He estado reflexionando acerca de las decisiones que tomamos. Por qué las tomamos. En qué nos basamos para elegirlas. Estaba en esa ciudad del sonido hace unos días, y ahora el silencio. Escucho ahora mis reflexiones como si estuvieran sentadas al lado mío, me hablaran, me miraran a la cara, esperando respuestas que tal vez nunca van a llegar. Las miro de reojo, luego directamente. Creo que las desafío. No tengo dudas, les digo. Siguen ahí. Como si fuesen vidas pasadas intentado manifestarse. Quizá en todos nuestros movimientos hay una porción de delirio. Un fragmento de nosotros que pierde el timón. Sino nuestra mitología no tiene ninguna gracia. No hay racionalidad posible en la pasión. No hay racionalidad posible en el arte. Sin dudas no hay paraíso. Sin fragmentos que vamos dejando en las cosas. Fragmentos que van quedando en nosotros como sedimentos que vuelven en forma de interrogantes. En la mitad de la vida las preguntas asaltan con mayor intensidad. De qué se ha tratado todo esto. En qué momento sucedió cada acontecimiento que me fraccionó, cada acontecimiento que me completó. Un trabajo constante de despejar lo esencial de lo accesorio. Mientras todo es silencio, porque así es mejor. Porque la soledad la conozco bien. Generalmente no le tengo miedo. Tiene que ver con eso de las decisiones. Lo que ahora me mira a la cara, sobre todo luego del sonido de la ciudad de la intensidad constante. Esta vez no fue una excepción. Siempre se guarda sucesos para lanzarlos y tengo que alcanzarlos en el aire, para que no caigan al suelo y se estrellen. Siempre en el imprevisto y al descubierto. Va cansando este eterno viaje en un barco a vela junto a las corrientes. Pero lo prefiero a la muerte. La intensidad es lo que me determina.
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