Ya no sé ni cómo me llamo. Es el estado de vacío literario para que todo nazca. Si nos aferramos a identidades nos cerramos a otros aspectos de nosotrxs mismxs. Como el cielo en un día nublado, no entran los rayos de sol. No entra nada, básicamente. Qué es la identidad de todas maneras. ¿Algo que nos inventamos? ¿Algo que nos diferencia? ¿Algo que nos une? Observo una lista de tipos de identidades, la capacidad, la edad, la clase económica, la etnia, el género, la nacionalidad, el idioma, la raza, la religión, la orientación sexual. Termino un poco agotada. Tal vez porque está nublado. Pero veo un rayo de sol que intenta asomarse. Andrea, no puedes dejar que el clima te gobierne, ni que gobierne a tu literatura, me digo. Sí, en este momento me gobierna el clima y la risa de Jean, que no puedo extirpar de mi cabeza. Ser persona es algo muy cansador. Sucede que me canso de mis pies y mis uñas, y mi pelo y mi sombra, como escribió Neruda. Me canso de ser persona. Me gusta tener un nombre, pero a veces no sé cuál es. Sé que es un derecho, está en las legislaciones. Pero qué es un nombre. ¿Algo que nos da respetabilidad, de lo que huye Bolaño y Lessing en tanto novelistas? ¿El enemigo de la autenticidad? Las nubes me hunden o me hastían. ¿No pueden moverse del sol?, ¿es tan difícil?, pienso. Ya no sé ni a quién le estoy hablando. ¿A alguien que puede gobernar las nubes? No aspiro a comunicarme con nadie que tenga esta capacidad. Tal vez lo que me gusta del nombre es ir cambiándolo. Difuminar la organización de las cosas. Tantas veces muy rígida. Yo creo que unx tiene que tener el nombre que tenga ganas, y cambiarlo si hace falta. Porque cada momento es diferente. Porque no somos lxs mismxs a los 20, a los 30, a los 40. Yo quiero firmar ahora mis libros como Andréa Balart-Perrier, es mi identidad francesa. Me gusta esa identidad, porque ante todo me siento francesa. Vivo aquí, pienso en francés. Bueno, a veces en castellano, a veces en inglés. Inmediatamente entran por todas partes los rayos de sol: no hay una sola identidad. Cuando unx escribe con un alter-ego como hacía Bolaño y Lessing luego se vuelven intercambiables y unx cae en cuenta que todo es ficción. Lisa es mi alter-ego. Me divierte mucho Lisa, porque es una versión totalmente libre y a ratos muy diferente de mí misma. A ratos idéntica. Eso permite la ficción, modificar la ficción que vivimos. Es muy liberador tener un alter-ego porque caemos en cuenta que nada es tan serio. Que efectivamente la respetabilidad es un lastre, muy pesado. Cuentos que nos contamos a nosotrxs mismxs para sostenernos, como sustancias que nos permitan evadir lo más profundo que empuja para salir. Siempre hay cosas presionando para salir, por eso es fundamental el vacío literario y la soledad. Cómo crear poesía con frenos y obstáculos. Cómo escribir sin aceptar lo que nos habita. Cómo redactar novelas pensando en el afuera de unx mismx. La literatura no es posible en el exterior de las cosas. Cómo sugerir convicciones manteniéndose en la periferia de unx mismx. En el extrarradio del alma. Yo iba a llamarme Paloma, y por circunstancias del azar me nombraron Andrea, como mi madre y el personaje de Dumas. Me gusta el nombre Andrea. Es un nombre mixto, en Francia ahora a los niños hombres los llaman Andréa, es un nombre que está de moda. Antes principalmente las mujeres se llamaban Andréa en Francia. Me parece mejor no ser nada, y así poder ser todo: Andréa. Siempre que escriben mi nombre aquí le ponen tilde, y al decirlo lo acentúan en la última a. Andréa es uno de los nombres aceptados como francés para el proceso de naturalización. Puedes convertir tu nombre al francés, te entregan una lista. Yo conservé mi nombre: Andrea. Pero cada vez que lo escriben le ponen tilde. Voy a plegarme tal vez a esta modificación extraoficialmente, porque naturalizarse también es cambiar un poco, y además siempre está la posibilidad de volver, o de cambiar a otra cosa. Tal vez el nombre tiene que ser algo que unx elija. A mí me gusta Andréa, aunque ahora no sepa bien cuál es mi nombre. La literatura conlleva esa despersonalización constante. El nombre es lo que elegimos, lo que somos, quiénes somos.
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