Élie lo que pasa es que es el estado literario total. Un estado de la mente. El verano tiene ese efecto. Es como un trance. Todas las ideas toman forma. El mundo alrededor desaparece. Es la materialización del éxtasis. Así es el arte. Éxtasis. Una sustancia que irriga tu cerebro. Le da alas y lo hace estrellarse contra el muro de las expectativas. Pero no duele. Hay algo más allá. Es como un valle. Al que llegas. Hay un arriero. Te informa que tu vida está a salvo. Que ahora que tienes el arte entonces habrá oxígeno y agua. Habrá alimento para tu espíritu. Para tu cuerpo sediento de precipicios. Para tu cuerpo amigo de la euforia. Para tus piernas adictas al acantilado. Subir ese sendero y sentir la brisa. Detenerse para saborear. Para saber que tu cuerpo lleva la poesía. Para encontrarla en tu ánimo que refulge. La poesía es íntima. Se sienta contigo en el salón. Tiene la forma de los muertos. Todxs a quienes quisiste. El arte son reminiscencias. De los milagros que has presenciado. De todas esas veces que se anunció el alba. Toda esa música sedimentada en tu espíritu. Vivir es memoria. Crear es evocar. Es saber que viviste. Que en el presente absoluto convive todo. Que eres todo. Amasar pasteles para que te entreguen lo dulce. Se busca el placer fugaz. Pero el arte es trascendencia. Es cocinar a fuego muy lento. Ir hilvanando el deseo en la piel. Sentirlo en tu boca y en tu lengua, como una promesa de explosiones en la planicie. Como una flor que surge de una fractura en la piedra. Los escenarios son piedras. Por tallar. Esculpir el deseo para instalarlo en tu salón y observarlo. Cuál es su consistencia. De dónde viene. Qué significa. Adónde quiere llegar. Luego desarmarlo para quedarte con cada fragmento. Un todo con apariencia de fragmentos. Crear arte es desear. El trance del amor sostenido.
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