Lo que me gusta de Paul es que se da el tiempo. Es que despliega sus alas para posarse en los momentos y encontrar en ellos la vida. Los momentos siempre tienen fragmentos de existencia, los podemos ir encontrando, o creándolos. Paul tiene una mirada aguda sobre las cosas y sabe crear esto como si hubiese desarrollado un arte muy refinado. No conoce la prisa. Yo que vivo en un tiempo paralelo, atesoro su calma como un bien preciado. Alargar los momentos para que construyan la poesía. Nos despertamos un día entre los árboles, que se mecían al fuerte viento. El calor de su cuerpo como un cobijo. El calor de sus brazos es tal vez la alegría completa. El punto más alto de la dicha. La perfección del gozo. No recordaba una felicidad tan pura. Creo que está la primera vez que me enamoré, de Jérémie, a los quince años, y luego esto. Es una felicidad como cuando recién conocí el amor. También había el miedo, pero el asombro era infinito. Una fascinación que está cerca de saber que existen los pájaros, las flores, los leones, los árboles, los ríos, el viento, los libros, las historias, la luna, las estrellas, el sol. El calor, en definitiva, de saber que existe el calor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario