienta de precipicios y de suavidad. Quisiera, sin embargo, estar acariciando sus cabellos, su rostro, su piel. Quisiera tenerlo a mi lado en una cama muy grande y observar su mirada hasta el hartazgo. Quisiera viajar con él por el oasis por el tiempo que pueda durar. Quisiera saber todo acerca de los rincones de su alma. Quisiera decirle que quiero estar con él. Que necesito conocerlo más. Que abrió una compuerta de mi alma que tiene colores nuevos y que no puedo cerrar. Caímos, caímos, caímos. Quiero vivir en tus ojos. Quiero que la literatura tenga tu nombre. Quiero.
La explosión
El jardín se convirtió en una habitación inmensa, con salones dentro, techos altísimos y cortinas gruesas de distintos colores. Voy a buscar un vaso de agua, le dije, ¿quieres uno? Sí, me dijo, pero también quiero tu cuerpo, sobre todo tu cuerpo. Necesitaba tocarte, me dijo, necesitaba sentir tu piel. Traje los dos vasos de agua, le alcancé uno. Lo tomó en su mano, mirándome fijamente a los ojos, sin beberlo. Quiero quedarme hoy en el laberinto, me expresó, quiero dormir contigo, necesito estar contigo hasta mañana. ¿Estás seguro? Le pregunté. De todas maneras, le indiqué, ya estamos acá, y no sabemos dónde está la puerta, por lo que necesariamente vamos a quedarnos en el laberinto. Tal vez salimos y podamos caminar a algún otro lado, afirmó. “Tal vez” era un abismo sideral que comenzó a abrirse, pero que no tomó toda la dimensión de su profundidad en ese momento. “Tal vez” daba lo mismo en ese minuto. Un instante independiente de la vida, que va por un cauce separado, que avanza veloz y serenamente al mismo tiempo. “Tal vez” era un vocablo sin importancia en ese laberinto mágico. No significaba nada porque ni siquiera existía. Se podía nombrar pero era como que no estaba ahí. En ese momento era certeza: habrá una próxima vez. Por lo que “tal vez” era una expresión que no tiene sentido en realidad. De hecho hablamos de la próxima vez. Sin tener puta idea de qué es lo que va a poblar otros días que no eran esos, como sucede siempre, pero cuando el presente es fuerte la certeza es absoluta, no es necesario pensar si existen o no los laberintos y cómo se sale de ellos, o qué otras cosas habrá en los pasadizos que van a aparecer. Nos sacamos la ropa lentamente, como si tuviésemos toda la vida, como si queríamos hacer que el instante durara para siempre. Entre cada prenda nos besábamos y nos quedábamos mirando a los ojos por largos ratos. Su mirada era un camino directo al oasis, era oasis puro, me sentía como en una playa interminable, como el caribe en estado esencial en las venas, una playa sin final, sin final, que se pierde en el horizonte y no contiene nada más que éxtasis y perfección. Arena blanca, palmeras, mar transparente, olas pequeñas que van y vienen, brisa cálida. Hicimos el amor de una manera que me pareció erótica y sensual por partes iguales. En realidad no me importaba nada más que su mirada y su cuerpo. La explosión que revela el milagro. El detonante que indica un camino y una esperanza intacta. Me volví el laberinto, cada parte de mi cuerpo pasadizos secretos, cada dedo, cada músculo, millares de pasajes en hilera, anunciando un destino doble, ambiguo, certeza y tornado que aniquila. Supe inmediatamente que no podría olvidarlo. El mensaje era demasiado profundo, la playa demasiado brillante, el azul demasiado penetrante, la música demasiado armoniosa, el tornado demasiado perfecto. No le dije te quiero, porque habría sido demasiado, como ese momento, pero habría querido decirle. Quisimos.
10 de junio de 2023
La cascada
Nos besamos como que el mundo fuera a acabarse exactamente al día siguiente. Como si todo iba a estallar hasta desintegrarse para nunca más recomponerse. Estoy contenta que llegamos hasta este momento, le dije. Pero no me dejaba terminar las frases. Yo iba escribiendo la historia en el aire, fascinada. Su lengua albergaba señales que yo no conocía. Su boca era un oasis completo. Habría esparcido su saliva por toda mi cara, por el pelo, las orejas. El laberinto se ensanchaba como nunca. La división había terminado, todo pertenecía a todo, todo estaba comunicado, todo se encontraba. El abismo era ahora luces de colores. Sus manos sobre mi cuerpo era como cucharadas de miel que escurren por la comisura de los labios y puedes volver a recogerlas con la lengua hasta hacer tuyo el sabor de paraíso hasta la médula de tu último hueso. ¿Será esto el amor? Pensé. Qué es esto. Qué es. Por dios, qué es. El caos en silencio. La intemperie muy lejos. Sólo su lengua y la mía. Su boca. Su saliva. Por qué hacerse esa pregunta en cuanto al amor. Por qué surgían preguntas en mi cerebro extraviado por el tornado. Por mi cerebro caía una cascada que lo inundaba todo, que rellenaba cada intersticio con una bruma celestial como la que queda al final de las cascadas cuando el agua cae con fuerza, esas partículas en el aire donde se refleja el sol creando un arcoíris. El presente en cada poro de la piel y en cada neurona. El laberinto en las entrañas convirtiendo la información disponible en pasadizos que subían y bajaban como montañas rusas. El desenfreno era total y ya nada estaba en su lugar. Supe entonces yo dónde quería estar. Cuál quería que fuera mi lugar. Ese jardín y su lengua. Sus manos. Su abrazo. Le prometí a la literatura que no la abandonaría. Pero que me dejara compartir. Le juré que todo saldría bien. Que todo sería creado en el aire hasta llegar a la cumbre para alcanzar más cerca los rayos del sol y derretirse para convertirse en alas. Tal vez la literatura y el amor no son incompatibles, le dije a él. Le dio un ataque de risa que a mí también me hizo reír. Apaga un poco esa cabeza, por dios. Tienes razón, le dije. Es que siento que me estoy enamorando de ti y no tiene sentido, le contesté con timidez. Se quedó mirándome fijamente y volvió a reírse. Yo volví a reírme también. No creo que el laberinto haya tenido colores más lindos que en ese momento. Ven, me dijo, y me abrazó, pasando la lengua por el lóbulo de mi oreja. Quiero caer contigo, me susurró. Caímos.
El banco de piedra
No había vuelta atrás, el tornado se había desencadenado. Las esculturas volaban por el aire. Los arcos, las flechas, las liras, la guitarra, el tambor, los peces, todos los peces. Volvimos al banco de piedra, dejando atrás el barullo de la fiesta. Observábamos el tornado elevar todo por los aires. Las máscaras del carnaval se multiplicaban, los fuegos de artificio, los trajes pomposos, se veían estelas de colores que seguían a cada objeto al desplazarse, parecía una película galáctica, con naves espaciales. Sonaban acordes como los de Policy of Truth de Depeche Mode, que se retienen como moviéndose lentamente por un riel y luego desaparecen. Ahí estábamos de vuelta en el banco de piedra, donde todo había comenzado. Ya no necesitamos el mapa, me dijo, y lo dejó a un lado. De todas maneras no indica salida alguna, manifesté. Hoy nos quedamos acá en este jardín, tal vez mañana el laberinto nos muestre él solo la salida, sugirió. Lo miré un tanto incrédula. Tal vez no conocía las particularidades del caos, sólo las de la intemperie. No son lo mismo. La intemperie es la tierra yerma y el caos es la explosión constante. No puede detenerse porque es vital. Ambas comparten el núcleo verdadero. La esencia de las cosas. Las razones de todos los fenómenos. Al conocerlos de cerca se revela el tránsito perpetuo y los significados para seguir adelante sin temer a la corriente. Una cosa está clara: el presente es perpetuo. La creación es la que eleva las velas y lleva la dirección del barco, siempre observando desde la proa. La acción que carcome. Todo está teñido de su movimiento. La transformación viene de las entrañas de ambos. Todo está dictado por los pasos de sus estructuras flexibles. Del desorden y la lejanía del poder. Que hoy no sea la última vez, le dije. Se abrían los precipicios y dividían al jardín en distintas parcelas que ya no se comunicaban. No hay puerta, no hay puerta, gritó alarmado. Fue la primera vez que lo vi nervioso. Seguía la división del terreno que iba tragándose todo a su paso. Habrá una próxima vez, exclamó, lo juro. Te prometo que habrá una próxima vez. Prometimos.
9 de junio de 2023
El pez
Me miró a los ojos, ¿puedo besarte? Me preguntó. Quisiera hacerte mía. El laberinto se cerraba sobre sí mismo, haciendo desaparecer el mundo donde estaba enraizado. Las paredes se hicieron más altas, para resguardar de cualquier posible tormenta inaprensible. Una guitarra tocaba un pequeño acorde repetitivo y mágico. Un pez nadaba en la libertad del momento como flotando en el aire. El jardín se volvió una fiesta. Fuegos de artificio. Máscaras de carnaval. Trajes largos y pomposos. Velocidad supersónica. Dar vueltas en espiral. Volteretas en el limbo suspendido. El caos confirmando la sustancia del encuentro. La intemperie al margen cargando un águila para hacerla llevar el mensaje al firmamento. Para decirle, se cerró la puerta del laberinto, ya no podrás entrar. Ya nunca será igual. La intemperie tomará otra forma. Una desconocida o irreconocible. Inefable. Expansiva y delirante. La fuente desbordaba. Sumergidos en el agua para seguir el baile al ritmo de una música de frenesí. Qué es esta música. Qué es este reflejo en el agua con códigos indescifrables. Le hablé al oído: por supuesto que sí, le contesté. Pero la hipnosis era profunda, no ocurrió en ese momento, sólo nos dio tiempo a reírnos y observar los fuegos de artificio. Me abrazó por la cintura y yo puse mis brazos alrededor de su cuello, nos mirábamos fijamente. Amo este laberinto, le dije. Este jardín encantado vibra. Me habló al oído: desde ayer que quería entrar a este jardín. Quería sumergirme en el laberinto y desaparecer. Desaparecimos.
La escultura
Lo que pasa, le dije, es que este laberinto existe y sucede independiente de las cosas que tú quieres o lo que haces, tiene vida propia. Entonces no hay interacción posible, me contestó. Se había quedado escuchándome un largo momento sin decir palabra mientras yo desembalaba mis temores y certezas, que no eran muchas. Estoy improvisando, le dije, no esperaba que llegaras. ¿De dónde has aparecido? Le pregunté. Eso no es lo importante, respondió. Lo importante es el laberinto que apareció. La intemperie no soporta un laberinto más. Un laberinto de estas características. Y yo quieto como esa escultura, sin poder moverme. Con el arco y la flecha en la mano sin poder lanzarla, con el espíritu lleno de agua, con las manos llenas de mapas como líneas que parten para todos lados y no puedo seguir. Camino lento, a veces no distingo el día de la noche, mi alma está pesada y la brisa ya no mueve las hojas de los árboles de mi ánimo. Por las noches la tierra tiembla y no puedo invocar parajes que calmen la estampida. Las nubes se han organizado para esperarme fuera de la ventana y hacer caer sobre mí lo que contienen cuando salgo al balcón. Los cisnes partieron todos a otros horizontes. Los días se confunden y no sé cuál viene luego del siguiente. No sé cuántos días más podrán organizarse hacia adelante. Dejé de contarlos porque ya no tienen sentido. Porque había luces de colores y ahora sólo veo oscuridad. Los barcos no pueden salir del puerto aunque ya he dispuesto dentro de ellos todo lo que quisiera atesorar, todo lo que conocí y todo lo que me hizo feliz. No sé realmente qué es lo que estoy esperando. Sólo conozco la incertidumbre y sus rincones más desconocidos, esos también los frecuento, esos también se han presentado y han querido mostrar su rostro al descubierto, y el rostro de la incertidumbre al descampado es de una extrañeza que ya no sabes cómo era un rostro, el que sea, ninguno está presente ahí para darte un ejemplo, para guiarte por un desierto donde al menos las dunas tengan color de seda y la arena te tape los ojos para no ver más. No sé bien por qué estoy aquí ni qué estoy haciendo. Pero esta quietud tiene la solidez de lo definitivo, de algo inamovible que no puedo desplazar ni empleando la mayor fuerza que me es posible, la música está distorsionada y ya no sé cuáles eran los acordes que componían una frase que tuviera algún significado. Necesito que este laberinto me instale por un momento en un prado sin lluvia, necesito sentir el sol en mi piel, necesito asir la chispa de tu mirada y que despierte a la multitud completa, al teatro atiborrado, a todos los animales y sus crías, a todas las flores que duermen en las tinieblas ¿Vas a llevarme? ¿Vas a venir conmigo? Ven. Fuimos.
El pasadizo
El caos no lo puede todo, tal vez, le dije, no siempre puede contra el miedo. Hay un impulso, una ejecución que se lleva a cabo, pero después comienza la lluvia y a veces todo se detiene ahí. No digo que sea falta de valor o coraje. Tal vez simplemente no es el momento. O el abismo es demasiado grande. Hay que considerar eso también. O tal vez la intemperie difiere del caos. Tal vez la intemperie es un caos a medias. A medio camino entre la nada y el caos. La intemperie es menos exigente. Porque se le exige menos, o se espera menos de ella, o se requiere menos para que llegue a puerto. El caos tiene que llegar al fondo si luego quiere salir a flote. No puede quedarse en la mitad porque sino se ahoga y todo se desvanece en el lamento, o la negación y la queja. El caos aborrece de la infertilidad. De lo que nace muerto. De lo que no ve la luz. A eso lo llama cobardía, intento abortado, planicie que quiso ser otra cosa pero no tuvo las alas suficientes, por la razón que sea. Creo que lo de la exigencia es importante. Cuando se ha estado sometida a sacar las cosas a flote contra viento y marea el entrenamiento es alto. Por eso que el caos está más lejos que la intemperie. Estar a merced del clima está bien, te templa el carácter, te hace sacar fuera un cierto tipo de poesía oscura, pero cuando la poesía está cargada de pesos adicionales no es solamente cosa de quedarse ahí en el prado mientras llueve y redactar un par de cosas, hay que tomar todos los textos y subir la montaña, mientras los ojos están puestos en ti, no es lo mismo. La consistencia del texto quizá tampoco, por las mismas razones. Se escribe desde donde uno está. Se toman decisiones. Se moldean los textos, se crean estrategias, para eludir la corriente, para llegar arriba de la montaña, salir del agua, no ahogarse en la lluvia. Tal vez te invito a algo que no puedes ejecutar. Tal vez este laberinto es muy intrincado con este clima. Tal vez los pasadizos se tornaron demasiado sinuosos con la poca visibilidad. Con estos escenarios móviles. Yo sólo he querido abrir espacios en tu alma. Los abrimos. Tratamos de cerrarlos. Los abrimos.
El césped
Escribes mucho, me dijo. Si la inspiración es buena, le contesté. ¿Estás inspirada? Tengo disciplina, le dije, pero tú me inspiras, además. Me gustaría escribir textos como los videos de Depeche Mode, le comenté. Bueno, este jardín podría perfectamente ser el escenario de uno de esos videos. Me gusta el video de Strangelove. Podríamos hacer uno aquí, con estas esculturas. Sí, pero yo te dije que me gustaría escribir como esos videos, no quiero salir en un video. Podemos hacer las dos cosas, podemos hacer todo, este jardín es nuestro. De acuerdo. Recostémonos en el césped, ¿te parece? Le propuse. Se quedó observándome un momento. Esos instantes me tensaban. Me parecían eróticos. Por el agua de la fuente se deslizaban los barcos con luces de colores. Nos reímos de pronto. No sé exactamente qué fue lo divertido. Quizá porque estábamos tensos. Quizá porque el instante era perfecto. Nos recostamos en el césped. Se veían las estrellas. Habíamos pasado la tarde entera dentro de la fuente. El cielo estaba en ese momento en que comparten las estrellas y el rojo del crepúsculo, igual que el amor y el deseo. Un cielo perfecto. Un cielo que permite soñar. Pensé, ¿estoy añadiéndole colores al laberinto o es brillante como se ve? El alma tiene la capacidad de modificar al cerebro y añadirle luz. Los barcos con luces de colores por la piel. Hacía calor. La ropa quedó junto a la fuente. Estuvimos un momento observando las estrellas, hasta que el rojo dio paso a un negro brillante que me pareció hermoso. Se encendieron unos faroles que había por el borde del camino que llevaba al jardín. De pronto me dijo, mirando todavía hacia las estrellas: hace años que no me sentía así. ¿Cómo? Le pregunté. Esta adrenalina, me dijo. Se siente como las primeras veces, agregó. Me quedé en silencio un momento. Pero habría querido confesarle de inmediato con lujo de detalles el tornado que invadía mis entrañas y me hacía flotar. Giré la cabeza y observé la silueta de su perfil. Rogué porque el laberinto nunca tuviese salida. Notó que lo observaba y se giró. Sin decir palabra su lengua rozó la mía. El laberinto entero se puso en alerta. Habría querido prolongar ese instante para siempre. Perdí toda noción de las cosas. Las esculturas. Los videos. Los peces. La guitarra. Nos perdimos.
8 de junio de 2023
La fuente
A qué le tienes miedo, le pregunté. A los precipicios, a la incertidumbre. ¿Y tú? A los laberintos sin salida. Como este, afirmó, mirándome fijamente. Sí, le dije. Pero vivo en el caos. Tal vez estoy acostumbrada. Quiso saber qué era vivir en el caos. En tus ojos, por ejemplo, le expliqué. Tal vez los laberintos sirven para escribir historias, manifestó. Moví la cabeza, asintiendo. Me gusta tu cuerpo, le confesé. A mí también me gusta el tuyo, comentó mirando el agua. La brisa erizaba la piel. También me gusta el agua, agregué. Subió la vista y se quedó con el ademán de decir algo, pero se detuvo. Estábamos apoyados en el borde de la fuente, el cuerpo sumergido en el agua, a merced de la intemperie. Rodillas dobladas, brazos alrededor de las piernas. Nos separaban unos centímetros. Pasaban los barcos con luces de colores. Tal vez entre su cuerpo y el mío. Entre su mirada y la mía. Entre su boca entreabierta y la mía. Vivo en la intemperie, me dijo. La intemperie y el caos se entienden bien, le contesté. Tal vez tenemos suerte de estar en este mismo jardín, sugerí. Ahora, en este jardín, en este momento, continué. No esperaba entrar a un laberinto, admití, pero eso es parte del caos, nunca sabes exactamente dónde va a llevarte la literatura. ¿La literatura? Se quedó pensativo. La pasión, le dije, por la vida, por los tornados que liberan. ¿Que liberan? Volvió a quedarse pensativo. Habría querido abrazarlo y decirle que este momento era perfecto, pero estaba muy sumido en sus cavilaciones. Intenté darle espacio sin abrumarlo con la verdadera naturaleza de lo que ocurría en mi alma. Del deseo pasaba al amor y viceversa. No lograba que se pusieran de acuerdo. Tal vez convivían pacíficamente. Sucede a veces. En momentos excepcionales de la existencia en que unas estrellas se encuentran y se ponen en hilera como formando un arcoíris. Me alegro de haberte encontrado, le dije. Nos encontramos.
La guitarra
Luego de un momento observando la lira me dijo, yo también tengo un instrumento musical. Me gustaría escucharlo, le dije. A mí me gustaría tocar para ti, me contestó. Seguíamos sentados en el banco de piedra, nos quedamos mirando en silencio un momento. Nuestra conversación tenía largos momentos de silencio. Tal vez no era necesario decirlo todo. Mi música preferida es Depeche Mode, me dijo. A mí también me gusta mucho, le comenté. Tenía la sensación que íbamos a entendernos bien en el laberinto. Yo también tengo un instrumento musical, le dije. Podríamos tocar juntos, me propuso. ¿Depeche Mode? ¿Chopin? Podríamos tocar Debussy o Pink Floyd. Finalmente sólo hablamos de música, y cambiamos de idea, fuimos a la fuente y sentados en el borde pusimos los pies en el agua. La sensación del agua fría en los pies era exquisita. Resolvimos sentarnos dentro de la fuente. Nos quitamos la ropa. Me contó de su guitarra. Yo le conté de mi piano. De mi tambor. Creo que la música se estaba componiendo sin los instrumentos. La fuente era música. Su cuerpo muy cerca del mío. Era igual que una gran orquesta. El jardín misterioso. Las flores. ¿Crees que este laberinto tenga salida? le pregunté. No tengo idea, me dijo, no aparece en el mapa. Pensé que sabías todo acerca de este laberinto, le expresé. No tengo idea de casi nada en relación a estos pasadizos, me confesó. Este jardín me gusta mucho, sin embargo, añadió. A mí también me gusta, estoy contenta que nos quedamos, le revelé. Quise saber hace cuánto tiempo cargaba con este laberinto. Hace un año que te observo, afirmó. Hace un año, repetí en voz alta, que me observas ¿A qué te refieres? ¿Has leído mis libros? Si quieres podemos leer juntos después, le propuse. ¿Tienes libros aquí? Quiso saber. Tengo libros en todos lados, declaré. Me gustaría que me escribieras una historia, manifestó. Las historias son lo mío, expresé, y este laberinto es particularmente interesante. Sobre todo la fuente, agregué, y tu cuerpo en el agua. Escribamos una historia. La escribimos.
El jardín
Qué había en el laberinto. No estoy segura. Todavía estoy dentro. Es un laberinto sin salida, tal vez. ¿Todos los laberintos tienen salida? ¿Cuántos pasadizos tienen los laberintos? De algo estoy segura, a poco andar había un jardín. Era bellísimo. Como el jardín de un cuento. Con bancos de piedra. Bien organizado, con flores. Con una fuente de agua y una pequeña laguna con peces de colores. Había barcos con luces de colores. Me recordó un jardín en el que estuve una vez en Porto. Esos jardines de los sueños. Suspendidos del tiempo. Había esculturas. Personas en las posiciones más diversas. Cazadores, cazadoras, con arcos y flechas. Me senté en uno de los bancos de piedra. Observaba los barcos con luces de colores. Él se sentó en un banco al otro lado del jardín, justo frente a mí. Estuvimos así una cantidad de tiempo que no podría precisar, los ojos fijos al frente. Tampoco sé qué hora habrá sido, ¿mediodía, tal vez? Por el sol. El jardín estaba en silencio, sólo podía oírse una brisa leve que mecía las flores. Tuvimos curiosidad, supongo. De pronto él se levantó y vino a sentarse a mi lado. Comenzó a hablarme como si estuviésemos en la mitad de una conversación que había comenzado hace tiempo. Extrajo un mapa de su bolsillo y me lo mostró. Era un mapa del laberinto. Vaya, me dije, él tenía los detalles de los pasadizos. Los caminos que conectaban al jardín y por dónde había que seguir. Estoy bien aquí, le dije. Puedes quedarte si quieres. Me miró como si ya todo estaba decidido desde antes y yo estaba hablando cosas sobre las que no había una necesidad real. Nos quedamos en silencio. Luego me señaló una de las esculturas en la que el protagonista tenía una lira y parecía estar ensimismado en la música que salía del instrumento. Nos quedamos observando la lira. Nos quedamos.
El laberinto
Entré de lleno en el laberinto. Entré voluntariamente en sus pasadizos sinuosos. Nadie me dijo que entrara y yo entré. Una mirada directo a los ojos y entré. Puse un pie dentro y me perdí inmediatamente. La vocación del caos es maldita. No me arrepiento, al contrario. En cuanto traspasé el umbral supe que estaba perdida. Supe que no podría volver atrás. Me perdí voluntariamente en sus ojos. La vocación del caos es una condena. Me extravié en su mirada y supe que comenzaría a existir para él. En cuanto descubrí el laberinto quise entrar. Quise existir sólo para él. Todo desapareció. El laberinto trajo certezas. Me dije, qué es este laberinto. Por qué necesito entrar. Qué promesa esconden sus pasajes. Supe que tenía que entrar. Que estaba en juego algo importante. Cuál fue el momento exacto de la certeza. ¿O fue gradual? No, fue un momento puntual. Vislumbré el laberinto en su mirada y la suerte ya estaba echada. Lo recuerdo bien. Me dije, quiero que me lleve por este laberinto. Voy a entrar. Avancé ese paso sabiendo que no habría vuelta atrás. Intuía el paraíso. Es una sensación fuerte. No recuerdo haberla sentido desde hace algún tiempo. A veces es distinto. A veces simplemente lo sabes. Este laberinto es mi lugar. Estaba esperando traspasar este umbral. Mirarlo directamente a los ojos y perderse. Olvidarlo todo. Dejar el concepto de tiempo de lado. Desear su mirada indefinidamente. Pero en un presente eterno. De pronto no había nada más que él y el laberinto. Que abría sus puertas. No me tomó mucho tiempo entrar. En su mirada había una certeza. Había que traspasar la puerta. A riesgo de dejar partir al destino y no dejarlo materializarse. El destino no se presenta todo el tiempo. Sólo en contadas ocasiones. Este laberinto tenía la consistencia de un destino. Decidí voluntariamente entrar en su mirada que anunciaba un destino. Tácitamente consentí en el pacto. Un acuerdo improvisado que decía, entraremos al laberinto. Entramos. La vocación profunda del caos es cumplir el destino. Voy a volver a decirlo: entramos. Entramos al destino en forma de laberinto. Entramos.
7 de junio de 2023
El caos es más fuerte
Las personas te dicen: esto es lo que hay que hacer. A mí no me importa lo que hay que hacer. Mientras no dañe a nadie no voy a hacer lo que hay que hacer. Voy a hacer lo que yo creo que hay que hacer. El caos es un estado de la mente. El cerebro relleno de luz que enceguece. El cerebro compuesto de tornado. El caos y el verano son grandes amigos. La luminosidad del verano despierta las neuronas. El verano es sugerencia pura. Yo podría vivir en verano sin ningún problema. Arriba de la ola. Para qué bajar. El dolor está sobreestimado. Cuál es la gracia del frío, tener que cubrirse la piel, encerrarse, refugiarse. Yo nací para el caos que brilla. Para la pasión que significa algo. El mío es un amor literario. Se nutre del caos. No conoce limitaciones artificiosas impuestas. Strangelove, como dice Depeche Mode, strange highs and strange lows, that's how my love goes, will you give it to me? A veces dudo si la palabra felicidad tiene significados reales. Hemos construido unos significados extrañísimos. La felicidad para mí es escribir y amar. El sol es felicidad. La música. La amistad. El mar. Los libros. Recojo cada instante y lo relleno de un contenido de belleza. El tiempo no pasa en vano, de eso estoy segura. Cada semilla que he plantado ha terminado por germinar. Me he despedido de quienes impedían el florecimiento. El concepto de libertad literaria es muy importante. Cuando se nace escritora hay un solo objetivo que interesa: alcanzar la libertad literaria. También cuando se crean imágenes: alcanzar la libertad de las imágenes. El arte se relaciona mal con los juicios. Ser mujer es un concepto muy cercano a los juicios. Obstaculizan. No preguntas nada y ahí están. Hay personas que no aportan nada más que juicios vacíos. Fealdad para un mundo que quiere ser mejor. Hay mucho dolor en juego. Por qué hay personas que tienen tanto miedo. De un mundo que cambia. Desde la bondad no se juzga. Por qué los extremos gustan de la aniquilación de sus contrarios. Qué sombría disposición. El caos es más fuerte y siempre es libertad. Resistencia constante y felicidad. Felicidad es sinónimo de justicia. Cualquier otra definición es vacía. La libertad literaria está construida de justicia. Son indisociables. Y la justicia tiene un significado muy preciso: el arte generoso. El arte que quiere compartir el caos. Que quiere entregar felicidad. Se vanagloria a veces la violencia y la humillación. El arte es bello cuando es sincero y no nace de la dominación. Resistir no significa destruir. Significa crear. Escribo porque amo. Porque conocí el milagro y quisiera compartirlo. Porque sólo tenemos sentido en comunidad. Nunca me he rendido y esta no será la ocasión de hacerlo. Te espero, Gran Obra, Gran Amor, el caos es más fuerte y todo lo puede.
6 de junio de 2023
Because you have to make this life livable
Tal vez lo más fuerte es cuando el deseo y el amor se confunden. Los textos que componen este libro fueron escritos en Lyon, Francia, en mayo y junio de 2023. Tienen la vocación de lo imposible. Porque es necesario hacer que esta vida sea vivible, como dice Depeche Mode. Habrá momentos en que mis crímenes, parecerán casi imperdonables, canta Dave Gahan, me entrego al pecado, porque tienes que hacer esta vida vivible, pero cuando pienses que he tenido suficiente, de tu mar de amor, tomaré más que otro río lleno, sí, y haré que todo valga la pena, haré que tu corazón sonría. El deseo y el amor se entienden perfectamente. Pero rara vez van realmente juntos. Cuando sucede se gatilla la avalancha perfecta. La creatividad está siempre atenta a este tipo de acontecimientos. Es el paraíso preferido en la constelación literaria. Y yo tengo la vocación para el caos. Vivo para las explosiones. Me dan vida y me devastan. Nací para presenciar el milagro. Para ser la literatura en acción. Para sentir la poesía y escribirla. Entonces te preguntas por las causas del tornado. Las exactas causas. Y sabes que en su alma identificaste algo que te fascina. Como la atmósfera onírica y de seducción que crea Depeche Mode. Un ritmo muy vital que te transforma. Lo interesante del deseo junto al amor es el poder de transformación. Enamorarse es crear algo, componer una estructura que se inserta en el mundo y modifica la corriente. La posibilidad de enamorarse es creatividad, incluso más quizá que lo que puede seguir después, es tensión creativa. Esta delicada y frágil posibilidad es totalmente excepcional. El caos es sentir y decir. Yo tengo vocación para sentir y decir. Tengo vocación para decir lo que tiene que ser dicho. Para decir lo importante. Para hacer que esta vida pueda ser vivida. Así es mi amor, como canta Depeche Mode, extraños altos y extraños bajos, ¿vas a dármelo? Lo que me interesa es tu deseo y tu amor. Tu cuerpo. Tus palabras. Tu deseo y tu amor. Bienvenido al caos que libera. Tu deseo y tu amor. Mi deseo y mi amor.
Let me show you the world in my eyes
Interrogué al encuentro para entender bien su sustancia. El amor tiene mucho de juego. De hablar y de callar. Tiene mucho de certeza. Se siente, no se improvisa. Me cobija el río frente a mis ojos. Mi biblioteca y su generosidad. Los reflejos de las luces en el agua. La música que siempre me libera. Interrogué al mismo tiempo al destino oscuro. Los mensajes indescifrables que me arrojaba el presente. En qué consiste aceptar un destino. De dónde nace un cierto destino. ¿Lo esperamos? ¿Nos alcanza aunque vamos para otro lado? Quisiera cobijar los acordes de tu alma. Sentir tu cuerpo y adivinar los mecanismos de tus afirmaciones. Entender tus certezas y tus miedos. Asir la existencia completa en un encuentro. Las claves de lo significativo. El desamor es falso y el amor que comienza es verdadero. Qué hacemos con los sentimientos de vocación imposible. Qué hacemos cuando los barcos con luces de colores avanzan a la distancia. Quisiera que el río me lleve al mar. Bajé de mi balcón, subí a uno de los barcos con luces de colores. Llegó efectivamente al océano. Aquí es donde quería estar, me dije. Como la primera vez. Partir para volver al inicio, para recomenzar. Esa magia explosiva. La sugerencia del amor es inexplicable. Inoportuno. No entiende razones. El amor es insensato y maldito. Por eso el caos se le parece. Habrá días en que me extraviaré, puede parecer que estoy constantemente fuera de alcance, canta Dave Gahan, me rindo al pecado, porque me gusta practicar lo que predico, no intento decir que lo tendré todo a mi manera, siempre estoy dispuesto a aprender cuando tienes algo que enseñar, y haré que todo valga la pena, haré que tu corazón sonría. El amor es vida y explosión. No buscaba nada y en las olas encontré el paraíso.
5 de junio de 2023
All the islands in the ocean
Sé que había algo llamado calma. Miré hacia todos lados y no pude encontrarla. Hablemos de la música. Esa que no conoce la calma. La que te despierta a la perplejidad celeste. Hablemos del mundo que es de una manera y luego de otra. Déjame subirte en un barco, en un largo, largo viaje, canta Dave Gahan, tus labios cerca de los míos, todas las islas del océano, todos los cielos en movimiento, déjame mostrarte el mundo en mis ojos. Observo el planeta pequeño pero se ha hecho inmenso. Islas e islas aparecen frente a mis ojos. La montaña rusa tiene algo expansivo. La luminosidad del verano es mágica. Contiene respuestas que son al mismo tiempo preguntas. Toda gran respuesta está habitada por cientos de preguntas. La sustancia de la Gran Respuesta es miles y miles de pequeñas preguntas organizadas. Llegan juntas, al mismo tiempo. En un mismo momento. La Gran Respuesta en el barco a la deriva y las preguntas todo alrededor. Como peces escurridizos. Pequeños peces de colores. Que saltan y vuelven a caer al agua. Me atacan las preguntas pero he hecho caso omiso. Me gusta la Gran Respuesta. Me he refugiado en sus brazos. Su calor me da vida. Una vida que había olvidado. Que nunca conocí tal vez, no de esa manera. Es la sustancia del Gran Caos. Es el que yo estaba esperando. Siglos avanzando para encontrármelo frente a frente. He sido feliz cada día de mi vida, al menos un pequeño instante. La unión de cada uno de esos instantes es el gran caos, el llamado de la vida. La que quiero vivir contigo. Ahora lo sé: el Gran Caos es la voluntad de la creatividad. El deseo de recorrer todas las islas del océano. Con alguien. Con la vida. Con las palabras. A través de las olas que nos acarician suavemente. El Gran Caos es lo más lejano a la Gran Paranoia. Porque es entrega. Es deseo de existir y ver la belleza. Mantener alejada a la violencia. Me he alejado de la Gran Paranoia y ahora soy la Gran Creatividad.
And we won't need a map, believe me
El verano ha causado estragos en mí. Ya no sé ni para donde iba. He redactado en el aire la sustancia de los lugares y sus aventuras. Te llevaré a la montaña más alta, a las profundidades del mar más profundo, canta Dave Gahan, y no necesitaremos un mapa, créeme, ahora deja que mi cuerpo haga el movimiento, y deja que mis manos te tranquilicen, déjame mostrarte el mundo en mis ojos. Me reverencio humilde ante el milagro. Pensé que vivir era de una manera, y era de otra. El sol me encandila y me encandila. En sus ojos estaba el sol agazapado. Nunca salgo ilesa del mar. Su fuerza me devasta y hace estallar la verdad de la creatividad. Quisiera preguntarte algunas cosas, saber más de ti. O vivir el silencio que envuelve el tornado, a tu lado. Sin decir palabra sentir el sol. Sentirlo todo. Quisiera proponerte viajes al infinito. Conocer nuevos rincones de la música. Explorar las nuevas caras del amor. Alargar el milagro y que se extienda a nuevos parajes del caos. Las naves espaciales son para ser abordadas. Los barcos llenos de palabras. El movimiento de tu sonrisa. Un antes y un después. La nueva vida tomando forma y haciendo carne lo que otrora creí imposible. La existencia fue hecha para ser vivida. Para ser escrita. Para explotar.
Someone to hear your prayers
Me inquieté, qué pasa si nunca vuelve a puerto. Si se pierde en el abismo, qué pasa. Si se vuelve concierto y se va para nunca más volver. Si se vuelve parque y desaparece. Si se vuelve tornado y lo asola todo a su paso dejándome en el terreno desértico para perderse en el horizonte y elevarse hasta el firmamento. Qué pasa si los laberintos finalmente no tienen salida y tengo que vagar por terrenos desconocidos por eras enteras. Si el viaje es una entelequia y en realidad estoy todo el tiempo en el mismo lugar. Si todo será estático con vocación de planicie. Si guardo en el baúl algunas de sus palabras y estas luego no componen acordes que liberen, sino más bien esclavicen. Yo vi la sustancia del caos. El caos libera. El tesoro tal vez espera agazapado para saltar encima cuando el concierto ya terminó. Cuando todo haya finalizado. Cuando mi barco haya zarpado para recorrer el mar de la incertidumbre que gobierna. Observé estrella por estrella y todas tenían su rostro. Su mirada perdida e infinita. Cada una se reflejaba en el océano. A la deriva invoqué a la música para que escuchara mis rezos. Di media vuelta y no miré atrás. Seguí paso firme. Me perdí en la muchedumbre. Observé desde lejos que él conversaba sentado en el escenario con Dave Gahan. Un abismo se abría. Cuando el teatro se vació me senté en una de las graderías para que mis rezos fueran escuchados. Necesitaba concentrarme. Pero todo mi cuerpo quería expandirse. Seguir el ritmo que marcaba la batería y las notas en la guitarra. Quería volar, volar. Pero necesitaba concentrarme. Mirar la realidad de frente. Cubrirle las alas por un momento. Trazar el camino por anticipado. Pero todo era tornado inentendible. Necesitaba concentrarme. Dictar las palabras a anotar una por una para no decir las que no podían recitarse por su dificultad. Cuáles son los significados del teatro. Por qué vamos por esta procesión de rodillas. Por qué guardamos las alas. Qué destino oscuro nos espera. Cuál es la creatividad que libera. Cuál es la creatividad que esclaviza. De lejos lo observé y le prometí el infinito en el silencio del caos desatado dentro del corazón escondido.
El concierto
Me buscó, y cuando finalmente me encontró, dio media vuelta y lo perdí en la muchedumbre. La música sonaba fuerte. Quise gritarle al caos que se estaba excediendo. Pero el caos no tiene límites. Tan pronto ha lanzado la flecha se desintegra para volver desde donde no puedes verlo para envolverte. Lo observé de reojo. Redacté largos párrafos en mi cerebro que hablaban de nubes de colores que parten sin más y no intentas detenerlas. Le confesé al caos que esta vez había ido demasiado lejos. Quise interpelarlo en la medida de lo posible, sin herir sus sentimientos. Pero cómo son estos sentimientos que tiene. Tal vez son unos que no entiendo. Tal vez toman distintos colores. Me quedé con los cientos de párrafos en la mano que se materializaban en la forma de notas musicales que se adhieren al cuerpo. Intentaba volver a leerlos pero todo lo avanzado se hacía humo. El fugitivo por ninguna parte. El caos tranquilo a mi lado. Me abrazó y me prometió el infinito. Voy a tomarme mi tiempo, para hacerte mío, cantaba Dave Gahan, está escrito en las estrellas, los dioses decretan, estarás aquí a mi lado, justo a mi lado, puedes correr pero no puedes esconderte. El concierto no tenía final. Dave Gahan seguía cantando, parecía como que cantaba hace décadas. El teatro entero partió y yo quedé en la mitad de la pista, Dave Gahan seguía cantando. Subí al escenario, le hablé del caos. Le pedí unos cuantos consejos, supuse que él lo conocería de cerca. Llovía, y los laberintos tomaban forma. Las luces de colores mutaban y lo invadían todo. Nos quedamos conversando sin llegar a puerto en cuanto al lenguaje del caos. Sentados en el escenario de piernas cruzadas frente a frente se abría una brecha en el presente en forma de abismo brillante. No digas que me deseas, no digas que me necesitas, no digas que me quieres, susurraba Dave Gahan, se da por entendido. Llévame, le dije, esto llegó demasiado lejos. Mi corazón ha abierto una ventana que aspira todo a su paso para transformarlo en palabras de colores, le revelé. El concierto no tenía final, no tenía final, no tenía final.
El parque
Qué pasa si me rebelo ante la fugaz conciencia del milagro. Qué pasa si me opongo a que mis días estén vacíos de promesas. Qué pasa si volé muy alto y ya no quiero bajar a encontrarme con la tierra yerma de brotes. Qué pasa si quiero que todos los días tengan su sonrisa. Qué pasa si su cuerpo tenía la magia de lo que se abre a la vida. Qué pasa si cada instante estuvo regado de flores que iban despertando al paso de la avalancha. Qué pasa si su mirada trajo cosas que había olvidado. Qué pasa si la idea de una próxima vez me hace delirar y perder toda la sensatez necesaria. Qué pasa si los años se agolparon en unas horas para indicarme la verdad de esta estadía en los días. Qué pasa si los colores flotan en el aire enredándose unos con otros ante la visión del abismo luminoso. Qué pasa si la música adquirió un nombre secreto que esconde los signos del presente. El sol me encandila, y aunque me he refugiado bajo la sombra del árbol más frondoso sus ojos gritan en mi cerebro al descampado. Conocía bien la intemperie pero esto es otra cosa. Este es el caos real que hace nacer la creatividad siempre al acecho. Esto es la poesía hecha carne. Hecha caricias suaves que aparecen y desaparecen. Cuántas veces renunciar al arcoíris. ¿Todos los días renunciar un momento? ¿Todos los días entrampar al cerebro con reflejos en el río? El milagro que se exhibe se materializa a riesgo de romperse y oscurecer los prados que mecen la alta hierba delicadamente con el viento. Se puede ser la poesía en la dimensión de la música que suspira. El tiempo parece haber quedado detenido a la espera de sus gemidos que encierran el laberinto de todo lo cierto.
4 de junio de 2023
El tesoro
Estuve en el gran parque. Aquel donde reinan los pájaros. El calor era sofocante. Sin brisa a mediodía. Las pequeñas embarcaciones se deslizaban por el agua de la laguna como si volaran. Me hipnotizó el vaivén de las olas. Quise que la existencia fuera como ese pato que se desplazaba con suavidad suspendido en la sustancia acuática. Quise que fuera como esa garza blanca que iba con seguridad de rama en rama para luego posarse a descansar observando el parque desde lo alto. Quise que fuera como ese rosal a pleno sol exhibiendo su belleza e integrando cada rayo en sus pétalos para regalarlos luego a la tierra sin arrepentimiento. Lo que quiero es que me quede algo de cada tesoro de tiempo que la existencia me entrega. El caos decidió acribillarme. Porque esa es su naturaleza. El calor asfixiante que hipnotiza. Déjame llevarte de viaje, canta Dave Gahan, alrededor del mundo y de vuelta, no tendrás que moverte, sólo quedarte quieto, ahora deja que tu mente haga el camino, y deja que mi cuerpo sea el que hable, déjame mostrarte el mundo en mis ojos. Conservo el tesoro. Fui a buscarlo en medio del bosque. En el corazón de la ciudad y los bares ruidosos y en movimiento. Conservo el tesoro y no lo abro. Me da la posibilidad de soñar. De traer a las preguntas que se adhieren a mi piel. Prometí que comenzaría una existencia nueva. No tardó en traerme el cofre de todos los laberintos. De todas las interrogantes y los placeres encapsulados. Me guiñó el ojo de inmediato sin darme el tiempo de descifrar el contenido del milagro. Prometí en los ojos del caos que la nueva existencia no tendría secretos. Prometí que sería suave como una caricia. Profunda como la disposición a pertenecer a la literatura. Conservo el cofre y me expando. La música tiene nuevos rincones. El gran parque se reverencia ante la certeza del tesoro incierto. Tu mirada es el atisbo del paraíso. La sugerencia maestra que abre todas las puertas. Todas las llaves a las dimensiones que flotan y me elevan. Pensé que ya lo tenía todo pero el tesoro cambió la configuración de lo posible. Las alas acarician el momento como manos que tiemblan ante la catarsis. En el momento de entregarse al caos se desliza lo más grande. Cuando voy desprevenida se anuncia la fortuna aunque sea etérea. Todo ha quedado atrás y todo comienza.
2 de junio de 2023
El tornado
Barcelona me dio la posibilidad de penetrar en sus entrañas. De encontrarme con el caos, que es la sustancia que la define. Es difícil salir indemne. Me incliné ante la fuerza de esa ciudad porque tiene algo muy vital que me hace vibrar. Tal vez el mar toma la forma de olas que te interceptan. Crees que vas para un lado y luego quedas desorientado. En un bar, en una pista de baile o en la habitación de un hotel pueden encenderse las alarmas del aturdimiento. Para dónde iba. Qué es esta música. Barcelona tiene la voluntad del deseo en movimiento. Barcelona es tornado. Entregarse a la montaña rusa que nos devuelve a la vida. Tal vez soñar. Tal vez no. Pero las cosas importantes se saben. Se sienten en la piel. No importa cuánto quiera uno maquillarlas. Se resisten. Porque hay un impulso vital que siempre está alojado en nosotros. Pasa el tornado y queremos extender la mano y alcanzar la fe, como Depeche Mode. Levanta el auricular y te haré un creyente, dicen. No hay distancia posible. Cuántas vidas tenemos. Cuán oscuro o luminoso es nuestro destino. Cuántas veces cerramos y abrimos los ojos y la realidad se ha modificado. Cuántas veces el destino nos devasta. Cuántas veces nos volvemos caos. Carne y huesos por el teléfono, canta Dave Gahan, aspectos en tu pecho que necesitas confesar, podré liberarte, sabes que soy alguien que perdona. El tornado es la necesidad de abrir los ojos ante la avalancha. Una ciudad y su desierto. Una ciudad y su paraíso. Una ciudad y su incertidumbre. El deseo en acción. La certeza de lo fugaz y eterno que es un momento. La voluntad de vivir, una y otra vez. Como la primera vez.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

