Hoy está de cumpleaños mi hermano Francisco. Cuando éramos pequeños dormíamos en la misma habitación, nos vestían iguales, éramos inseparables, una sola cosa. Inventábamos aventuras y personajes. Estaban para mí las personas del mundo, y él, un mundo aparte. Tenía una personalidad muy fuerte, y era muy llevado de sus ideas. Podía hacer grandes escándalos si las cosas no sucedían como él las había previsto. Tenía las ideas muy claras y la gran ambición de que el mundo fuera lo más parecido a lo que él había soñado. Era alguien rebelde ante las contrariedades y con mucha fuerza. Su vehemencia siempre me sorprendía. Yo era tranquila como foto, y no tenía esa necesidad de que las cosas se adaptaran a mí. Yo seguía hacia otro lado. Ponía atención a alguna otra cosa. Tal vez nunca entendí hasta ahora de dónde venía esa tozudez que tenía de que lo que él había imaginado sucediera. Ahora lo entiendo. Es la seguridad de que las cosas pueden ser distintas. De que las imposiciones no siempre están justificadas. Luego si en el camino todo es una catástrofe por nuestras insistencias, eso es otra cosa. Francisco no evadía su responsabilidad en lo que había solicitado. La asumía plenamente. Cuando mi padre lo llevaba al jardín de infantes, antes de llegar, él quería comer merengues, esos dulces blancos hechos con claras de huevo y azúcar y cocidos al horno. Le fascinaban. Entonces mi padre lo llevaba a comprar una bolsa gigante de merengues, y Francisco llegaba todo blanco al jardín de infantes, porque además era un desastre para ese tipo de operaciones, como comer merengues en la mañana, que van convirtiéndose en una nube de polvo blanco, que quedaba adherida a su cara y a su ropa. Pero él estaba feliz, porque tenía sus merengues. Francisco era un niño feliz, y mi papá se encargaba de que esto fuera así, consiguiéndole todo lo que él consideraba importante, como los merengues, por ejemplo. Pero aquí viene lo interesante. Un buen día, se aburrió de los merengues, tal vez había comido más que toda la humanidad junta, y quería tomar helados, antes de llegar al jardín de infantes. Mi papá, que le gustaba hacerlo feliz, y además sabía bien lo que significaba llevarle la contra a esa pequeña persona que era nuestra vida entera, decidió llevarlo a tomar helados. Entonces, cada madrugada, a las 7 de la mañana, Francisco, feliz, iba con mi padre a comprar un helado, antes de tener que ir a hacer sus deberes de pequeño alumno. Pero aquí viene el tema responsabilidad, porque él no se amilanaba. Hablemos de las condiciones. Invierno, 7 de la mañana, es sinónimo de frío. No hay que imaginarse que estos helados eran en una playa al mediodía en verano, no. Eran unos helados a las 7 de la mañana del invierno, por lo tanto, el resultado no era el mismo que el de la playa. Aquí estaba Francisco, feliz, con mi papá, y la mano de Francisco, congelada a menos cinco grados, con un helado entre los dedos, que iba derritiéndose hasta que estaba por toda la camiseta y el pantalón de Francisco. Llegaba triunfante al jardín de infantes, no sólo con la cara llena de helado, y las manos, y la ropa, además, congelado tiritando. Un buen día, la profesora llamó a mi mamá. Señora, le dijo, yo entiendo que su marido está contento con los helados, y su hijo es feliz, pero no puede seguir llegando congelado lleno de helado al jardín de infantes. La buena señora quería poner los puntos sobre las ies. No tenía idea. No sabía nada, con quien estaba tratando. Francisco no era cualquier persona. Era alguien implacable. Si queremos cambiar el mundo hay que insistir. Qué sabía esa señora del deseo de tomar un helado. No tenía es que ni idea. Nada, nada. Eso era más fuerte que todo. La mano hecha hielo, el frío, la lluvia, la ropa manchada, era secundario. Por qué ella iba a dictaminar lo que se podía tomar antes del jardín de infantes. Las personas a veces quieren interferir en todo. La buena señora vivía en una especie de mundo de fantasía. Donde se puede intentar modificar la corriente que se te viene encima como una avalancha. No se puede. Pero hay una diferencia, con Francisco se podía, porque su convicción era total. Él asumía las consecuencias, él quería su helado. Aprendí mucho de Francisco. Mi estupor por sus convicciones ahora encuentra su camino. Ahora lo entiendo todo. Francisco es lucha constante y no se amilana con nada. Padre de las dos pequeñas criaturas que más amo en el planeta, él ha creado su vida de una manera hermosa y consecuente con sus convicciones. Nada lo ha detenido. Maneja, con amor, inmensa inteligencia, y devoción, una empresa que es el orgullo de toda mi familia. Una empresa que comenzó mi papá, y en la cual sigue trabajando y liderando, donde ahora mis dos hermanos también lo entregan todo para dar trabajo a tanta gente y llenar de belleza las salas de baño y las cocinas de ese país, donde también trabajó mi madre incansables años para poder construir un proyecto que nació del amor. Nació del amor de ellxs y de nuestra familia catalana, que siempre estuvo y ha estado ahí para apoyar las ideas donde hay convicción, inteligencia y amor. Estuvimos con ellxs en mayo, un momento mágico, siempre con tanto cariño por una larga vida compartida y sueños comunes. Dos grandes incendios no han hecho mella la convicción. Porque Francisco sabe que la fuerza es más grande que la adversidad, y aunque la profesora no quería que él se comiera su helado a las 7 de la mañana congelado, él sabía que eso era la felicidad, y en eso no se transa. La temperatura de la mano es secundario. Los sueños se persiguen y se alcanzan. Mi hermano es un padre fuera de serie, y estoy tan contenta de que esos dos pequeños seres humanos luminosos sean sus hijas, y además mis sobrinas, y una de ellas mi adorada ahijada. He aprendido tanto, tanto de ti, hermano, compartimos la locura del amor, y afrontamos las cosas a veces distinto, pero nuestras convicciones están tan cerca que pueden llegar a ser una misma cosa, como cuando nos vestían iguales, y recorríamos el presente uno al lado del otro de manera incansable. Te admiro mucho, y siempre me has parecido, junto con mi hermano Felipe, una de las personas más inteligentes que pueblan este mundo hermoso. Además es una inteligencia bondadosa, igual que la de Felipe. Tengo mucha suerte, con estos dos hermanos que me trajo la vida. La vamos disfrutando juntos, riéndonos de todo lo que va llegando, sorteando lo más difícil entre todxs, y siempre con amor. Gracias por poner atención de la manera que lo haces de nuestros padres. La distancia sería invivible si no fuera por ti, y por Felipe. Mi agradecimiento no tiene límites. Gracias por hacerlos felices, por estar ahí, por compartir tu cotidianeidad, tu familia, tus sueños, tus convicciones y tu vida. Cada día contigo es un regalo. Muy feliz cumpleaños, te adoro por siempre, tu hermana, Andrea.