El lugar donde llegaban los libros era un diminuto supermercado donde las cosas tenían pegados los precios como en otra época, y el lugar completo estaba fuera del tiempo. Algo totalmente anacrónico, donde un gran cartel en forma de monolito de metal indicaba los lugares que componían el pasillo de servicios donde ya no quedaba nada más que el supermercado, se indicaba antaño lavandería, peluquería. Ahí estaban los carteles, unidos hacia arriba como afiches de una estación de gasolina del siglo pasado, pero sólo estaba el pequeño supermercado. Cada vez que iba a buscar un libro, en su envoltorio, parecía como que se abría un portal de algún otro lado, y yo podía entrar al bazar que me esperaba. Siempre la misma persona, al principio serio, y luego terminó por alegrarse de verme cada vez, me sonreía. Yo llegaba siempre a último momento. Él parecía tener todo el tiempo del mundo. También estaba eso, se guiaba por un tiempo diferente. ¿Cierra a esta hora?, le pregunté una vez. Depende, me dijo, no, me quedo. Yo lo observaba. De acuerdo, le dije, siempre pienso que voy a llegar tarde cuando el portal se haya cerrado. ¿El portal?, me preguntó. Alguna vez le compré una botella de agua, porque después me quedaba en el parque leyendo los libros. Con los murciélagos del atardecer. Creo que el supermercado era como el ropero de Narnia, y de ahí salían los libros. Un ropero de Narnia en un barrio residencial donde no había nada más que edificios de pocos pisos, y árboles. Yo comunicaba el nombre que me habían indicado, para recibir el libro, a veces variaba, como un código secreto, la persona observaba su pequeña pantalla y luego buscaba sobre una breve colina de paquetes. Después de 40 días Paul me dijo juntémonos en el lugar de los libros. Tenía la dirección, era él el que me los enviaba. Juntémonos en el ropero de Narnia, de acuerdo, le dije. ¿El ropero de Narnia?, me preguntó. Sí, le dije, espero se abra cuando lleguemos. No nos veíamos desde hace nueve años. Lo que es una cantidad de tiempo considerable. Una vida completa, parecía, y asimismo una línea paralela que nos había mantenido unidos y cercanos en el tiempo. No habíamos hablado en nueve años. Nunca tuve la oportunidad de decirle en persona lo que su biblioteca nómade había transformado en mi alma. Esta sería la primera vez. Era una ocasión muy particular. Lo que el tiempo había decidido era dejar suspendido el recuerdo de su biblioteca en mi espíritu nómade. Lo que yo quería era mirarlo a los ojos. Era aterrizar el mito. Habría cambiado, sin duda, así como yo misma me había transformado en nueve años de literatura, desierto y paraíso. Este me parecía un encuentro crucial. Algo que había estado esperando por muchos años, sin esperar. Para mí Paul había pasado a ser un personaje de ficción. No podía ser real. Tal vez verlo en persona iba a confirmarme a ciencia cierta que tenía un cuerpo. Muchas veces quise poseer ese cuerpo, en el terreno del delirio, del ropero de Narnia. No sé bien cuál es ese terreno. Uno que es incierto. En el que pueden llevarse a cabo asuntos inesperados. Donde viven las personas condenadas, del tiempo fijo. Como la persona del supermercado diminuto anacrónico. Con Paul nada es irrelevante o anodino, no podíamos encontrarnos en la puerta de mi casa, por supuesto. Tenía que ser en el portal desconocido. En la gasolinera desaparecida. Qué es el tiempo. Qué es la realidad. A veces no tengo ni idea, a veces soy yo la que vive en roperos de Narnia, y las gasolineras desaparecidas son la norma. Tal vez entrar en ese portal con Paul sería tirar un cable a tierra. Tal vez tenía razón de darme cita en el portal del espacio-tiempo. Para elegir un espacio y un tiempo. Para que la magia tomara forma. Me gusta que su existencia sea fuera del tiempo, como el personaje misterioso del supermercado microscópico que se hace gigante como un objeto del bolso de Mary Poppins. Siempre llenos de relojes que estamos como el conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas. Lo que más me gusta es la magia que lo acompaña. La posibilidad de salir de este mundo, dentro del mundo. Tal vez lo que siento es una especie de serenidad de la existencia de la magia. La intuición la tenía. La existencia del sinfín de casualidades también me da una especie de serenidad, mezclada con alerta. Es demasiado. Nos parecemos como dos gotas de agua. Hay algo en el límite de lo extraño. A mí me gustan los límites, para atravesarlos. Su existencia está cosida a la mía desde siempre, es evidente. Como las estrellas están cosidas entre ellas para acercarse cuando es el momento. Paul es esa casualidad perfecta que estaba esperando. Como un ropero de Narnia que se abre en la cotidianeidad para llevarme a otros parajes. Estoy preparada para la revolución 9. Los libros los tengo, seguir leyéndolos. Escribirlos. Paul es la casualidad justa. Algo que podría describir como alegría. Como placer. Tal vez encierra en él todo lo que me gusta de este mundo. Por eso lo sigo de cerca. Por eso le pregunté si quería formar parte de mi vida. La literatura aprendió a compartir. Un día se abre el ropero de Narnia. Lo que viene es explorar. Lo que viene es vivir.
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