26 de septiembre de 2025

Aparato complejo IV

Treinta años amando, debiese recibir una condecoración. Salir adelante al podio y dar discursos. Ir a grupos de ayuda y compartir la experiencia. Ir por las calles esparciendo la palabra. Escribir libros. Llueve, llueve hace días, en la gran ciudad de la literatura y la resistencia. En esta gran ciudad galo-romana al infinito. La ciudad de las colinas del trabajo y la oración. De los anchos ríos y puentes hacia el abismo. Porque así es amar: un abismo. Es urgente sacar algo en claro después de treinta años de ejercer esta actividad: compartir mi vida con seres humanos del primer sexo. Yo estoy en el segundo, según Simone de Beauvoir. Cómo me ha ido: más o menos. A ratos bien, a ratos mal. Lo importante a estas alturas es no dar pasos en falso. Debiese dar clases, impartir seminarios. El arte de amar en las grandes ciudades. El arte de amar en las colinas y los puentes. En los ríos y en las calles. Los parques y los acantilados. Ir por las calles y querer amar. No es suficiente. Doy fe. Toda destreza parece experimento. Los nuevos desafíos son constantes. Desvarío; desvarío total, dice la mesonera en el castillo de Kafka, se confunde uno mismo jugando con tales desvaríos. No, dice K, no hemos de confundirnos. Ahí está la clave: no hemos de confundirnos. En treinta años puedo decir que el amor no es tantas cosas sino muy pocas, y que efectivamente no hemos de confundirnos. Este será el primer capítulo.  

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