19 de septiembre de 2025

Maquinaria insólita IX

Tal vez la condición literaria se ajusta perfectamente a mi personalidad porque nunca fui del grupo de la estabilidad extrema. Siempre me pareció que había una anomalía en esa conducta. Algo que no terminaba de cuajar. Sin embargo, veo que fue un error escribirle a Joseph el alpinista y Liam el comediante, ahora tengo que responder, y no tengo espacio en mi cerebro para eso. Esa es la falla del otoño, realizar actos que luego se devuelven contra ti. Lanzar un boomerang que luego te da en plena cabeza. Tratas de esquivar y nada. El boomerang en tu ojo. En tu oreja, sangrando. En tus sienes heridas. Luego las trampas del suelo, caes en las zanjas, cocodrilos, y todo eso que hay alrededor de los castillos. Una maquinaria insólita para impedir que ingreses. Yo no sólo no puedo esquivarla, sino que la impulso. Confío en ese boomerang obediente que no va a darme en plena cara, pero claro que sí. Ahí está la falla, queda aislada, se ve, como en un microscopio, o en un telescopio, porque tiene que ver con las estrellas celestes de los versos. Los versos crean universos. Ahí está uno. Con cocodrilos y versos. Las hojas de papel rasgadas por los dientes, mojadas con el agua, la tinta esparcida por la página, las ropas hechas jirones, pero sobrevives, en general. Los versos crean puentes para llegar a los castillos y luego la gran puerta cerrada que te muestra el impasse de la condición literaria: tienes todo y no tienes nada. Crees tenerlo todo, y en realidad nada. Describes los cocodrilos y los puentes, para pasar el rato, mientras sabes que todo es un callejón sin salida, el amor, el arte, y sobre todo, la condición a la que perteneces: la condición literaria. Vivo en el impasse interminable.  

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