Mi iaia Agustina, que tenía un sentido del humor extraordinario, enfrentaba las llamadas equivocadas de una manera hilarante. Cuando alguien llamaba y preguntaba por fulano, que no vivía ahí, ella respondía, por ejemplo: tal vez si lo llama a su casa podrá encontrarlo. Las personas se quedaban invariablemente confusas y perplejas. Cómo, decían, ¿ya no vive ahí?, ¿no es su casa?, ¿se cambió de casa? O decía, es ideal llamar a las personas a sus casas, así hay muchas más opciones de encontrarlas, y poder hablar con ellas, porque si me llama a mí, zutano no podrá presentarse. ¿Perdón?, decían. A mí me daba mucha risa, y yo sabía que mi abuela tenía toda la razón. Porque si uno quiere algo lo ideal es buscarlo en el lugar correcto. Lo que no queda nunca bien claro es cuál es el lugar correcto. Ahí está la dificultad. Porque Fulano, quién sabe dónde estaba. Cuál era su casa. Tal vez Fulano no quería ser encontrado, entonces entregó el teléfono de mi abuela en vez de su propio teléfono. Fulano tal vez ni quería tener teléfono. No quería interrupción alguna. Zutano, dónde. Dónde está. Cuál es su teléfono. A veces queremos hablar con alguien, y no tenemos su teléfono. En cambio tenemos otros. Entonces podemos llamar a ese, y preguntar por Zutano. Porque el amor contempla los sucedáneos. No tengo otro teléfono, pero tengo este teléfono. Una noche de sábado, se escucha a lo lejos una música vibrante. Llamas al teléfono. Cualquiera. Porque no siempre se puede tener justo ese que querías. Pero luego la vida, que es como mi abuela, te dice, mejor llama a la casa correcta. Pero tú no tienes ni puta idea cuál es la casa correcta. Sólo sabes lo que significa escribir. Entonces te metes en cientos de problemas, porque identificas a la literatura, pero los teléfonos se enredan todos. Porque eres una fiera sedienta de inspiración. Los libros se diferencian, pero los teléfonos a veces se parecen todos. El amor te parece una entelequia inalcanzable, y vas buscándola por teléfonos que no corresponden a los lugares que se indica. Quieres estrellas y te llegan portazos. Quieres inspiración y te llegan problemas. Y en esa búsqueda, terminas por caer en cuenta de que el amor tiene una consistencia muy particular. Y que los sucedáneos de amor no te interesan para nada. Porque la literatura necesita de lo real. De lo que te cuesta la vida. De ese precipicio que sientes cuando llama a tu teléfono. Y agradeces, una y otra vez, esa llamada equivocada.
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