Doris es la intemperie feminista, ahora lo sé. La encontré. Había leído El cuaderno dorado, que me modificó en un sentido absoluto. Luego seguí con otras autoras y la dejé de lado. Este verano austral mirando un mueble de libros de mi madre llegué de pronto a: La grieta. ¿Qué hace este libro aquí, de Doris Lessing, mamá?, le pregunté. Alguien me lo recomendó y lo compré, me dijo. Me lo llevo de tu mueble, ¿puedo?, lo voy a leer. Me senté en una tarde de Santiago de Chile al sol en ese jardín soñado de mi madre. Doris Lessing entre las manos. Sumida en las flores fui repasando las líneas. Se hizo de noche, yo seguía ahí. Cada vez iba abriendo más los ojos. En unas horas me lo había leído. Terminé la lectura en mi habitación porque hacía frío, esa temperatura de las faldas de la montaña que desciende en la noche. Este libro es increíble, mamá, ¿me lo puedo quedar? Siempre me robas los libros, sí, claro, me dijo.
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